16. ¿Reconoces mis heridas y cicatrices en las tuyas?
¿Reconoces mis heridas y cicatrices en las tuyas?
K halani acarició el mango del cuchillo.
Cuando, al pasar junto a ella, Takeshi le había golpeado el hombro, había notado algo. ¿Había sido él quien se lo había deslizado en su bolsillo? ¿Para protegerla?
Sintió que el corazón le daba un vuelco, pese a que el cerebro le decía que lo ignorara.
Tenían como misión salvar Apolo.
Pero ella tenía una propia: salvar a Takeshi.
Por desgracia, esa persona en concreto no quería que la rescataran.
Desde el incidente con el hombre, Takeshi había guardado las distancias con ella tanto como había podido. Como si tratara de demostrarse a sí mismo que no le importaba.
Los días habían ido transcurriendo sin que pronunciara palabra, y Khalani había tenido que esforzarse para no lanzarle el cuchillo. Pero había seguido adelante, fingiendo que esa frialdad no la irritaba.
Ese era el juego.
Fingir que todo iba bien.
Sin embargo, a medida que se acercaban a Oasis, una energía extraña se había instaurado en el grupo.
Brock fruncía el ceño de forma permanente. Adan no contaba ni un solo chiste. Serene se abrazaba a la mochila. Elise se mordía el labio sin parar. Y Winnie se guardaba sus fantásticas historias para sus adentros y miraba al suelo en lugar de al horizonte.
Khalani se arrebujó en la ropa, protegiéndose del frío. Estaba contemplando la media luna que colgaba sobre sus cabezas cuando algo apareció en la distancia.
Una sombra que se cernía sobre el paisaje. Completamente distinta de las muchas colinas que habían dejado atrás.
—¿Qué es? —preguntó Elise.
—El muro de Oasis. Rodea toda la ciudad —respondió Brock, comprobando de nuevo la pistola antes de guardársela en el bolsillo.
La enorme silueta oscura era sobrecogedora. El muro casi rozaba las nubes; debían de haberse pasado años apilando piedras para conseguir esa altura.
Khalani no tenía ni idea de cómo lo habían construido ni de cómo los Pecadores lo habían escalado en el último ataque.
—¿Pensáis que es buena idea? —preguntó Adan.
—¿A qué te refieres?
—Ya habéis oído a ese tipo. ¿Creéis que Oasis guarda un secreto?
—Bueno, no duró lo suficiente como para sacarnos de dudas —gruñó Brock.
Takeshi ignoró el comentario. Contemplaba el muro con aire desconcertado, como si estuviera buscando algo. Una respuesta escondida en la oscuridad.
Khalani se preguntó si no estaría empezando a recordar.
Si no intuía que ya había visto ese lugar en el pasado…
—La última vez que estuvimos aquí, noté algo raro —comentó Adan, mirando a su alrededor con preocupación.
—Nos dieron refugio y comida —replicó Serene tratando de levantar los ánimos.
Pero su voz no fue más que un susurro.
Había algo raro al otro lado de ese muro.
Todos podían percibirlo.
Las casas. El comportamiento de la gente.
Todo era demasiado perfecto.
—No importa —dijo Khalani finalmente—. Derek está ahí dentro. Vamos a buscarlo, les entregamos las armas y nos vamos.
Todos asintieron; ninguno pensaba quedarse más de lo estrictamente necesario.
Al acercarse al muro, unas luces parpadearon. Varias figuras, armas en alto, aparecieron en la parte superior.
Estaban a unos treinta metros de Oasis cuando un silbido cortó el aire. Una decena de flechas se estrellaron de repente en la arena, a pocos centímetros de sus pies.
—¡Queremos hablar con la jefa! —gritó Khalani con todas sus fuerzas, intentando transmitir firmeza.
Pero nadie respondió.
—¡Decidle a la jefa que hemos traído las armas que nos pidió!
