12. Sigo teniendo esperanzas en el mañana, aunque no esté garantizado.
Sigo teniendo esperanzas en el mañana, aunque no esté garantizado.
H ermes era la ciudad que nunca dormía. En las calles, las deslumbrantes luces lanzaban destellos y trepaban por el techo de la caverna como si fueran los ecos de una celebración.
Khalani contempló desde la distancia a los cientos de hombres y mujeres que bebían y reían a mandíbula batiente, tratando de ahogar sus problemas en océanos de alcohol. Había algo infinitamente triste en la escena. Avanzaron a toda prisa por las callejuelas, amparados por la oscuridad.
Nadie pronunció palabra mientras se alejaban del alboroto y de toda aquella gente, que creía que ocultarse bajo las sábanas del placer era suficiente para enmascarar su opresión.
En la mayoría de los casos, funcionaba.
Pero quedaban unos pocos elegidos que sabían que la sed de oro no servía de nada. Un día, aquellos inmorales que pisaban al prójimo en beneficio propio pagarían las consecuencias.
Aunque ese día no sería hoy; ni siquiera dentro de una semana. Tal vez la hora del juicio se haga esperar, pero siempre llega.
—Ya estamos.
Spade alzó la voz por encima del viento aullante mientras detenía en seco el vehículo, sacándolos de sus pensamientos. Khalani se agarró a Serene para evitar salir despedida, mientras que Winnie soltó una risita alegre y se apeó de un brinco, como si se bajara de un tiovivo.
—Conduces como un tarado —dijo Serene jadeando y con el pelo encrespado como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
—Cuando sabes conducir uno de estos, es normal que te guste pisar el acelerador y hacerlo ronronear —respondió Spade, esbozando una sonrisa y apeándose con agilidad.
Brock lo fulminó con la mirada y se unió a ellos, cargado con una pesada bolsa de lona llena de armas. Parte del trato con Oasis era traerles armas, y Jack les había proporcionado lo que había podido.
—¿Quién se llevará el otro vehículo?
—Uno de nuestros chicos está esperando aquí cerca y lo conducirá hasta otro refugio.
Spade recogió sus pertenencias y se enderezó cuan alto era.
Khalani se echó una mochila con agua, comida y ropa de recambio al hombro lesionado. Refunfuñó, pero no protestó. No pensaba permitir que nadie le aligerara la carga.
De repente, sintió que el peso desaparecía.
Dio media vuelta y se encontró con Takeshi, que se cernía sobre ella. El capitán no pronunció palabra.
Apenas la miró.
Sencillamente, abrió la mochila y empezó a introducir parte de su contenido en la suya. Para cuando se la devolvió lanzándosela, casi no pesaba nada.
—Pero ¿qué crees que estás haciendo? —preguntó con irritación Khalani.
—¿A ti qué te parece?
—¿De verdad me estás ayudando?
Khalani fue incapaz de ocultar la sorpresa.
Quizá esa era su manera de pedir perdón por haberle dislocado el hombro. Quizá ya no tenía que preocuparse de que le apeteciera cortarle la garganta en la Zona Muerta.
—Deja de mirarme así —dijo él con aire enfadado—. Lo hago por mi propio bien. Me daría algo si fueras un lastre y nos retrasaras.
Giró sobre sus talones sin añadir más y se unió a Spade en la rejilla del alcantarillado, cargando con la pesada mochila como si estuviera llena de plumas.
Le habría dado un puñetazo. Uno de los buenos.
Seguro que la situación no empeoraba por eso.
—Winnie conoce esa mirada.
La anciana apareció a la derecha de Khalani.
—¿Qué mirada?
—La de una persona enamorada que no se da cuenta de que lo está.
—Eso lo dudo —resopló Khalani sonrojándose—. Más bien sueño con apuñalarlo esta noche.
—Winnie no hablaba de ti, querida Khalani. —Los labios de la anciana se curvaron en una sonrisa y, mirando a Takeshi, añadió—: Estaba hablando de él.
Spade les indicó que subieran por la escalerilla. Mientras ascendía hacia la superficie, solo podía agradecer el hecho de no cargar con tanto peso. Pero ¿se lo admitiría al hombre que tenía justo debajo?
