Us Defiant Few (Los oscuros 3) 20. Creo que una parte de mí siempre te buscará.
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20. Creo que una parte de mí siempre te buscará.

Creo que una parte de mí siempre te buscará.

K halani torcía el gesto cada vez que sus maltrechas botas pisaban la arena dorada.

Solía disfrutar contemplando la resplandeciente luna, el único objeto capaz de hipnotizar a cualquiera y robarle toda su atención.

Sin embargo, esa noche, más bien era un faro luminoso que podía revelar su ubicación a los Pecadores.

Observó las escasas nubes en el cielo y suplicó para sus adentros que aparecieran muchas más y que los ocultaran.

—¿Estás bien? —preguntó Ferren, acercándose a ella.

—Sí —respondió de forma automática, deseosa de que el temblor de sus manos se calmara—. ¿Cuánto falta para llegar?

Habían partido horas atrás, y el sol ya se había ocultado en el horizonte desde hacía un buen rato. Khalani se restregó las manos en el cárdigan negro que le habían prestado cuando la noche los envolvió en un frío abrazo.

—No llegaremos a la ciudad hasta el amanecer —respondió Ferren—. Asegúrate de que no te quedas rezagada.

Al ver que asentía, se apresuró a unirse a los que encabezaban la comitiva. Le susurró algo a un hombre de pelo castaño cortado casi al ras. El hombre escudriñó el horizonte y rápidamente negó con la cabeza, lo que provocó que Ferren soltara un suspiro de alivio.

Prosiguieron la marcha en silencio. Khalani empezaba a sentir calambres en las piernas. Las botas se hundían en la arena y le pesaban, como si pisara barro. Pero Ferren y el resto de los guerreros siguieron con paso ligero e implacable, como si estuvieran acostumbrados a recorrer la Zona Muerta.

A su espalda, notó que Brock la miraba con fastidio. No sabía si era porque veía sus esfuerzos para seguir el ritmo o porque se había visto obligado a unirse a su pequeña excursión. Sin duda, era por ambas cosas, entre otros motivos que Khalani desconocía.

Takeshi caminaba a un par de metros de ella. No parecía que le faltara el aliento. Su nivel de resistencia no tenía rival, pero, pese a que podría haber encabezado el grupo y marcar un ritmo agotador, prefería mantenerla en su campo de visión.

Khalani no permitió que su enfado hiciera mella en ella. Trató de no obsesionarse con sus motivos para acompañarlos. Interpretar las razones de Takeshi era tan productivo como esperar que el desierto se convirtiera en mar.

Pero no dejaba de darle vueltas a algo: no se había presentado voluntario para el asalto hasta que ella lo había hecho.

¿Acaso las partes enterradas de sí mismo seguían queriendo protegerla? ¿Era consciente de que tenía justo a su lado a la persona que lo sacrificaría todo por él?

—¿Ya te has hartado de mirar, Kanes?

Khalani se sorprendió cuando Takeshi desvió su ominosa mirada hacia ella.

—No… te estaba mirando.

—Sí, ya…

—Solo estaba observando el paisaje —mintió.

—Oh, claro. Este paisaje tan cambiante —se burló—. ¿Crees que la arena de esa duna es diferente de la que estás pisando ahora mismo?

—No estoy segura. ¿Qué te parece si caminas el kilómetro y medio que hay hasta allí y me lo dices?

Una de las guerreras más avanzadas fulminó con la mirada a Khalani, advirtiéndola de que estaba hablando con un tono demasiado alto. Khalani gruñó entre dientes y trató de no concentrarse en los molestos granos de arena que se le metían en los calcetines.

—Estás nerviosa —comentó Takeshi acercándose a ella.

Su primera reacción fue contraatacar, pero algo le dijo que eso era exactamente lo que él deseaba.

Se negó a responder.

—¿Pasó algo durante el trayecto? —insistió él—. ¿Algo en tu versión de los hechos?

No pensaba abrir el pico por mucho que le leyera la mente.

El disgusto se reflejó en los rasgos afilados de Takeshi.

—Si crees que ignorándome te creeré antes, olvídalo.

Ojalá.

Khalani se metió las manos en los bolsillos y mantuvo la mirada al frente. Takeshi soltó un suspiro exasperado.

Qué extraño. Por lo general, la prefería callada.

Caminaron sin pronunciar palabra durante otros cinco minutos.

—¿Por qué has venido? —dijo él finalmente.

La pregunta la desconcertó.

—¿A qué te refieres?

—La mayoría de la gente huye de sus miedos. Pero tú te obstinas en lanzarte hacia ellos. ¿Por qué?

Rodeados de la oscuridad, su voz aterciopelada le resultaba aún más íntima.

—¿Qué te hace pensar que tengo miedo?

La observó de reojo con complicidad, como si fuera un libro abierto para él. Khalani se vio obligada a desviar la mirada antes de cometer una estupidez.

Como besarlo.

—¿Estás nervioso? —contraatacó con una pregunta, intentando que la conversación dejara de girar sobre sí misma.

—No.

—¿Existe algo que te dé miedo?

—Unas cuantas cosas —admitió.

—¿Cuáles? —preguntó Khalani mirándolo a los ojos.

—Ni que te las fuera a decir…

—Sé guardar un secreto.

—Me alegro.

—Vale —resopló—. Pues dime tus razones para venir.

—Creía que eran evidentes.

—¿Para protegerme?

