7. La verdad es que siempre espero lo peor.
La verdad es que siempre espero lo peor.
L a luz procedente de la inestable lámpara de araña parpadeó sobre los cabellos negros de Takeshi, que se encontraba bajo el umbral, con un jersey negro arremangado hasta los codos, dejando ver las venas marcadas de los brazos. Una gasa blanca apenas visible le asomaba bajo el pelo.
Tenía mejor aspecto que cuando estaba encadenado en la celda. De hecho, parecía más fuerte que nunca. Desde su rictus tenso hasta su postura inflexible, todo en él irradiaba desafío.
Khalani contuvo la respiración cuando Takeshi paseó su mirada metálica por la estancia. Se fijó en las antorchas encendidas que ardían en los muros de piedra y en los miembros de los Ases, que ocupaban la mesa del fondo y que llevaron con disimulo las manos a las armas ocultas bajo la ropa.
Y, finalmente, la posó en su mesa.
Los miró a todos y cada uno de ellos: Adan, Brock, Serene y Winnie.
Acto seguido, se detuvo en ella.
Frunció el ceño, tanto que se le formó un surco pronunciado en la frente.
Con el corazón latiendo a mil por hora, Khalani se puso en pie despacio, obligándose a quedarse allí, inmóvil, para dejar que fuera él quien diera el primer paso.
Sin embargo, Takeshi ni se inmutó.
La miró con profunda consternación, como si fuera un enigma al que ya se había enfrentado en el pasado y que no había logrado descifrar.
—Un placer verte de vuelta, Lane —dijo Jack inclinando un poco la cabeza a modo de saludo.
—Igualmente. —Lane avanzó, con unas marcadas ojeras—. Tenemos muchas cosas de que hablar.
Aunque todo el mundo se puso tenso, Khalani siguió concentrando toda su atención única y exclusivamente en Takeshi, que la miraba con la mandíbula rígida y los puños apretados a los costados.
De pronto, inclinó la cabeza hacia Lane y le susurró algo al oído.
El doctor suspiró profundamente y asintió.
—¿Hay alguna habitación libre en la que pueda descansar un poco? —le preguntó Lane a Jack—. Ya he informado a Takeshi de su… condición.
«¿Cómo?».
Jack y Spade parecían igual de desconcertados, pero Jack asintió y le hizo un ademán a Jericho.
Con la boca abierta de par en par, Khalani vio a Jericho conducir a Takeshi hacia el otro lado de la sala; cuando pasó junto a ella y le rozó el hombro, ni siquiera la miró ni pronunció palabra.
Como si no soportara estar cerca de ella ni un segundo.
Khalani empezó a respirar de forma entrecortada y Winnie le cogió la mano que tenía libre.
—¿Qué… ha pasado? —balbuceó Khalani al tiempo que se volvía hacia el doctor en busca de respuestas—. ¿Por qué se comporta así? ¿Le habéis extraído el chip? ¿Y su memoria?
—Esas son muchas preguntas…
—¡Quiero respuestas!
Ante su arrebato, uno de los Ases empuñó la pistola, pero Jack alzó la mano y lo detuvo.
—Sí, logramos extraer el chip gracias a la ayuda de unos colegas —anunció Lane.
Una oleada de alivio invadió la mesa.
—Gracias a Dios —suspiró Serene.
Pero Khalani aún seguía con el alma encogida. Lane parecía tenso, inquieto.
—¿Y su memoria? —insistió.
El doctor se peinó el fino pelo canoso con una mano.
—El cerebro es delicado, y Takeshi ha pasado por un trauma mental importante.
Al parecer, le implantaron recuerdos falsos.
En cuanto le quitamos el chip, su memoria sufrió una regresión.
Recuerda la semana pasada, pero no los años anteriores.
Es como un mecanismo de defensa: la mente se ha cerrado para protegerse de todo el sufrimiento que ha soportado.
—¡¿Ha ido a peor?! —gritó Serene—. ¿Nos está diciendo que no hay esperanza? ¿No se puede hacer nada?
—Por el momento, no podemos hacer nada más, pero aún hay esperanzas de que recupere la memoria.
—¿A qué se refiere? —preguntó Khalani con un hilillo de voz.
—Pues a que, con el tiempo, existe una posibilidad. —Al ver la intensa desesperación en sus ojos, Lane habló con cautela—. Podría recuperar la memoria mañana, la semana que viene, en una década o… tal vez nunca. Es algo que tenéis que aceptar.
Ni hablar de aceptarlo. Nunca.
El médico le había dado una mínima esperanza, y era todo lo que necesitaba para luchar hasta el final.
—¿Puedo hacer algo para ayudarlo a recordar? —preguntó.
—No lo abrumes. Bombardearlo con recuerdos a los que no puede acceder solo le sobrecargará la mente. Lo que más necesita es espacio. Y comprensión.
Khalani dirigió la mirada hacia el lugar por el que se había marchado Takeshi.
«Espacio y comprensión».
Repitió el mantra para grabárselo en el cerebro.
Con la comprensión no había problema. Podía ofrecérsela.
El problema era el espacio.
Verse obligada a mantener las distancias cuando lo único que deseaba era estar cerca de él.
—Hay algo más… —Lane se volvió hacia Jack—. No ha sido fácil, pero hemos analizado el chip, tal como nos dijiste que hiciéramos.
—¿Y?
Jack se inclinó hacia delante.
