Us Defiant Few (Los oscuros 3) 22. Una vida despiadada merece una muerte despiadada.
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22. Una vida despiadada merece una muerte despiadada.

Una vida despiadada merece una muerte despiadada.

D eslumbrada por el sol, Khalani hizo visera con una mano. Pero, cuando los ojos por fin se le acostumbraron a la luz, se quedó inmóvil.

La retenían en un asentamiento en el desierto formado por cientos de tiendas azules y rojas.

En el centro había un edificio alto y ruinoso.

Era gris y parecía uno de esos castillos del pasado, coronado por unas torretas que se cernían sobre la aldea.

En unas letras desvaídas en la parte delantera se leía «C asino ».

¿Era uno de los edificios originales del Gran Colapso?

—Sigue andando —ladró Ansel.

El hombre que estaba tras ella la empujó con la punta del cuchillo.

Un intenso calor emanaba de la arena bajo sus pies. Ansel la condujo a paso ligero a través de las tiendas y Khalani advirtió que la gente dejaba lo que estaba haciendo para observar a la comitiva.

En Oasis, había luz entre los muros. Cierta esperanza de seguridad y de un futuro mejor.

Sin embargo, los Pecadores poseían una dureza que la impulsaba a empuñar un arma.

Los hombres y las mujeres estaban muy bronceados e iban ataviados con un atuendo de combate de color arena que se fundía con el desierto.

Y todos ellos miraban a Khalani como si quisieran desollarla y colgarla de la alambrada con púas que rodeaba la pequeña aldea.

A diferencia de Oasis, no se veía ni rastro de electricidad. Parecía que vivían en la pobreza y sus rostros estaban cansados, como si no hubieran conocido un día sin conflicto.

Después de recorrer un largo trecho que no hizo más que empeorar las ampollas de Khalani, Ansel se detuvo al fin delante de una tienda azul más pequeña. Soltó un silbido bajo y apareció un hombre delgado que jugueteaba con un cuchillo.

—¿Ha accedido? —le preguntó Ansel.

—No exactamente, señor —respondió el hombre tragando saliva.

—¿Cómo?

—Ha dicho que no colaborará a menos que le traigamos a la chica sana y salva. Y que, si ve que le hemos tocado un pelo, él mismo se encargará, ejem…

Vaciló y desvió la mirada.

—Continúa —ordenó Ansel, entornando los ojos.

—Pues que él mismo se encargará de sacarnos los órganos y atarnos con ellos. Y que entraremos en el infierno con ellos colgados al cuello para que los demonios no nos dejen descansar en paz…, señor.

Khalani reprimió una sonrisa.

Ansel apretó los puños a los costados.

—Qué majo —afirmó con la mandíbula tensa al tiempo que fulminaba a Khalani con la mirada.

Habría dado todo lo que tenía por ver a Takeshi repartiendo su versión de la justicia.

No obstante, cuando entraron en la tienda, el alma se le cayó a los pies.

Takeshi se encontraba sentado en una silla, maniatado, al igual que había estado ella. En el brazo tenía una herida similar y la sangre le goteaba sobre las cuerdas que le sujetaban las muñecas. Y lo que era peor: Khalani advirtió varios cortes abiertos que le desfiguraban el rostro.

—Takeshi…

Se apresuró a ir hacia él y se dejó caer de rodillas.

—Kanes… —dijo él con voz rasposa, visiblemente aliviado.

Sin embargo, cuando advirtió la marca en su mejilla, se puso rígido.

La examinó de arriba abajo con una mirada glacial, lenta y deliberada.

Y, con cada nueva herida que descubría, su expresión se fue transformando, hasta que no quedó ni rastro de cortesía en él y su aspecto se pareció más al de un monstruo que al de un hombre.

La silla metálica emitió un chirrido agudo cuando tiró de las ataduras con una fuerza increíble, casi a punto de romperlas, lo que hizo que los presentes empuñaran las armas e intercambiaran miradas inquietas.

Pero Khalani tenía la atención puesta en una mujer bajita que llevaba una mitad del pelo rapado y la otra mitad, peinado en intrincadas trenzas de rizos castaños que le rozaban la mejilla.

Se fijó en los nudillos de metal que llevaba… teñidos de sangre fresca.

Los estaba limpiando la mar de tranquila cuando Khalani se abalanzó sobre ella y le asestó un puñetazo en la cara.

Se desató el caos. La mujer se llevó las manos al rostro y cayó al suelo. Aun así, Khalani no se detuvo. Continuó propinándole golpes, cada uno más salvaje que el anterior.

Los gritos invadieron la tienda, como si fueran balas afiladas que trataban de alcanzar su furia. Pero todo a su alrededor se había teñido de rojo y Khalani siguió golpeándola.

Unos fuertes brazos la rodearon y alguien la obligó a retroceder, lanzándola contra el suelo. Se puso en pie tambaleándose mientras uno de los hombres ayudaba a la mujer a incorporarse. Ya se le estaba hinchando un ojo y tenía un feo corte en el labio.

No era suficiente.

Ni de lejos.

Khalani dio otro paso al frente, pero uno de los hombres le propinó un revés. La cabeza se le fue hacia un lado al tiempo que un rugido ensordecedor le invadía los oídos.

Escupió sangre y se volvió hacia el hombre rapado que la había abofeteado y que ahora se cernía sobre ella. El uniforme beis se le ceñía a los hombros sujetado tan solo por unos pocos hilos.

—¿Cómo te atreves a tocar a uno de los nuestros? —masculló.

—No es lo único que me gustaría hacer.

