Us Defiant Few (Los oscuros 3) 21. Cantaré por ti si tú gritas por mí.
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21. Cantaré por ti si tú gritas por mí.

Cantaré por ti si tú gritas por mí.

K halani se despertó sobresaltada en la oscuridad de una tienda.

Parpadeó, aturdida, mientras trataba de analizar lo que la rodeaba.

¿Dónde demonios estaba?

Advirtió de forma vaga que se encontraba sentada en una silla de metal. Echó un vistazo a su alrededor, buscando frenéticamente a Takeshi en el pequeño espacio, pero allí no había nadie. La lona marrón de la tienda aleteaba despacio, dejando pasar un atisbo minúsculo de luz.

Trató de ponerse en pie, pero tenía las piernas atadas a la silla y una gruesa cuerda le rodeaba todo el cuerpo. Apretando los dientes, intentó liberarse, pero los nudos eran imposibles de aflojar y tenía los brazos sujetos a la espalda.

Después de diez minutos de esfuerzos que la dejaron sin energía, se desmoronó en la silla.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado.

Ni de si Takeshi seguía con vida.

—¡¿Hola?! —gritó.

El aleteo de la lona provocado por el viento fue la única respuesta.

Escudriñó el pequeño espacio, tratando de encontrar algo que pudiera serle de utilidad. Para su sorpresa, vio la mochila al otro lado de la tienda, a solo un metro de ella.

Quizá el cuchillo aún seguía en su interior.

Retorció los brazos con el fin de sacar las manos, pero la cuerda le apretaba tanto que casi le cortaba la circulación.

Pero la mochila estaba tan cerca… Tenía que seguir intentándolo.

Khalani se balanceó de un lado a otro, tratando de ganar impulso para volcar la silla. Cayó de costado contra el suelo. Las cuerdas que la amarraban no se habían movido ni un centímetro.

—Mierda —masculló.

Aunque se encontraba en una situación aún peor, se arrastró como pudo en dirección a la mochila.

En ese preciso momento, dos hombres entraron en la tienda.

En la posición en la que estaba, con la cabeza apoyada en el suelo, apenas tenía ángulo para ver quién había entrado, pero oyó que uno soltaba una risita.

—Vaya…, ¿así que intentando escapar?

Uno de los desconocidos se colocó a su espalda, fuera de su campo de visión. Sintió que la levantaban y enderezaban la silla. La cuerda le raspó la piel y se estremeció al oír un golpe amortiguado, que resonó por toda la tienda.

Un hombre bajito y rubio, con la piel bronceada y una cicatriz que le partía la ceja derecha, se dejó caer frente a ella en una silla metálica idéntica a la suya.

Llevaba unos pantalones marrones y una túnica de color blanco roto con las mangas cortadas a la altura de los hombros, lo que permitía ver unos antebrazos musculosos cubiertos de unos tatuajes negros con motivos geométricos.

Se quedó sentado en la silla con aire tranquilo, con las manos entrelazadas y apoyadas en el regazo.

—Sé que venís de Oasis —afirmó, desnudándola con unos ojos brillantes y pequeños—. Pero no os he reconocido, ni a ti ni a tu amigo. Así que o eres una de sus reclutas… o eres otra cosa —añadió con voz más severa.

Le hizo una señal al hombre que había detrás de ella. Khalani oyó un ligero clic. Al volver un poco la cabeza, pudo advertir que aquel bruto había sacado una afilada navaja de muelle. Asustada, vio que daba un paso hacia ella.

—No sé quién crees que soy, pero no lo soy.

Presa del pánico, Khalani respiró de forma entrecortada mientras la enorme silueta del hombre se acercaba.

—Eso ya lo veremos —respondió el rubio de forma críptica antes de dedicarle a su cómplice un nuevo gesto de asentimiento con la cabeza.

Khalani solo oyó sus jadeos mientras trataba de zafarse.

El hombre la agarró de la muñeca. Un momento después, sintió que clavaba la navaja en el antebrazo y empezaba a hacerle un corte en la piel.

Sus gritos resonaron por toda la tienda mientras la hoja se hundía cada vez más.

Temblando de pies a cabeza, Khalani le pidió al hombre que estaba sentado ante ella que parara, pero este se mostró impasible.

Finalmente, tras unos segundos de calvario, apartaron la navaja y le dejaron recuperar el aliento durante unos instantes. Pero, a continuación, el hombre se arrodilló y le abrió la herida.

Khalani profirió un grito agónico.

No tenía ni idea de qué le estaban haciendo.

No quería saberlo. Lo único que quería era no sentir ese dolor.

Necesitaba a Takeshi.

Unas lágrimas de tristeza le resbalaron por el rostro.

Al cabo de un rato, el hombre que estaba a su espalda la dejó en paz y le dirigió un gesto al rubio sentado ante ella. Khalani no pudo verlo.

—¿Estás seguro? ¿Igual que el otro? —preguntó extrañado.

