19. El mundo esperó a que respirara antes de ahogarme de nuevo.
El mundo esperó a que respirara antes de ahogarme de nuevo.
—¡ K halani, despierta!
Soltó un gemido en la almohada. Tenía el cuerpo pegado al colchón y las piernas entumecidas después de una semana de trayecto.
No pensaba moverse a menos que alguien se estuviera muriendo.
—Ya ha amanecido. ¡Es hora de levantarse!
De repente, alguien tiró de las sábanas. Con los ojos aún cerrados, trató desesperadamente de taparse de nuevo, pero solo encontró aire.
—Winnie… —gruñó—. Por fin dormimos en una cama. ¿No podemos quedarnos un ratito más?
—No, no y no.
La anciana hizo hincapié en cada palabra golpeándola en la cabeza con la almohada.
—¡Vale, vale, ya me levanto!
Khalani salió de la cama mientras Winnie bailaba por el dormitorio.
—Brilla el sol. Hace un día precioso y los pajaritos cantan.
—Ya no quedan pájaros, Winnie.
Khalani se frotó los ojos.
—¡Puede que no! Pero algún día habrá.
Eso le pareció difícil, puesto que todos los animales se habían extinguido trescientos años atrás.
La anciana dio una palmada, directa al grano.
—Vamos, querida, muévete. Winnie ya se ha aseado y ha encontrado este bonito vestido púrpura en el armario.
Dio una vuelta para mostrárselo, y el vestido de estampado floreado le ondeó suavemente sobre los tobillos. Khalani se preparó para ir a la ducha sin poder evitar una sonrisa.
No había nadie haciendo guardia ante su puerta.
Cuando atravesó la sala de estar, se encontró con Takeshi y Brock, sentados uno en cada extremo del sofá. No hablaban, aunque tampoco se respiraba tensión entre ellos.
Casi parecía como si estuvieran… ¿disfrutando de la compañía mutua?
No. Imposible.
Cuando se volvieron hacia ella, advirtió que ambos tenían los ojos inyectados en sangre, como si se hubieran pasado la noche en vela.
—Descansen.
Hizo un saludo militar y siguió adelante, ignorando el vuelco que había sentido en el estómago cuando su mirada se había cruzado durante medio segundo con la de Takeshi.
Se estaba quedando sin ideas para hacerle recobrar la memoria. Hablar con él no había servido de nada. Besarlo, desde luego, tampoco había servido de nada.
La única opción que le quedaba era la paciencia.
Khalani podía ser paciente.
…
…
…
Pensándolo mejor, quizá fuera hora de idear un nuevo plan.
Se enjabonó rápidamente y se puso la ropa que había encontrado en la cómoda: unos apretados pantalones cortos de licra de color beis y una camiseta sin mangas azul que se le ceñía al torso.
Tomó aliento y se miró al espejo. Ahora tenía los músculos de los brazos y las piernas más definidos, y sus curvas se habían vuelto más voluptuosas desde que había sido liberada.
Quizá sí que había otra manera de llamar su atención y hacerle recordar.
Regresó a la sala de estar y, al pasar ante ellos, Khalani arqueó con disimulo la espalda y sacó el trasero.
La mirada sombría de Takeshi se deslizó por todo su cuerpo menudo. Sin pestañear.
Permaneció sentado en el sofá, sin tan siquiera moverse, aunque tensó todos y cada uno de sus exquisitos músculos. Como si quisiera arrancarse los ojos, pero no pudiera hacerlo.
Khalani siguió adelante con la cabeza bien alta, fingiendo que no había notado que la miraba. La risita que soltó Brock entre dientes no fue de ayuda.
—¿Por qué caminas como si te estuvieras cagando?
Serene salió de la habitación y Khalani se volvió de golpe.
—Estaba…, ejem…, déjalo estar —balbuceó, poniéndose roja como un tomate—. ¿Qué tal has dormido?
