Us Defiant Few (Los oscuros 3) 13. Cuando la noche llega a su fin, las palabras que debería haberte dicho brillan con mayor intensidad.
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13. Cuando la noche llega a su fin, las palabras que debería haberte dicho brillan con mayor intensidad.

Cuando la noche llega a su fin, las palabras que debería haberte dicho brillan con mayor intensidad.

E l sol les quemaba la piel mientras avanzaban por la carretera desolada; la tierra los recibía con su abrazo abrasador.

Elise, boquiabierta, no dejaba de mirar hacia el luminoso cielo, haciendo visera con la mano. Khalani recordó qué había experimentado la primera vez que había pisado la superficie.

—¿Llegas a acostumbrarte? —preguntó Elise, dando voz a su asombro.

—La verdad es que no —respondió Adan, que caminaba junto a ella—. El calor es una mierda. Siendo sincero, no sé cómo lo soportaban los humanos antes del Gran Colapso.

—En las casas tenían aire frío que soplaba a todas horas. Algunos incluso construyeron unas piscinas en los jardines para refrescarse, o eso ha leído Winnie —afirmó la anciana alegremente.

—Pues qué manera de malgastar agua —apuntó Serene.

—Es lo que pasa cuando tienes mucho de algo y crees que nunca se acabará —dijo Winnie.

Brock resopló en señal de acuerdo. Cuando se detuvieron en el primer pozo, Khalani bebió tan deprisa que se atragantó. Encorvada y jadeando, tosió con fuerza, pero entonces un par de botas negras aparecieron ante ella.

Una mano enorme le propinó varias palmadas en la espalda, hasta que tomó aliento bruscamente y pudo respirar de nuevo. Cuando alzó la mirada para dar las gracias, las palabras se perdieron en su garganta al ver a Takeshi Steele bloqueando el sol y mirándola con expresión irritada.

—Sé lo que te propones —le dijo.

Khalani se enderezó y se secó el agua de la boca.

—¿El qué, si puede saberse?

—Quieres hacerte daño para obligarme a reaccionar. Te pones en peligro de muerte para que empiece a preocuparme y a creer tus mentiras sobre… nosotros.

Escupió la última palabra como si fuera algo repugnante.

Khalani se quedó boquiabierta ante su osadía. Retiró todo lo que había dicho sobre la especie masculina. Eran estúpidos, exasperantes y solo habían sobrevivido desquiciando a todo el mundo a su alrededor… para así parecer ellos los normales.

—¿De verdad crees que casi me he caído de una escalera y me he atragantado para hacerte reaccionar?

Decirlo en voz alta no le quitó las ganas de darle un puñetazo. Advirtió que los demás habían dejado de hablar.

—Exacto. Es la única explicación para que responda de este modo.

Takeshi hinchó el pecho; estaba tan acostumbrado a controlar sus emociones que la posibilidad de que su corazón lo traicionara no se le pasaba por la cabeza.

—Puede que tengas razón —susurró Khalani.

Quizá se había planteado la situación de la manera equivocada.

—Si te pido perdón, ¿me perdonarías? —dijo en tono inocente.

—No.

Todo el cuerpo de Takeshi se tensó cuando Khalani se acercó a él.

—¿Ni siquiera si te lo pido por favor?

—Menos entonces.

Solo unos pocos centímetros los separaban, y Khalani se atrevió a posar una mano en su hombro.

—No me toques —gruñó Takeshi.

Pero ella lo ignoró y, con la otra mano, se levantó la camiseta y se secó el rostro perlado de sudor. Sintió la mirada ardiente de Takeshi, completamente desconcertado, sobre su piel desnuda.

Y, entonces, Khalani le clavó la rodilla en la entrepierna.

Takeshi se encorvó y su rostro adoptó un tono verde poco saludable mientras maldecía en voz alta.

—Cuando quiera que reacciones, lo sabrás —siseó.

