Us Defiant Few (Los oscuros 3) 25. Cuanto más trates de entender el mundo, más enloquecerás. #2
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25. Cuanto más trates de entender el mundo, más enloquecerás. #2

—Estamos a las puertas de un cambio, Khalani. ¿No lo notas? —dijo la anciana, recalcando las palabras mientras miraba el amanecer—. ¿No notas la tensión en el ambiente, una dolorosa punzada en tus entrañas que te dice que pronto todo será muy diferente?

Sorprendida, Khalani guardó silencio, dejando que las palabras de la anciana calaran en ella. Llevaba meses sintiéndose así, pero había sido incapaz de verbalizarlo.

—Hasta una sola persona puede cambiarlo todo —dijo Winnie—. En la superficie, todo es posible. Y, en algún momento, puede que te toque a ti elegir.

—Elegir, ¿el qué?

Winnie se inclinó hacia ella.

—Quién permanecerá en la oscuridad.

—Hemos llegado —anunció Derek.

Khalani lo miró. Concentrada como estaba en la conversación con Winnie, no se había percatado de que se habían detenido justo delante de la casa más grande de Oasis.

No la había visto antes porque estaba algo apartada y pegada al muro.

Al contrario que las otras casas, de estilo retro, la vivienda de la jefa era de aspecto moderno. Estaba pintada de negro y tenía elegantes ventanas de cristales tintados que se extendían a lo largo de toda la segunda planta.

Se acercaron con sigilo, mirando a un lado y a otro por si aparecía alguien, pero la calle estaba desierta.

Derek trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada.

—¿Hay manera de entrar por la parte trasera? —preguntó Khalani en voz baja.

Derek se mordió el labio inferior.

—No lo sé.

—¿Rompemos una ventana?

—Puede que salte una alarma.

—¿Qué hacemos? —susurró Winnie.

—Deberíamos volver. —Derek echó un vistazo a su alrededor, visiblemente nervioso—. Van a pillarnos si nos quedamos aquí…

Clac.

La puerta se abrió de repente, cortesía de Takeshi, que había arrancado el pomo de una patada mientras ellos discutían.

—¿Entramos o qué?

Takeshi señaló el interior con un ademán.

—De esta no salimos vivos —murmuró Derek mientras los cuatro atravesaban el umbral de puntillas, pisando el suelo de madera.

La entrada estaba decorada con unas columnas de madera y una gran escalinata que, dividida en distintos tramos, conducía hacia las diferentes alas de la casa.

Khalani dio un respingo cuando el suelo crujió bajo su peso, pero la jefa no irrumpió por la puerta principal ni bajó corriendo las escaleras.

El plan estaba funcionando. Pero no tenían mucho tiempo.

—¿Dónde está la biblioteca?

Se volvió hacia Derek con los nervios a flor de piel.

—En la segunda planta —respondió él—. Tenemos que movernos rápido.

Se apresuraron a subir las escaleras de dos en dos. Derek dobló a la derecha en el rellano y avanzaron por el pasillo. Fueron dejando atrás un dormitorio tras otro y, por el rabillo del ojo, Khalani vio el interior de los que tenían la puerta abierta.

Era extraño. Las camas de las habitaciones estaban cubiertas con láminas de plástico, como si nunca se hubieran utilizado.

Continuaron hasta que, finalmente, se plantaron ante una puerta de caoba. Derek hizo girar el pomo. Khalani estaba segura de que Takeshi no tendría más remedio que utilizar de nuevo la fuerza bruta, pero, para su asombro, se abrió sin dificultad.

La biblioteca era mucho más pequeña de lo que había imaginado en un primer momento, con una chimenea apagada y vacía y un escritorio diminuto de caoba. Cientos de libros se alineaban en varias estanterías.

—¿Qué estamos buscando en concreto? —preguntó Derek.

—Ansel mencionó algo así como «Olimpo». No tengo ni idea de qué significa eso, pero dijo que buscáramos álbumes de fotos. —Soltó un sonoro suspiro—. Lo mejor será que cada uno elija una estantería.

Se apresuraron a obedecer.

Khalani se puso de puntillas mientras hojeaba varios libros, todos ellos llenos de páginas de texto.

Ni un solo álbum de fotos.

Casi veinte minutos después de búsqueda infructuosa, decidieron lanzar al suelo los libros que descartaban.

—Khalani, Ansel te mintió. Aquí no hay nada —dijo Derek volviéndose hacia ella.

—Aún no hemos terminado de examinarlos todos —respondió, comprobando los libros del estante inferior.

El sentido común le decía que Derek tenía razón. Ya llevaban en la casa más tiempo del que habían planeado. El sol iba ganando altura y sus rayos comenzaban a iluminar la biblioteca.

