Us Defiant Few (Los oscuros 3) 18. Transformas mis aguas caóticas en mares de calma.
40%

18. Transformas mis aguas caóticas en mares de calma.

Transformas mis aguas caóticas en mares de calma.

Takeshi

H izo bailar el cuchillo con delicadeza entre sus dedos, girándolo despacio una y otra vez. Tenía los hombros tensos y la espalda apoyada firmemente contra la madera.

No comprendía del todo esa necesidad imperiosa de hacer guardia ante su puerta. Se lo había explicado a sí mismo diciendo que era para no perder de vista al adversario, a esa muchachita con una inquietante habilidad para meterse en su cabeza hasta el punto de ocupar todos sus pensamientos.

Cuando se despertaba, sus ojos la encontraban sin querer.

Cuando escaneaba el horizonte en busca de amenazas, el instinto lo obligaba a acercarse a ella.

Sin embargo, cuando sus labios se habían rozado…, un sentimiento furioso y visceral lo había desbordado por completo.

Era una mentirosa. Una criminal, como el resto de los Ases. Trataba de emponzoñarle la mente y destruirlo desde dentro. Eso era lo que Takeshi se repetía una y otra vez, como una plegaria obsesiva.

Pero su sabor era demasiado adictivo.

Cuando su lengua lujuriosa había acariciado la suya, fue como si alguien hubiera activado una bomba.

Cuando la besó, había sentido que estaba haciendo lo correcto.

Como si fuera lo que tendría que haber hecho desde siempre.

En un instante de locura, pensó en pasar la eternidad postrado de rodillas ante ella y deleitarse durante el resto de su vida.

Ah, qué sonidos salían de su garganta… Esos gemidos que se habían liberado cuando la había inclinado hacia atrás y la había hecho suya… eran suficientes para vencer hasta al hombre más fuerte.

Si en ese instante ella le hubiese pedido el Sol, Takeshi habría encontrado la manera de arrancarlo del cielo.

Pero, cuando ella le rodeó el cuello, un atisbo de cordura regresó a su mente.

Había recordado en brazos de quién estaba.

Y lo peligrosamente cerca que estaba del punto de no retorno.

Había tenido que hacer de tripas corazón para apartarse. Y, aunque había dado media vuelta y se había marchado, una voz en su interior le pedía que regresara. Le gritaba lo estúpido que era.

Por el momento, Takeshi había conseguido controlar esa extraña vocecilla hasta volverla insignificante, una mera molestia. Pero, cuanto más tiempo pasaba con ella, más intensa se volvía.

Era una tortura. Exasperante.

No podía dejar de mirarla. Y se daba cuenta de lo inestable que se volvía en su presencia.

Lo que más lo asustaba era que empezaba a plantearse si quizá lo que Khalani le había contado era cierto.

¿Y si estaban realmente en el mismo bando y él la había olvidado? ¿Y si estaban tan unidos como afirmaba?

¿Sabía que él no era de los que hacían las cosas a medias? Si, en algún momento, elegía a una mujer como compañera, lo daría todo por ella.

Su fuerza. Su poder. Su corazón.

No le faltaría nada.

Pero la idea de escoger a Khalani Kanes le resultaba ridícula.

Era irritante. Obstinada. Imprudente. Insolente. Tenía cero instinto de supervivencia.

Pero sí, se veía obligado a disimular su reacción al ver esa determinación en sus ojos, la inteligencia que demostraba en sus palabras y la forma en que su presencia lo descolocaba por completo.

Y sí, poseía una fortaleza silenciosa que lo desconcertaba. Cuando hablaba, los demás prestaban atención. Apenas hacía unas semanas que conocía a Khalani, pero ya se había dado cuenta de lo importantes que eran para ella los que la rodeaban, incluso demasiado.

Era, sin duda, hermosa en todos los sentidos posibles.

Pero terca. Molesta. Obstinada. Respondona.

Takeshi se cruzó de brazos y siguió acallando los adjetivos positivos con negativos, que murmuraba entre dientes.

Y, sin embargo, ahí estaba, ante su puerta.

