11. No temo a los fuertes. Temo a los que la gente subestima.
No temo a los fuertes. Temo a los que la gente subestima.
K halani soltó una maldición. Otra vez.
Lane le acarició suavemente el hombro, y el agudo dolor hizo que se le ensancharan las fosas nasales.
—Relájate. Contaré hasta tres y entonces lo recolocaré.
Khalani asintió, enterrando el dolor y el miedo en los recovecos más profundos de la mente.
—Uno…
¡Crac!
Lane le giró el hombro. Khalani soltó un grito ante el crujido audible y el intenso dolor.
—¡Has dicho a la de tres! —exclamó con voz ronca y tono de reproche.
—Es mejor si no te lo esperas. —Lane se encogió de hombros—. La buena noticia es que no es grave. Trata de no utilizar el brazo a menos que no sea estrictamente necesario.
Le colocó un cabestrillo y se marchó poco después para acompañar a Jack a una reunión que los Ases celebraban esa misma noche.
Khalani se quedó sola, sin otro entretenimiento que sus pensamientos. Que no dejaban de regresar a Takeshi.
Por una milésima de segundo durante su combate, creyó vislumbrar un destello de deseo en sus ojos y recordó las sesiones de entrenamiento en Braderhelm.
El constante tira y afloja que había definido toda su relación.
La esperanza la había embargado.
Pero, cuando él le había dislocado el hombro, esas estúpidas fantasías se habían desvanecido. Aunque, para ser justos, había sido ella la que se lo había pedido.
Y, esta vez, no había tratado de matarla ni de secuestrarla.
En vista de lo poco que estaba progresando, soltó un gruñido, deseosa de enterrar la cabeza bajo la almohada y no volver a respirar.
Justo en ese momento, llamaron a la puerta con unos suaves golpecitos.
Un pelo azul asomó en el umbral y, acto seguido, apareció una pálida Serene. Echó un único vistazo al hombro de Khalani y se cruzó de brazos.
—Si le meto la cabeza a Takeshi en una batidora, ¿crees que recordará más rápido?
Khalani soltó un bufido.
—Llevo ya un rato convenciéndome de que golpearle la cabeza tampoco hará que recupere la memoria.
—Seguramente tienes razón —murmuró Serene, sentándose en la cama—. Putos hombres. No puedes vivir con ellos…
—Ni tampoco sin ellos —remató Khalani.
Serene torció el gesto y juntó las yemas de los dedos, un gesto que solía hacer cuando estaba nerviosa.
Últimamente lo hacía más a menudo.
—Serene…, ¿qué hay entre tú y Brock?
—¿A qué te refieres? —se apresuró a responder con los ojos azules abiertos de par en par—. No hay nada entre Brock y yo.
Khalani la miró con complicidad, y Serene soltó un suspiro.
—No hay mucho que contar —gruñó, como si fuera eso precisamente lo que le molestara—.
Cuando tú y Takeshi os marchasteis al campo de detención, Brock pasaba más tiempo con nosotros, aunque seguía siendo igual de irritante, egocéntrico y misógino.
Pero, de repente, empezó a mostrarse… amable.
Me servía el desayuno. Me esperaba para comer…
Se pasaba el día preguntándome si estaba bien porque me veía preocupada.
A Khalani se le formó un nudo en el estómago, pero Serene continuó.
—Y entonces, un día, me besó.
—¡¿Cómo?! —exclamó, incorporándose de golpe e ignorando la punzada de dolor en el hombro.
—¡Lo sé, lo sé! —Serene se restregó los ojos—. En cambio, al día siguiente, ¡se comportó como si nada hubiera ocurrido! —Se apoyó en la pared—. Así que he tratado de ponerlo celoso, y la verdad es que desperdiciar mi preciosa materia gris en él me hace sentir estúpida.
—No digas eso —la animó Khalani—. Si es tan imbécil como para no ver lo extraordinaria que eres, entonces ya te besaré yo para que se ponga celoso.
—Sí, claro. —Serene soltó una carcajada—. Y entonces Takeshi perdería los estribos. No me sorprendería nada que os hubierais acostado en ese campo.
Khalani sintió que se sonrojaba.
—¡No puede ser! —exclamó Serene, atónita.
—Bueno, hicimos… algunas cosas. Pero no todo. —Khalani bajó la mirada hacia las sábanas con pena y se mordió las uñas—. Yo quería, pero lo que es más triste es que me alegro de no haberlo hecho, porque ahora ni siquiera lo recordaría.
Al ver que estaba a punto de romper a llorar, Serene la envolvió en un abrazo, esquivando el hombro maltrecho.
—Ya, ya… Se recuperará, ya verás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no estás sola en esto. Y Takeshi tampoco. Pero, si te vuelve a hacer daño, con recuerdos o sin ellos, le cortaré los huevos y te los daré como regalo entre hermanas.
Las carcajadas hicieron que a Khalani le temblara el hombro dolorido y se abrazó aún más a Serene.
—Das un poco de miedo cuando te enfadas.
—Lo sé. —Serene sonrió—. Y, si Brock no va con cuidado, los suyos irán en una bolsa junto a los de Takeshi.
Habían transcurrido dos semanas.
Las únicas noticias que les había dado Jack eran que las calles continuaban siendo peligrosas y que tenían que seguir escondidos.
Así que se habían dedicado a entrenar en el sótano. Excepto Khalani, que, con el hombro en cabestrillo, básicamente se limitaba a observar.
