Us Defiant Few (Los oscuros 3) 23. El mundo me dejó el corazón exhausto. Pero la fe me mantuvo firme.
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23. El mundo me dejó el corazón exhausto. Pero la fe me mantuvo firme.

El mundo me dejó el corazón exhausto. Pero la fe me mantuvo firme.

T akeshi le agarró la mano con firmeza y se dirigieron a toda prisa hacia los confines de la aldea. Mientras dejaban atrás las coloridas tiendas, Khalani echó un vistazo por encima del hombro hacia el antiguo casino.

—No te pares —la riñó Takeshi, forzándola a concentrarse en lo que tenían delante.

Atravesaron el asentamiento con Takeshi casi tirando de malos modos de ella y obligándola a correr para mantener el ritmo de sus grandes zancadas. Khalani lo miró extrañada y advirtió que contraía con rabia la mandíbula.

—Estoy a punto de dar media vuelta y asesinar a todos y cada uno de los que estaban en esa tienda y, después, hacer lo mismo con el resto de los habitantes de esa aldea —aseguró con voz ronca.

Khalani no se lo discutió.

En las partes más profundas y torturadas de su alma, deseaba ver arder a los Pecadores. Sin embargo, no había tiempo para desatar y saciar sus ansias de venganza. Tenían que avisar a la jefa antes de que fuera demasiado tarde.

Khalani aceleró el paso cuando se aproximaron a la barrera que cercaba la aldea. Las puntas afiladas de unas lanzas sobresalían de la alambrada. Palideció al ver lo que había clavado en ellas.

Cabezas.

Numerosas cabezas con la boca abierta… La agonía congelada en el tiempo.

¿Quiénes eran?

¿Viajeros como ellos?

¿Habitantes de Oasis?

Cuando finalmente llegaron ante la puerta, los recibió uno de los hombres de Ansel, que ordenó a los guardias que la abriesen.

—Tomad. —El hombre bajito les tiró las mochilas a los pies y retrocedió de inmediato—. Será mejor que os pongáis en marcha. Y no olvidéis lo que os ha dicho Ansel.

Khalani y Takeshi no necesitaban oír nada más. Recogieron las bolsas, las cargaron y se dispusieron a enfrentarse al sol del desierto.

Si hubieran aguzado el oído, habrían escuchado unos gritos fantasmagóricos en la distancia que, desde la sangrienta alambrada, les advertían de que no volvieran nunca a ese lugar.

Los pies se les hundían en la arena. Khalani notaba el cuerpo empapado en sudor mientras se alejaba al máximo de aquella atroz aldea.

Un desierto compuesto de colinas y valles los rodeaba. A diferencia del trayecto desde Apolo, no había ninguna carretera que marcara el camino.

Los Pecadores vivían en medio de la nada.

Absorto y con expresión sombría, Takeshi le permitió marcar el ritmo en dirección oeste.

Hicieron un alto, y el capitán le vendó la herida del brazo con una camiseta de recambio que llevaba en la mochila.

A continuación, rasgó un trozo de tela negra e hizo lo mismo con la suya. Después, siguieron adelante.

Al notar que el viento se levantaba y que la arena empezaba a azotarles el rostro, Khalani rebuscó en la mochila y suspiró con alivio al comprobar que los Pecadores, pese a que les habían quitado las armas, no habían tocado su pañuelo ni el cuaderno.

Se envolvió enseguida la cabeza con la tela suave, cubriéndose la boca para protegerse de los elementos. Takeshi hizo lo mismo con un pañuelo negro. Khalani no pudo evitar mirar su rostro medio oculto cuando alzó la cabeza despacio.

De algún modo, la máscara oscura lo volvía aún más magnético, más misterioso. El capitán se enderezó y reemprendió la marcha, como si el desierto fuera su hábitat natural.

Ella, en cambio, no dejaba de encorvarse y esforzarse al máximo para que esa tierra baldía no la escupiera.

Caminaron sin parar, dejando el recuerdo de las huellas de sus botas en la arena. Avanzaba sujetándose la tela del pañuelo al cuello y con la cabeza gacha.

Takeshi le pisaba los talones. Sin quejarse. Sin flaquear.

Disponían de una cantidad limitada de agua. No tenían más provisiones.

Probablemente, él habría llegado a Oasis antes del atardecer de no ser porque Khalani lo retrasaba. Sin embargo, el capitán no se apartaba de su lado, aun sin ser consciente de que su sola presencia mantenía a raya su angustia.

De repente, alzó una mano y le indicó que se detuviera. Khalani obedeció, extrañada. Takeshi tenía la mirada clavada en el flanco izquierdo y escudriñaba la distancia. Ella siguió la dirección de sus ojos entornados y se quedó boquiabierta.

