6. Teme a la tinta que sangra en rojo.
Teme a la tinta que sangra en rojo.
Pensaba que, llegada la hora,
se me cerrarían los ojos,
que se me pararía el corazón.
Me preparé para recibir a la muerte
aferrándome a la vida.
Recé para salir victoriosa
mientras agonizaba derrotada.
Pero, cuando la hora llegó,
el corazón se detuvo
y yo me quedé atrás.
¿No lo recuerdas?
Te confié pedazos de mí,
jugaste con los límites,
redibujaste las cicatrices.
No borraste mis defectos,
pero ese peso interior
junto a ti parecía más liviano.
Ya no recuerdo la sensación
de saborear tu mismo aire,
de sentirme entera,
de enfrentarme al mundo sin temor.
Pero vi cómo te alejabas
y enterré nuestros recuerdos.
Lo que nadie sabe
es que preferiría
llorar a gritos,
postrarme de rodillas
y arrojar todos mis lápices y plumas.
Porque ¿de qué sirven estas palabras
si nunca las leerás?
Dilo.
Solo dilo.
Por favor, dilo.
Khalani estaba sentada en un banco de la iglesia, con la mirada perdida al frente y el poema apoyado en las rodillas.
El resto de los bancos estaban vacíos, al igual que habían estado todos los días anteriores desde que se habían llevado a Takeshi.
En realidad, lo de usar una iglesia como guarida era muy astuto.
Con la cantidad de depravación y violencia que abundaba en Hermes, nadie iba a entrar en el santuario para arrepentirse de sus pecados. Así que se sentaba allí, sola, con una cruz de madera como único juez de su culpa.
Khalani casi dio un brinco cuando, a su derecha, apareció una pequeña figura ataviada con una camisa azul marino dos tallas más grande y unos pantalones negros.
—Hola —susurró Elise.
Llevaba el pelo rubio recogido en un moño despeinado. Unos mechones le envolvían el rostro y unas arrugas profundas de preocupación le surcaban la frente, lo que la hacía parecer mucho más mayor de lo que era.
—Hola —dijo Khalani en voz baja.
—¿Te importa si me siento?
Khalani enseguida le hizo sitio. Se apresuró a dar la vuelta a lo que había escrito y guardó las hojas debajo de las piernas. Acto seguido, entrelazó las manos con firmeza y miró al frente.
—¿Cuánto hace que se lo llevaron? —titubeó Elise.
—Una semana.
Las únicas noticias que había recibido eran que Lane lo había operado y que Takeshi aún estaba recuperándose. Nada más. Ni una palabra sobre si le habían quitado el chip o si había recobrado la memoria.
Pero estaba vivo.
Aunque no había perdido la esperanza, Khalani no sabía qué hacer o cómo prepararse para lo que estaba por llegar.
Todas las palabras le parecían vacías, pero, en cambio, hervía por dentro. Y el único lugar que le proporcionaba un mínimo de paz era la iglesia abandonada.
—Lo siento —susurró Elise—. Sé que tiene que resultarte muy duro. Por cómo te miraba, ya se veía que estabais muy unidos.
—¿A qué te refieres?
Elise alzó la mirada hacia los frescos y esbozó una dulce sonrisa.
—Te miraba como si no hubiese dudado ni un segundo en destruir lo que fuera, o a quien fuera, que pretendiera hacerte daño. Como si para él fueras lo más importante del mundo.
A Khalani se le humedecieron los ojos al revivir todos los instantes que había pasado junto a él.
«En otra historia, tú habrías sido mi comienzo».
Miró de reojo a Elise y vio reflejados en su semblante el mismo pesar y sufrimiento. Pese a que Khalani siempre había evitado el contacto físico, extendió un brazo y tomó la fría mano de Elise.
—Siento no haber estado contigo para consolarte por la muerte de tu padre.
A punto de romper a llorar, Elise se la apretó.
—No tienes que disculparte por nada. El doctor Strauss te había encerrado. Lo peor es que ya sabía que solo uno de nosotros saldría con vida de ese campo. Y siempre pensé que sería él.