Ni en sueños.
Sin embargo, mentiría si dijera que no sacaba el trasero un poco al subir. Esbozó una sonrisa maliciosa cuando oyó que a Takeshi se le escapaba una maldición.
Si la idea de Taskeshi era hacerle la vida imposible, ella le pagaría con la misma moneda.
—Este tufo se me ha pegado al pelo. Nunca podré quitármelo de encima.
Serene arrugó la nariz mientras trepaba por la escalerilla.
—Siempre puedes cortártelo —sugirió Spade—. O teñírtelo de verde para que vaya a juego con el olor.
—No se va a hacer nada en el pelo —contraatacó Brock.
—Si no recuerdo mal, me llamaste «encanto» y dijiste que no te gustaba mi pelo.
—Y eso, ¿por qué? —preguntó Elise.
—Porque los hombres son estúpidos y recurren a tonterías cuando tienen demasiado miedo de expresar lo que sienten.
—Cierto, muy cierto, Serene —intervino la anciana—. Winnie no sabe cómo han logrado sobrevivir tanto.
—Pensaba que te pondrías de mi parte, mujer —gruñó Brock por encima de ella.
—Winnie está de tu parte. Y estará encantada de avisarte cuando tu terquedad y orgullo ensombrezcan tu inteligencia —le espetó la anciana con una sonrisa.
Khalani soltó una risita entre dientes. Justo en ese momento, el pie le resbaló en uno de los peldaños y se golpeó la rodilla contra el metal. Antes de que cayera al abismo, un brazo fuerte le rodeó la cintura.
Una oleada de adrenalina la recorrió al ver que Takeshi subía un par de peldaños a la velocidad del rayo y la sujetaba contra él, evitando que cayera.
Percibió el ligero aroma de jabón y empezó a respirar de forma entrecortada mientras él la aferraba aún más fuerte.
La camiseta beis se le levantó un poco y el pulgar de Takeshi le rozó una zona de la cintura que había quedado al descubierto.
Khalani miró hacia abajo y sintió que se mareaba.
—No mires abajo —ordenó.
Por lo visto, Takeshi ni siquiera se había dado cuenta de que estaba trazando círculos en su piel con el pulgar. Era un movimiento suave, endiabladamente íntimo pese a estar a cientos de metros de altura.
—Agárrate y sube. No te soltaré.
—Ya, y yo me lo creo —murmuró Khalani, pero se agarró a las barras metálicas con la vista nublada hasta que solo vio los rasgos afilados de Takeshi.
—Pues créete esto, Kanes: si tengo que matar, prefiero utilizar las manos —susurró con un tono dulcemente letal, sin dejar de mirarla—. Jamás permitiría que la gravedad se llevase el mérito.
—No es que eso me tranquilice mucho…
Khalani tragó saliva cuando sintió que el pulgar se deslizaba hacia sus costillas, moviéndose por debajo de la camiseta y acercándose a su pecho. El corazón le latió desbocado y supo que él percibía los latidos bajo las yemas de sus dedos.
—¿Y cuándo he dicho yo que quería tranquilizarte? —susurró en su oído.
El calor se esfumó. Con un movimiento ágil, Takeshi apartó los dedos, y los últimos treinta segundos se desvanecieron, como si hubiese sido un sueño.
Khalani tomó aliento, ignorando la tensión contenida y rezando para que los otros no hubieran notado nada. Ambos siguieron ascendiendo sin pronunciar palabra, aunque Khalani sentía su presencia implacable mucho más cerca que antes. Como si de verdad estuviera dispuesto a no dejarla caer.
Tampoco es que fuera a probar esa hipótesis.
Spade abrió la tapa que daba a la superficie y los rayos de sol la cegaron. Al ver lo cerca que estaban, todos apresuraron el paso. Cuando Khalani llegó a la cima, Spade y Brock la alzaron como si nada y la sacaron de la alcantarilla.
Ante ella aparecieron las magníficas ruinas de Las Vegas. Los edificios y vehículos abandonados los rodearon como si fueran un recuerdo perdido.
