8. Miré al monstruo directamente a los ojos. Y me devolvió la sonrisa.
Miré al monstruo directamente a los ojos. Y me devolvió la sonrisa.
K halani contuvo el aliento cuando entró en la habitación de Takeshi. Ya no lo retenían en una celda. La anodina estancia apenas era de las dimensiones de su dormitorio, quizá incluso más pequeña.
Jericho cerró la puerta y se apostó ante ella. Khalani avanzó un paso y, perpleja, advirtió que Takeshi no estaba tumbado en la cama, sino que se encontraba sentado en el suelo de cara al muro de piedra, dándole la espalda.
Tenía las piernas dobladas y, aunque apoyaba los codos con naturalidad en las rodillas, lo último que parecía era calmado.
Sus hombros estaban rígidos y los músculos de los antebrazos se le marcaron cuando entrelazó las manos con fuerza, como si apenas pudiera controlarse.
—Takeshi… —susurró, temiendo romper aquel silencio ensordecedor.
Él dio un respingo.
Khalani esperó a que se diera la vuelta, pero Takeshi se quedó inmóvil, con los ojos clavados en el muro, como si en él estuvieran todas las respuestas que se le escapaban.
Khalani tragó saliva y sondeó a Jericho, que custodiaba la puerta, pero este desvió la mirada, dándole un poco de privacidad.
Cinco minutos. Ese era el tiempo que tenía.
Con el corazón desbocado, avanzó y se apostó junto a la cama. Takeshi mantenía los ojos abiertos, pero parecía ausente, con la mirada perdida. Como si estuviera atrapado en un bucle infinito.
Temblorosa, reprimió el deseo de abrazarlo. De decirle que estaba allí. Que todo iría bien. Pero se obligó conservar la calma.
—¿Te parece bien si me siento?
Se sobresaltó de nuevo. Era evidente que la había oído, pero seguía sin contestar.
Khalani se mordió el labio inferior y esperó.
Transcurrió un minuto.
Cuando se dio cuenta de que no iba a obtener ninguna respuesta, se sentó de todos modos junto a él. Aunque sus hombros no se tocaban —unos buenos centímetros los separaban—, Khalani advirtió que tensaba la mandíbula e inclinaba ligeramente el cuerpo, alejándose de ella.
—Takeshi… ¿De verdad no me recuerdas?
El doctor había confirmado que no tenía recuerdos, pero necesitaba oír la desgarradora verdad de sus labios.
La cruel energía que emanaba de su cuerpo hizo crepitar el aire entre ellos. Khalani apenas respiraba. Apenas podía pensar mientras aguardaba su respuesta.
—No —dijo él finalmente.
Khalani asintió, con la vista clavada en el muro. Si se fusionaba con la piedra, quizá él ni siquiera se diera cuenta.
Pero no podía derrumbarse.
Por ella.
Por él.
—¿Has venido a matarme? —le preguntó Takeshi con más interés.
—Por supuesto que no. —Estuvo a punto de romper a llorar al ver la decepción en sus ojos—. ¿Por qué piensas eso?
—Algo se me escapa. —Su voz grave resonó en la estancia, y el dolor que transmitía la arrastró—.
Está aquí, en los límites de mi mente —susurró con un destello en los ojos—.
Hay algo o alguien que es muy importante para mí.
Es como si mi corazón estuviera atado a eso, y ahora solo hay un enorme agujero. Ojalá pudiera arrancármelo.
Se llevó la mano a la camiseta y arrugó la tela, casi como si estuviera a punto de hacerlo, y Khalani extendió un brazo de inmediato para detenerlo.
Takeshi giró la cabeza, pero, aun así, Khalani la vio.
Una única lágrima le resbalaba por el rostro.
Takeshi no lloraba nunca. Era el que siempre se mostraba sereno, el que los mantenía cuerdos a todos.
Apartó la mano, pero Khalani se la agarró con firmeza, negándose a soltarlo.
—Takeshi, mírame.
Él negó con la cabeza y clavó los ojos en el suelo, como si fuera a tragarse el conflicto que sentía en su interior.
—¡Takeshi! ¡Mírame! —gritó.
Finalmente, el capitán obedeció.
La miró fijamente y Khalani vio tal agonía que tuvo que reprimir el llanto.
—Por favor, dime qué puedo hacer para arreglarlo —suplicó.
Takeshi volvió la cabeza y le soltó la mano.
—Déjame en paz.
—¡Solo trato de ayudarte!
—No quiero tu puta ayuda.
—¿Por qué no? —preguntó con un hilillo de voz.
—¡Porque, cuando te miro, me duele más!
Una angustia cruel impregnaba cada una de aquellas palabras, y Takeshi empezó a respirar de forma entrecortada, como si estuviera a punto de perder el control y fuera a sacarla de la estancia de malas maneras.
Khalani miró de reojo a Jericho, que tenía la mano en la pistola, aunque no hizo intención de sacarla.
No sabía qué hacer. La distancia entre ella y Takeshi era tan vasta que le parecía imposible franquearla. Sin embargo, quizá pudiera construir un puente.
—Yo también he perdido algo.
Al oír sus palabras, la expresión de desprecio que hasta ese momento había reflejado su rostro se desvaneció, aunque siguió tenso. Khalani no pensaba que fuera a reaccionar, pero, al cabo de un minuto, soltó:
—¿Y qué has perdido?
—A alguien muy importante —susurró—. Estuve sola durante mucho tiempo. Incluso pensé en poner punto final a mi vida.
Takeshi frunció aún más el ceño, pero ella continuó.