Pero algo, una sensación extraña en el pecho, le decía que siguiera buscando y le impedía marcharse.

—La jefa regresará en cualquier momento. Tenemos que irnos —insistió Derek.

Estaba a punto de responder cuando un lomo con relucientes letras doradas captó su atención.

Los Dioses Griegos del Olimpo .

Khalani cogió el libro y, en cuanto lo sacó del estante, se oyó un claro clic.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Winnie.

En un abrir y cerrar de ojos, Takeshi acudió a su lado.

—Ha sonado como si se activara un mecanismo —dijo.

A continuación, empujó la estantería, revelando una estancia secreta.

Entraron todos en un cuarto apenas iluminado. A la izquierda había dos estanterías y, al otro lado, un amplio escritorio sobre el que se apilaban decenas de papeles.

Sin embargo, lo que los dejó helados fueron las pantallas.

Un gran número de televisores se apilaban unos encima de otros, mostrando imágenes en vivo y en directo de Oasis.

Los hombres que custodiaban el muro.

El campo de entrenamiento.

—¡Oh, Dios mío! —Derek palideció—. ¿Eso es nuestra casa?

Se acercaron a la pantalla superior y enseguida reconocieron el sofá de la sala de estar. Khalani contempló el resto de los aparatos con horror.

—¡Mierda! —exclamó Takeshi, asestando un puñetazo contra la pared.

En una de las pantallas se veían imágenes en directo del dormitorio de Khalani.

La joven retrocedió un paso, con las piernas temblorosas, y una arcada le subió por la garganta.

Winnie se acercó al escritorio y empezó a revisar los papeles.

—«Los Pecadores han desbaratado nuestros intentos de recolonización» —leyó en el primero—. «Orden de exterminio».

La anciana se apresuró a hojear el resto de los documentos.

—«La expansión se ha suspendido. Solicitud de recursos denegada». —Alzó la mirada—. Winnie no comprende qué significa esto.

—Concentrémonos en encontrar los álbumes de fotos —sugirió Khalani—. Tienen que estar por aquí.

Fue a toda prisa hacia las estanterías. Winnie y Takeshi se unieron a ella y los tres empezaron a revisar frenéticamente los libros.

Derek observaba las pantallas con ojos desorbitados.

—Tíos… —Todos se volvieron cuando, con voz aterrada, señaló la pantalla izquierda—. La jefa y Patreus han salido del campo de entrenamiento. Vienen hacia aquí.

Apenas hubo pronunciado esas palabras, Khalani se concentró de nuevo en los libros. Aún no podían irse. La jefa los había estado espiando todo el tiempo. Tenía que descubrir qué más ocultaban.

Vio una especie de cuaderno, blanco y voluminoso. Lo abrió y, al hacerlo, descubrió decenas de fotografías.

—¡Creo que lo tengo! —exclamó.

Khalani examinó las imágenes, confundida. Varias familias posaban en el exterior de unas casas que, extrañamente, se parecían mucho a las de Oasis.

Debajo de cada fotografía había un año.

«1991. 1992. 1993».

—¡Winnie ha encontrado otro!

La anciana sacó otro álbum polvoriento del estante inferior. Pero Khalani siguió hojeando el blanco. No reconocía a nadie.

Pasó una página tras otra hasta que llegó a la última.

En ella se veía a dos mujeres muy sonrientes sentadas en un balancín.

Khalani se quedó atónita.

—¿No es…?

—La jefa —respondió Takeshi por encima de su hombro, examinando la fotografía con los ojos entornados.

Aunque esbozaba una extraña sonrisa, no cabía duda de que era ella. La mujer a su derecha parecía Ari, la que había curado a Winnie la primera vez que habían pisado Oasis.

Bajó la mirada y leyó el año.

«2035».

—Dos mil treinta y cinco… —dijo frunciendo el ceño—. Hace más de trescientos años. No puede ser. Algo se nos escapa.

—¡Khalani! —exclamó Winnie.

Cerró el libro de golpe y se volvió hacia la anciana, a la que le temblaban las manos.

—¿Qué sucede, Winnie? —susurró.

Blanca como la pared, la anciana la miró con los ojos abiertos de par en par y una expresión desconcertada.

Alzó el álbum para mostrárselo.

Khalani se acercó.

Era un primer plano de una muchacha sonriente, aunque la sonrisa no se reflejaba del todo en sus ojos. La joven miraba hacia arriba con una extraña mezcla de intensidad y fervor, como si deseara romper con sus propias manos las rocas de la ciudad del subsuelo que la rodeaba.

Khalani conocía muy bien ese rostro.

Era el suyo.