Sin añadir más, giró sobre sus talones y se encaminó hacia el pozo para llenar la cantimplora, ignorando las miradas de perplejidad y las expresiones boquiabiertas de los demás.

La risa queda de Brock rompió el silencio.

—Recuérdame que no haga nada para caerte mal.

—Ya lo has hecho —dijo Serene con una sonrisa mientras miraba a Takeshi.

Una vena en el cuello del capitán palpitó al incorporarse. Lentamente, se dirigió hacia el pozo como un fatídico presagio de perdición. Pero Khalani alzó la barbilla y lo fulminó con una mirada igual de furiosa.

Con el rostro crispado, Takeshi agarró la cantimplora despacio, se inclinó sobre la espita y la llenó de agua. Los otros lo observaron con cautela, esperando su reacción mientras Khalani se preparaba mentalmente para una nueva ronda de desafíos.

—Un consejo. —Alzó la mirada y la clavó en ella—. Si concentras más fuerza en la rodilla, harás que tu oponente tarde más en levantarse.

—¿Ahora me das trucos para la próxima vez que te comportes como un gilipollas conmigo?

—Solo te doy ventaja. —En sus ojos brilló un destello amenazador—. Vuelve a hacerlo y beberás arena en lugar de agua.

Ambos se fulminaron con la mirada y la hostilidad invadió el ambiente como una bomba a punto de explotar.

Serene rompió el abrumador silencio.

—Quién te ha visto y quién te ve, capitán, hablando en lugar de utilizar el cuchillo. Eso es lo que yo llamo una evolución del personaje.

A continuación, alzó una mano para chocar los cinco.

Takeshi emprendió la marcha dando grandes zancadas, claramente disgustado.

—Así es él —se mofó Serene, llenando la cantimplora hasta el borde.

Khalani pescó a Brock mirando a Serene con anhelo antes de seguir a Takeshi. Adan y Elise los imitaron.

Y, cuando Winnie se acercó y le apretó suavemente la mano a Khalani, sintió una extraña calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el sol.

Por primera vez en semanas, parecía que su familia disfuncional estaba reunida de nuevo.

La majestuosa bola de fuego desapareció por el horizonte, dando paso a la calma de la oscuridad. Brock dijo que era hora de dormir y todos se acomodaron en la carretera, entre coches abandonados.

Khalani se apoyó contra una puerta metálica y contempló el cielo nocturno, que estaba despejado. Estudió las decenas de puntitos que brillaban como si fueran faroles lejanos.

Estrellas.

Así las había llamado Winnie.

Seguía mirando al firmamento cuando la anciana, que se encontraba junto a ella, soltó un fuerte suspiro.

—Nadie te dice nada sobre las rodillas cuando te haces mayor —refunfuñó acercándose a Khalani y haciéndose un ovillo.

—Nadie te dice nada sobre muchas cosas cuando te haces mayor —replicó ella en un susurro, con la mirada perdida, mientras una brisa fresca recorría el desierto.

Se sumergió en el pozo de sus propios recuerdos, evocando ese instante en que había contemplado el cielo nocturno junto a otra persona.

Una persona que había decidido dormir lejos del grupo.

Takeshi estaba apoyado de espaldas contra un coche negro, con las piernas estiradas. Quizá acabara cerrando los ojos, pero Khalani sabía que, aunque Brock fuera el encargado de hacer guardia, Takeshi no iba a dormirse.

Sintió cómo la observaba de arriba abajo, sin duda catalogando todas y cada una de las formas en que podría hacerla sufrir en aquella larga carretera.

No le devolvió la mirada. No soportaba tanto sufrimiento.

Khalani no podía admirar ese hermoso rostro de rasgos angulados ni sus músculos marcados sin sentir que aquellos recios brazos la rodeaban.

Amar a alguien que no recordaba ni por asomo que existías era una tortura que no le deseaba ni a su peor enemigo.

—Khalani… —susurró Winnie.

—¿Sí?

—Sabes que no es culpa tuya, ¿verdad?

