10. Cuanto más grande es el corazón, más sufre.
Cuanto más grande es el corazón, más sufre.
Takeshi
L a sensación más peculiar e insoportable era sentirse un extraño en su propio cuerpo.
Takeshi siempre presumía de su autocontrol.
Y no porque le gustara, sino porque era necesario. Cuando se dejaba llevar por su temperamento, corría la sangre y los cuerpos llovían a su alrededor como aquellos aguaceros que imaginaba cuando no era más que un niño solitario.
Jamás había sentido la lluvia en la piel.
Aunque ya no estaba muy seguro de qué creer.
Sentado en el pequeño catre que le habían proporcionado los Ases, se restregó la cara con las manos.
No quería quedarse quieto. Quería arrancarse el cerebro. No soportaba albergar algo tan inútil en su interior.
Recordaba haber crecido en la oscura ciudad de Apolo. Recordaba haber trabajado como capitán en Braderhelm. Recordaba a los prisioneros y cómo castigaba a aquellos que se pasaban de la raya. Dormir. Levantarse. Repetir.
Y después…
Nada.
El resto era un lienzo en blanco, como hojear un libro en busca de un capítulo y encontrarse con que le habían arrancado las páginas.
Lo último que recordaba era que se había despertado en Hermes y que el doctor Strauss le había ordenado destruir a los Ases y capturar al criminal que los lideraba, Jack, para juzgarlo.
Y, en cuanto hubo recibido la misión, Takeshi sintió una necesidad imperiosa de cumplirla. Ni siquiera se había planteado cuestionarla.
Pero cuando esa joven, hermosa y peligrosa a partes iguales, gritó su nombre en el exterior del escondite de los Ases, algo amenazador se revolvió en su interior. Su voz era como un puñetazo en el abdomen que lo había dejado aturdido, y solo podía pensar en destruirla.
Sin embargo, no lo había conseguido, y había caído en manos enemigas.
Cuando despertó, su primer plan había sido matarlos a todos e informar al doctor Strauss.
Con quien más deseaba acabar era con ella.
Con esa chica que se atrevía a aparecer en su diminuta celda afirmando que lo había conocido en la prisión de Braderhelm.
Nada más verla, pensó que era una farsante.
Takeshi habría recordado a una chica como ella.
Era una completa desconocida. No le inspiraba confianza. En cambio, por alguna razón inexplicable, el corazón le decía lo contrario. Latía en su pecho como un tambor, y tenía que esforzarse para no acercarse a ella.
Cuando la había mirado a los ojos, de su interior había salido un oscuro rugido.
Pero había preferido ignorar ese extraño eco y considerar a esa chica insignificante como lo que era: un medio para sus fines y una plaga que erradicar.
Al menos, eso se repetía una y otra vez en la celda.
«Cumple con tu cometido. Te entrenaron para ser un soldado, así que compórtate como tal. Obedece».
Pero ignorarla podía casi equipararse a convencer a sus pulmones de que no respiraran nunca más. Era una criatura cautivadora. Sus ojos parecían las estrellas que nunca había visto. Y, cuanto más hablaba, más quería desentrañar sus pensamientos y memorizar todos sus miedos.
Los enemigos habían acertado al elegirla. Era una distracción perfecta, escogida con cuidado para hacerlo capitular.
Solo tenía una opción: aplastarla antes de que ella lo doblegara primero.
Sin embargo, cuando ya había forjado un plan de fuga, se le ocurrió una idea más perversa: llevársela. Atarla. Convertirla en su prisionera, solo suya, y extraer todos los secretos enterrados detrás de esos ojos.
Una lástima que al final las cosas no salieran bien. Tras caer inconsciente, se había despertado en una improvisada cama de hospital, rodeado de médicos con batas blancas.
Lane era la única persona que se atrevía a hablar con él. Los demás estaban demasiado aterrorizados. Una reacción inteligente.