Khalani deseó poder ver cómo había sido la ciudad en el pasado, cuando la gente pensaba que vivir en medio del desierto no era una condena, sino toda una novedad.
Takeshi fue el último en salir de la alcantarilla.
Lo hizo con agilidad y, a diferencia de los demás, que estaban sucios y desaliñados, se las había arreglado para tener un aspecto presentable, incluso cautivador.
Sin embargo, cuando echó un vistazo hacia las ruinas que lo rodeaban, se produjo un cambio en él.
Alzó la mirada hacia el cielo y… se quedó completamente inmóvil.
Khalani comprendió la razón.
Takeshi no recordaba los últimos tres años de su vida, así que era la primera vez que veía el sol en todo su esplendor.
Intuyendo la intimidad del momento, desvió la mirada por respeto y le dio espacio. Se concentró en Spade, que sacaba un pequeño dispositivo del bolsillo.
—¿Qué es eso? —le preguntó.
—Es un contador Geiger —respondió con la mirada clavada en la máquina—. Se utiliza para detectar y medir la radiación.
—¿No dijo Jack que ya la habíais medido?
—Así es. Solo me estoy asegurando de que todo sigue igual. —Spade guardó el medidor en el bolsillo de nuevo y chasqueó los dedos hacia Brock—. ¿Tienes el walkie ?
—Sí.
Brock sacó el pequeño aparato de la mochila.
—No olvidéis utilizarlo antes de llegar a Apolo —le recordó Spade—. Tenemos que contactar antes de romper la cúpula.
Brock asintió con firmeza, aferrándose al walkie que le había dado Jack como si no fuera a permitir que nadie se lo arrebatara, ni siquiera un ejército entero.
—De acuerdo. Aquí se separan nuestros caminos. Si todo va según lo previsto, os veo dentro de unas pocas semanas.
Spade escrutó las ruinas con la mandíbula tensa.
—No te preocupes por nosotros —dijo Serene a modo de despedida—. Ya hemos sobrevivido a la Zona Muerta una vez. Seguro que podemos volver a hacerlo.
—Yo no lo tendría tan claro —murmuró Spade. A continuación, abrió la mochila y añadió—: Pero, antes de iros, tomad.
Todos se quedaron atónitos al ver que sacaba cuatro pistolas más y se las entregaba a Brock. Khalani abrió los ojos de par en par cuando el incursor se volvió hacia ella en primer lugar.
Al sentir el contacto metálico de la pistola, reparó en que Takeshi la miraba. El peso y el poder familiares del arma le provocaron un escalofrío.
Brock le tendió otra a Adan. Por un segundo, Khalani pensó que quizá le daría la última a Takeshi, quien, sin duda, era más hábil en su manejo. Pero Brock aún no se fiaba de él, y todos se quedaron perplejos cuando se la ofreció a Serene.
—No hagas que me arrepienta —fue todo lo que dijo.
Un destello repentino brilló en los ojos de Serene y, por primera vez, no replicó con sarcasmo. Asintió con la cabeza y, mientras guardaba la pistola en la mochila, le dio las gracias en voz baja por la confianza que había depositado en ella.
—¿Estáis seguros de que necesitamos las armas? —preguntó Elise con prudencia, examinando los edificios en ruinas con asombro.
—Claro que las necesitáis —respondió Spade con tanta seriedad que incluso Khalani se preocupó—. ¿Queréis saber por qué la llaman la Zona Muerta?
—¿Por la radiación? —aventuró Adan.
—No. La radiación estaba por toda la superficie. La llaman la Zona Muerta porque se camina sobre cientos de personas sin saberlo. Se dice que aquellos que cruzan el desierto ni siquiera ven los cuerpos de los caídos. La arena se los ha tragado.
Khalani se restregó los brazos. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral desde la nuca, como si las almas de todos esos muertos la observaran, esperando a que la arena se la tragara y la devolviera a la tierra de la que provenía.
—Aquí fuera no hay normas, solo vida y muerte —concluyó Spade, encaminándose hacia la alcantarilla.
Antes de regresar a la ciudad subterránea, les dio un último consejo:
—Y, llegado el momento, será mejor que no dudéis en apretar el gatillo.