Us Defiant Few (Los oscuros 3) 15. Mis pesadillas sonríen incluso cuando estoy despierta.
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15. Mis pesadillas sonríen incluso cuando estoy despierta.

Mis pesadillas sonríen incluso cuando estoy despierta.

—¿ P odemos parar un rato? —pidió Elise, quitándose las zapatillas.

Khalani se sobresaltó al ver que tenía los calcetines empapados de sangre.

No le apetecía en absoluto comprobar cómo estaban los suyos. Se había acostumbrado al dolor punzante de las ampollas abiertas hasta el punto de que ni las sentía.

—El Caf está cerca. Nos detendremos allí —anunció Brock, tomando un largo trago de agua antes de seguir adelante.

—¿Qué demonios es el Caf? —preguntó Serene entre jadeos, tratando de no perder el ritmo.

—Es uno de los puntos de referencia de los incursores. Entenderás el nombre cuando lo veas.

Y así fue: al llegar a la cima de una colina, vieron un valle a sus pies en el que había un pequeño edificio. Se apresuraron a llegar hasta él, desesperados por resguardarse del sol sofocante.

La estructura de una sola planta tenía todas las ventanas rotas. Puede que en el pasado la fachada de piedra gris brillara y destacara en medio del desierto, pero ahora estaba cubierta de polvo y arena. Todos alzaron la mirada hacia el letrero enorme y medio roto que colgaba en ella.

«C af ».

Le faltaban el resto de las letras, borradas tiempo atrás por la historia.

—¿Estás seguro de que no va a derrumbarse? —tanteó Elise.

—Sí. La mayoría de los incursores hacen un alto aquí durante el trayecto. Vamos.

Brock tomó la delantera y cruzó el umbral. En el marco de la puerta había unas extrañas abrasiones.

Khalani lo siguió con el estómago en un puño, preguntándose cómo se habrían producido esas quemaduras.

¿Habría gente dentro cuando se hicieron?

Bebió un poco de agua. En el interior del edificio hacía calor. El espacio era un caos, con mesas y sillas de madera volcadas por todos lados. Al fondo, vio una larga barra que le llegaba a la cintura, con una caja registradora rota encima, totalmente vacía.

La mirada depredadora de Takeshi escudriñó la estancia, y todos sus músculos se tensaron, como si su cuerpo se preparara para derramar sangre.

Pero Spade tenía razón. En la Zona Muerta no quedaba nada con vida.

—Qué acogedor —comentó Winnie, provocando miradas de incredulidad.

Elise se acercó poco a poco a una silla volcada y la contempló como si fuera un regalo del cielo. Después de enderezarla, se sentó con un suspiro y una sonrisa le iluminó la cara.

—Qué bien, ¿eh? —dijo Adan.

—Mejor que el sexo.

—En eso estoy de acuerdo.

Serene alzó otra silla y también suspiró cuando se dejó caer sobre ella.

—Pues debéis de haber tenido unas experiencias terribles —soltó Brock desde un rincón.

—Yo nunca he dicho eso —objetó Serene.

—Poco ha faltado.

—Probablemente tú ni siquiera sepas qué es eso —dijo, haciendo hincapié en la última palabra y cruzándose de brazos.

—Apuesto a que lo disfruto mucho más que tú —replicó Brock, imitándola y alzando las comisuras de los labios con malicia.

Serene se sonrojó e hizo ademán de tirarle una silla a la cabeza.

Khalani buscó a Takeshi, que se había acomodado junto a una de las ventanas rotas. Le temblaba ligeramente el labio y esbozaba una hermosa y poco habitual sonrisa que la obligó a apartar la mirada antes de que él se diera cuenta.

—¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí? —preguntó Adan mientras Brock observaba cómo se hacía de noche.

—Una media hora o así, y después…

Clinc.

El sonido inconfundible de algo metálico que había caído al suelo resonó por todo el edificio. Sin embargo, no se había movido nadie.

Todos se tensaron y clavaron los ojos en una puerta cerrada en el extremo opuesto de la estancia. Volvió a oírse un sonido, seguido de una maldición.

No estaban solos. Había alguien más en el edificio.

—¿Qué demonios…? —Serene palideció.

Takeshi y Brock fueron hacia allí con idénticos movimientos. Brock sacó la pistola, y Takeshi desenvainó un largo cuchillo.

Incluso aunque no confiaran plenamente el uno en el otro, Takeshi lo miró y asintió con la cabeza.

Brock le dio una patada a la puerta.

Ante ellos apareció un hombre, sentado sobre el suelo de azulejos de la trastienda.