—Como un tronco. Estaba soñando algo muy bonito, pero supongo que ya dormiré cuando me muera.
Serene se encogió de hombros y se dejó caer en el espacio que separaba a Takeshi y Brock.
De forma sutil, Brock se alejó de ella tanto como pudo, casi inclinándose sobre el reposabrazos. Le lanzó una mirada misteriosa a Takeshi, pero este se limitó a negar con la cabeza.
Khalani se sorprendió ante la curiosa interacción.
Una vez que todos se hubieron despertado y aseado, Ferren apareció en la puerta con la cabeza bien alta, agarrando la lanza como si estuviera listo para entrar en combate.
—La jefa requiere vuestra presencia en el claro.
Todos se miraron extrañados. El plan era partir a primera hora de la mañana, pero, en su ausencia, Derek no había sufrido daño alguno y Oasis no les había dado ningún motivo para desconfiar.
Sin pronunciar palabra, todos se dijeron que no ocurriría nada por una última charla, y aceptaron.
Mientras recorrían la avenida Feliz, les llegó el sonido de unas carcajadas infantiles. Los niños jugaban a la pelota en el exterior de aquellas casas tan bonitas. Unas pocas parejas paseaban de la mano. Khalani vislumbró a varias mujeres que tendían la colada en los patios traseros.
Pero la paz se rompió cuando, a lo lejos, se oyó el sonido de unos disparos.
Khalani dio un respingo y miró asustada a Ferren, esperando que blandiera la lanza y cargara. Sin embargo, el escolta pareció no inmutarse y continuó caminando.
Takeshi se acercó a ella, acariciando la pistola que llevaba en el bolsillo. Cuando alcanzaron la cima de la colina y llegaron al claro, descubrieron el origen del alboroto.
Unos reclutas vestidos de negro estaban alineados en tres filas, y los del frente entornaban los ojos y disparaban a unas dianas blancas a unos treinta metros de distancia.
Por las miradas asesinas que les lanzaba Patreus, la exasperación que desprendía la jefa y las dianas sin marca, no parecía que estuviera yendo muy bien.
—No. No. ¡NO! —gruñó Patreus, colocándose en frente de la fila y haciéndolos recular—. Sabéis que vuestro objetivo es dar en la diana, ¿verdad? Pues no me estáis dando motivos de alegría… ¡porque todos disparáis en la misma dirección!
—Sí, señor —murmuraron los reclutas.
—Juro por la diosa de la luna que el siguiente grupo va a pasar la noche aquí hasta que sus culos patéticos no empiecen a mostrar algún progreso.
Furioso, Patreus se situó de nuevo junto a la jefa.
—No hay nada que hacer, jefa. No tenemos suficientes hombres para hacer una incursión esta noche. Tendremos que posponerla hasta que mejoren con las pistolas.
—Podemos utilizar las lanzas —murmuró ella, poco convencida.
—En el último asalto, faltó poco para que acabaran todos muertos —le recordó—. Los Pecadores han reforzado sus efectivos, y Ansel ha intensificado los ataques a nuestros suministros.
La jefa se pellizcó los labios con la vista clavada en el suelo, pensativa.
Cuando Ferren carraspeó para denotar su presencia, alzó la mirada y se obligó a forzar una sonrisa que no se reflejó en sus ojos.
—Bienvenidos de nuevo. Espero que hayáis descansado.
—Así ha sido —se apresuró a responder Khalani—. Gracias por mantener tu palabra y haber cuidado de Derek.
—Ha sido un placer. Nos ha ayudado mucho —dijo la jefa, tensándose un poco.
—¿Qué sucede? —preguntó Derek.
—Tenemos que asaltar la ciudad más cercana en busca de provisiones. —Lo miró con inquietud—. ¿Cuánto falta para que un vehículo pueda recorrer una larga distancia?
—Creo que dentro de un par de días tendré la cantidad necesaria de etanol.