El médico le había informado enseguida de que lo habían sometido a una operación para extraer un chip que le habían implantado en el cerebro. Dijo que el chip había creado falsos recuerdos y que tenía como objetivo controlarlo mentalmente.
Takeshi se había negado a creerlo.
Pero, entonces, Lane le había mostrado el vídeo de la cirugía.
Takeshi había estado a punto de matar a todos y cada uno de los presentes.
¿Quién había osado insertarle un dispositivo sin su permiso?
Se sintió tan violado que soltó un rugido. El pulso se le aceleró hasta tal punto que Lane se había visto obligado a sedarlo.
Cuando se despertó de nuevo, Lane estaba sentado junto a él y lo miraba con compasión. Le dijo que la única manera de recuperar la memoria era con tiempo y paciencia.
Dos cosas de las que Takeshi carecía.
Sus sangrientos planes no esperaban a nadie.
Quienquiera que se hubiera atrevido a invadir su mente lo pagaría caro, tanto que hasta se arrepentiría de haberlo siquiera mirado. La tierra se hundiría ante la furia de su venganza.
Pensó de nuevo en la chica de pelo castaño con esos ojos llenos de una tristeza infinita. Se le encogía el alma cada vez que la miraba, pero, en cierto modo, le resultaba más doloroso no verla.
Era exasperante.
Esa clase de conexión era una total y completa debilidad. Una vulnerabilidad que los enemigos no dudarían en utilizar contra él. Y no iba a dejar que eso sucediera.
Así que había trazado un plan. La estudiaría, aprendería todos sus defectos. Y cuando, en el sótano, se le había presentado la oportunidad perfecta para cortar de raíz la conexión, Takeshi la había aprovechado.
Aunque era imposible que la chica lo derrotara, debía decir en su favor que sabía luchar. Reconocía esa expresión fiera en sus ojos verdes, la misma furia que ardía a fuego lento en su corazón muerto y que le hacía desear sus labios, solo para ver si ella le devolvería el mordisco.
En cambio, esos pensamientos peligrosos solo lo habían reafirmado en su objetivo: humillarla para que lo dejara en paz para siempre.
Pero ella se había negado a rendirse y lo había retado a hacerle daño.
Takeshi no tenía ni idea de por qué sus palabras habían causado aquella reacción visceral en él. La mera idea de hacerle daño le resultaba paralizante. Por eso le había dislocado el hombro. Para demostrarse a sí mismo que era capaz de hacerlo, que no le importaba.
Pero, después, cuando ella lo había mirado…
Nunca había visto tanto tormento y traición reflejados en un par de ojos. La voz oscura en su interior le había ordenado a gritos que se cortara el brazo por haberle hecho daño.
Takeshi sintió que una descarga eléctrica le recorría el cuerpo y apretó los puños.
Se estaba desmoronando, poco a poco. Necesitaba luchar. Matar.
Encontrar todo lo que había perdido.
Se llevó las manos a la cabeza y, desesperado, se tiró del pelo para que el dolor lo distrajera.
«Contrólate», gruñó para sus adentros.
No se conseguía venganza con compasión por uno mismo.
La victoria siempre pasaba por la punta de un cuchillo.
Takeshi alzó la mirada y la posó en el oscuro muro de piedra mientras trazaba un plan. No podía confiar en nadie, solo en sí mismo. Esa era su única certeza.
Ignoraba si los Ases le mentían. Si sus recuerdos eran verdaderos o falsos. Lo que sí sabía era que alguien creía que podían profanar su cuerpo e irse de rositas.
Qué equivocados estaban.
Así que confeccionó una lista.
Una lista de enemigos potenciales. Una que comprendía a todas las personas de Hermes, incluida la chica, por mucho que, extrañamente, la deseara.
Observaría. Escucharía. Hablaría si era necesario. Y descubriría quién había sido el responsable de su calvario.
Tacharía algunos nombres.
Añadiría otros.
Pero que Dios se apiadara del último que quedara.
Porque lo que sus ojos verían antes de cerrarse para siempre serían los de Takeshi acompañándolo al infierno.