La puerta permaneció cerrada y el ambiente en silencio, excepto por el viento que les agitaba los cabellos. Adan se movió, como si fuera a salir corriendo, pero otra flecha se clavó en el suelo junto a él.
Se quedó inmóvil y maldijo entre dientes.
Era un error. No deberían haber regresado.
Justo en ese momento, se escuchó un chirrido y las descomunales puertas metálicas se abrieron. Tras ellas apareció una mujer de intensos cabellos pelirrojos, ataviada con una camiseta de tirantes que hacía resaltar sus tríceps y una capa color granate ondeando tras ella.
La jefa.
La flanqueaban unos guerreros que blandían sus lanzas. Khalani reconoció a Patreus y a su antiguo guardián, Ferren.
Sin embargo, no había ni rastro de Derek.
—¿Acaso la luna nos engaña? —preguntó la jefa con una mueca de incredulidad al tiempo que avanzaban—. Habéis regresado muy pronto.
—Os prometimos que lo haríamos —respondió Khalani, mirando de reojo las armas que aún los apuntaban.
—Eso es cierto. Aunque debo confesar que no creía que cumplierais vuestra parte del trato. —La jefa soltó una risita y dirigió la mirada hacia la enorme bolsa de lona negra que Brock sostenía—. ¿Nos habéis traído las armas?
—Así es.
—Estamos en deuda con vosotros.
Ferren fue a coger la bolsa, pero Brock la apartó.
—Primero queremos ver a Derek —declaró.
La jefa frunció el ceño, pero enseguida asintió.
—Por supuesto. Seguidme.
Los condujo a través del tranquilo pueblo, y a Khalani no le quedó más remedio que sorprenderse.
Cuando se habían marchado, Oasis humeaba, reducido a escombros a causa del ataque de los Pecadores.
Aunque algunas casas todavía no estaban reconstruidas, la mayoría de las acogedoras viviendas de una sola planta parecían intactas.
Sus intensos colores brillaban bajo la luz de la luna y las pequeñas vallas de madera blanca cercaban los jardines delanteros.
«A venida F eliz ».
El letrero, que en otros tiempos había caído al suelo, colgaba ahora orgulloso en la calle.
—Qué rápido lo habéis reconstruido todo —se asombró Khalani.
—En Oasis sabemos trabajar como uno solo por un objetivo común.
—La jefa sonrió con amabilidad—. Cuando uno de los nuestros cae, todos nos esforzamos por cubrir el vacío y construir una comunidad mejor.
Eso es lo que nos define. Lo que nos hace mejores personas —enfatizó, alzando las manos en un gesto grandioso.
La sinceridad impregnaba sus palabras y la calidez en sus ojos era innegable.
Pero aún no habían visto a Derek.
Impaciente, Khalani tamborileó con los dedos sobre el muslo mientras recorrían la tranquila calle. Takeshi prestaba atención a todo a su alrededor con la mano en el bolsillo, justo donde guardaba el arma, y un aire desconfiado.
Y ella no lo culpaba.
Al final de la calle, Khalani reconoció la casa amarilla en la que se habían alojado en el pasado.
Antes estaba desvencijada, con una valla a la que le faltaban varios postes y un balancín de madera roto en el porche. Pero ahora parecía que la habían pintado de nuevo: una reluciente valla blanca rodeaba el jardín y un sólido balancín lucía con orgullo en el exterior.
—Vaya, qué cambiado está… —susurró Serene.
—Ha sido Derek. —La jefa sonrió—. Un hombre muy inteligente. Muy amable. Me sorprende que no sea…, bueno…, de aquí.
Al oír aquellas palabras, Patreus la miró de reojo.
Khalani no tuvo tiempo de preguntar a qué había venido eso porque la puerta de la casita se abrió.
Derek apareció bajo el umbral y se quedó inmóvil.
Sorprendido, abrió los ojos de par en par y la emoción hizo que se tensara.
—¡Habéis regresado! —exclamó, y su voz resonó en el espacio que los separaba mientras esbozaba la sonrisa más grande que Khalani jamás había visto.