Se puso rígida.

—¿El qué?

—Lo que le ha pasado a Takeshi —respondió la anciana.

Khalani tomó una piedra del suelo y la hizo girar entre sus dedos, pensando en darle una nueva forma, en moldearla de nuevo para que fuera más fuerte.

—Sí, lo sé —dijo en voz baja.

—Winnie no te cree.

El instinto le dijo que pusiera fin a la conversación, que huyera de allí. Se mostraba fría e imperturbable, pero, en su interior, era como una madeja de lana que se iba desenredando poco a poco.

Tirando del hilo.

Tirando.

Tirando.

Hasta que ya no quedaba nada.

Solo el vacío y recuerdos inútiles.

Siguió jugueteando con la piedra, y no se dio cuenta de que estaba temblando hasta que Winnie posó con firmeza una mano sobre la suya y la sacó de la oscuridad en la que se había sumido para hacerla regresar al presente.

—Tú también mereces que te salven —murmuró la anciana.

Khalani la miró extrañada.

—Pero ¿qué…?

—Le contaste a Winnie que el doctor Strauss también te torturó. Y que Takeshi te había rescatado. Que te había liberado.

El agujero invisible de su alma se hizo más grande. Tragó saliva e intentó mantener el control.

Desvió la mirada hacia las sombras en las que estaba sentado Takeshi. Tan cerca y, a la vez, tan lejos.

—¿Preferirías haber sido tú la que se quedó atrás? —preguntó Winnie.

—Pues claro —respondió sin pensar, con todas sus emociones desbordadas, como si fueran rocas enormes que rodaban colina abajo—. Ha pasado por tanto… Nos ha salvado muchas veces. Debería haber sido yo. Debería haber sido yo, joder.

Khalani se mordió el labio, tratando de contener las lágrimas que estaban listas para volver a la tierra.

—¿Ves esas estrellas? —preguntó la anciana.

Aunque se sorprendió por el cambio de tema, Khalani echó la cabeza atrás y contempló el cielo oscuro e infinito.

—Encontremos una que se mueva.

Winnie frunció el ceño con aire concentrado mientras escudriñaba el vasto espacio.

—¿Se mueven?

—Los antiguos académicos las llamaban estrellas fugaces. Son rocas enormes y colosales que vuelan… ¡Allí! —señaló la anciana con entusiasmo.

Una estela blanca brilló en el cielo. Khalani abrió la boca, y Winnie murmuró algo inaudible, cerrando los ojos.

—Listo. Está hecho.

—¿El qué?

—Winnie ha pedido un deseo. —La anciana le dedicó una sonrisa tímida y le apretó aún más la mano—. Su deseo es que llegues a verte como te ven los demás. Quizá entonces comprendas lo necesaria que eres en realidad.

Khalani reprimió las lágrimas y Winnie la abrazó. Le había hecho saber que, por mucho que ella pensara que todo aquello que anhelaba no importaba, lo fundamental era que alguien sí lo hacía. Y que quizá un día, cuando su vida llegara al final, estaría llena de amor por sí misma.

—¿Puedo…? —Se sorbió la nariz—. ¿Puedo yo también formular un deseo?

—Claro que sí. A ver si vemos otra.

Khalani alzó los ojos hacia el cielo envuelta en los brazos de su segunda madre. Esperaron un rato, rodeadas del silencio del mundo, hasta que la vieron. Una diminuta estela de esperanza que cruzaba el universo.

Winnie se volvió hacia ella y susurró:

—No digas lo que pides.

Khalani asintió y se devanó los sesos en busca de un deseo: que su familia tuviera salud, que todos llegaran a Apolo y regresan sanos y salvos…

Sin embargo, un rostro no dejaba de aparecérsele.

«Deseo que Takeshi lo tenga todo. Sus recuerdos. Una vida llena de esperanza, amor y felicidad que compense todo el dolor que ha padecido. Aunque no sea a mi lado».