9. Calma la mente y préstame tus gritos.
Calma la mente y préstame tus gritos.
K halani se frotó los ojos y se apoyó en el muro de piedra; apenas se tenía en pie. Estaba sola, sentada en el sótano donde habían entrenado la noche anterior.
Debería haber dormido más.
Pero su mente era un lugar retorcido donde el descanso no existía.
Pensó en Takeshi. En el chip. En Apolo.
Su ciudad natal la llamaba, recordándole a todos aquellos que había dejado atrás.
Se estaba masajeando la sien, desesperada por pensar en otra cosa, cuando los oyó.
Unos pasos.
Miró hacia las escaleras.
Una figura estaba bajando, con el rostro parcialmente oculto en las sombras. El desconocido, ataviado con un inmaculado traje negro, se ajustaba los gemelos mientras descendía los peldaños. Cuando llegó al pie de la escalera, Khalani se incorporó, boquiabierta.
—¿Ni siquiera me saludas como es debido? —preguntó Alexander Huxley con una sonrisa burlona.
—¿Qué… qué… qué…? —balbuceó Khalani.
—¿Que qué estoy haciendo aquí? Creo que debería ser yo quien formulase esa pregunta.
Khalani retrocedió y, al toparse contra el muro, dio un paso al frente con cautela.
—No. —Khalani sacudió la mano ante ella para que la visión se desvaneciera—. No eres real. Estás muerto.
—¿De verdad?
Otro paso al frente.
Se le aceleró el corazón. Ese rostro perfecto miraba a Khalani como si fuera ella la que tuviera que darle respuestas.
Cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza.
«No es real. No es real».
Pero, al parecer, lo había dicho en voz alta, porque el gobernador respondió:
—Soy más real de lo que crees.
Reculó de nuevo hasta el muro, incapaz de apartar la mirada de aquellos ojos azules y monstruosos.
—Solo tengo una pregunta para ti, Khalani. —Alexander se humedeció los labios, se inclinó hacia ella y le susurro al oído—: ¿Nunca te has preguntado por qué no puedes escapar de mí?
Khalani tembló como una hoja.
—Sal de mi cabeza —escupió casi sin aliento.
—¿Estás segura de que es ahí dónde estoy?
—¡Sal de mi puta cabeza!
—¿Khalani?
Una nueva voz resonó en la estancia.
Al volverse, vio que Winnie bajaba por la escalera, con el pelo cano algo revuelto y el vestido púrpura arrugado.
—¿Con quién estás hablando, querida?
Khalani miró al lugar en el que estaba el gobernador; había desaparecido.
—¿Lo has visto? —preguntó, desesperada.
—¿A quién?
—¡Al gobernador!
Temblando, Khalani se pegó al muro y se acurrucó, y Winnie se apresuró a ir hacia ella. Esperaba que la anciana la mirara con desaprobación o que le confirmara que había perdido el juicio.
Sin embargo, Winnie se acuclilló junto a ella y le tomó la mano. Khalani no pudo evitar sobresaltarse.
La anciana no le dio importancia y le apretó los dedos.
—Winnie está aquí. Cuéntale qué ha ocurrido.
Khalani vaciló.
No era normal ver muertos. Aunque, si alguien podía creerla, era Winnie. Así que tomó aliento y le describió las visiones del gobernador. Le confesó que las alucinaciones iban a peor. Que eran muy reales e intensas, tanto que Khalani ya no distinguía la realidad de las pesadillas.
—Y, ahora que lo digo en voz alta, tengo la impresión de que me estoy volviendo loca —concluyó, dándose con la cabeza contra el muro.
—No te estás volviendo loca.
—Entonces ¿qué significan? —dijo con acritud—. ¿Y si, de algún modo, estoy… conectada con él?
Khalani tenía miedo de verbalizarlo. Desde que había conocido al gobernador en Apolo, había tenido la impresión de estar vinculada con él. Pensaba que era a causa del insondable odio que le profesaba por haber asesinado a sus padres, pero quizá había algo más.
—Querida niña, todos estamos conectados con él —declaró la anciana, clavando sus ojos en los de Khalani—. Soportamos su gobierno autoritario durante años. Nos mintió y nos prohibió la hermosa superficie. Tanto tú como Winnie lo visteis morir.
Khalani asintió ante las verdades como puños de la anciana, pero no consiguió desprenderse de la inquietante sensación de que algo no iba bien.
—¿Crees que el gobernador conocía el Proyecto Hélix?
Winnie palideció al oír el nombre del Proyecto Hélix, la misteriosa iniciativa en la que habían trabajado científicos e ingenieros de primer orden durante el Gran Colapso. El secreto que, según suponían, salvaría al mundo.
La única pista con la que contaban para averiguar más sobre el Proyecto Hélix era el diario de Timothy Talbot. En él se decía que el camino comenzaba en Prometeo, y habían descubierto que era una corporación ubicada en el antiguo estado de California.
Pero nada más.
—Timothy vivió hace trescientos años, cuando la humanidad se trasladó por primera vez al subsuelo. —Winnie se quedó pensativa—. El gobernador no podía estar vivo durante esa época.
—Eso no lo sabemos, Winnie. Era un puñetero robot —le recordó Khalani—. ¿Quién sabe cuánto tiempo duran? Podría haber estado en Apolo desde su constitución.
—Pero, si encontramos el Proyecto Hélix, ¡quizá consigamos saber la verdad! —exclamó la anciana alzando un dedo.