Ella, Serene, Adan y Winnie salieron corriendo hacia él a la vez. Al encontrarse en el jardín, se fundieron en un abrazo.
—¿De verdad pensabas que íbamos a abandonarte? —le preguntó Serene, estrujándolo.
—Pensé que quizá os habíais olvidado de mí.
Una lágrima le resbaló por el rostro mientras los estrechaba aún más contra sí, como si temiera que todo fuera un sueño.
—Eso nunca —dijo Khalani, ignorando a la multitud que los observaba.
Se abrazaron como si estuvieran solos, como si no hubiera nadie a su alrededor, compensando todo el tiempo que habían pasado separados.
De repente, oyeron unos pasos. Brock le dio una palmada en la espalda a Derek.
—Qué bien que estés vivo.
Puede que fueran las palabras más amables que le había dedicado jamás, y Derek soltó una carcajada y tiró de él para abrazarlo también. Serene sonrió al ver que Brock balbuceaba por la falta de costumbre ante esas muestras de afecto, pero, aun así, le dio unas palmaditas torpes en la espalda.
—Takeshi… —Derek suspiró aliviado y se acercó a él—. No puedo creer que esté diciendo esto, pero me alegro de verte.
Khalani tragó saliva cuando Derek fue a abrazarlo, pero Takeshi dio un paso atrás y adoptó una repentina expresión cautelosa. Completamente rígido, mantuvo las manos en los bolsillos.
Khalani intervino con rapidez y agarró a Derek del brazo.
—Han pasado muchas cosas desde que nos fuimos. Después te lo contaremos todo.
Derek ladeó la cabeza, extrañado; ignoraba la pérdida de memoria de Takeshi. Sin embargo, dio media vuelta y los condujo al interior de la casa. La jefa carraspeó antes de que entraran.
Brock soltó un suspiro y depositó la pesada bolsa a sus pies.
—Ahí están todas las armas —declaró, cruzándose de brazos—. Creo que no tendréis problemas en acabar con cualquier Pecador que se interponga en vuestro camino.
La jefa echó un vistazo al interior de la bolsa, y un destello de satisfacción brilló en sus ojos. A continuación, se la entregó a Patreus, que esbozó una sonrisa quizá por primera vez en su vida.
A Khalani se le aceleró el pulso.
—Descansad. Habéis hecho un largo viaje y vais a necesitar fuerzas para mañana —dijo la jefa con una voz más animada.
—No vamos a quedarnos mucho tiempo. Tenemos planeado reemprender la marcha dentro de una hora o poco más —respondió Khalani.
—Tonterías. —La jefa rechazó la idea con un ademán—. Es peligroso viajar de noche. Aquí disponéis de alojamiento y podéis ducharos. ¿Por qué no lo aprovecháis y descansáis?
—Razón no le falta —susurró Serene.
Khalani miró a los demás. Todos parecían exhaustos. Brock le sostuvo la mirada y suspiró al ver la respuesta en sus ojos.
—Una noche —espetó Brock—. Pero nos iremos mañana a primera hora.
—¡Magnífico! —La jefa dio una palmada—. Que descanséis.
Se apresuró a marcharse, con los hombres pegados a sus talones. Ferren les dedicó un asentimiento y una leve sonrisa.
Patreus no los miró en ningún momento. No perdía de vista la bolsa, como si protegiera un tesoro, un auténtico botín. Aunque a Khalani le sorprendió el entusiasmo, no era asunto suyo juzgar lo que hacía la gente del desierto.
Mañana por la mañana ellos ya no estarían allí, sino camino de Apolo.
«¿Estás segura de eso?».
La voz del gobernador resonó en su oído.
Khalani giró bruscamente la cabeza y echó un vistazo a su alrededor, pero todos ya estaban entrando en la casa, como si no hubieran oído nada. Takeshi era el único que se había fijado en que ella no se había movido.