La jefa soltó una maldición y se pasó una mano por la encrespada melena pelirroja.
—Tenemos que reabastecernos pronto o agotaremos el resto de las cosechas. Se está levantando viento y, si retrasamos la incursión, las tormentas de arena podrían dejarnos completamente fuera de combate. Pero, por desgracia, tenemos un problema mayor.
Miró a los reclutas, que estaban disparando hacia las dianas y seguían fallando el tiro.
—En serio, son malísimos —comentó Brock.
Aunque la jefa y Patreus lo fulminaron con la mirada, se encontraban en tal aprieto que eran incapaces de negar la verdad.
—Ansel y sus Pecadores nos han atacado en nuestras dos últimas incursiones.
Perdimos a muchos hombres y mujeres valiosos.
—Patreus apretó los puños—. No podemos permitirnos que eso vuelva a suceder, y necesitamos guerreros que protejan Oasis.
Pero, si les encomendamos la misión a estos reclutas, lo más probable es que acaben matándose entre ellos.
Unos disparos al azar rompieron el silencio que había invadido el ambiente y los reclutas soltaron gruñidos de frustración.
—A menos que… —dijo la jefa al tiempo que alzaba la mirada hacia ellos— alguno de vosotros quiera ayudarnos.
—No —espetó Brock al instante—. Nos vamos hoy.
—Pero, si no nos ayudáis, ¡nuestro pueblo se morirá de hambre! Solo necesitamos a tres de vosotros, nada más.
—Y lo sentimos de verdad, pero hemos cumplido con nuestra parte del trato.
—Derek… —La jefa se volvió con expresión implorante—. Ya sabes lo que puede ofrecer nuestra comunidad. Somos buena gente. ¿Vas a dejar que suframos? Aún puedes sernos útil.
—Basta —soltó Brock—. No lo manipules haciéndolo sentir culpable.
El rostro de Derek reflejó sus sentimientos encontrados. Khalani sabía que deseaba marcharse con ellos, pero era evidente que le angustiaba abandonar a la gente que le había dado cobijo durante el último mes.
Se alzaron más voces beligerantes, pero Khalani dejó de oírlas.
Desvió la mirada hacia la avenida Feliz y vio a los niños jugando sin miedo, sonriendo hacia sus padres, que habían conseguido crear algo en la superficie por lo que valía la pena luchar.
Por muchos secretos que escondiera Oasis, entre sus muros seguía brillando una luz. Una chispa que llevaba apagada desde antes del Gran Colapso.
Y, si Khalani se marchaba y los abandonaba a su suerte, no sería mucho mejor que el gobernador.
—Yo os ayudaré —declaró, alzando la voz entre el alboroto.
Todos la miraron atónitos.
—No, Khalani. Dentro de una semana y media tenemos que estar en otro sitio —objetó Brock, negando con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo durará el asalto? —le preguntó a la jefa.
—Dos días como mucho. Partiremos al anochecer para reducir el riesgo de que nos detecten. Si todo va bien, estarás de vuelta enseguida.
Khalani se volvió hacia Brock.
—Tendremos tiempo de sobra para hacer el trayecto.
—No. No es buena idea —masculló.
Khalani lo ignoró y desvió la mirada hacia la única persona del grupo que había pasado más tiempo en Oasis y que, por tanto, tenía más conocimiento de causa.
—¿Tú qué opinas, Derek?
—Yo… creo que no vendrían mal un par de días más. Podría terminar el etanol antes de marcharnos —respondió Derek con tono evasivo, permitiéndose albergar la esperanza de quedarse.
—Entonces, iré. —Khalani miró a la jefa—. Ahora sois uno más en el asalto.
Patreus resopló y se cruzó de brazos.
—¿De verdad puedes disparar una pistola?
Una respuesta le burbujeó en la garganta, pero tenía una manera mejor de decírselo.