—O quizá nos metamos de cabeza en una trampa.
Winnie se acarició la barbilla y consideró en silencio las palabras que acababa de pronunciar Khalani. Al cabo de un rato, asintió con la cabeza.
—Tienes razón, querida. No sabemos lo que nos espera. Pero una de las cosas que Winnie aprendió en los archivos es que la verdad nos hará libres. Y, si la puerta está cerrada, solo nosotros podemos abrirla. ¿Lo comprendes?
Khalani cambió el peso de un pie al otro y sintió un hormigueo por las piernas. Winnie parecía decidida a partir en busca de Prometeo y lista para marcharse a California al día siguiente. Pero una voz extraña le susurró a Khalani que, una vez dado ese paso, nunca volverían a ser los mismos.
Unas pisadas retumbaron escaleras abajo y las interrumpieron. La risa inconfundible de Adan reverberó en el sótano; Elise lo acompañaba. Detrás aparecieron Serene y Brock, que no se dirigían la palabra.
Casi veía la tensión que se enroscaba alrededor de sus cuerpos crispados.
Raziel también bajó las escaleras con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Khalani se sorprendió; no esperaba que siguiera asistiendo a sus sesiones de entrenamiento.
Sin embargo, Brock parecía aceptarlo y avanzó hasta colocarse al frente de la sala. Antes de hablar, posó una mirada hosca en Serene durante un instante.
—Bien, hoy trataremos de derribar al oponente. Tres segundos para darse por vencido. Trabajaremos en parejas y por turnos.
Adan y Elise fueron los primeros.
Adan se puso ante ella y se movió sin cesar y sin pronunciar palabra, algo poco habitual en él. Cuando Brock dio la señal, Khalani comprendió que Adan no deseaba pelear con Elise. En cambio, en los ojos de la muchacha ardía una determinación feroz, como si quisiera demostrar algo.
Aprovechó su estatura y conectó un par de golpes, asestando dos firmes derechazos contra el cuerpo más grande de Adan. Pero, cuando llegaba el momento de derribarlo, no dominaba del todo la técnica y no lo conseguía. Sus movimientos se volvieron más y más erráticos cada vez que fallaba.
Adan tampoco parecía querer rematarla.
—Ya está bien de tratarla como si fuera de azúcar —soltó Brock con brusquedad.
Adan lo miró, y fue entonces cuando Elise le clavó un golpe en los huevos.
Le.
Clavó.
Un.
Golpe.
En los huevos.
Adan, cuyo rostro había adoptado un color morado, se desplomó sobre las rodillas y se abrazó el abdomen.
—Uno… Dos… Tres. Bien, Adan. Has perdido.
Elise se apartó con un gesto un tanto avergonzado, aunque en sus ojos apareció un destello triunfal. Serene soltó un silbido bajo.
—Sabía que esa chica me caía bien —comentó.
Adan se incorporó despacio, tambaleándose. Torcía el gesto como si estuviera conteniendo una arcada.
—¿Estás bien? —preguntó Khalani.
—Sí —respondió entre jadeos y medio inclinado—. Creo que me he enamorado.
Brock puso los ojos en blanco.
—Sigamos. Winnifred, te toca otra vez conmigo.
Khalani fue a protestar por lo injusto del enfrentamiento, pero la anciana no se quejó. De hecho, un destello de gratitud le iluminó los ojos al ver que Brock no la dejaba al margen y la trataba como a una igual.
Khalani debía recordarlo.
El hecho de querer proteger a alguien con toda el alma no significaba que tuvieras que hacerlo. A veces, la mejor manera de demostrar tu amor era permitir que se enfrentara al peligro por sí mismo.
Aunque Brock se contuvo con Winnie, tampoco fue indulgente. Bloqueó un golpe tras otro y fue mostrándole diferentes técnicas mientras luchaban, indicándole dónde debía atacar a continuación.
Winnie tenía el ceño fruncido y parecía totalmente concentrada. Después de diez minutos, le temblaban los brazos y las piernas y estaba empapada en sudor. Brock dio por terminado el ejercicio.
—Buen trabajo, Winnifred. Tienes que dar golpes más fuertes, con más potencia. Ya lo trabajaremos.
—Winnie se ha estado reprimiendo contigo. Ya verás la próxima vez —soltó la anciana sin aliento.
—Me muero de ganas.
Brock alzó las comisuras de los labios, esbozando una sonrisa poco habitual en él.
Justo cuando Khalani se preparaba para el siguiente enfrentamiento, se oyó un sonido y todos prestaron atención.
Una figura imponente bajaba por las escaleras, con el cabello negro tan brillante que parecía satén. Con la espalda cuadrada, la mirada fija y las manos en los bolsillos, tenía la actitud de alguien capaz de enfrentarse al mundo entero, pero que había preferido no hacerlo.
Khalani contuvo la respiración cuando Takeshi pisó el suelo polvoriento y escudriñó la sala con aire temible.
Raziel se llevó la mano a la pistola.
—¿Qué haces aquí?
Takeshi lo miró sin atisbo de miedo.
—¿No es evidente?
—¿Quién te ha dado permiso para bajar?
—Un hombre llamado Jack.
Raziel lo miró extrañado y estaba a punto de rebatirlo cuando una pequeña figura pasó ante él y se lanzó al cuello de Takeshi.
—Winnie siente mucho haberte atizado con un taburete. Aunque lo merecías… —dijo la anciana aún sin aliento, estrujándolo un poco más.