Us Defiant Few (Los oscuros 3) 29. El dolor es la única enfermedad que no tiene cura.
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29. El dolor es la única enfermedad que no tiene cura.

El dolor es la única enfermedad que no tiene cura.

K halani soltó un grito de puro y absoluto terror.

Sin embargo, justo en el preciso momento en que el Pecador apretaba el gatillo, apareció una figura corpulenta blandiendo una espada y le cortó la mano. La pistola cayó al suelo, y la bala le pasó por encima de la cabeza.

Patreus llevó la espada hacia el estómago del hombre y lo remató. Con el rostro salpicado de sangre, miró a Takeshi y alzó el mentón.

Pero, entonces, abrió los ojos de par en par y empezó a temblar al tiempo que una lanza le atravesaba el pecho.

Atónita, Khalani vio a Patreus caer de rodillas con una expresión de claro arrepentimiento en el semblante. El Pecador agazapado detrás de él le apoyó un cuchillo en el cuello con la mirada desquiciada. Pero, en un santiamén, Takeshi le lanzó el suyo y le dio en un ojo.

Medio mareada, Khalani se tambaleó mientras el Pecador se desplomaba, aunque no perdió de vista el cuerpo inmóvil de Patreus. Takeshi se apresuró a acercarse a ella.

—¿Estás bien?

Tenía un pequeño corte en el hombro, pero nada más. En ese preciso momento, reparó en la sangre que le caía del brazo.

—¡Takeshi, estás herido!

—No es nada… —se apresuró a decir él.

Al ver que torcía el gesto, Khalani le acarició el bíceps.

Iba a rasgar un trozo de su ropa para envolvérselo, pero un grito animal atravesó el aire.

Ambos se volvieron a tiempo de ver a Penny cayendo de rodillas al intentar esquivar a dos oponentes.

Ferren estaba cerca y trataba de llegar hasta ella.

—Takeshi… —susurró Khalani con voz ronca.

—No te separes de mí.

No era necesario que se lo dijera. Takeshi sacó otro cuchillo del chaleco y, sin pronunciar palabra, se encaminó hacia allí, cercenando y abatiendo con toda la brutalidad del mundo a todo aquel que se cruzara en su camino, como si la herida de su brazo no fuera más que un rasguño.

Como una ola, su furia aterradora los engullía a todos y a todo.

Khalani trató de no mirar los cadáveres en el suelo. Pecadores y habitantes de Oasis se apilaban, unos encima de otros. El acero chocaba con estrépito, los disparos silbaban y el humo y la intensa lluvia hacían imposible decir quién llevaba las de ganar.

Se acercaron a la jefa, que se enfrentaba a dos asaltantes y apenas conseguía mantener la posición. Khalani echó un vistazo a su alrededor y entonces los vio.

Brock blandía el cuchillo y mataba a cualquiera que se atreviera a acercarse a él o a Serene. Con un brillo amenazador en los ojos, Serene disparó a un hombre que trataba de abalanzarse sobre Brock por la espalda.

Adan se encontraba varios metros más allá, blandiendo una lanza con manos temblorosas mientras Elise embestía con un cuchillo a cualquiera que se le pusiera delante, como si fuera un animal rabioso extinto.

En ese momento, Khalani vio que resbalaba en un charco de sangre y lluvia y que hacía una mueca de dolor.

La rodilla se le había torcido de forma antinatural.

Aceleró el paso.

Llegaron hasta Penny, y Takeshi se lanzó al combate sin pensarlo dos veces. A una velocidad implacable, abatió y masacró a los Pecadores mientras la jefa se ponía en pie y retomaba la lucha.

Khalani se volvió hacia Elise, que, tambaleándose, apenas conseguía incorporarse. Por el rabillo del ojo, vio que Ansel se encaminaba hacia allí. Adan, que seguía luchando con su oponente, trató de avisarla y gritó su nombre.

Pero Ansel empuñó la pistola.

Presa de un pánico absoluto, Khalani rompió a correr por la calzada ensangrentada, tratando de cubrir la distancia que los separaba. Cuando pudo ver claramente a Ansel, alzó el cuchillo, se apresuró a apuntarlo hacia él y lo lanzó a través de la tormenta.

Falló.

— ¡NO!

Khalani alzó las manos, como si pudiera detener el tiempo. Pero aquella enorme pesadilla siguió su curso: Ansel apretó el gatillo y le disparó a Elise en la cabeza.

Khalani se detuvo en seco, completamente inmóvil, mientras veía desplomarse el cuerpo de Elise; sus ojos, muy abiertos, capturaban para siempre su último instante en la superficie.

