Us Defiant Few (Los oscuros 3) 14. ¿Qué es el corazón, sino una tierra baldía de amor?
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14. ¿Qué es el corazón, sino una tierra baldía de amor?

¿Qué es el corazón, sino una tierra baldía de amor?

K halani advirtió que Takeshi se mantenía en la retaguardia, cerrando el grupo, mientras recorrían aquella desangelada carretera, zigzagueando entre los vehículos vacíos que salpicaban el paisaje.

Los rayos de sol se reflejaban en su pelo negro formando un halo y hacían destacar sus ojos negros. Allá donde otros se habrían desmoronado ante el peso de lo desconocido, Takeshi se movía como pez en el agua.

Extrañada, Khalani se percató de que se examinaba las manos fijamente y aminoró la marcha a propósito.

Takeshi la miró confundido, pero, cuando Khalani se acercó, se tensó con desconfianza.

—¿Por qué no dejas de mirarte las manos? —le preguntó con voz calmada, evitando que sonara a amenaza.

Takeshi no respondió.

La escrutó con aún mayor recelo y apresuró el paso, pero Khalani lo siguió. Cuando se dio cuenta de que no iba a librarse de ella así como así, suspiró.

—Estoy buscando señales.

—¿Qué tipo de señales?

—Envenenamiento por radiación —murmuró mirándose la palma de la mano, casi deseoso de que apareciera una erupción dolorosa que se lo confirmara.

Khalani finalmente lo entendió.

Con sus recuerdos perdidos, Takeshi seguía creyendo que la superficie estaba contaminada.

—Pues no vas a encontrar ninguna —aseguró ella.

—Pero ¿cómo es posible?

—El gobernador de Apolo dijo que había radiación, pero ya no es así. Aunque tampoco es que fuera muy digno de confianza, en vista de que era un robot.

—¿Un qué?

Takeshi se detuvo en seco. Le temblaban los dedos y parecía a punto de perder el control. Khalani lo imitó y se enfrentó a su desconcierto. Quizá no fuera el mejor momento para contárselo todo, pero algo en su interior la empujó a seguir adelante.

—¿Estás listo para oír lo que de verdad ha ocurrido los últimos años? —preguntó.

Takeshi tensó la mandíbula. Desplazó de forma casi imperceptible el peso del cuerpo, como si prefiriera abandonarla allí, en la carretera, antes que escuchar una sola palabra de lo que pensaba decirle.

Sin embargo, volvió a mirarse las manos, claramente devanándose los sesos con la mentira de la radiación.

Por último, alzó la vista y accedió.

—Adelante.

Khalani tomó aliento. Era su oportunidad. Su pequeño deseo brillando entre las nubes oscuras.

Sin perder un segundo, le contó todo lo que había sucedido en Apolo. Mientras seguían caminando sobre el cemento agrietado, le relató cómo se habían conocido en Braderhelm. El fallo en los cultivos. Génesis. Su huida a Hermes. Cómo se habían infiltrado en un campo de detención.

Todo lo que los había llevado hasta ese momento.

Bueno…, casi todo.

—¿Y qué hay del resto? —preguntó Takeshi.

Había guardado silencio, absorbiendo todas y cada una de sus palabras.

Khalani se retorció las manos.

—¿A qué te refieres?

—Cuando estábamos en la celda, insinuaste que estábamos… ¿unidos? —Frunció el ceño, como si no estuviera seguro de haber elegido la palabra correcta.

No lo había hecho. Estaban más que unidos.

Pero aún no estaba preparado para comprender las profundidades de su corazón.

—Sí. —Khalani carraspeó—. Estábamos unidos.

—Cuéntamelo.

—¿Por qué? ¿Acaso me creerías?

—No sé qué creer —admitió en voz baja, torturado por aquella sencilla y oscura verdad.

—Sé que ahora mismo no confías en muchas cosas… —Khalani tragó saliva—. Pero puedes confiar en mí.

Takeshi negó con la cabeza.

—Eres la persona en quien menos confío.

—¿Yo? ¿Por qué? —se sorprendió Khalani.

Takeshi soltó una carcajada amarga.

—Si no hay radiación, entonces mis superiores me mintieron. No puedo negarlo. Pero eso no significa que tú no me estés mintiendo también.

—Menuda gilipollez. ¿Y qué hay de todo lo que te acabo de contar? ¡Te he hablado de Apolo y de Braderhelm! ¡Eso significa que digo la verdad!

—O… que eres una espía y tienes información que usas en mi contra.

—En serio, para alguien tan atractivo, eres de lo más estúpido. ¿Lo sabías?

—Soy consciente de mi aspecto. —Se encogió de hombros—. Pero no sabía que te afectaba.

—No me afecta —mintió—. Solo estoy señalando de forma objetiva algo que a otros puede gustarles…, ya me entiendes.

Hizo un ademán, y él alzó solo una ceja.

—Creo que no te sigo. Por favor, explícate.

—Uf, déjalo.

Se alejó a grandes zancadas, preguntándose en qué momento había creído que esa conversación era una buena idea.

Todas sus «buenas ideas» deberían acabar en un ataúd.

—Tendré que añadir un «Se altera fácilmente» a la lista —dijo Takeshi, alcanzándola gracias a sus piernas exageradamente largas.

—¿Qué lista? —espetó ella.

—Mi lista de objetivos —respondió con calma, pese a que en sus ojos se percibía un frío glacial—. Estoy catalogando las debilidades de mis enemigos para saber la manera de acabar con ellos.

—Ah, claro. Se me había olvidado que sigues soñando con matarme —dijo ella, simulando cortarse la garganta.