Esa misma mañana, Lane se lo había quitado por fin.
Raziel los acompañaba en la mayoría de las sesiones. Pero Takeshi no.
Se quedaba en su habitación, solo, y Khalani nunca lo veía.
Era como si lo hiciera a propósito, como si buscara no cruzarse con ella cuando iba a por comida o a ducharse. Incluso un día Khalani se pasó horas vigilando su puerta, pero no salió en ningún momento.
La inquietud y los nervios llegaron a su fin cuando Raziel anunció que iban a saltarse el entrenamiento para acudir a una reunión de emergencia de los Ases.
Todos se apresuraron a subir las escaleras hacia la zona común.
Sin embargo, a Khalani le fallaron las piernas al ver lo que los esperaba.
La estancia que normalmente utilizaban como comedor estaba dispuesta de un modo diferente, y había una mesa larga.
Jack la presidía, con Jericho a su izquierda y Spade a la derecha.
Otros Ases ocupaban los asientos restantes, incluido Ryder, más pálido de lo habitual, pero, por lo visto, completamente recuperado de la herida de bala.
Todo el mundo ponía cara de póquer. El grupo se sentó y Khalani se aferró a la silla cuando vio que Takeshi entraba en la estancia.
La ropa negra se le ceñía al cuerpo como una segunda piel y le marcaba todos los músculos. En sus ojos se apreciaba un destello cruel, casi salvaje, y el cabello húmedo le caía sobre la frente, como si acabara de salir de la ducha.
Khalani advirtió que varias Ases le lanzaban miraditas. No las culpaba. Era imposible no admirar la cruda belleza de Takeshi.
Aunque Khalani no le quitó ojo, casi como si quisiera taladrarlo con la mirada, él no le devolvió el gesto y se acomodó en el extremo opuesto de la mesa, de espaldas a la pared.
Tenía los hombros tensos, rígidos, y escrutaba con mirada calculadora a todos los presentes, uno por uno, como si estuviera elaborando una especie de inventario mental.
Pero ¿para qué?
—Bien, ahora que ya estamos todos, podemos empezar.
—Jack alzó la voz, obligando a todo el mundo a prestar atención—.
Nuestros espías nos han informado de que han vuelto a destinar a los crupieres al campo de detención.
No sabemos la razón, pero sospechamos que quieren implantarles los chips y utilizarlos para aniquilar no solo a las bandas, sino a todo Hermes.
Los murmullos recorrieron la mesa; por el contrario, Khalani y su grupo permanecieron en silencio. Ya lo habían vivido antes, y las similitudes entre las dos ciudades le provocaron un escalofrío.
Los ojos azul claro del gobernador aparecieron de nuevo ante ella y sacudió la cabeza.
«Déjame en paz».
—¿Y por qué iban a hacer eso? —preguntó uno de los Ases, con las pupilas dilatadas—. ¿Por qué querrían destruir Hermes?
—No estamos seguros, pero hemos confirmado que en Apolo se están produciendo sucesos similares. Y las ciudades del subsuelo están demasiado cerca para que sea una coincidencia. Solo tenemos una opción: actuar.
—¿Y qué esperáis que hagamos? —Raziel se inclinó hacia delante.
—Los crupieres nos superan en número, diez a uno, y no dejan de reclutar a más gente —dijo Jack—.
Lane estima que el doctor Strauss y su equipo tardarán un mes en implantar todos los chips y formar a su ejército de soldados descerebrados.
Y, entonces, será demasiado tarde. No podemos esperar a que ellos den el primer paso.
Tenemos que atacar ahora que son más vulnerables.
Jack alzó los ojos hacia Takeshi y después los posó sobre Khalani y su grupo.
—Sabemos que los chips se fabricaron en Apolo. Lane y su equipo intentaron hackear el código para ver si había alguna manera de desconectarlos, pero fue en vano. ¿Alguien sabe dónde pueden almacenar los chips en Apolo?
—En los laboratorios de I+R —contestó Adam al instante.
Los laboratorios de Investigación y Recursos.
Pocos los habían pisado. Los laboratorios controlaban las granjas subterráneas y clonaban la comida que después se suministraba a Apolo. Era allí donde había trabajado Derek antes de descubrir el inminente fallo en los cultivos y de que lo encarcelaran.
—No disponemos de efectivos para irrumpir de nuevo en el campo de detención —confesó Jack con aire sombrío—.
E, incluso si entráramos y matáramos al doctor Strauss, Apolo seguiría enviando esos chips a Hermes y no romperíamos el ciclo.
Nuestra única opción es viajar a Apolo, infiltrarnos en ese laboratorio y destruir todos los chips.
—Pero ¿cómo se supone que vamos a entrar? —preguntó Brock, enderezándose.
Jack se cruzó de brazos y adoptó una expresión aún más seria.
—Volaremos la cúpula de Génesis.
Todos se quedaron boquiabiertos.
Era un plan absurdo. Un disparate.
—¡Es una misión suicida!
—¡La radiación nos matará!
—Yo no pienso poner un pie en la Zona Muerta.
Todas las voces se confundieron, y los pulmones de Khalani empezaron a trabajar con más rapidez. Empezó a escarbar una grieta en la mesa de madera. Su mente le estaba jugando una mala pasada: veía una y otra vez la imagen de la cabeza desgarrada de Alexander Huxley rodando por la arena.
Empezó a sentir calambres y se encogió, abrazándose el pecho.
—¿Va todo bien? —preguntó Serene.