Us Defiant Few (Los oscuros 3) 26. La verdad nos destruirá a todos.
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26. La verdad nos destruirá a todos.

La verdad nos destruirá a todos.

S e quedó boquiabierta. El corazón ya no le latía desbocado, sino que se le había parado por completo.

No podía apartar la mirada de la fotografía. La muchacha tenía el mismo rostro ovalado, la misma nariz, los mismos labios y la misma sonrisa. Incluso el brillo de sus ojos se correspondía con el que Khalani veía cada mañana en el espejo.

Pero no era ella.

No podía serlo.

Alzó la mirada hacia Winnie y Takeshi, buscando una explicación que la tranquilizara. Confiando en que uno de ellos dijera que esa fotografía no significaba nada.

Que era una mera coincidencia que esa joven se pareciera tanto a ella.

Que mucha gente en el mundo se parecía.

Pero Winnie seguía pálida, inmóvil. Y, junto a ella, Takeshi contenía el aliento, sin apartar los ojos oscuros de la imagen, examinando cada detalle. Y, cuando la miró, Khalani vio la respuesta en su semblante serio.

—No. —Khalani le quitó importancia con un gesto—. Es… es… Está claro que es falsa.

—Querida niña… —susurró Winnie.

Era la primera vez que veía el miedo reflejado en el rostro de la anciana. No por sí misma, sino por Khalani.

Derek se acercó para comprobarlo con sus propios ojos.

—No entiendo nada. ¿Por qué tienen una foto tuya los de Oasis?

—¡Joder, que no soy yo!

—Kanes… —Takeshi dio un paso hacia ella, con cautela, como si fuera una bomba a punto de explotar—. Tranquilízate.

—¡Ja! «Tranquilízate». ¿Quieres que me tranquilice? —repitió con incredulidad.

Le flaquearon las piernas y estuvo a punto de desplomarse. Takeshi fue a sujetarla con expresión preocupada, pero ella lo detuvo alzando la mano.

No podría soportar que nadie la sostuviera.

Porque apenas era capaz de sostenerse a sí misma.

—¿De verdad piensas que esa de la foto soy yo? —le preguntó sin rodeos.

—No… lo sé, Kanes.

—Pues claro que no lo sabes. No sabes una puta mierda ni recuerdas nada.

—Khalani… —la riñó Winnie.

Las palabras lo habían golpeado como si fueran puñales, y Takeshi dio un respingo. Sin embargo, Khalani no obtuvo la reacción que buscaba. El capitán mantuvo sus emociones bajo un control férreo, lo que hizo que se cabreara aún más.

—Sé que estás furiosa —le dijo con voz calmada—. Pero tenemos que irnos antes de que la jefa aparezca. Regresaremos a la casa y lo resolveremos todo. Juntos.

—¿Juntos? —Khalani soltó un bufido—. ¿Desde cuándo estamos juntos? Veo más tu espalda que tu cara. ¿Por qué debería importarme una mierda lo que tengas que decir?

—Tienes razón. Me lo merezco. —Takeshi respiró de forma entrecortada—. Y puedes odiarme con toda tu alma. Pero ahora no es el momento. Tenemos que salir de aquí.

—Eso no va a pasar —dijo la jefa, entrando por la puerta con el arma desenfundada.

Observó la escena y, al reparar en que Khalani sostenía el álbum, se le descompuso el rostro.

—¿Qué te contó Ansel? —suspiró.

—La verdad —escupió Khalani—. Que sois unos mentirosos.

—Habéis estado espiándonos todo el tiempo. ¿Cómo habéis podido hacernos eso? —gritó Derek, incapaz de ocultar lo traicionado que se sentía.

—No pienso disculparme por proteger a mi pueblo —declaró.

Takeshi se mantenía rígido junto a Khalani, con la mirada clavada en la jefa. Y en la salida tras ella.

—¿Y qué nos dices de esto?

Khalani alzó el álbum.

—No lo entenderías.

—Ah, ¿no? ¡Prueba a explicarlo! —exclamó temblando, casi a punto de perder los estribos y sin importarle la pistola que la apuntaba—. ¿Por qué hay una foto tuya de hace trescientos años? ¿Y por qué cojones hay una foto de alguien que se parece a mí?

—¿A ti? —La jefa frunció el ceño—. No… lo sé. Me prohibieron mirar el álbum negro.

—¿Quién? —preguntó Takeshi.

—No puedo contestar a eso.

Era evidente que Takeshi ya estaba harto de la situación y dio un paso al frente con agresividad, pero la jefa amartilló el arma.

Aunque no lo apuntó a él, sino a Khalani. Y eso lo frenó en seco.

—Yo no quería que fuera así —dijo la jefa con voz temblorosa y sinceramente arrepentida—. Guardamos nuestro secreto porque no teníamos alternativa. Cuando le dije la verdad a Ansel, se desató la guerra. No puedo arriesgarme a que se pierdan más vidas. Lo siento.

—¡Dinos qué significa! —bramó Khalani.

Pero, por muchas explicaciones que le diera, ya nunca sabría qué era verdad y qué no. La naturaleza de su realidad se había escurrido como si fueran granos de arena entre las manos.

—Puedes confiar en nosotros —le aseguró Winnie a la jefa con dulzura.

—Me temo que ya es demasiado tarde para eso. —La jefa se volvió hacia la salida sin dejar de apuntarlos con la pistola—. ¡Patreus! ¡Ahora!

De pronto, mientras ella salía, alguien lanzó unos botes de gas al interior y el sombrío cuarto se llenó de humo. Corrieron los cuatro hacia la puerta metálica, pero los habían encerrado. Un hedor fétido, sulfúrico, impregnó el aire a su alrededor mientras aporreaban la puerta y gritaban.