—Yo no sueño con eso.

Lo pronunció con una voz tan baja que Khalani creyó haberlo imaginado. Sin embargo, Takeshi no añadió más y se limitó a llevar la vista al frente, con la mirada perdida.

—Bueno, me lo estoy pasando muy bien, pero creo que voy a seguir caminando —refunfuñó ella.

Lo que realmente deseaba era enterrar la cabeza en la arena y no volver a sacarla para respirar nunca más.

—Espera —le pidió antes de que alcanzara al grupo—. Aún no has terminado de contarme el resto.

Esos ojos negros como el carbón la atravesaron.

Como si necesitara oír más.

—¿Qué quieres saber?

Muy a su pesar, lo miró de nuevo y casi tropezó con la puerta metálica de un vehículo, tirada en medio de la carretera.

Takeshi se apresuró a extender un brazo y a sujetarla del codo. Pero la soltó igual de rápido, alejándose incluso más que antes.

—Si lo que me has contado es verdad —dijo sin rodeos—, respóndeme a esta pregunta: ¿por qué me acerqué a ti si eras una prisionera?

—No lo sé… —Khalani soltó un suspiro—. Tuve una pelea en Braderhelm y necesitaba aprender a defenderme. Cuando te pregunté si querías entrenarme, te negaste.

Recordó la resignación de Takeshi cuando la visitó en la enfermería.

—Creo que te apiadaste de mí y aceptaste —continuó.

—¿Yo te enseñé a luchar? —preguntó extrañado.

—Sí. Cada semana me entrenabas en el sótano. Al principio nos odiábamos, pero, con el tiempo, empezamos a soportarnos, hasta el punto de que ya no queríamos apuñalarnos. Estuvimos así algún tiempo y, entonces, algo cambió.

—¿El qué?

—Un guardia me atacó.

—¿Qué?

Se volvió de repente hacia ella.

El ambiente se cargó de electricidad y Takeshi adoptó una expresión furiosa. Pero Khalani no comprendió la razón.

—No te preocupes. —Hizo un ademán para quitarle importancia—. Fue hace mucho tiempo.

—¿Te…? —La nuez de Adán se le movió al tragar saliva—. ¿No te…?

—No. Lo mataste antes de que pudiera hacerlo.

—Bien.

Asintió con la cabeza, como si fuera lo mínimo aceptable. Khalani se sorprendió ante esa brutal honestidad. Pensaba que, para él, era igual de insignificante que los miles de millones de granos de arena que pisaban cada día.

—¿Y bien? ¿Ahora me crees? —preguntó.

Takeshi hizo una pausa, considerando su respuesta.

—Si alguien te dijera que los últimos años de tu vida no existen…, que todo lo que consideras cierto es una mentira…, ¿lo creerías?

Khalani alzó la mirada hacia la comitiva que los precedía, hacia los suyos, que la mantenían cuerda y en el presente. Hasta la presencia oscura e imponente de Takeshi la hacía sentir protegida y la abrasaba más que el sol sobre sus cabezas.

Khalani sabía que aquello no tenía ningún sentido. Pero no le importaba.

—Si alguien me dijera que esto no es real, les diría que se ahogaran en veneno.

La respuesta no ayudaba a su causa, pero le habían contado tantas mentiras que lo único que Takeshi merecía era oír la verdad durante el resto de su vida.

—¿Qué ocurrió después de que el guardia te atacara? —preguntó.

—Muchas cosas.

—Di lo que tengas que decir, Kanes. —La fulminó con la mirada—. No tendrás otra ocasión de convencerme.

Sintió tanta presión que le flaquearon las piernas. Pero tenía que aprovechar la oportunidad. No se rendiría, ni siquiera cuando el mundo se derrumbara a su alrededor.

Así que, entre susurros, Khalani se lo contó.

Takeshi escuchó con atención y con el ceño fruncido su delicada y peligrosa historia. Las miradas llenas de deseo en prisión. La fiereza con que él la protegía. Los momentos compartidos en secreto.

Se lo contó todo, excepto las dos palabras que emergían de los vestigios de su corazón; no se atrevió a pronunciarlas.

Siendo honesta, quizá nunca encontrara las agallas para hacerlo. Sin embargo, esa posibilidad quedaba fuera de toda consideración hasta que Takeshi la recordara.

Cuando Khalani terminó, él guardó silencio, inmóvil y con la mandíbula tensa. Estaba rígido y contenido, como si lo único que controlara fuera su cuerpo.

—Gracias por contarme tu historia —dijo al fin.

Acto seguido, emprendió la marcha, alejándose más y más de ella.

«Tu historia».

No la de ambos.

Solo la de ella.

En algún momento, había cometido un error. Estaba segura.

Khalani repasó todo lo que había dicho, buscando el momento en que se había equivocado. Mientras se lo contaba todo, había sentido tal sintonía entre ellos que, por primera vez, parecía que Takeshi volvía a ser el de antes.

Y ahora…

Avanzaba por esa carretera desolada como un hombre tramando una venganza infernal. Con la mirada al frente, jugueteaba con algo en el bolsillo, como si un millón de pensamientos le cruzaran la mente.

Y ella los tenía vetados todos.

Aunque sus ojos ardían cuando la miraba, como si, en secreto, deseara ser igual de necesario para ella que su aliento, no se dejaba guiar por esos impulsos.

Había escogido alejarse para siempre, y la nueva distancia entre ellos era mayor de lo que había sido jamás.

Y Khalani no solo estaba perdiendo el juicio.

También estaba empezando a perder la fe.