28. Desato la misma devastación que me forjó.
Desato la misma devastación que me forjó.
K halani alzó la mirada hacia la luna llena, preguntándose si sabía de la violencia que pronto se desataría bajo su resplandor.
Se frotó los brazos cuando la fría brisa traspasó el atuendo negro que llevaba y se cubrió la cabeza con la capucha de la capa. Era la manera de esconderse del mundo antes de someter a juicio todos sus pecados.
Pese a que creía firmemente que ayudar a Oasis era la elección correcta, la inquietud hacía que le flaquearan las piernas. Desvió la mirada hacia los guerreros que se habían quedado vigilando en lo alto del muro. Si los hubiera hecho bajar, habría levantado las sospechas de Ansel.
Para que el plan funcionara, todos los Pecadores tenían que entrar en Oasis.
Tragó saliva al observar a esos pocos voluntarios que probablemente morirían esa misma noche, sacrificándose por sus seres queridos.
Si Khalani no cumplía la misión que tenía encomendada, su coraje no serviría de nada. Sintió un repentino dolor de cabeza y parpadeó varias veces, dejando caer los hombros.
No. Otra vez no.
El gobernador Huxley apareció ante ella. Khalani se restregó la frente, tratando de ahuyentar la visión, pero él esbozó una sonrisa.
—Ah, has escogido salvar las vidas de unos clones antes que las de unos humanos. ¿Estás segura de que es la decisión correcta? —preguntó.
Khalani negó con la cabeza y trató de ignorar esa voz repugnante.
El gobernador chasqueó la lengua y se acercó más a ella.
—Crees que me perjudicas, pero ¿y si te dijera que mi deseo es matar a los Pecadores?
—¡Déjame en paz!
—Kanes.
La visión del gobernador desapareció.
Con la respiración agitada, Khalani se volvió y vio que Takeshi surgía de las sombras.
El uniforme negro se le ceñía a los músculos fornidos; llevaba dos pistolas sujetas a ambos lados del cuerpo y un sinfín de cuchillos debajo del chaleco. Avanzó hacia ella con una determinación implacable, sin dejar de mirarla y sin perder de vista la puerta.
Con todas aquellas armas y con la manera en que se fundía con la noche, parecía un ángel destructor.
—¿Estás bien? —preguntó, frunciendo el ceño ante su expresión, fuera la que fuese.
—Sí.
Con un nudo en el estómago, Khalani miró hacia el lugar que había ocupado el gobernador. Ya no estaba, pero sus palabras seguían allí, y no pudo evitar preguntarse si no cometían un error.
—¿Estás segura de que quieres participar? —preguntó de nuevo Takeshi.
Khalani asintió, tratando de disimular su miedo, pero Takeshi lo percibió.
—Puedes esperar en el comedor con Winnie, Derek y las demás familias. Estarás más segura allí.
—No pienso esconderme. Tú me enseñaste a luchar.
—No lo recuerdo.
—Eso no significa que no ocurriera —replicó Khalani.
Al ver su expresión atormentada, se arrepintió de inmediato. Incapaz de reprimirse, se acercó a él, pero, justo en ese momento, una gota le cayó sobre la nariz.
Y después otra en la mejilla.
Ambos alzaron el rostro hacia el cielo.
Las nubes oscuras estallaron en un feroz aguacero. Khalani echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos; quizá esa fuera la última vez que experimentaba las lágrimas de la Tierra.
—Esto ya lo he vivido —murmuró Takeshi.
Khalani oyó aquel susurro lejano, casi ahogado por la lluvia.
—¿A qué te refieres? —preguntó, sobresaltándose cuando un relámpago cruzó el cielo.
—He visto algo. Una visión. Llovía, y tú corrías hacia mí. —Parpadeó y entreabrió los labios—. ¿Sucedió de verdad, o es mi mente, que me juega malas pasadas?
Khalani no podía creerlo.
Estaba recordando.
Si sobrevivían a esa noche, quizá Takeshi conseguiría reunir las piezas perdidas.
—Sucedió —dijo con un hilillo de voz mientras unas gotas le resbalaban por las mejillas—. ¿Recuerdas algo más?
—Gritos —murmuró apretando la mandíbula—. Cuando sueño cada noche, lo único que oigo son gritos.
—¿Qué quieres decir? ¿Quién grita?
—Creo que yo.
Extrañada, Khalani se puso tensa.
No recordaba que eso hubiera sucedido…
—¡Ahí están! Se acercan al muro por el norte. ¡Preparaos para abrir la puerta! —gritó una voz desde arriba.
—Vete, Kanes —ordenó Takeshi con severidad.
Sin embargo, Khalani salió disparada hacia la gran rueda conectada mediante cuerdas a la puerta. Miró por encima del hombro, pero Takeshi ya se había desvanecido en la oscuridad. Aun así, sentía su mirada vigilante entre las sombras.
