Us Defiant Few (Los oscuros 3) 24. Grita las verdades que imploran ser susurradas.
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24. Grita las verdades que imploran ser susurradas.

Grita las verdades que imploran ser susurradas.

L a luna ya presidía el cielo cuando llegaron ante el muro. Khalani agitó visiblemente las manos, desesperada por indicarles a los hombres y mujeres que lo custodiaban que no dispararan.

A lo lejos, se oyeron unos gritos. Miró inquieta a Takeshi, que se pegó a ella, preparándose para el combate. Pero unos instantes después, tras un fuerte chirrido, las puertas se abrieron.

Winnie fue la primera cara que vio.

—¡Khalani! —exclamó la anciana, corriendo hacia ella a la velocidad que le permitían sus cansadas piernas.

Se encontraron a medio camino y se fundieron en un abrazo.

—Nos dijeron que habíais muerto —declaró con un hilillo de voz—. Pero Winnie no lo creyó.

—No es tan fácil acabar conmigo —susurró Khalani, estrechándola aún más entre sus brazos y sintiendo que su corazón, antes vacío, rebosaba de alegría de nuevo.

Derek fue el siguiente en abrazarla, casi aupándola del suelo.

—A partir de ahora, ya puedes ir olvidándote de las incursiones —exclamó, mirándola con unos ojos enrojecidos e hinchados.

Los tres se fundieron en un abrazo, y Takeshi se mantuvo a cierta distancia, rígido y tenso.

Winnie se apartó y se encaminó lentamente hacia él con una expresión dulce grabada en el rostro. Al ver que se acercaba, Takeshi tragó saliva, más incómodo que si tuviera una pistola apuntándole a la sien.

—Gracias —susurró la anciana.

—¿Por qué? —preguntó Takeshi, confundido.

Winnie curvó los labios en una radiante sonrisa y le dio un abrazo.

—Por cuidarla. Por haber vuelto sanos y salvos.

Takeshi la miró desde arriba, como si la diminuta anciana fuera a arrancarle el corazón. Con gesto tímido, acabó por darle unas palmaditas en la espalda.

A Khalani, que observaba la escena en silencio, se le hizo un nudo en la garganta. Quizá fuera un gesto de lo más insignificante, pero el hecho de verlos así, abrazados, suponía una victoria mayor que las que ella había conseguido.

—Me alegro de verte por aquí de nuevo, colega. Si quieres puedo aplicarte un ungüento en esos cortes.

Derek señaló con el mentón las costras que se le habían formado sobre las heridas que tenía en el rostro.

—No.

A Derek le cambió la cara, y Takeshi vaciló.

—Es decir, puedo hacerlo yo mismo. Pero estaré encantado de que me prestes el ungüento… Gracias —añadió, tragando saliva y forzando una sonrisa.

La jefa apareció en ese momento haciendo ondear su capa granate. La acompañaba Patreus, que iba ataviado con su uniforme de combate.

—No voy a mentiros —dijo la jefa con aire sorprendido—. Cuando los otros informaron de que los Pecadores os habían capturado, os di por muertos.

—Durante un segundo, nosotros pensamos lo mismo.

Khalani se peinó el pelo con una mano temblorosa y miró de reojo a la jefa, recordando las palabras de Ansel. Pero la culpa se adueñó de ella.

Ese demonio de hombre no era digno de su confianza. Las cabezas en la alambrada de los Pecadores ya lo decían todo.

—¿Qué habéis visto en su asentamiento? —Patreus los miró entusiasmado—. ¿Os cruzasteis con Ansel? ¿Qué os han dicho? ¿Y por qué os han dejado con vida?

—Calma, Patreus. —La jefa alzó la mano—. Han tenido una noche muy larga y parecen agotados. Dejémosles descansar. Mañana por la mañana nos darán las respuestas que buscamos.

Patreus torció el gesto. Resultaba evidente que deseaba interrogarlos, pero soltó un bufido y se alejó, refunfuñando entre dientes.

Khalani se puso de puntillas y miró a lo lejos en busca de caras familiares.

—No están aquí —anunció la jefa.

—¿Y dónde están?

—Al ver que no regresabais, vuestros cuatro amigos casi desvalijaron nuestro arsenal de armas y fueron a buscaros. Ferren y un par de mis guerreros los han acompañado con la esperanza de encontrar vuestro rastro. Cuento que estarán de vuelta dentro de unas horas.

Khalani tensó la mandíbula, conteniéndose para no empezar a maldecir a la luna. ¿Cómo se les ocurría correr ese riesgo?

Si hubiese muerto a manos de los Pecadores, lo último que habría deseado es que el resto de su familia corriera la misma suerte.

Empezó a respirar con dificultad y Winnie se acercó a ella.

—Khalani, querida… Vamos, pareces agotada. A la cama.

La anciana la tomó del brazo y la condujo por Oasis.

Con cada paso que daba y que la alejaba del desierto, sentía que cometía un grave error. Ahí fuera había personas buscándola, personas que eran importantes para ella. Casi dio media vuelta, pero una mirada a Takeshi le bastó para saber que no se lo permitiría.

Al llegar a la casa, Derek, consciente de que estaban hambrientos, les dio unas hogazas de pan y abrió unas judías enlatadas.

Khalani engulló la comida y, después, fue a ducharse. Con los ojos abiertos, se quedó bajo el chorro de agua mientras el polvo, el sudor y la mugre desaparecían por el desagüe.

«Ve a la biblioteca. Busca los álbumes de fotos».

Se restregó el cuerpo, tratando de borrar esas palabras.

Era todo parte del plan de Ansel.

Obligarla a traicionar a Oasis.