—Es increíble. Nunca he visto nada igual —susurró, con un tono de voz en el que se reflejaban el asombro y el miedo—. El chip toma el control total de la mente, arrasando a la persona y convirtiéndola en una mera marioneta. Jack… Pueden crear todo un ejército con esto.
El pánico se extendió por la estancia como el humo. Se les adhirió a la piel, les impregnó la ropa. Algunos miembros de los Ases se llevaron las manos a la boca y ahogaron un grito. Otros maldijeron entre dientes y se aferraron a sus armas, preparándose para la batalla.
Sin embargo, Jack permaneció impasible y se acarició el mentón, pensativo.
—¿Cuántos chips de estos hay ahí fuera?
—Es difícil de decir. —Lane frunció el ceño—. Primero tienen que torturar a los individuos. Y eso lleva tiempo. Ya podrían haber sometido a cientos, pero hay algo que sí sabemos: los chips no se fabricaron en Hermes.
Jack volvió la cabeza de repente.
—¿Y dónde se fabricaron entonces?
—En Apolo.
Sorprendidas, Khalani y Serene intercambiaron una mirada.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Brock.
—Cuando los analizamos, encontramos un código que los vincula directamente con Apolo. Y no es nuevo. Ese chip tiene, al menos, cinco años.
El silencio que siguió fue tan abrumador que no se oía ni una mosca.
—¿Estás diciendo que Apolo ha estado fabricando chips que controlan la mente desde hace años? —dijo al cabo de un rato Spade, pálido como la pared—. Pero ¿por qué se los dan a Hermes? ¿Qué pretenden?
Jack se devanó los sesos, lo que hizo que una arruga se le marcara aún más en la frente. A continuación, se volvió hacia ellos.
—Brock, ¿habías oído algo de esto en Apolo?
Brock lo negó con contundencia.
—No. Y, si estuvieran reuniendo a un ejército de personas manipuladas, los incursores nos habríamos enterado.
Se les estaba pasando algo por alto, algo gordo.
Todos lo percibían.
Una presencia invisible permanecía entre ellos, siguiéndolos allá donde fueran.
Los ojos azules de Alexander Huxley aparecieron en su mente y Khalani chocó contra la mesa, derramando un vaso de agua.
Serene la miró con preocupación y enderezó el vaso.
—Khalani, ¿qué ocurre? —susurró.
El agua empezó a gotear. Khalani miró cómo el líquido caía a cámara lenta mientras más voces mostraban su desacuerdo y pedían que atacaran Apolo.
Esos ojos azules seguían ahí.
—Tenemos que recuperarnos, reagruparnos y decidir cuál será nuestro próximo movimiento —declaró Jack, alzándose en medio del ruido.
Los presentes enmudecieron y se volvieron hacia él como si fuera un faro en la oscuridad.
—De momento, lo mejor es seguir pasando desapercibidos. Tengo que volver al hospital antes de que adviertan mi ausencia —dijo Lane, aún con expresión sombría.
Le entregó el chip a Jack y se marchó, no sin antes dedicarle a Khalani una mirada extraña.
Como si le transmitiera sin palabras que, si estuviera en su piel, también se iría.
Que no se acercaría ni en sueños a Takeshi.
Pero le habían extraído el chip. Y, aunque no hubiera recuperado la memoria, Takeshi no parecía agresivo.
Pese a ello, Jack se volvió hacia su corpulento guardaespaldas.
—Jericho, quiero a alguien apostado ante su puerta día y noche. Puede que ya no tenga el chip, pero no sabemos qué secuelas le pueden quedar.
Jericho asintió con vehemencia y obedeció.
Khalani se quedó mirando la puerta de madera, entornando los ojos, anhelando con cada fibra de su ser adelantar al guarda para abrirla.
—Khalani… —Serene le tiró del brazo, sacándola de sus pensamientos en bucle—. Lo mejor será que te distraigas un poco. En vista de que no podemos salir de aquí, Brock ha sugerido que vayamos a entrenar al sótano.
Khalani alzó una ceja hacia Brock.
—¿Todos?
—No —refunfuñó el incursor—. Le dije a Serene que, ya que estábamos, podía entrenarla. Es ella la que ha querido que fuera en grupo.
—El sufrimiento se soporta mejor en compañía —soltó Serene, devolviéndole una mirada asesina.
Brock puso los ojos en blanco. Como si se las estuviera viendo con la mujer más irritante del planeta.
Alguien solía mirarla del mismo modo y, de nuevo, Khalani desvió la vista hacia la puerta prohibida.
Hablar con él una última vez no le haría daño a nadie…
—Vamos. —Serene volvió a tirarle del brazo—. Es el momento perfecto para entrenar. Venga, Adan. Winnie, ¿te apuntas?
A la anciana se le iluminaron los ojos y se puso en pie al tiempo que se alisaba el vestido morado y unía las manos.
—Winnie estará encantada. Puede que no sea la mejor luchadora, pero es buena alumna.
—Excelente.
Serene esbozó una amplia sonrisa.
—¿Y yo, puedo ir también? —preguntó con timidez Elise, retorciéndose el dobladillo de la camiseta.
—Por supuesto. Cuantos más, mejor. ¿Verdad, Brock?
Serene le dedicó una sonrisa dulce e inocente.
El incursor ignoró el comentario y se marchó dando grandes zancadas.
Y así fue como Khalani se encontró en el sótano de una iglesia abandonada.