Percibió movimiento por el rabillo del ojo; el joven que había hablado con Ansel se encontraba a tan solo un paso y llevaba un cuchillo colgado del cinturón.

El instinto pudo más que la lógica. Khalani giró sobre sí misma y lo golpeó en la garganta, arrebatándole el arma.

Todos ahogaron un grito al ver que la agarraba, dispuesta a atacar.

—¡Kanes, no! —gritó Takeshi.

Pero era demasiado tarde.

Ya había decidido matar a la mujer. Porque una cosa era que le hicieran daño a ella, y otra muy diferente que se ensañaran con él.

—Suéltalo —oyó que decía Ansel antes de que hubiera tenido tiempo de lanzar el cuchillo.

Al volverse hacia él, vio que apuntaba a la sien de Takeshi con el cañón de una pistola.

Pese a que le tembló todo el cuerpo, Ansel no apartó el arma letal.

Takeshi se mantuvo inmóvil. La recorrió de arriba abajo con una mirada infernal, sin mostrar la menor preocupación por la amenaza inminente. En la silla, pareció hacerse más grande, como si su cuerpo no fuera capaz de contener la furia que hervía en su interior.

Por una vez, compartían la misma determinación violenta.

En cambio, Ansel sonreía. Había encontrado su mayor debilidad.

Khalani dejó caer el cuchillo, que impactó contra el suelo con un golpe sordo, casi como si se burlara de ellos.

Ansel siguió apuntando a Takeshi un segundo más, jugando con sus emociones, dejándole claro quién mandaba allí. A continuación, apartó el cañón.

—Ansel, deberíamos acabar con ellos —gruñó el hombre rapado, tensándose como si estuviera a punto de partirla en dos.

—Los necesito vivos —respondió Ansel.

—¿Por qué?

—Porque van a abrirnos las puertas del muro de Oasis.

Todos guardaron silencio.

—Una vez que esos herejes desaparezcan de la faz de la Tierra —continuó Ansel, acariciando el cañón de la pistola—, podremos tomar su ciudad y reconstruir la superficie bajo mi mando.

Khalani preferiría morir antes que permitir que eso sucediera.

Pero tenía que escapar con Takeshi y regresar a Oasis cuanto antes. Para prevenirlos.

—Pero ¡no podemos confiar en ellos! —insistió el hombre, rojo de furia.

—No es necesario. La chica ya sabe lo que pasará si falla —dijo Ansel, dando un paso al frente y apuntándola con una calma escalofriante—. Además, es curiosa por naturaleza. No podrá evitar buscar la verdad. Y entonces… se dará cuenta de que estamos en el mismo bando.

A Khalani le dolía la mandíbula de tanto apretar los dientes: ni muerta estaría en el mismo bando que los Pecadores.

—Ya he aceptado tus condiciones —dijo, irguiendo la cabeza y ensanchando las fosas nasales—. Ahora suéltalo.

Ansel sopesó sus palabras un instante y, a continuación, le indicó a uno de los hombres que liberara a Takeshi.

—¿En serio vas a dejar que se marchen? —protestó el hombre rapado, dando un paso amenazador hacia ella.

—¿Estás cuestionando mis decisiones? —Ansel giró ligeramente el arma.

De inmediato, el guardia bajó la mirada.

—Nunca me atrevería a hacer eso.

—Ya lo imaginaba. Ahora obedece antes de que te destierre a las arenas.

El hombre apretó la mandíbula y se apresuró a cortar las cuerdas. En cuanto Takeshi quedó libre, Ansel apuntó el arma hacia Khalani.

—Un solo movimiento en falso y la mato aquí mismo —escupió, con la voz cargada de veneno—. Y después… dejaré que Samson se divierta con su cadáver.

Takeshi se incorporó despacio, cerniéndose sobre Ansel.

La tienda se volvió demasiado pequeña, incapaz de contener la tensión que emanaba de él, como si fuera a aniquilarlos a todos.

Con decisión, dio un paso al frente, ignorando por completo las armas que lo apuntaban.

Se inclinó y murmuró algo en voz baja. Khalani no pudo oírlo, pero Ansel palideció y la mano le tembló de forma evidente.

Antes de retroceder, Takeshi lo miró con sus ojos negros un instante más, dejando que sus palabras calaran.

A continuación, fue hacia Khalani, atravesando la tienda en un par de zancadas. El fuego que albergaba en la mirada se mitigó.

—¿Estás bien? —susurró, envolviéndole la mejilla con la mano.

Aunque la herida le latía, la furiosa adrenalina que le bombeaba por las venas estaba empezando a calmarse. Khalani seguía respirando y, en el fondo, nunca se había sentido más llena de vida.

—Sí —exhaló, perdiéndose en esos ojos infinitos que podían hacer desaparecer el mundo entero.

Podría haberse quedado atrapada en ese instante para siempre, pero Takeshi la tomó de la mano y la arrastró hacia la salida.

Ansel les cortó el paso.

—Os entregaremos vuestras mochilas con el agua justa para llegar a Oasis en la puerta. Id hacia el oeste. Si intentáis desviaros, moriréis.

Takeshi se tensó, controlándose. Parecía querer destrozar a Ansel con sus propias manos. Pero los superaban en número, así que su venganza tendría que esperar.

—Entendido —gruñó, dándole un empujón al pasar.

—No lo olvidéis. —La voz cruel de Ansel los siguió mientras se apresuraban a abandonar la tienda—. Id a la biblioteca. Tenéis hasta mañana por la noche. Después, abrid las puertas.