Pero ¿qué tenía de malo ir a la biblioteca y comprobarlo, solo para quedarse tranquila?

Cerró el grifo con un gesto brusco y se secó. Toda la situación la superaba. Necesitaba dormir.

Ya lo resolvería al día siguiente.

Winnie apareció con una sonrisa radiante justo cuando Khalani salía, vestida con ropa limpia.

—Winnie dormirá en otro sitio esta noche —anunció.

Khalani se extrañó.

—¿No vas a quedarte conmigo?

—Has tenido un día agotador y te mereces tener toda la cama para ti sola. No te preocupes por Winnie. Ya dormirá en el sofá.

—¡Ni hablar! —gritó Derek desde el otro extremo del pasillo—. Duerme en la otra habitación, Winnie. Yo me quedo con el sofá.

Derek no aceptó un no como respuesta, y la anciana se encaminó hacia el otro dormitorio soltando un suspiro y murmurando algo sobre lo mandones que eran los hombres.

A Khalani no le gustaba dormir sola, pero la cama le pareció de lo más acogedora. Se cubrió con las sábanas y se hundió en ella. Cerró los ojos, dispuesta a sumirse en un agradable sueño.

«Ve a la biblioteca».

«En cuanto descubras la verdad, me suplicarás que los mate».

Exasperada, se cubrió la cabeza con la almohada, apretándola más y más.

«Ignóralo. Duerme».

Una hora más tarde, Khalani seguía sin conciliar el sueño; ya lo había dejado por imposible. Miraba el techo, aferrándose a la colcha mientras repetía una y otra vez las palabras de Ansel. Y, desde un rincón de su mente, unos penetrantes ojos azules la observaban, juzgando las capas de su locura.

De repente, alguien llamó con un discreto golpe en la puerta.

—Adelante.

Con un crujido, la puerta se abrió y, para su sorpresa, Takeshi asomó la cabeza.

Khalani se incorporó en la cama.

—Takeshi, ¿qué haces aquí?

—Imaginaba que tú tampoco podías dormir.

Llevaba un pantalón negro de chándal y una túnica sin mangas, con lo que todos los músculos de sus brazos quedaban al descubierto. Cerró la puerta con suavidad y entró, llenando el espacio, absorbiendo el aire de la estancia.

O quizá fuera ella la que no podía respirar en su presencia.

—¿Cómo lo has sabido?

—Lo he sentido. —Takeshi apoyó la espalda en la puerta de madera y se deslizó hasta el suelo—. ¿Qué ocurre?

—No puedo dejar de darle vueltas —dijo, retorciéndose los dedos—. ¿Y tú? ¿Qué excusa tienes?

—No me gusta dormir.

—¿Cómo? ¿Por qué?

—Por la noche tengo unos… sueños extraños —confesó en voz baja—. Me dan dolor de cabeza. Unos recuerdos que no son míos y que no tienen sentido.

Pronunció aquellas palabras con cierta dureza y crueldad, aunque ya no parecía el hombre peligroso que quería matarla. Allí sentado, con los codos apoyados en las rodillas, era como si más bien necesitara a alguien con quien hablar.

—Lo siento —susurró Khalani.

—No es culpa tuya.

Parecía haberlo dicho en serio, y Khalani sintió que algo sanaba en su interior.

—¿Me ves en esos sueños?

—No lo sé. Todo es muy confuso. Borroso.

Apretó los puños y llevó la cabeza hacia atrás, como si quisiera gritar, pero se limitó a aspirar por la nariz y a reprimir todo el dolor que sentía.

Khalani se abrazó las rodillas al pecho y comprendió que estaba igual de perdido que ella.

—Ojalá pudiera desconectarme de todo —susurró ella.

—¿De qué?

—De mi mente. Del mundo. No sé…, de todo.

—¿Y qué harías con toda esa libertad?

Khalani alzó los ojos y vio la respuesta que vivía en los límites de sus sueños dibujada en el techo blanco.

—Plantaría un jardín. Con todas las flores del mundo. Y lo cuidaría.

Se encontró con la mirada ardiente de Takeshi, cuyos pensamientos eran aún un completo misterio para ella. Sin embargo, advirtió que relajaba los hombros, como si ese sueño también le diera paz.

—¿Me ves en ese sueño?

Khalani se asombró al darse cuenta de que le devolvía la pregunta que ella le había hecho antes.

—¿Quieres estar ahí?

Como respuesta, Takeshi se encogió de hombros. Aunque su rostro quedaba oculto por las sombras, Khalani habría jurado que una sonrisa pícara había asomado a esos labios carnosos que callaban.

Decidió seguirle el juego.

—Estarías en otra habitación. En tu estudio de pintura.

Ni siquiera tuvo que pensarlo.

La escena en su mente se transformó en una visión de Takeshi apareciendo en el jardín y rodeándola con los brazos, besándole la mejilla mientras le mostraba un nuevo cuadro.

Un santuario de paz que solo existía en la ficción.

La sonrisa que le había iluminado el rostro se esfumó poco a poco y la realidad la abrumó, arañando y dando zarpazos como si fuera un monstruo.

No se veía ni rastro de ese futuro, por muy hermoso que fuera.

—Olvídalo. Vas a pensar que es una estupidez —murmuró.

—No —respondió Takeshi mirando hacia el techo, como si también lo estuviera imaginando—. Suena… bonito.

«Sí, ¿verdad?».

Se quedaron allí, en un silencio apacible, fantaseando con todas las vidas que podrían haber tenido si la suerte hubiese estado de su lado.

—Kanes…

—¿Sí…?

—Siento haberme comportado como un capullo. Solo quería… —Las palabras se le atragantaron y negó con la cabeza—. Sé que no te importa, pero… lo siento.