—Sí, Ansel.

Se le heló la sangre.

«Ansel».

Recordó todo lo que la jefa había dicho sobre él.

Era el líder de los Pecadores. Un hombre violento. Un caníbal.

Las manos le temblaron aún más, y sintió la calidez de la sangre, que le resbalaba por la muñeca mientras Ansel se acariciaba el mentón con la vista clavada en el suelo.

—¿Cómo habéis acabado en Oasis?

Ansel alzó su mirada escrutadora y clavó los ojos en los de Khalani.

—No pienso decirte una mierda hasta que vea al hombre al que habéis disparado. ¿Está en una tienda diferente? ¿Adónde habéis llevado a los otros?

Khalani se esforzó por no sonar desesperada.

—El resto del grupo ha escapado. Solo os hemos capturado a vosotros dos. Pero es curioso… —Ansel ladeó la cabeza—. Él ha pronunciado las mismas palabras.

—Así que ¿está aquí?

El corazón empezó a latirle de forma desbocada mientras Ansel esbozaba una cruel sonrisa.

—Dime lo que quiero saber y te permitiré verlo.

Khalani tensó la mandíbula al ver que Ansel se recostaba en la silla como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sin embargo, un destelló de impaciencia en los ojos azules lo traicionó. Parecía muy interesado en lo que creía que Khalani sabía, fuera lo que fuese. Tenía que escoger sus palabras con cuidado si querían salir con vida.

—Estábamos viajando por la Zona Muerta cuando contactamos con Oasis. Nos permitieron quedarnos con ellos.

—¿Viajando desde dónde?

Khalani vaciló.

—Desde Apolo.

Ese detalle le llamó la atención, y Ansel se irguió en la silla y se inclinó hacia ella.

—¿La ciudad subterránea?

—Sí.

—¿Esa gente sigue con vida?

Lo miró extrañada.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Limítate a responder.

—Sí. Hasta donde yo sé, siguen con vida.

—Interesante —musitó pensativo.

—¿Qué quieres? —se atrevió a preguntar.

Ansel no respondió y sacó despreocupadamente un cuchillo afilado del bolsillo trasero. Khalani se puso rígida, anticipando el insoportable dolor, pero, en lugar de cortarle la garganta, el hombre se puso a limpiarse las uñas. Khalani tragó saliva al ver la hoja brillante.

—Quiero que mi pueblo encuentre la prosperidad en la superficie —dijo al fin Ansel—. Y, cuando Oasis desaparezca del mapa, por fin podremos empezar a reconstruir y ser más poderosos de lo que nuestros ancestros jamás se atrevieron a soñar.

Lo pronunció con voz fuerte, haciendo hincapié en cada palabra, y el otro hombre en la tienda se irguió, orgulloso.

—Pero ¿qué tiene que ver eso con Oasis? —preguntó Khalani, confundida—. Ellos también quieren la paz.

Ambos hombres estallaron en una sonora carcajada, y Ansel se limpió una lágrima invisible de la comisura del ojo.

—Ah, no tienes ni idea, ¿verdad? Estoy seguro de que también te han dicho que somos caníbales, ¿a que sí? —Khalani guardó silencio—. Lo que imaginaba.

—Pero ¡si sois vosotros los que tratáis de matarlos! —gritó ella—. Lo vi con mis propios ojos.

Recordó el hedor de la madera ardiendo. La mujer que había extendido la mano hacia Khalani justo antes de que una flecha la atravesara.

Ansel torció el gesto.

—Solo me arrepiento de haber dejado a tantos con vida. Aunque eso no durará mucho. En la próxima incursión acabaremos con ellos. ¿Quieres saber por qué estoy tan seguro? —Khalani no respondió, negándose a participar en sus juegos mentales—. Porque tú vas a ayudarme a hacerlo.

Ante esa afirmación, Khalani echó la cabeza hacia atrás de golpe.

—No tienes ni idea de a quién tienes delante si crees que voy a ayudarte.

La espantosa sonrisa del hombre se ensanchó.

—Hablas con valentía para ser una chica atada a una silla.

—Y ahí estás tú, pidiéndole a esa chica que libre tus batallas. Tus antepasados estarían de lo más orgullosos —replicó ella.

La sonrisa cruel se le borró del rostro.

El otro hombre apareció ante ella y la abofeteó. La cabeza se le fue hacia un lado, y Khalani se pasó la lengua por el labio. Sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.

Ansel se arrellanó en la silla con aire engreído, disfrutando al verla sufrir.

—¿Piensas comportarte ahora?

Khalani escupió sangre sobre el suelo frente a él.

Él se puso en pie, levantando la navaja con gesto tranquilo.

Mientras se acercaba con un brillo retorcido en los ojos, Khalani trató de zafarse.

—¿Sabes lo fácil que me resultaría acabar contigo?

—Le acarició la piel del abdomen con la hoja del cuchillo, no lo suficiente como para atravesarla, pero dejando claro que solo necesitaba un empujoncito para destriparla como a un cerdo clonado—.