Llevaba una barba negra descuidada y tenía la piel muy bronceada.

Iba ataviado con una camisa blanca hecha jirones y tenía el aspecto de quien se ha pasado semanas vagando por la peligrosa carretera.

El hombre alzó la mirada y abrió los ojos de par en par.

De pronto, una sonrisa de alivio se extendió por su rostro y dejó a la vista varios huecos en la dentadura.

—No esperaba ver a tantos viajeros.

—¿Quién eres? —preguntó Brock con aire amenazador.

El desconocido no se sintió intimidado por el arma.

—Me llamo Gentry. —Trató de incorporarse, pero no lo consiguió—. Si no te importa, ¿podrías pasarme esas vendas de ahí?

Señaló hacia un rollo de vendas blancas en una estantería de plástico.

Brock lo miró con suspicacia.

—¿Para qué las necesitas?

—Me he roto el tobillo. Sabía que encontraría provisiones aquí.

Gentry se encogió de hombros y trató de incorporarse de nuevo, pero, al doblar el tobillo, soltó un gruñido y se dejó caer otra vez contra la pared.

—No parece roto —dijo Takeshi, entornando los ojos con suspicacia.

—Lo peor está bajo los pantalones —insistió Gentry, moviéndose de nuevo con una mueca.

—¿Ibas camino de Oasis? —preguntó Adan, incapaz de ocultar la compasión que sentía.

El hombre se volvió hacia él entusiasmado.

—¡Sí! ¿Vosotros también?

—No. Solo nos hemos detenido a descansar, pero ya nos íbamos.

Con un ademán, Brock les indicó a todos que se dirigieran hacia la puerta.

—¡Esperad! —suplicó Gentry extendiendo un brazo—. ¿Podéis ayudarme?

Algo en el interior de Khalani se revolvió al ver al maltrecho hombre en el suelo. Miró a Winnie, que tenía la misma expresión indecisa, y fue a dar un paso, pero Takeshi enseguida se interpuso.

—No.

—No lo dices en serio.

—Lo digo muy en serio.

—Por favor —continuaba suplicando el hombre en el trastero—. No podéis dejarme así.

—Tiene razón. No podemos dejarlo —dijo Khalani.

—No vas a acercarte a él, Kanes.

Takeshi clavó sus ojos negros en ella. Khalani se planteó darle una patada en la entrepierna, pero un atisbo de locura en su mirada le advirtió de que la tumbaría al suelo si lo intentaba.

—Estoy con Takeshi —interrumpió Brock—. Quizá miente.

—¡No miento! ¡Tenéis que creerme! —gritó el hombre, empezando a temblar—. Si me abandonáis, moriré.

—Si nos marchamos, no sobrevivirá —objetó Khalani—. ¿Y si está diciendo la verdad?

Sus miradas indiferentes le dijeron que no les importaba lo más mínimo.

El mundo había conseguido cambiarlos.

Pero Khalani se negaba a que también pudiera con ella.

Trató de rebasar a Takeshi, pero el capitán permaneció inmóvil, cortándole el paso como si fuera un muro impenetrable.

—Te sacaré de aquí a rastras si hace falta —refunfuñó.

—¿Y qué más te da? No significo nada para ti. ¿No es eso lo que me dijiste? —Lanzó esas palabras peligrosas como si fueran un arma.

Takeshi contuvo la rabia y le tembló un músculo de la mandíbula, pero no lo negó.

—¿Y bien? —insistió—. Demuéstralo.

Takeshi negó ligeramente con la cabeza mientras le suplicaba con ojos furiosos que lo dejara estar. Pero Khalani aún no había terminado.

—Ahora no tengas miedo —lo espoleó—. Dime que no te importo una mierda, Takeshi.

—¡No me importas! —rugió finalmente.

—Entonces, ¡demuéstralo!

Takeshi murmuró algo ininteligible entre dientes y se marchó dando grandes zancadas. Al pasar junto a ella, le golpeó el hombro y le rozó levemente el bolsillo con la mano antes de perderse de vista.

Con el corazón encogido, Khalani soltó un profundo suspiro, pero se mantuvo firme.

Las mejores decisiones no siempre eran las más seguras. Y si, al tomarlas, tenía que enfrentarse a su desprecio, lo haría. No pensaba dejar de ser quien era ni cambiar su forma de ser.

Ni siquiera por la persona que amaba.

Alzó la barbilla y avanzó con paso decidido. Brock curvó los labios en una mueca de desaprobación, pero no se interpuso.