Khalani se encaminó hacia uno de los reclutas y le arrebató la pistola. Apuntó hacia la diana, aferrándose al arma letal y respirando despacio. Tal como Takeshi le había enseñado tiempo atrás, se concentró en un punto y apretó el gatillo.
La bala no dio en el centro de la diana, pero impactó en la parte exterior. Sin añadir palabra, le devolvió la pistola al recluta, que la miraba sorprendido.
Patreus se había quedado perplejo. Brock soltó una maldición entre dientes al tiempo que la jefa alzaba levemente las comisuras de los labios.
Takeshi la observó con la cabeza ladeada. Había dejado de fingir que se aburría.
—Bienvenida al equipo. —La jefa asintió y se volvió hacia el resto del grupo—. Necesitamos a dos más. ¿Alguien es bueno con un arma?
No había pasado ni medio segundo cuando Takeshi, abandonando su lugar en la retaguardia, dio un paso al frente y se situó junto a Khalani. Aunque sus brazos no se rozaban, podía sentir las ráfagas de calor que emanaban de él.
Khalani contuvo la respiración y se preguntó si, al igual que ella, Takeshi sería consciente de cada milímetro cuadrado que los separaba.
—¿Alguien más? —preguntó la jefa.
Serene avanzó.
—Ni en tus putos sueños —dijo Brock.
Le tomó el brazo para devolverla al grupo, pero Serene se zafó de él.
—Suéltame.
—No vas a ir.
—Oh, sí que lo haré.
El rostro de Brock adoptó un tono rojo poco saludable.
—Tienes tres segundos para retirarte o yo mismo te arrastraré hasta la casa y te ataré a la cama.
—Eso es muy perverso.
—Uno… —advirtió.
Nadie movió un pelo, y Brock hizo crujir el cuello.
—Dos…
Serene tragó saliva.
—Tres…
—¡Vale, vale! Te propongo un trato.
Brock se detuvo, con los puños apretados.
—Me quedaré aquí y no armaré más lío. —Serene alzó la mirada—. Pero tú tienes que acompañar a Khalani.
—¿Por qué?
—Porque eres nuestro segundo mejor tirador.
—¿El segundo? —Dio un paso atrás, ofendido—. ¿Y quién cojones es el primero?
Serene se limitó a señalar con la cabeza a Takeshi, que tuvo el descaro de sonreír con malicia.
—Hay otro motivo por el que quiero que vayas —añadió Serene en voz baja.
—¿Y qué otro motivo podría haber?
Brock alzó las manos.
—Porque confío en ti. Y porque te lo estoy pidiendo educadamente. ¿Por favor?
Brock la miró, atónito. Era evidente que no se lo esperaba. Puede que solo hubieran pasado unos pocos segundos, pero el incursor pareció considerar sus palabras durante toda una eternidad.
—De acuerdo —suspiró al fin—. Iré.
Una sonrisa sincera iluminó el rostro de Serene al tiempo que se abalanzaba sobre Khalani para abrazarla.
—Será mejor que regreses sana y salva —susurró, dándole un beso en la mejilla.
Asintió con la cabeza hacia Takeshi y se volvió para darle una palmada a Brock en la espalda. Pero el incursor la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos.
Serene ahogó un grito y, sin pensarlo, le correspondió. Sin embargo, enseguida se separaron; había sido el abrazo más rápido de la historia.
—¿Qué te parece? ¿Es factible?
La jefa se volvió hacia Patreus, que mantenía una expresión rígida y sombría.
—Servirán —admitió a regañadientes, soltando un suspiro.
—Bien, entonces está decidido —declaró la jefa un poco más tranquila—. Ferren será el encargado de liderar el asalto. Os dirá todo lo que necesitáis saber. Comed algo y descansad. En cuanto se ponga el sol, cruzaréis el muro.
—Entendido —dijo Khalani, preparándose para el trayecto.
—Bien. —La jefa paseó una mirada seria por cada uno de ellos—. Y aseguraos de volver con vida.