La áspera arena ya no estaba en el suelo. No muy lejos de donde se encontraban, una parte del desierto se elevaba hacia el cielo formando una columna. Giraba y giraba a un ritmo caótico y avanzaba lentamente, como si fuera un monstruo solitario y errante.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—No tengo ni idea.

—¿Crees que viene hacia aquí?

Sin proponérselo, Khalani lo agarró del brazo, y Takeshi frunció el ceño en dirección a su mano. Ruborizada, se apresuró a soltarlo.

—Lo siento.

—No pasa nada —aseguró él con voz grave.

La observó casi como si la desnudara. Casi como si estuviera a punto de cruzar los límites.

Khalani tragó saliva, y Takeshi siguió con la mirada el movimiento de su garganta. Dio un paso atrás, sobresaltado, como saliendo de un trance, y desvió de nuevo la atención hacia la tormenta giratoria, como si nada hubiera ocurrido.

—No parece que vaya a cambiar de dirección. Tenemos que seguir.

Ella asintió, consciente de lo infinito que era el pequeño espacio que los separaba.

Quizá ese fuera su destino.

Un paso más y el fuego entre ellos calcinaría los vestigios de la joven que había sido.

La idea le pareció tan violenta y peligrosa como el torbellino de arena que, como si custodiara la Zona Muerta, parecía seguirlos sin quitarles ojo de encima.

Pero ella ya no quería seguir siendo la misma.

No quería seguir siendo esa chica que luchaba por encontrarle sentido a la vida, esa chica resentida con los que la habían traído a este mundo cruel.

Durante mucho tiempo, Khalani no había creído en Dios. De hecho, lo odiaba con todas sus fuerzas por permitir toda aquella destrucción en el mundo. Por dejar que el mal ganara y haberle hecho cargar a ella con toda esa angustia.

En cambio, algo la había impulsado a seguir luchando.

Siempre había pensado que los obstáculos iban a acabar con ella, pero quizá tuvieran otro propósito.

Durante sus entrenamientos, Takeshi nunca le había permitido conformarse con lo fácil.

Añadía repeticiones, aumentaba el peso, subía la dificultad.

Porque sabía mejor que nadie que, para crecer, era necesario mortificarse.

Pese al dolor, siguieron caminando por la superficie devastada.

Resistiendo.

—¿En qué piensas? —preguntó de repente Takeshi al advertir su mirada melancólica, perdida en el cielo azul.

—En nada. Solo estoy agradecida.

—Agradecida… ¿por qué?

—Por estar viva. Hubo un tiempo en que no deseaba estarlo. —Recordó esos días durante su encarcelamiento en Braderhelm en los que no le habría importado morir—. Supongo que me alegro de que mis deseos no se hicieran realidad.

Takeshi reflexionó sobre sus palabras sin decir nada, pero con un mar entero de preguntas borboteando en sus ojos.

Como si deseara decir muchas cosas. Como si no quisiera admitir muchas otras.

Khalani respetó su silencio.

Tras un trecho de camino, se sentaron a beber agua.

Después de haber dado unos cuantos sorbos, Khalani fue a ponerse en pie, pero Takeshi tiró de la correa de su mochila y la obligó a sentarse de nuevo.

—Necesitas descansar, Kanes.

—Estoy bien —replicó, ignorando su cuerpo dolorido.

Takeshi no aceptó un no por respuesta. Sujetó la correa con firmeza, y Khalani comprendió al instante que no la dejaría ir a ninguna parte. Así que se dedicó a tamborilear con los dedos sobre la arena, impaciente por retomar la marcha. Takeshi, en cambio, bebió despacio con aire satisfecho.

Ella sacó de la mochila el cuaderno y el bolígrafo. Pasó las páginas de lo que había escrito en el pasado hasta que apareció una en blanco.

La presencia de Takeshi, que estaba a medio metro de distancia, la hizo vacilar. Siempre había escrito a solas, pero las palabras revoloteaban en su mente y pugnaban por salir.

En todas partes te busqué.

En la oscuridad que me llamaba,

en los ríos de tinta que surcaban la página,

en el cielo, cuando alcé los ojos por primera vez.

Tú debiste ver el dolor en mi sonrisa,

oír los gritos que nunca abandonaron mi garganta

y ver mis lágrimas solitarias.

En todas partes te busqué.

Cuando el pozo en mi interior se secó,

arañé sus paredes con ardor

en busca de respuestas

para las razones de mi sufrimiento,

de esa fe inquebrantable

pese a todas mis incertidumbres.

Hasta que un día miré a mis espaldas

y contemplé una estela de batallas.

Creía haber muerto un millón de veces,

pero la verdad se reveló ante mí:

había aprendido un millón de formas de vivir,

a bailar en un jardín de odio,

a llorar cuando solo sentía amor,

a rendirme sin más, alzando las manos.

