Us Defiant Few (Los oscuros 3) 20. Creo que una parte de mí siempre te buscará. #2
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20. Creo que una parte de mí siempre te buscará. #2

Los demás guerreros se apresuraron a entrar tras él. Brock fue el único que vaciló, pero Takeshi asintió con firmeza.

Khalani se tensó cuando la maltrecha puerta, cuyas bisagras apenas la sostenían, se cerró detrás de Brock con un fuerte crujido.

Desvió la mirada hacia Takeshi, que no se parecía en nada al bondadoso hombre que la había ayudado en el campo de detención, sino más bien lo contrario: el aterrador capitán que había arrancado la cabeza del gobernador escudriñaba la carretera y los edificios abandonados con una precisión glacial.

De repente, se colocó con sigilo entre ella y la calle principal al tiempo que agarraba la pistola.

—¿Qué sucede? —susurró.

—Algo no va bien.

Khalani percibió en su voz una violencia latente.

Sin hacer ruido, también empuñó el arma.

Excepto por unos pocos sonidos amortiguados que llegaban desde el interior del edificio, todo estaba en silencio. El sol continuaba su ascenso, exponiéndolos de forma gradual.

Khalani se volvió hacia la puerta.

¿Por qué tardaban tanto?

Justo cuando se colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja, un destello de luz le cruzó el rostro. Entornó los ojos, y otro destello la deslumbró.

—Takeshi…

Él se volvió, levantando el arma al advertir otro haz de luz.

—Quédate aquí —ordenó en voz baja.

Avanzó un paso, pero se detuvo en seco.

Una pequeña figura salió de una callejuela oscura al otro lado de la calzada. A Khalani se le desbocó el corazón, incapaz de dar crédito a lo que veía.

Era una criatura.

El niño no podía tener más de siete años.

Iba descalzo, llevaba un sucio saco de arpillera beis y estaba tan delgado que se le marcaban todos los huesos.

Una melena rubia y desgreñada le llegaba a los hombros, y los observaba con expresión sombría y el rostro cubierto de polvo.

El chiquillo abrió la boca despacio. Estaban demasiado lejos para oírlo, pero parecía que articulaba una sola palabra: «Socorro».

Un fuerte instinto hizo que Khalani se abalanzara hacia él, pero Takeshi la agarró de inmediato y la frenó. Negó con un rápido movimiento de cabeza sin apartar la mirada del niño, que ahora lloraba.

El raquítico chiquillo dio un paso vacilante hacia ellos, pero una figura invisible lo arrastró de vuelta al callejón.

Unos aullidos agonizantes rasgaron el aire.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Khalani con voz ronca.

Esquivó rápidamente a Takeshi y ya casi había conseguido cruzar la calle cuando él la aupó del suelo y la puso tras de sí sin apenas esfuerzo.

—Entra en la tienda —gruñó, apuntando la pistola hacia la callejuela.

Khalani aún tenía la vista puesta al frente cuando captó otro leve movimiento.

Se volvió justo para ver que alguien apuntaba a Takeshi con una pistola.

No tuvo tiempo de disparar.

Solo pudo gritar:

—¡Cuidado!

Se abalanzó sobre Takeshi y lo apartó. Sintió que algo le golpeaba el cuello antes de caer al suelo.

Con la vista puesta en el despejado cielo azul y la espalda en la arena, Khalani parpadeó. Por instinto, se llevó una mano a la nuca, esperando encontrar la cálida viscosidad de la sangre, pero, en lugar de eso, sintió algo grueso y afilado clavado en la piel.

El rostro consternado de Takeshi apareció sobre ella. El horror se reflejó en su semblante cuando sacó un grueso dardo.

—Joder, Kanes, levántate —le ordenó con la voz quebrada mientras lanzaba el dardo a un lado y la ayudaba a ponerse en pie.

Khalani abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno. A cada milisegundo que pasaba, sus extremidades se volvían más pesadas y respiraba más despacio mientras la tierra seguía arrastrándola hacia sus profundidades…, dándole la bienvenida a casa.

Era agradable.

Caer en un sueño profundo mientras contemplaba algo tan hermoso.

«Podría morir así», pensó Khalani, con una lágrima asomándole a las comisuras de los ojos.

— ¡LEVÁNTATE, KANES!

«No puedo».

Takeshi siguió con la mirada la lágrima que le resbaló por la mejilla, y su expresión cambió.

Una furia oscura le nubló la visión y alzó lentamente la cabeza.

Lo único que pudo hacer Khalani fue contemplar cómo la rabia más profunda tomaba el control.

Takeshi levantó el arma y abrió fuego.

Se oyeron gritos, y más disparos estallaron en el aire.

Un dardo le impactó en el pecho.

Takeshi se estremeció, pero siguió disparando, como dominado por una poderosa tormenta, listo para castigar al mundo.

Otra lágrima se le deslizó por el rostro al ver que, en represalia, varios dardos lo alcanzaban.

Khalani se esforzó por mover los labios y pronunciar una súplica desesperada.

«Vete. Déjame».

Sin embargo, lo único que salió de ellos fue un gemido apenas audible.

Takeshi se acuclilló junto a ella, protegiéndola con su cuerpo y negándose a abandonarla mientras seguía disparando sin cesar. Otra ráfaga de dardos le dio de lleno, y su rodilla cedió, postrándolo en la arena.

«¡VETE!» .

Pero él no escuchaba esos gritos silenciosos que le desgarraban el pecho.

Y Khalani permaneció allí, inerte e indefensa, viendo cómo el robusto cuerpo de Takeshi se tambaleaba y se desplomaba.

Su mejilla golpeó el suelo junto a ella, y ambos se miraron, incapaces de hablar o salvarse. Con un esfuerzo hercúleo, Takeshi deslizó lentamente la mano sobre la arena hasta que la punta de uno de sus dedos rozó los de Khalani.

A lo lejos oyó unos gritos, pero los sonidos le llegaban amortiguados, como si estuviera bajo el agua. Se concentró en los dedos de Takeshi, que rozaban los suyos y la mantenían en el presente.

Esa pequeña conexión era lo único que la animaba a seguir respirando.

Pero, de repente, una bolsa le cubrió la cabeza.

Y todo se volvió negro.