Posó la mano sobre la rueda de madera y, con un hormigueo recorriéndole los brazos, esperó la señal mientras se contenía para no salir huyendo.
«Puedes hacerlo».
«Puedes hacerlo».
Los segundos se volvieron infinitos.
La lluvia no amainaba.
Ya tenía toda la ropa empapada. Estuvo a punto de agacharse y de cubrirse la cabeza cuando un relámpago blanco como la nieve zigzagueó en el cielo.
Y justo entonces los vio.
Tres destellos blancos desde lo alto del muro.
Khalani giró la rueda. Apretó los dientes al comprobar que el mecanismo era mucho más pesado de lo que esperaba. Pero la adrenalina bombeó por sus extremidades y la obligó a seguir empujando una y otra vez mientras la puerta se abría con un chirrido.
Ató las cuerdas y, temblando de nervios, desvió la mirada más allá, hacia la Zona Muerta.
Esperó.
Y esperó.
Un fuerte golpe seco resonó cerca de ella. Y después otro.
Retrocedió apresuradamente cuando los cuerpos de los guerreros que vigilaban el muro cayeron al suelo, acribillados a flechazos. Las lágrimas le humedecieron los ojos al ver que otros hombres y mujeres, cuyas vidas habían sido borradas en un instante, se desplomaban a su alrededor.
En menos de un minuto, solo quedó una persona en el muro, oculta a la vista.
Justo cuando iba a salir corriendo, una silueta solitaria apareció en la entrada. El desconocido iba cubierto de barro de pies a cabeza, y Khalani solo distinguía el blanco de sus ojos.
Contuvo el aliento y se acercó despacio, levantando las manos. El desconocido la miró con evidente desconfianza y acercó una mano al costado, pero no le disparó. Cuando Khalani se encontraba a tan solo unos pasos, le indicó con un gesto que se detuviera.
—¿Has seguido todas las instrucciones de Ansel? —preguntó con voz rasposa.
Un escalofrío la recorrió.
—Sí. —Se obligó a mantener la calma—. Están en el comedor, tal como me pidió. Pero tenéis que daros prisa. Tengo que regresar antes de que se den cuenta de que me he ido.
El desconocido consideró sus palabras durante un instante y, acto seguido, ladeó la cabeza con un gesto algo animal mientras ella se mordisqueaba el labio inferior.
El hombre emitió un silbido muy bajo.
Aparecieron más figuras.
Decenas, por no decir cientos, de hombres y mujeres cruzaron la puerta armados con lanzas, pistolas y arcos.
En el centro estaba Ansel.
Khalani se tensó cuando vio que se acercaba tranquilamente hacia ella con su uniforme de combate negro, un cuchillo afilado en la mano izquierda y una pistola en la derecha. Esbozó una sonrisa de dientes amarillos y relucientes.
—Bien, así que… has descubierto su secretito —afirmó fulminándola con la mirada.
—Sí. —Khalani alzó la barbilla—. Y he comprendido que eran ellos los que mentían. Pero sus mentiras terminan aquí. En la superficie no hay lugar para las máquinas, solo para nosotros.
—No podría estar más de acuerdo.
Ansel chasqueó la lengua e invadió su espacio personal. La piel se le erizó cuando se inclinó hacia ella.
—Cuando todo esto termine… —le susurró al oído—, puedes ayudar en nuestros esfuerzos de repoblación.
A Khalani le temblaron las manos y tuvo que controlarse con todas sus fuerzas para no coger un cuchillo y rebanarle la garganta.
—Estoy dispuesta a discutirlo —dijo con un ligero gesto de asentimiento—. Asegúrate de que tu gente no ataque la casa azul del fondo. Es donde están mis amigos humanos.
—No lo haremos, siempre y cuando no se entrometan en nuestro camino —respondió él, sonriendo con suficiencia.
Khalani intuyó que mentía.
Con un ademán, Ansel ordenó el avance.
Khalani retrocedió justo cuando la horda de Pecadores pasaba corriendo ante ella, con los rostros transformados por la promesa de violencia y sangre, dispuestos a encontrarse con la muerte. Los observó cruzar la puerta con los nervios a flor de piel.
Desvió los ojos hacia el suelo, resbaladizo por otra razón aparte de la lluvia.
Un destello terrible atravesó el cielo.
—¡Ansel! —gritó un Pecador.
Alguien había disparado una flecha de fuego desde el muro. Todos alzaron la vista hacia allí, atónitos, y Khalani solo les vio el blanco de los ojos antes de que una mano robusta le rodeara la cintura y tirara de ella.
La flecha golpeó el aceite y todo el sendero prendió fuego.
Unos gritos aterradores invadieron el aire. Decenas de Pecadores rodaban por el suelo mientras las llamas lamían sus cuerpos convulsos.
Un cuerno resonó con fuerza, y los guerreros de Oasis, que se habían mantenido ocultos, surgieron de las sombras rugiendo con las armas en alto.
—¡Matadlos! —bramó Ansel.