Los sonidos se desvanecieron a su alrededor. La batalla desapareció.

Sintió que salía de su propio cuerpo mientras Ansel se alejaba con una macabra sonrisa grabada en el rostro.

No oyó el rugido gutural de Adan ni vio cómo derribaba a Ansel. Pero el líder de los Pecadores le dio un cabezazo en la frente, se le subió encima y empezó a propinarle puñetazos. Adan trató de cubrirse, pero Ansel descargaba sin piedad, preparándose para acabar con él.

Khalani se movió sin pensar y agarró una guadaña abandonada en el barro.

Su empatía por la humanidad se había esfumado.

Se movió como si fuera una máquina sin control.

Pisoteó el suelo con fuerza, sin preocuparse por los cuerpos que aplastaba a su paso.

Ansel estaba alzando de nuevo la pistola justo cuando ella levantó la pesada hoja y la dejó caer sobre su espalda.

El Pecador gritó y se convulsionó. Pero Khalani no demostró compasión: alzó la guadaña otra vez y lo atravesó de nuevo.

Con el segundo golpe, Ansel se desplomó y exhaló su último suspiro. Jadeando y temblando, Khalani vio a Adan apartar de un empujón el cuerpo sin vida.

Los últimos sonidos de la batalla se fueron disipando, pero se oyó un sollozo desgarrador cuando Adan corrió hacia el cuerpo de Elise. Cayó de rodillas y las lágrimas que le resbalaban por el rostro se mezclaron con la lluvia.

Khalani se acercó en silencio, completamente aturdida. Dejó caer el arma y se acuclilló junto a Elise, empapada y aún temblando.

Elise era la única amiga que había hecho en Hermes. De no ser por ella, puede que nunca hubiera salido del campo de detención. Era considerada, amable y leal.

No merecía morir.

Y, si Khalani hubiese prestado más atención, si hubiese tenido mejor puntería, si no los hubiera convencido para enfrentarse a los Pecadores, no habría ocurrido.

Se desplomó, incapaz de soportar la culpa.

Adan la rodeó con los brazos, sus llantos se unieron y Khalani fue incapaz de decir quién era el que lloraba o el que temblaba.

A su alrededor, los guerreros de Oasis que habían sobrevivido al ataque gritaban los nombres de sus compañeros caídos. Serene y Brock se acercaron lentamente, sin poder ocultar en los rostros salpicados de sangre la sorpresa y el pesar que sentían.

Khalani notó la presencia de Takeshi antes de verlo.

Permitió que sus amigos la consolaran y guardó una respetuosa distancia. Pero, cuando vio el cadáver de Elise en el suelo, apretó los puños y soltó una maldición hacia la tormenta, como si deseara que todos los Pecadores que habían muerto resucitaran para poder matarlos de nuevo.

Por lo visto, habían ganado la batalla. Pero ¿qué precio habían pagado por ello?

¿Sus seres queridos?

¿Su humanidad?

¿Cuándo sería suficiente?

Khalani se puso en pie, incapaz de contemplar la escena durante más tiempo.

Takeshi la observó con atención y, cuando ella se marchó, la siguió como una sombra, como si supiera que, en ese momento, Khalani sería capaz de cualquier cosa.

En su interior rugían y bramaban la culpa y la ira, como si fuera un cuenco de madera colmado de sangre. Necesitaba una salida. Una vía de escape. Alguien a quien culpar antes de coger una pistola y llevársela a la boca.

Reparó en la guadaña, a sus pies. La alzó, le dio un par de vueltas, incapaz de ver su reflejo en el metal. Era mejor así. Temía lo que podía encontrarse.

Sin pronunciar palabra, Khalani se acercó al cadáver de Ansel y le asestó un golpe. Cuando iba a hacerlo de nuevo, unos brazos fuertes le rodearon la cintura y le arrebataron la guadaña.

—Suéltame, Takeshi —le rogó tratando de zafarse mientras él la levantaba del suelo.

Takeshi la ignoró y la acercó a su pecho, alejándola de la matanza.

—Déjame en paz —jadeó.

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas y escondió la cabeza en su cuello.

—Déjame en paz, joder —sollozó.

Pero Takeshi no obedeció.

No la depositó en el suelo.

Ni siquiera le dijo que todo iría bien.

Como ella, sabía que las palabras no devolverían a los muertos.

Mientras Khalani se desmoronaba, Takeshi se limitó a abrazarla con la promesa silenciosa de que cargaría con su peso, incluso cuando ella no pudiera hacerlo por sí misma.