Antes de que pudiera tragárselas, esas palabras llenas de esperanza se le escaparon de los labios.

—¿Qué demonios te hace pensar eso? —dijo él con una voz estremecedora al tiempo que ladeaba la cabeza.

Pensándolo bien, tampoco lo había negado.

—Dímelas tú.

—Buen intento. —Negó con la cabeza y unos mechones de pelo negro le cayeron sobre la frente—. Dime las tuyas primero. Y puede que después te diga yo las mías.

Khalani soltó un suspiro y llevó la mirada al frente, al vasto desierto que los rodeaba.

—No es tan complicado. Oasis necesitaba ayuda.

—Había otros en el grupo que podrían haberse presentado voluntarios.

—Prefiero arriesgarme yo a los demás.

—¿Por qué?

—Porque los quiero —admitió, aferrándose a las correas de la mochila que llevaba a la espalda.

—¿Tu amor por ellos es más grande que el que sientes por ti misma? —preguntó atónito.

—¿No es esa la única manera de amar que existe?

Temiendo haber revelado demasiado, Khalani se cruzó de brazos y un denso silencio se extendió entre ellos.

De todas sus debilidades, él era la más grande.

Y no por el daño que pudiera causarle.

Sino por todas las formas en que se rendiría ante él.

—Me has preguntado por qué he venido —dijo Takeshi finalmente—. Quería vigilarte.

—Lo que imaginaba. —Soltó un profundo suspiro y dejó caer los hombros—. Soy tu enemiga y no puedes confiar en mí, bla, bla, bla.

Takeshi curvó de forma casi imperceptible las comisuras de los labios.

—Es cierto —susurró, inclinándose hacia ella con un destello peligroso en los ojos—. Pero aún no he acabado contigo. Así que, como no confío en que sepas guardarte las espaldas…, alguien tiene que hacerlo.

La sutil amenaza la dejó sin aliento. Takeshi no añadió ni una palabra más ni le dio oportunidad de responder. Se limitó a alejarse, dejándola perpleja.

Ferren se llevó un dedo a los labios y los siete se agacharon detrás de un edificio derrumbado.

Khalani se aferró a la pistola, apuntándola hacia el suelo de arena mientras escudriñaba la zona desierta.

El sol había empezado a salir y los iluminaba con sus exiguos rayos.

El aire les llegaba cargado de arena y polvo mientras esperaban en los confines de un pueblo abandonado.

—La tienda está al final de la calle —susurró Ferren con la espalda rígida—. Pegaos a los edificios. ¿Listos?

Todos asintieron con evidente tensión. Especialmente Takeshi.

Con mirada furiosa, se agarraba a la pistola como si fuera una extensión de sí mismo.

Khalani sintió la adrenalina en las venas al rodear los edificios destruidos. Había una calle principal, pero, a diferencia de Oasis, en ese pueblo no había parterres ni césped decorando la polvorienta calzada. Ni niños que reían mientras bailaban entre las casas.

Cualquier atisbo de paz y consuelo se había esfumado tiempo atrás.

Durante una milésima de segundo, una visión apareció en su mente.

Cientos de personas deambulaban por las calles, celebrando algo mientras unas coloridas bolas de fuego explotaban en el aire.

Asombrada, se quedó inmóvil, pero la escena se esfumó con la misma velocidad que había llegado, revelando ante ella un páramo inhóspito de edificios en ruinas.

Titubeó un instante al andar y enseguida sintió que Takeshi se pegaba a ella.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

Khalani negó con la cabeza.

—Nada.

Era evidente que el calor y la deshidratación le estaban pasando factura.

Takeshi entornó los ojos con aire inquisitivo, pero no añadió nada más.

Khalani alcanzó a Brock. El olor rancio de los escombros le llenaba los pulmones mientras Ferren conducía la avanzadilla por el flanco derecho del pueblo, cerca de las ventanas rotas de los edificios.

El lugar le recordaba de forma espeluznante a una imagen de una antigua ciudad del Oeste que había visto en un libro de historia.

Captó un leve movimiento a su izquierda. Levantó el arma por puro instinto, pero solo era un matojo empujado por el viento. Bajó despacio la pistola, con el corazón latiéndole en los oídos.

En las calles de esa aldea desierta no había coches. Echó un vistazo por una de las ventanas rotas y advirtió que no quedaban muebles en el interior de los edificios. Lo habían desvalijado todo. Como si la gente hubiera salido despavorida de allí por alguna razón.

Khalani deseó que Ferren avanzara más deprisa.

No era la única.

Los otros tres guerreros se tensaban ante el más mínimo roce de las botas con la arena y alzaban las armas cada vez que el viento ululaba, animándolos a abandonar.

Pero continuaron avanzando, ignorando el extraño presentimiento que les gritaba que salieran corriendo de allí.

Hasta Takeshi, que por lo general guardaba las distancias, se pegó a ella.

Finalmente, alcanzaron el edificio que tenían como objetivo. Era de mayores dimensiones que el resto: tenía un porche de madera lleno de columnas y un letrero amarillo colgado al otro lado de la ventana.

«A lmacenes H ills : C errado . ¡D ispararemos a todo el que se acerque !».

Khalani tragó saliva, pero Ferren hizo un ademán para quitarle importancia.

—Ese letrero tiene cientos de años. Nuestros rastreadores creen que puede haber comida enlatada en la parte trasera. Vosotros dos, vigilad la entrada —les ordenó Ferren a Khalani y Takeshi—. El resto, venid conmigo.