Gentry la miró de arriba abajo, sonriendo de nuevo. Khalani tragó saliva; no le gustaba la forma en que su mirada se detenía en ciertas partes de su cuerpo.

Aunque puede que llevara mucho tiempo en el desierto… ¿Quién sabía cuánto tiempo había pasado solo?

—Gracias —susurró el hombre—. ¿Cómo te llamas?

Ella se acuclilló ante él, guardando las distancias. Aunque su primera reacción fue darle un nombre falso, no era más que una pregunta inocente.

—Kanes —respondió en voz baja tomando las vendas.

Cuando el hombre extendió la mano, Khalani vio un rastro de tinta negra en la parte inferior de su brazo.

Un tatuaje.

Apartó enseguida la mano con las vendas y el hombre frunció el ceño, claramente irritado.

—¿Dónde te hiciste ese tatuaje? —le preguntó.

El desconocido contuvo el aliento.

—Me lo hice hace cinco años, cuando vivía en Oasis.

—Vi uno igual allí.

—Ah, ¿sí?

—Sí. —Khalani se tensó—. Pero no lo llevaba uno de sus habitantes, sino uno de sus atacantes. Los Pecadores.

El hombre le sostuvo la mirada. Ninguno de los dos se atrevió a moverse ni a sonreír. Era un enfrentamiento silencioso en el que ambos esperaban a que el otro diera el primer paso.

A la velocidad del rayo, Gentry saltó hacia ella.

Khalani llevó la mano al bolsillo para sacar la pistola, pero cerró los dedos en torno al mango de un cuchillo. Sin pensarlo, lo sacó y le asestó un golpe al desconocido, que profirió un grito al ver que le había cercenado uno de los dedos.

La sangre roja y brillante goteó hasta el suelo. El hombre gruñó, tratando de atrapar a Khalani con la otra mano.

De repente, se oyó el sonido del gatillo de un arma.

—Si te mueves un milímetro, te vuelo la tapa de los sesos —rugió Brock.

Khalani permaneció inmóvil, como si la orden también fuera para ella.

Advirtió movimiento a sus espaldas, pero no se atrevía a apartar la mirada de Gentry.

Ya no era el hombre indefenso de antes. Ya no suplicaba ni sonreía. En sus ojos solo brillaba una profunda furia.

—¿Quién eres? —preguntó Brock.

El hombre no respondió.

—¿Perteneces a los Pecadores? —insistió el incursor.

Gentry siguió con su actitud terca y guardó silencio, mirando la pistola como si fuera un bolígrafo que lo señalaba.

—Seguro que sí —dijo Khalani—. Tú y los tuyos tratasteis de matar a los ciudadanos de Oasis sin razón alguna.

Al oír aquello, Gentry desvió de repente su mirada asesina hacia ella y empezó a reír, casi hasta ahogarse.

—¿Sin razón alguna? —jadeó—. No tienes ni idea, ¿verdad?

Negó con la cabeza, aún sonriendo.

—¿Sobre qué? ¡Dímelo! —exigió Khalani.

—Te propongo algo. Yo vuelvo con los Pecadores, tú me acompañas y te cuento lo que quieras de Oasis. Incluso te diré su secretito.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

El hombre curvó el labio superior, esbozando una sonrisa maliciosa.

—Si compartes mi cama durante unas noches y te portas bien, hasta puede que te diga…

¡Pum!

Khalani se sobresaltó cuando una bala le atravesó la cabeza al desconocido.

Pero no había sido la pistola de Brock.

Se volvió y vio a Takeshi, que aferraba un revólver con expresión asesina.

El cuerpo del hombre se desplomó al suelo.

—¿Has perdido el juicio? ¡Lo habríamos podido torturar para sacarle información! —explotó Brock.

—No os habría dicho nada —aseguró Takeshi con frialdad mientras bajaba la pistola.

—Eso no lo sabes.

—Sé reconocer a un hombre que no teme a la muerte.

—Deberíamos haberlo discutido antes —soltó Brock mientras ayudaba a Khalani a ponerse en pie.

Antes de que ella se alejara con disimulo, la mirada penetrante de Takeshi se posó en la mano de Brock.

—No necesito discutir nada contigo —declaró Takeshi en un inquietante tono glacial—. Era una lacra y no merecía respirar ni un segundo más.

Desvió la mirada hacia el cadáver, como si quisiera dispararle de nuevo.

—¿Y de dónde has sacado la pistola si puede saberse? —masculló Brock—. No recuerdo haberte dado una.

Takeshi la guardó en el bolsillo.

—No me la has dado.