Jugueteó con el cuchillo y se recordó qué hacía allí.

Solo él podía tocarla.

Solo él podía matarla.

Nadie más.

El sentimiento era tan intenso que Takeshi apretó con más fuerza el arma, casi deseando que un intruso tratara de entrar en la habitación y le diera una excusa para liberar la agonía y el tormento que sentía.

Justo en ese momento, unas botas resonaron en el pasillo. Takeshi se humedeció los labios y empuñó el arma, preparado para derramar un poco de sangre.

Pero reconoció la figura robusta de Brock, su supuesto guía a través de la Zona Muerta.

No le gustaba ese tipo.

Sus ojos marrones eran demasiado inquisitivos y miraba a Khalani como si fuera su aliada.

Y eso bastaba para irritarlo.

—¿Te importa si te acompaño? —preguntó Brock en voz baja.

—Sí.

Brock soltó una risita y se sentó junto a él de todos modos.

Cabrón.

—Ya veo que no has cambiado.

El incursor suspiró y estiró las piernas, llevándose las manos a la nuca.

—No te comportes como si me conocieras —gruñó Takeshi, incapaz de soportar su presencia y deseando que lo dejara en paz.

Estaba harto de toda esa gente que actuaba como si fueran sus amigos.

Takeshi prefería estar solo, aislado. Dejar que otros te conocieran terminaba siempre en traición.

Brock ladeó la cabeza.

—¿De verdad no nos recuerdas? ¿A ninguno de nosotros?

—Ojalá dejarais de preguntarme eso.

—¿Por qué?

Takeshi frunció los labios. En otras circunstancias, habría evitado el interrogatorio marchándose, pero eso dejaría la puerta sin vigilancia.

Alguien como Brock podría entrar mientras dormía.

Y eso era inaceptable.

—Porque no es cierto —repitió.

Hizo girar el cuchillo cada vez más rápido, y casi estuvo a punto de cortarse un dedo.

Pero Takeshi quería sangre, aunque fuera la suya.

Prefería concentrarse en cualquier otra cosa antes que en ese tema.

—Ah, por eso te sientas frente a la puerta de su habitación —observó Brock con malicia.

—Se está bien aquí. Corre el aire.

—Estamos dentro de una casa.

—Veo que eres muy observador.

—Mira, colega, a nosotros miéntenos todo lo que quieras —dijo Brock—. Pero trata de no mentirte a ti mismo.

—No recuerdo haberte pedido consejo —espetó Takeshi con un tono de evidente amenaza.

—Mejor, porque no te estaba dando ninguno —replicó Brock.

Eso hizo que detuviera sus movimientos.

—Entonces, ¿a qué has venido?

—Es difícil pegar ojo en un lugar como este. Hay que estar alerta.

Brock tensó la mandíbula mientras echaba una ojeada a su alrededor, y Takeshi reparó en el arma que llevaba en el bolsillo.

No le preocupaba.

Si Brock hacía la menor intención de sacarla, le cercenaría la carótida en un abrir y cerrar de ojos.

—Y, además, verte de mal humor siempre me alegra el día —dijo Brock.

La sombra de una sonrisa le cruzó el rostro.

Takeshi no pudo evitar que se le alzaran las comisuras de los labios. Para su sorpresa, la brutal sinceridad del incursor alivió un poco la tensión del pasillo y, por un instante, dejó de lado la posibilidad de asesinarlo.

—Qué raro que no estés vigilando la otra puerta —comentó Takeshi.

—¿Por qué dices eso?

—Por su amiga. La de cabello azul. Siempre la estás mirando.

Brock lo fulminó con la mirada, y Takeshi comprendió que había conseguido una pequeña victoria.

—¿Es un tema delicado?

—No hay tema y punto —zanjó Brock.

—¿Cómo era eso que has dicho? No logro recordarlo —ironizó Takeshi al tiempo que alzaba la vista, pensativo—. ¿Algo así como que puedes mentir a los demás, pero no a ti mismo?

—Te lo estás pasando bien, ¿verdad?

