26. La verdad nos destruirá a todos. #2
—Fue antes del Gran Colapso. Crecí en una pequeña comunidad a las afueras de Las Vegas. Tenía una familia. Una hermana. Un perro. Y sueños…, aunque ya no recuerdo cuáles eran.
Tragó saliva, con la voz cargada de una profunda melancolía.
—Recuerdo que, cuando empezó la guerra, yo iba a la universidad. Se produjeron protestas. Redadas masivas. Los bancos cerraron de la noche a la mañana. Y, cuando el presidente envió el ejército a las ciudades y empezaron a matarnos, el pánico se apoderó de todos.
»No estaba claro quién había lanzado los misiles primero. Mi hermana me hablaba de teorías sobre que nuestro propio país detonaba bombas nucleares en el oeste para deshacerse de sus opositores. Pero luego los ataques se extendieron. Cuando un polvo negro cubrió el sol, supimos que era el final.
»Nos quedamos sin luz. Todo el mundo empezó a acaparar comida.
Atrancó las puertas. La gente mataba por una gota de agua en el frío desierto.
Vi a mi familia desaparecer hasta que solo quedamos mi hermana y yo.
Estábamos en los huesos, demasiado débiles incluso para levantar la cabeza del colchón.
Abrazadas, exhalamos nuestro último aliento.
»Vi mi alma abandonar mi cuerpo y elevarse hacia una luz lejana. Mis ojos se cerraron por última vez. Hasta que, un día, alguien me los hizo abrir de nuevo.
Khalani escuchaba con total atención, casi sin respirar.
—Me desperté desnuda en un tanque de cristal.
Había un hombre ante mí. No lo había visto nunca, pero me ordenó que hablara.
Por alguna razón, no podía mover los labios.
Lo intenté con todas mis fuerzas, pero era como si me los hubieran sellado con pegamento.
Escribió algo antes de tirar de una palanca.
Solté un grito agónico al sentir una descarga eléctrica. Y entonces me dejó de latir el corazón.
»Esa fue la segunda vez que fallecí.
»La tercera vez, me desperté y me preguntó cómo me llamaba.
Pero no lo recordaba. Cuando le dije que no lo sabía, volvió a matarme.
Lo mismo ocurrió durante días. Quizá años, no lo recuerdo…
—Le temblaron las manos y se le quebró la voz—.
Cuando por fin fui capaz de relatarle toda mi vida, me explicó por qué me habían traído de vuelta.
No estaba viva. No realmente. Había recuperado mi cuerpo en descomposición y había fabricado un clon exacto de la persona que era en el pasado.
Dijo que esa había sido la parte fácil. La difícil había sido hacerme recobrar la memoria.
En mi cerebro se conservaban partes en perfecto estado, y había trabajado sin descanso día y noche para recrearme hasta obtener una versión perfecta de mi yo original.
Pero me pidió que recordara que no era humana, sino algo mejor.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó Khalani.
—No lo sé… —La jefa frunció el ceño—. Solo se me permitía dirigirme a él como «Padre». No sé de dónde venía.
—Pero ¿por qué te trajo de vuelta? —preguntó Winnie.
—Para repoblar la Tierra.
La anciana se quedó boquiabierta, pero la jefa continuó.
—Yo fui su primer clon. En cuanto me hubo perfeccionado, hizo otros.
Nos ordenaron fundar nuestra primera ciudad, Oasis.
Nos proporcionó todo lo necesario: comida, provisiones y medicamentos.
Y nos encomendó construir más ciudades por toda la Zona Muerta.
Éramos pacíficos; lo llevábamos grabado en el código.
Eso es lo que nos diferencia de los humanos —afirmó la jefa, como si se lo hubieran dicho muchas veces—.
Pero, de pronto, un grupo de cincuenta humanos encontró nuestra ciudad.
Eran descendientes de la gente que vivía en Las Vegas, la Ciudad del Pecado.
No sabía qué hacer. Informé a Padre a través de una máquina de faxes que nos había dado.
Él me recomendó que fuéramos con cuidado y nos advirtió de que, si descubrían quiénes éramos en realidad, tratarían de matarnos.
No lo creí. Sus lecciones pacíficas habían arraigado en mí, e hicimos todo lo posible por acoger a los Pecadores en nuestra comunidad con la esperanza de que nos ayudaran a repoblar el mundo.
Pero el joven Ansel sospechaba algo. Un día, entró en la biblioteca y descubrió las fotos.
Cuando le confesé la verdad, Ansel y el resto de los Pecadores nos robaron las pistolas y mataron a la mayoría de los míos antes de escapar.
Ese fue el motivo de que construyéramos el muro.
Desde entonces, nuestro objetivo ha sido sobrevivir.
La jefa negó con la cabeza, como si ese momento constituyera el mayor fracaso de su vida.
—Cuando le conté a Padre lo que había pasado, envió a Patreus para enseñarnos a luchar y para matar a los Pecadores.
Pero nuestra gente era pacífica; no estaba hecha para la guerra, y yo nunca di la orden de atacar a Ansel.
Cuando se lo dije a Padre, se puso furioso y dejó de enviarnos semillas y provisiones.
Dijo que éramos igual que los humanos… y nos abandonó.
La jefa ahogó un suspiro y se llevó las manos al rostro, casi sollozando.
Khalani estaba atónita.
Esa historia increíble cobró alas en su mente, provocando un torbellino de nuevas preguntas.
¿Quién era ese tal «Padre» que había mencionado?
¿De dónde venía?
¿Cuántos clones había ahí fuera?
Miró a la apesadumbrada jefa con un único deseo: acercarse a ella y abrazarla. Pero, de inmediato, sintió ganas de golpearse la cabeza contra el poste metálico ante la idea.
¿Qué cojones le ocurría? La jefa las había atado y había estado espiándolos a todos.
No era humana.
Khalani se lo repitió para sus adentros como si fuera un mantra.
Aunque, si ella no lo era, quizá Khalani tampoco lo fuera.
—¿Por qué está mi foto ahí abajo? —preguntó con voz ronca, casi en un suspiro.
—Ya te lo he dicho, no lo sé. —La jefa la miró con severidad—. Padre dejó ese álbum en Oasis porque no quería que lo encontraran en su ciudad.