—¡Dejadnos salir!

—¡Por favor!

Nadie respondió.

Winnie y Derek empezaron a toser violentamente, y se oyó un golpe sordo. Khalani se volvió justo a tiempo de ver a la anciana desplomarse, inconsciente.

—¡Winnie!

Trató de levantarla, pero no tenía tanta fuerza.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. El humo enseguida inundó la estancia sin ventanas, y Khalani se cubrió la boca sin dejar de toser. Al cabo de un segundo, Derek también cayó al suelo.

—¡Derek! —gritó.

Takeshi embistió la puerta metálica con el hombro, furioso. La aporreó y le dio patadas. Pero, pese a su increíble fuerza, no cedió. Cuando oyó los lamentos de Khalani, corrió hacia ella de inmediato.

Con un gesto rápido, se quitó la camiseta y le cubrió la boca y la nariz. Su aroma cálido le dio un instante de consuelo, pero el humo seguía desgarrándole la garganta y el pecho.

—Trata de no respirar el humo, Kanes.

Pese a que también tosía, parecía haberse olvidado de sí mismo y solo le prestaba atención a ella.

La tomó en brazos y la llevó al rincón más alejado de los botes, aunque, para entonces, todo ya se estaba fundiendo a negro para Khalani.

—No, no… Vamos… —Con expresión aterrorizada, le dio unas suaves palmadas en las mejillas—. Quédate conmigo.

Khalani deseaba quedarse con él.

Dios, lo deseaba con toda el alma.

Pero su mente y su cuerpo estaban cayendo al vacío, y no podía hacer nada para evitarlo. Lo último que vio antes de que la oscuridad la engullera por completo fue una lágrima rodando por el rostro ensombrecido de Takeshi.

—Khalani, querida.

Una voz dulce, como una melodía lejana, le llegó a los oídos.

—Despierta.

Abrió los ojos de golpe. Estaba sentada en el suelo de una habitación fría, casi en penumbra, con una única lámpara colgando de forma precaria sobre su cabeza.

—¿Winnie? —parpadeó, buscando un rayo de esperanza en la oscuridad.

—Aquí —respondió la voz de la anciana desde el otro lado de la estancia.

Estaba sentada, con la espalda apoyada contra un poste metálico.

Khalani se inclinó hacia delante de inmediato, pero sintió que algo tiraba de ella hacia atrás. Entornando los ojos, comprendió que, al igual que Winnie, estaba encadenada a una tubería.

No había ni rastro de Takeshi ni de Derek.

Escudriñó el pequeño espacio en busca de una salida y, cuando reparó en la escalera desvencijada, Khalani soltó un gemido y echó la cabeza atrás, golpeándola contra el metal.

—¿Qué ocurre, Khalani? ¿Sabes dónde estamos? —preguntó Winnie, alterada.

—Aquí nos interrogaron la primera vez que pisamos Oasis.

—¿Qué crees que va a pasar ahora?

—No lo sé. Tenemos que salir de aquí y encontrar a los demás —dijo tirando de las ataduras de nuevo.

El dolor que sintió en los hombros le hizo rechinar los dientes.

Pero tenían que escapar.

Tenía que contárselo a los demás. Khalani no tenía idea de cuánto tiempo llevaban inconscientes, y Ansel atacaría esa noche. Si no les abría la puerta, los Pecadores encontrarían la forma de franquear el muro y de matarlos a todos.

Tiró con más fuerza de las cadenas, y estuvo casi a punto de dislocarse el hombro otra vez, pero entonces oyó unas botas toscas que bajaban por las escaleras.

Se le revolvieron las entrañas al ver a la jefa, que se detenía en el último escalón. Venía sola y desarmada, salvo por la silla de madera que arrastraba tras de sí.

Khalani se tensó, preparándose mentalmente para lo peor; ya había sobrevivido a un dolor inimaginable a manos del doctor Strauss.

Pero que Winnie también estuviera allí atada…

Una sombra cruzó el rostro de la jefa cuando colocó la silla en el centro de la estancia, soltando un suspiro pesado, como si cargara con un peso insoportable sobre los hombros.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Khalani, incapaz de ocultar el pánico que sentía.

—Patreus y los guardias los están vigilando.

—Te juro que si les haces algo…

—Jamás hemos pretendido haceros daño —espetó la jefa, ofendida—. No nos educaron así.

Khalani enarcó las cejas, incrédula.

—Y, exactamente, ¿cómo os educaron?

La jefa vaciló y se sentó despacio; inclinó la cabeza y apoyó los codos en las rodillas entrelazando las manos. Winnie fue la encargada de romper el silencio.

—No pareces muy diferente de todos nosotros, pero lo eres, ¿verdad?

—Ojalá pudiera decir que no. —La jefa torció el gesto—. Pero, cuanto más estoy en este mundo, más me doy cuenta de lo mucho que nos parecemos, pese a que no fuera eso lo que se pretendía.

Winnie frunció el ceño, pero guardó silencio, como si supiera que, con el más leve susurro, la jefa dejaría de darles las respuestas que tanto necesitaban.

—Quiero contaros una historia. —La jefa las miró, exhausta y compungida—. Sé que tenéis muchas preguntas, pero solo os pido que escuchéis lo que tengo que decir.

Khalani habría preferido ver cómo la empalaban con una espada a oír más mentiras. Pero, atadas como estaban, no tenían alternativa.

—La primera vez que fallecí, tenía veintiún años.

Adoptó una expresión vacía, con la mirada perdida, como si recordara un mundo que ellas solo habían visto en los libros de historia.