—Pensé que, una vez muerta, quizá alguien apreciaría mi existencia. Pero ese alguien no tenía… rostro. La verdad es que no quedaba nadie para llorar mi ausencia.
Advirtió que a Takeshi le temblaba la mandíbula y que desviaba la mirada, como si no entendiera por qué aquellas palabras lo enfurecían tanto.
—Pero, entonces, conocí a una persona que me demostró que era fuerte. Que valía más que todo lo malo por lo que había pasado. Y que, si el mundo deseaba verme desaparecer, vivir podía convertirse en mi forma de rebelión.
—¿Qué ocurrió con esa persona?
—Ya no me reconoce. —Se abrazó las rodillas al pecho—. Como si fuéramos dos perfectos desconocidos.
—¿Sigues pensando en poner punto final? —preguntó, escrutándola—. ¿En librarte del dolor?
—No —se sinceró Khalani—. He aprendido que, si la vida te golpea, hay que contraatacar con más fuerza. Que no hay que permitir que lo malo gane.
Takeshi ladeó la cabeza con interés ante su terquedad y determinación y la miró a los ojos.
—Tú tampoco puedes rendirte —añadió, rezando para que, al menos, recordara sus palabras y le hiciera caso.
Prefería ser una desconocida para Takeshi y mantenerse al margen antes que ver cómo se perdía a sí mismo en el proceso de recobrar la memoria.
—Ya te reconozco… —susurró.
Khalani se quedó de piedra, incapaz de reaccionar.
—Estabas en la celda conmigo. Me diste comida. Khalani… —dijo, casi sin aliento, saboreando el nombre—. Así dijiste que te llamabas.
—Sí…
Se le hundieron los hombros al comprender que estaba hablando de lo sucedido tan solo unos días atrás.
—Pero todo lo demás es confuso —masculló con una expresión siniestra al tiempo que apretaba los dientes—. A excepción de la última semana, soy incapaz de recordar los tres últimos años de mi vida.
Al percibir que se emocionaba, Khalani le posó con cautela una mano sobre el hombro. Él se tensó, pero no se apartó.
Aunque era todo un avance, Takeshi seguía sin mirarla, como si, al hacerlo, unos puñales le atravesaran el corazón.
—No pasa nada —susurró Khalani, hablando por los dos.
—No, sí que pasa, joder.
—Tienes razón. —Khalani reconoció la triste verdad—.
Sí que pasa, joder. No lo recuerdas todo, pero aquí estás.
Eres Takeshi Steele. El hombre al que temen los criminales, con el que nadie quiere enfrentarse y el hombre que…
—«Amo». Khalani se tragó aquella palabra—.
El hombre que nunca se rinde. Y, si no recuperas la memoria, no todo está perdido —continuó, ignorando el dolor que sentía en el pecho—. Puedes crear nuevos recuerdos. Mejores.
Las palabras tenían poder y si, pese a sus esfuerzos, no conseguía nada, Khalani escribiría una historia de mil páginas sobre lo maravilloso que era.
Takeshi guardó silencio.
No sonrió; ni siquiera insinuó una sonrisa.
Pero algunas de las sombras en sus ojos retrocedieron. Ya no contemplaba el muro como si quisiera que la piedra lo emparedara. Ahora miraba al frente, como si estuviera planteándose un nuevo camino.
Khalani fue a decir algo, pero Jericho se le adelantó.
—Tus cinco minutos se han terminado —anunció con voz grave.
Khalani torció el gesto con tristeza.
No deseaba marcharse. Le habría encantado quedarse allí sentada, con Takeshi, durante días, si eso lo ayudaba a encontrar las piezas que le faltaban.
Pero no podía enfrentarse a Jericho, y necesitaba a los Ases de su lado. Khalani hizo intención de ponerse en pie, pero Takeshi la agarró de la muñeca.
Era la primera vez que la tocaba por voluntad propia.
—Lo siento —dijo de repente.
—¿El qué?
—Lo que te hice en la celda.
—No pasa nada.
—Sí que pasa —objetó—. Puede que no recuerde mucho, pero sé que no te habría matado.
Pareció sorprenderse de sus propias palabras.
Khalani alzó las comisuras de los labios y esbozó una sonrisa triste, pero Jericho los interrumpió de nuevo.
—Es hora de irse.
Takeshi fulminó al guardia con la mirada, como si estuviera a un paso de cometer un acto imperdonable, pero Khalani, que no quería crear más problemas, se puso en pie.
—Tranquilo, no te preocupes. No es la primera vez que amenazas con matarme —comentó con un ligero tono divertido, recordando las incontables ocasiones en Braderhelm en las que Takeshi aseguraba que iba a acabar con ella.
Takeshi la observó con el ceño fruncido mientras se dirigía hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral, su voz la detuvo.
—Entonces, ¿por qué has venido a verme?
Khalani se detuvo y se dio la vuelta despacio.
Takeshi la miraba con la cabeza erguida y la espalda cuadrada, como el capitán letal que había conocido en prisión.
Lane les había pedido que no lo abrumaran con recuerdos a los que no podía acceder. Si le confesaba sus sentimientos más profundos, podría empeorarlo todo.
Sin embargo, merecía la verdad, y solo la verdad.
—Porque fuiste el único que me hizo sentir que la oscuridad era mi hogar. —Khalani tragó saliva—. Me salvaste más veces de las que puedo contar, sin importar los riesgos a los que te enfrentabas. Así que me da igual que todo esté en nuestra contra. Haré lo mismo por ti, aunque no me recuerdes.