Se detuvo y la observó sin pronunciar palabra mientras escudriñaba con mirada frenética cada sombra. Pero el gobernador no estaba por ninguna parte.
Le temblaron las manos.
Las visiones iban a peor. Su voz era cada vez más fuerte. Más real.
Como si se estuviera convirtiendo en algo más que un simple delirio.
—Kanes.
Era la primera vez que Takeshi le hablaba en días.
Khalani alzó la cabeza, y él frunció el ceño al ver la intensa desesperación en sus ojos.
—¿Qué ocurre?
No podía explicarle la verdad. De todos modos, no la creería.
—No es nada.
Trató de pasar ante él camino de la casa, pero Takeshi, en toda su envergadura, se lo impidió y le cortó el paso. Reclamando su atención. Como si fuera dueño de ese pequeño espacio del mundo y ella, solo una mera invitada.
—¿Por qué estás tan asustada? —preguntó él.
—¿Cómo sabes que lo estoy?
—Lo veo en tus ojos.
—Me sorprende que puedas ver algo cuando lo único que has hecho esta última semana es ignorarme —soltó Khalani con desprecio.
Takeshi se cernió sobre ella, como si sobrepasarla en altura no bastara. Quería respirar su mismo aliento.
—No necesito prestarte atención. Invades todos mis pensamientos cuando estoy despierto.
Su susurro era más frío que el viento que agitaba su ropa.
—Lo dices como si fuera una enfermedad —refunfuñó Khalani.
—Si te das por aludida…
—Vaya, ¿el chip te ha enseñado a bromear?
Era un golpe bajo, pero Takeshi lo ignoró encogiéndose de hombros.
—Si te resulto tan repulsivo, Kanes, ¿por qué sigues mirándome?
Khalani balbuceó; no se lo esperaba.
—Yo… yo… no te miro.
Sí lo hacía.
—Sí que lo haces. —Ladeó la cabeza—. Tratas de disimularlo y crees que no me doy cuenta. Murmuras sobre mí con tus amigos. Parece que estés obsesionada.
—¡Ja! ¡Quién fue a hablar! —masculló ella invadiendo su espacio—. ¿Por qué me metiste un cuchillo en el bolsillo? Si no te conociera, habría pensado que te importaba, y mucho.
—No te confundas. Me vi obligado a salvarnos de tu imprudencia. Que sepas, Kanes, que, si alguien va a matarte, voy a ser yo.
—Deberías practicar esa frase frente al espejo. Puede que entonces te crea.
Sus ardientes ojos negros la atraparon aún más.
—¿Crees que presionarme te va a servir de algo?
—Prefiero presionar a esconderme.
La respiración se les aceleró cada vez más; estaban bailando en el borde de un abismo peligroso. Una batalla interminable que amenazaba con consumirlos a ambos.
—Si sigues así, acabarás haciéndote daño —le advirtió él.
Como si no lo supiera ya.
Takeshi le había dicho algo parecido bajo la lluvia, no muy lejos del mismo lugar en el que se encontraban.
Y ahí estaban todavía las cicatrices, recordándole que las palabras cortan más que los cuchillos.
Son como clavos que golpean una tabla de madera.
Puedes haberlo dicho en serio o no. Disculparte.
Pero, cuando sacas los clavos, los agujeros siguen ahí.
Khalani y Takeshi habían pasado por mucho, por más de lo que cualquier pareja debería soportar. Y si continuaban, con toda probabilidad acabarían destruyéndose o metidos en una bolsa para transportar cadáveres.
Sin embargo, él iluminaba su oscuridad. Creía en ella, incluso cuando Khalani había perdido toda esperanza.
Y ella veía la bondad en él. Aunque él no llegara a verla.
—Creo que lo soportaré —susurró.
Solo unos pocos centímetros los separaban. Sin siquiera darse cuenta, se acercaron.
Y, sin una pizca de instinto de supervivencia, Khalani se inclinó hacia él y lo besó.