Y entonces comprendí

que siempre había buscado

a alguien que ya estaba en mí.

—¿Qué estás escribiendo?

Khalani casi dio un brinco al notar que Takeshi la miraba con curiosidad. De inmediato, se llevó el cuaderno al pecho.

—Nada.

—Nada —repitió.

—Exacto.

—Pues, mira por dónde, me encanta ver la nada.

Se recostó sobre la arena, fingiendo desinterés.

Pero a ella no la engañaba.

La llama del deseo ardía silenciosa en los ojos de Takeshi. Khalani no quería que ese fuego intimidante se proyectara en su cuaderno. Que descubriera lo patética que era.

Takeshi debió de percibir su pánico porque se inclinó hacia ella, tan cerca que podría haberla besado, acelerándole el corazón hasta tal punto que estaba segura de que él lo oía.

—¿Me lo enseñas, por favor, Kanes?

—Has dicho «por favor» —murmuró, atónita.

—Así es.

—Tú nunca pides las cosas por favor.

Takeshi curvó las comisuras de los labios y esbozó una leve sonrisa.

—Has despertado mi curiosidad. No la desperdicies.

—¿Por qué quieres leerlo?

—¿Necesito una razón?

—Sí.

Khalani entornó los ojos y Takeshi guardó silencio, pensativo.

—Durante un instante, has mirado el cuaderno y has sonreído. Me gustaría saber por qué… para conocer mejor a mi adversario —añadió, quitándole importancia.

Se le aceleró la respiración.

La poesía eran fragmentos de su alma al desnudo. Nunca se había mostrado tan vulnerable con nadie. Ni siquiera en los días en que Takeshi la reconocía.

Pero el capitán parecía sinceramente intrigado y en sus ojos leyó que no iba a juzgarla ni a burlarse de ella. Quería conocerla del todo, de verdad. Y quizá, solo quizá…, eso ayudaría a acercar posiciones.

Antes de cambiar de opinión, le tendió con gesto tímido el cuaderno. Takeshi enarcó las cejas con sorpresa. No se lo esperaba.

—¿Estás segura?

—Cógelo antes de que me arrepienta. Y solo mira esa página. Quizá te deje leer el resto… otro día.

«Cuando me recuerdes».

Takeshi asintió con la cabeza de manera solemne.

Mientras leía, Khalani miró hacia otro lado y se concentró en la arena que se deslizaba entre sus dedos. Tenía los nervios a flor de piel y a punto estuvo de arrebatarle el cuaderno de las manos.

Unos minutos después, reunió el valor para mirarlo.

Takeshi tenía los labios un tanto entreabiertos y los ojos clavados en la página.

—Nunca he leído nada igual —susurró.

No le había gustado en absoluto.

Era horrible.

Debería regalarle los poemas al desierto y condenarlos al olvido.

—Es precioso —afirmó con vehemencia, observándola como nunca antes lo había hecho.

Un atardecer magnífico bañaba a Takeshi en un fondo de tonalidades naranjas, rojas y ocres y, por un instante, Khalani sintió que estaba en el paraíso.

—¿Lo dices en serio? —se atrevió a preguntar, un poco más animada, creyendo que lo había oído mal.

—Sí. ¿Dónde aprendiste a escribir así?

Khalani suspiró, evocando un nombre que ocupaba un lugar especial en su corazón.

—Fue gracias a Douglas.

Cuando el sol ya se ocultaba en el horizonte, reemprendieron el trayecto hacia Oasis y Khalani le relató la historia de Douglas y del libro de poesía, y de cómo Winnie la había animado a escribir para superar la tristeza.

A aportar algo al mundo que valiera la pena recordar.

Takeshi dejó que hablara sin preguntar, prestando atención a cada una de sus palabras, incluso si estas desafiaban sus ideas preconcebidas.

La noche cayó, y ellos siguieron hablando de poesía, de lo que podrían haber hecho antes del Gran Colapso. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que la hostilidad entre ambos se había esfumado, que habían depuesto las armas…, al menos por un día.

Y, cuando el intimidante muro de Oasis apareció en la distancia, Khalani vaciló.

—¿Estás bien? —le preguntó Takeshi.

—Sí… Es solo que… tengo la intuición de que todo va a cambiar en cuanto crucemos esas puertas.

Takeshi asintió, como si su mente le hubiera susurrado las mismas palabras. Sin embargo, clavó la vista al frente, dispuesto a enfrentarse a cualquier obstáculo.

A derrotar al mismísimo mundo si este se interponía en su camino.

—Ya descansaremos cuando terminemos.

Sí.

Solo descansarían cuando terminaran.