24. Grita las verdades que imploran ser susurradas. #2
—Sí me importa —susurró Khalani con el corazón desbocado por esa demostración inesperada de vulnerabilidad—. Pero lo entiendo. Sé que no ha sido fácil para ti.
Takeshi frunció el ceño, como si se sintiera más cómodo con ella contratacando que respondiendo con amabilidad.
—¿Puedo preguntarte algo? —añadió.
Tomó aliento, buscando las agallas antes de que la luna desapareciera del cielo y se llevara ese instante.
—¿El qué, Kanes?
—¿Empiezas a recordar…, aunque sea algo?
Takeshi la miró fijamente con esos ojos ardientes. Pero permaneció inmóvil. Como si creyera que, de lo contrario, ese instante tan frágil de paz se haría añicos.
—Ayer, cuando te dispararon…, vi algo —admitió con voz grave.
—¿Qué?
Khalani se inclinó hacia delante, dejando caer las mantas.
—Tuve una visión. Yo corría por Braderhelm. Estaba muy angustiado. Una angustia que no había sentido desde que mi madre…
Takeshi hizo una pausa, tratando de no perder el control. En sus ojos se reflejaban la rabia y el miedo.
—Oye… —dijo Khalani, tratando de arrastrarlo de nuevo al presente.
Al ver que se negaba a mirarla, bajó de la cama y se sentó junto a él, recostándose también en la puerta. Con cautela, extendió el brazo y se lo apoyó en la pierna.
—No estás atrapado en un sueño. Estás justo aquí. Conmigo.
Takeshi tomó aliento bruscamente y Khalani retiró la mano. Sin embargo, él bajó la mirada y apretó los labios, como decepcionado por que lo hubiera hecho.
—Había alguien en el suelo —continuó diciendo, con la mirada perdida al frente—.
Al acercarme, la visión se vuelve más borrosa.
Estoy en la cama, y hay alguien a mi lado durmiendo.
No puedo ladear la cabeza y comprobar quién es.
Lo único que noto es que uno de sus dedos me roza el meñique.
Y ya no estoy tan enfadado. Me siento… lleno, completo.
Takeshi se volvió hacia ella y sus rostros quedaron a tan solo unos centímetros.
—¿Te has sentido alguna vez así?
—Sí —suspiró Khalani conteniendo el aliento.
—¿Era yo?
—Siempre has sido tú.
Takeshi tragó saliva, pero enseguida se echó hacia atrás con brusquedad y negó con la cabeza.
—Joder, ¿qué estoy haciendo?
—Quédate aquí conmigo, Takeshi. Confía en mí.
—Pero ¡si ni siquiera confío en mí mismo, Kanes! —exclamó.
Jadeando, cerró los ojos, como si esa fuera la única manera de escapar del infierno que experimentaba.
—Solo quiero pasar una noche sin oír todas esas voces en mi cabeza —dijo con aspereza—. Una noche en la que no crea que estoy perdiendo la razón y que no piense en destruirlo todo.
—Entonces, utilízame.
Se volvió de repente hacia ella, como si no la hubiera oído bien.
—¿Qué acabas de decir?
Khalani tragó saliva. En lo más profundo de su ser, sabía que era una pésima idea, pero, por alguna razón, se mantuvo firme. Eran dos almas retorcidas buscando algo para seguir cuerdas.
—Si quieres olvidarte de todo, utilízame.
Un fuego implacable ardió en los ojos de Takeshi, pero desvió la mirada, desechando la idea.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Sé exactamente lo que estoy pidiendo —admitió Khalani—. No tengo todas las respuestas. No sé cómo arreglar lo que se rompió en nuestra relación. Pero quizá podamos fingir que no todo a nuestro alrededor se está desmoronando. Solo por esta noche.
Takeshi permaneció inquietantemente inmóvil, esperando a que retirara sus palabras. Pero Khalani ya le había entregado el alma.
Solo necesitaba que él recogiera los pedazos.
—Te daré una oportunidad más para cambiar de opinión —concedió Takeshi con un tono calmado, casi amenazador, volviéndose hacia ella—. Una última oportunidad.
La advertencia quedó suspendida en el aire, y Khalani alzó la barbilla, reafirmándose en su decisión.
—Bien, pues aquí sigo. Así que… ¿qué vas a hacer al respecto?
Se le escapó un grito cuando, de pronto, Takeshi la levantó del suelo con un movimiento rápido y ágil y la sentó a horcajadas sobre sus piernas.
La agarró de las caderas con unas manos firmes y seguras.
Parecía demasiado tranquilo, como si la tuviera exactamente donde quería, en el lugar en que debía estar. Khalani reparó en que un intenso deseo le hacía temblar la mandíbula. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio y obligándola a prestarle toda su atención.
—Has tomado la decisión equivocada —susurró.
—¿Por qué? —consiguió decir ella mientras le acariciaba el cuello con la punta de la nariz.
—Porque voy a hacer que te derritas.
Le pasó la lengua por la yugular, que latía desatada.
Khalani apoyó la frente en la puerta, jadeando y con la piel erizada. Como si un fuego se avivara en su interior.