No me haría perder el sueño, te lo aseguro —susurró, deslizándoselo ahora por el torso—.

Si la jefa insiste en llamarnos caníbales, quizá deberíamos darle un motivo.

Con las pupilas dilatadas, Khalani miró a Ansel, que se había agachado ante ella, poniéndose a su altura y deleitándose con su miedo como si fuera un banquete.

—Tienes suerte de que te tenga reservada otra cosa —masculló el Pecador.

Khalani se estremeció al ver que cerraba de golpe la navaja, provocando un sonido que retumbó en la tienda como un disparo.

—Nuestro plan es destruir su preciado muro, aunque eso llevará meses. Pero ¿contigo de nuestro lado? No tardaremos ni un par de días en acabar con ellos.

—No puedes obligarme a ayudarte —escupió Khalani.

—Oh, lo harás, te lo aseguro.

Ansel se inclinó hacia ella y le sujetó la barbilla. Khalani trató de apartarse, pero él la agarró aún con más firmeza, clavándole los dedos.

—Si decides no cooperar, nos cargaremos a tu amigo. Aunque eso ya lo sabías, ¿verdad?

El corazón empezó a latirle desbocado y la sangre le hirvió hasta niveles catastróficos. Si se atrevían a tocarle un pelo a Takeshi o a cualquiera de los miembros de su familia, Khalani encontraría la manera de utilizar ese cuchillo para arrancarle la lengua y hacer que se la tragara.

—Pero voy a contarte un secretito. —Un destello de diversión le cruzó los ojos—. No necesitaré convencerte para que les hagas daño. En cuanto descubras la verdad sobre Oasis, me suplicarás que los mate.

—¿Y qué verdad es esa?

—Bueno, bueno… —La soltó y movió un dedo ante ella—. Nadie la cree hasta que la ven con sus propios ojos. Cuando regreses a Oasis, ve a casa de la jefa. Asegúrate de que ella no te ve. Tiene una biblioteca y, en cuanto abras Olimpo , verás los álbumes de fotos.

Khalani frunció el ceño, perpleja.

—¿Y qué se supone que tengo que encontrar?

—Lo sabrás en cuanto lo veas. En un día, estarás de vuelta en tu querida ciudad.

Mañana por la noche, después de que hayas descubierto la verdad, le dirás a la jefa que convoque a todo el mundo en el comedor para un importante anuncio.

Pero tú, en lugar de ir al comedor, nos abrirás las puertas del muro.

Por lo general, solo hay dos guerreros en la entrada inferior.

Ocúpate de ellos y nosotros haremos el resto.

Khalani se quedó sin aliento, sintiendo que Ansel la acorralaba y le envenenaba la mente con mentiras y amenazas. Una oscura energía emanaba de él y ponía en alerta todos sus sentidos. Solo con su presencia ya se le erizaba la piel.

Había conocido a muchos hombres en el breve tiempo que había pasado en la Tierra.

No albergaba duda alguna de que Ansel era de los peores.

En cambio, también sabía que, a menos que aceptara su plan retorcido, no los soltaría, ni a ella ni a Takeshi.

—De acuerdo. Trato hecho —dijo entre dientes.

—Eres una chica lista —respondió él, dándole una palmada en la pierna.

De no haber estado maniatada, le habría estampado una patada en toda la cara.

—Y, por si estás pensando en traicionarme —añadió Ansel con aire despreocupado—, que sepas que, si no abres las puertas, encontraremos otra forma de entrar en la ciudad.

Tengo a hombres apostados día y noche al otro lado del muro que no dudarán en eliminar a cualquiera que lo cruce.

Y, en cuanto entremos, no nos limitaremos a matar a todo el mundo.

Los torturaremos ante ti. Y, después de eso, mis hombres se divertirán contigo como si fueras un souvenir y tiraremos lo que quede de ti en el desierto.

El monstruo en su interior se despertó.

Un ardiente fuego le inundó el pecho y le impidió hablar. Khalani estudió cada centímetro del rostro de Ansel y se lo grabó en la mente, esperando que él hiciera lo mismo.

Porque llegaría el día en que lo mataría.

—Bien, ahora asiente como una buena chica si lo has entendido —susurró él.

Aunque tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no escupirle de nuevo, lo fulminó con la mirada y obedeció en silencio. Ansel le hizo una señal al otro hombre, que se colocó ante ella y empezó a desatarla.

En cuanto se vio libre, Khalani se puso en pie y se frotó las muñecas, que tenía en carne viva. Unas gotas de sangre aún le brotaban de la herida del brazo.

Pero a Ansel pareció no importarle y no le ofreció ninguna venda.

—Sígueme —ordenó, volviéndose hacia la salida de la tienda.

Khalani contuvo la respiración. No deseaba pasar ni un segundo más en su presencia.

—¿Adónde vamos?

—¿No querías ver a tu amigo?