—Creo que no me lo he pasado mejor en toda la noche.

Brock suspiró y volvió a mirar hacia la otra puerta. Durante el día, ocultaba bien sus sentimientos, pero, por la noche, Takeshi percibía el deseo y la angustia en sus ojos.

—Es difícil mantenerme alejado de ella —admitió Brock.

—¿Por qué?

—Porque soy un idiota.

—Ni que lo digas.

Brock lo miró con ojos entornados, pero hizo caso omiso del comentario.

—Los incursores llevamos una vida solitaria…

—Soltó un suspiro—. Nos entrenan para no relacionarnos.

El trabajo es más fácil si no echas nada de menos.

Pero Serene me lo pone difícil. Me preocupa que caiga en un hoyo o que, por su culpa, se nos trague una tormenta de arena.

No escucha. Va de listilla y siempre tiene algo que decir.

—Así que la alejas —concluyó Takeshi, verbalizando lo que era evidente.

—Si consigo que me odie, puede que se olvide de mí y ambos nos salvemos.

Brock bajó la voz, y Takeshi advirtió que miraba de soslayo la puerta.

—¿Y qué tal te está yendo?

—Bueno, considerando que estamos los dos aquí tirados en el suelo compartiendo nuestros putos sentimientos, diría que bastante mal.

Takeshi resopló, resistiéndose a admitir que estaba de acuerdo.

Se suponía que a él todo eso le daba igual.

Pero, a pesar de la antipatía que sentían el uno por el otro, en esos segundos de silencio se forjó entre ellos una especie de vínculo que, sin duda, desaparecería al amanecer.

Pero, por ahora, era suficiente.

—Así que también fuiste prisionero en Braderhelm —dijo Takeshi, sorprendiéndose de sus deseos de seguir charlando.

—Sí.

Takeshi se había encargado de memorizar a cada prisionero de Braderhelm. Sus fortalezas. Sus debilidades. Era su trabajo. Y el hecho de que todo el grupo, excepto Elise, afirmara haber estado allí lo hacía hervir por dentro.

Había reconocido a la anciana a duras penas, pero no recordaba a nadie más.

Quizá todo formaba parte del plan: sembrar pistas, ganarse su confianza y hacerle creer su historia.

El corazón le latía desbocado en el pecho y no sabía qué pensar. La visión se le volvió borrosa y ladeó un poco el cuerpo.

«Recupera el control. Recupera el control. Recupera el con…».

—¡Eh! —Brock chasqueó los dedos y su voz cortante atravesó la confusión que sentía.

Jadeando, Takeshi recuperó la visión poco a poco. Al bajar la mirada, reparó en que se había cortado la palma al apretar demasiado el cuchillo.

—Mierda —murmuró, intentando limpiarse la sangre en los pantalones, pero el corte era más profundo de lo que pensaba.

Sin decir una palabra, Brock se puso en pie y desapareció. Regresó momentos después con una toalla y un paño blanco. Se lo lanzó todo a Takeshi, que se secó la sangre y presionó la herida con el paño.

—¿Estás bien? —preguntó Brock.

Takeshi asintió. Soltó un largo suspiro y echó la cabeza atrás, apoyándola contra la puerta. Le llegaron unos suaves ronquidos procedentes del dormitorio, y, por alguna razón, ese sonido alivió un poco la tensión que sentía en los músculos.

—Si te apetecía derramar un poco de sangre, podrías haberme pedido un combate —comentó Brock.

—Ahora mismo, nadie que luchara contra mí saldría bien parado.

Takeshi no alardeaba. Últimamente estaba de tan mal humor que era la verdad.

Brock se encogió de hombros y se puso en pie.

—Pues yo creo que los amigos están para darse puñetazos de vez en cuando.

—¿Eso es lo que somos? —Alzó la mirada despacio, más aterrorizado de lo que debería ante la palabra «amigo».

—No somos amigos —respondió Brock con honestidad, alejándose por el pasillo para apostarse frente a la puerta de su propia obsesión—. Pero, a veces, pienso que podríamos haberlo sido.