Se oyeron disparos y se desató el caos.
Khalani miró fijamente a Takeshi a los ojos, permitiendo que la tenacidad, la furia y las llamas que contenían la anclaran. Él empuñó su cuchillo favorito y la pistola, y se humedeció los labios con el semblante transformado por la sed de sangre.
—Es tu última oportunidad para que te saque de aquí —dijo.
Sin embargo, ella tomó el arma, y él asintió, como si no esperara menos.
—Vamos —respondió Khalani jadeando y uniéndose a la batalla.
Las hojas metálicas de las armas chocaban a su alrededor al ritmo de los truenos que retumbaban sobre sus cabezas. El suelo estaba cubierto de cuerpos carbonizados, y varios Pecadores seguían luchando pese a las quemaduras supurantes.
Uno de los guerreros de Oasis lanzó un grito y arremetió cuchillo en mano, pero un Pecador le abrió un agujero en el pecho y lo abatió al instante.
Aunque el fuego los había debilitado, Ansel y los suyos seguían superándolos en número.
Uno de los Pecadores levantó la pistola, pero Takeshi fue más rápido y le disparó en la cabeza. Tres más se lanzaron contra ellos, y Khalani los apuntó con el arma y empezó a disparar.
Le temblaban las manos mientras los cuerpos caían al suelo.
Se puso de puntillas, esforzándose por buscar a sus amigos más allá del fuego y del aguacero, cuando oyó un fuerte silbido.
Se volvió justo para ver que un hombre corpulento que blandía una maza ensangrentada se precipitaba hacia ella, haciéndola girar a pocos centímetros de su rostro.
Khalani la evitó agachándose, pero el hombre volvió a atacar con rapidez.
Antes de que pudiera clavársela en la cabeza, Takeshi se abalanzó sobre ella y la protegió con su cuerpo al tiempo que bloqueaba la maza con el cuchillo.
A continuación, derribó al hombre y le rajó la garganta.
Dos Pecadores arremetieron contra él y lo obligaron a agazaparse y desenvainar un segundo cuchillo para un combate cuerpo a cuerpo.
Por el rabillo del ojo, Khalani vislumbró un destello metálico que venía hacia ella desde el cielo y se apresuró a rodar hacia la derecha.
Se incorporó al tiempo que una chica armada con una guadaña se abatía sobre ella.
Aunque Khalani alzó el arma, no fue lo bastante rápida.
De un golpe, la chica hizo volar la pistola y arremetió con la guadaña.
Khalani dio un salto atrás, evitando que el afilado metal le rozara el abdomen.
Empuñó el cuchillo y, aunque le temblaban los brazos, apretó los dientes y se enfrentó a ella.
Ambas dibujaron un arco con las armas. Khalani fue a asestarle un golpe, pero la chica giró sobre sí misma, llevando la guadaña hacia abajo. Antes de que pudiera agacharse, la punta del metal le alcanzó un hombro, y Khalani soltó un grito.
— ¡KANES!
Khalani oyó el rugido de Takeshi y desvió la mirada hacia allí durante un segundo. Pese a que peleaba contra un adversario, no le quitaba ojo. Intentó abrirse paso a golpes de espada, pero su atacante le asestó un puñetazo brutal en la sien.
Sin dejar de mirarla, cayó tambaleándose al suelo.
No.
Khalani atacó de nuevo a la chica con el cuchillo, pero esta lo esquivó con un salto y trastabilló ligeramente.
Aprovechando la oportunidad, se abalanzó sobre ella y le barrió la pierna que le servía de apoyo, una maniobra que había aprendido de Takeshi.
La chica perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Khalani se preparó para clavarle el cuchillo en el corazón, pero vaciló al ver el terror en los ojos de la muchacha.
El cuchillo se detuvo, incapaz de dar el último paso.
En cambio, la muchacha agarró el arma y la apuntó hacia su cuello. Decidida, Khalani le rodeó la muñeca y le hundió la hoja del cuchillo en la garganta.
La sangre borboteó en la boca de la chica y la luz en sus ojos fue apagándose poco a poco al tiempo que la guadaña caía al suelo con estrépito.
Khalani se incorporó y buscó a Takeshi entre el caos.
Finalmente lo vio.
Había conseguido vencer a su oponente: le había arrancado la espada de las manos y lo había degollado. El hombre se sujetaba la yugular con los ojos muy abiertos, ahogándose en su propia sangre mientras la lluvia lo empapaba.
Suspiró aliviada al ver que Takeshi se erguía, al parecer ileso.
Su mirada implacable recorrió el caos que los rodeaba hasta localizarla, y la mirada se le suavizó en medio de la confusión y las llamas.
Pasó por encima del hombre agonizante y corrió hacia ella, pero una figura emergió a sus espaldas.
—¡Takeshi, cuidado! —gritó Khalani al tiempo que un hombre le apuntaba con una pistola a la cabeza.
Takeshi se volvió demasiado tarde.