Takeshi le rodeó la nuca con una mano al tiempo que, con la otra, la acercaba hasta que ni un centímetro separaba sus cuerpos.
Khalani sentía todo su ser.
Takeshi le mordió el cuello, lo que le provocó una punzada aguda de dolor, pero después chupó con dulzura el lugar del mordisco, y Khalani soltó un gemido.
Rápidamente, le cubrió la boca con la suya para evitar que alguien pudiera oír los sonidos que se le escapaban de los labios.
Entrelazaron las lenguas, luchando por controlarse.
Las manos de Takeshi se adaptaron a su cuerpo, y ella le cogió el rostro, moviendo las caderas con tanto frenesí que Takeshi soltó un gruñido ronco y se puso en pie, sujetándole con firmeza las piernas.
Siguió besándola camino de la cama y la depositó sobre las sábanas. Inclinándose sobre ella, la miró como si fuera la única persona en la superficie a la que valiera la pena contemplar.
A Khalani no le gustó la distancia que los separaba y lo atrajo hacia sí, pero él la tomó de las muñecas y se las sujetó con firmeza a ambos lados de la cabeza.
—Ni hablar, Kanes. Hoy es mi turno.
La voz grave de Takeshi la recorrió y la hizo sentir ingrávida.
Asintió con un gesto, y él se dirigió hacia el pie de la cama mirándola con una pasión implacable. Es posible que lo hubiese estado ocultando, pero, por una vez, le permitía ver su intenso deseo.
—Quítate los pantalones —ordenó.
Khalani se humedeció los labios con el corazón desbocado.
—¿No quieres hacerlo tú por mí?
Él curvó lentamente los labios en una sonrisa.
—Prefiero que tú tengas el control. Así, cuando esta noche te hagas añicos por mí, sabremos que fue elección tuya.
Sintió que sus palabras se le inyectaban en las venas. Takeshi se negó a seguir adelante hasta que ella cediera.
Y Khalani había llegado demasiado lejos como para rendirse.
Se quitó los pantalones con calma, haciéndolo esperar mientras dejaba expuestos sus muslos. Takeshi no apartó la mirada y siguió todos sus movimientos sin parpadear.
Cuando se quedó desnuda de cintura para abajo, Khalani advirtió que contenía el aliento.
En silencio, la examinó con expresión inescrutable. Ella se puso nerviosa, carcomida por su mutismo.
Pero, entonces, él dijo:
—Sabía que ibas a ser mi perdición.
Se inclinó y con un gesto decidido tiró de ella, de modo que quedó justo frente a él.
Nervios.
Excitación.
Anticipación.
Khalani experimentaba todas y cada una de las emociones posibles.
Él se puso de rodillas.
Se le aceleró la respiración; iba a derretirse. Le agarró los muslos con sus fuertes manos y le abrió las piernas. Khalani esperó, percibiendo su penetrante mirada sobre ella. En ese momento, le habría gustado sumergirse en su mente y verse a través de sus ojos.
Para comprender el poder que tenía sobre él.
Pero enseguida sintió sus labios y soltó una exclamación.
Él se detuvo bruscamente y la miró por entre las piernas con los ojos entornados.
—Si no quieres despertar a nadie, será mejor que no grites. ¿O prefieres que te amordace?
Khalani apenas podía respirar, y mucho menos pronunciar palabra.
Así que le hizo una peineta.
Takeshi soltó una oscura carcajada entre dientes y se sumergió de nuevo en la profundidad de su mundo.
Era implacable.
Insaciable.
Cuando se concentró en la pequeña maraña de nervios, Khalani se mordió los labios para contener los gemidos.
Él la memorizó. Descubrió cuáles eran sus puntos débiles y los atacó con una precisión despiadada hasta hacerla sentir que su cuerpo no le pertenecía.
Se lo entregaba sin reservas.
Takeshi no dejó de estudiar su respuesta. Cada jadeo. Lo que la hacía gemir y clavar las uñas en las sábanas. Y, en cuanto hundió su largo dedo en ella, Khalani se sintió en la gloria.
—Takeshi… —exhaló con voz temblorosa—. No puedo… soportarlo.
—Sí puedes. Y lo harás.
Encontró un nuevo punto que le proporcionó tanto placer que Khalani se tensó y soltó un grito. Pero él agarró con más fuerza sus piernas temblorosas, como si no hubiera nada más en el mundo.
Cuando por fin las convulsiones cesaron, Takeshi se puso en pie, con los labios brillantes.
—Ven aquí, Takeshi… —le susurró Khalani sin aliento.
Abrió los brazos, deseosa de responderle del mismo modo.
Sin embargo, Takeshi, que aún jadeaba, frunció el ceño. Lo atrajo hacia ella y vio en su semblante una emoción inexplicable. Como si lo único que deseara fuera que ella lo estrechara entre sus brazos.
Aun así, no se movió.
—Takeshi… —repitió, sintiendo que se le escapaba.
En sus ojos ardientes se adivinaba un dolor más profundo.
Sin pronunciar palabra, Takeshi se levantó y salió de la habitación.
Dando un portazo.