Khalani guardó silencio durante un buen rato. Se limitó a tomarle la mano a Elise, recordándose lo bueno que era compartir el dolor.
Cuando se pierde a alguien, todos suponen que necesitas espacio. Sin embargo, no se dan cuenta de que evocar las cosas bonitas es menos doloroso que olvidarlas.
Porque, al final, resulta difícil recordar su voz. Su risa. Cómo se les iluminaba la mirada. El dolor es la prueba de que existieron.
—Apuesto a que te está observando ahora mismo. —Khalani habló con el corazón en la mano—. Y que está orgulloso de que escaparas. De que sigas adelante, por muy difícil que te resulte.
Elise frunció el ceño. Compungida, apartó la mirada.
—¿De verdad lo crees, Khalani? ¿De verdad crees que los muertos nos esperan?
—Durante mucho tiempo no lo creí —admitió Khalani con un brillo en sus ojos verdes—. Pero he conocido a gente que me ha convencido de lo contrario. En los días en que el dolor se vuelve insoportable, pienso en todos aquellos por los que aún debo vivir.
Por primera vez desde que había pisado el campo de detención, una sonrisa sincera se abrió paso en el rostro de Elise.
Puede que fuera pequeña, pero bastaba.
Esa confianza de que alguien las esperaba.
Pero todavía no.
Todavía no, joder.
Mientras siguieran con vida, seguirían luchando hasta el final.
—Qué alegría me da verte comer, Khalani —exclamó Adan desde el lado opuesto de la mesa, señalando con la barbilla el plato casi vacío.
En los últimos días apenas había probado bocado, pero la conversación que había mantenido con Elise le había devuelto las fuerzas. La joven estaba sentada a la izquierda de Adan y también daba buena cuenta de su plato.
—Si tienes más hambre, puedes tomar un poco del mío —le ofreció Adan con amabilidad.
Elise abrió los ojos de par en par y parpadeó, como si le extrañara que alguien hubiese advertido su presencia. Se sonrojó y negó con la cabeza. Pero Adan no era de los que aceptaban un no por respuesta y deslizó un trozo de pan en su plato.
—Tengo una hermana que se enfada cuando no come, así que lo hago más bien por supervivencia.
Le guiñó un ojo a Elise, que se sonrojó aún más.
—Pero bueno, Adan, ¿cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien? Menuda manera de ligar —se mofó Serene.
Brock escondió la sonrisa tras el vaso de cerveza.
Adan le hizo una peineta a su hermana.
—Viniendo de la persona que prefiere robar corazones a ganárselos…
—¿Acaso no es lo mismo?
—Has dado en el clavo, Serene —elogió Winnie—. Como se suele decir, todo vale en el amor y en la guerra.
—Solo si la guerra te pone —gruñó Adan.
—No te engañes —intervino Brock recostándose en la silla—. La guerra pone a todo el mundo. ¿No crees, Serene?
El ardor en sus ojos se volvió más intenso cuando Serene lo fulminó con la mirada.
—Creo que mi comida está a punto de decorar tu cara.
—Inténtalo y te obligaré a recogerla con la lengua —la amenazó Brock esbozando una sonrisa.
Serene apretó los dientes e hizo amago de ponerse en pie.
Sin embargo, la discusión no fue a más porque en ese momento aparecieron Jack y Spade.
—Traigo noticias —anunció Jack.
—¿Sobre Takeshi?
Asintió.
—Se ha despertado.
Khalani soltó un suspiro y casi se hundió en la silla, pero Serene y Winnie la abrazaron y la apoyaron tanto como pudieron.
—¿Le han extraído el chip? ¿Recuerda algo? —se apresuró a preguntar Serene.
Jack vaciló y los observó con mirada prudente. La alegría que había embargado a Khalani empezó a deshincharse como un globo.
—Lane os lo contará todo cuando llegue —respondió de forma evasiva.
—Dime lo que sabes —reclamó Khalani, que al fin había recuperado la voz.
Jack y Spade intercambiaron una mirada nerviosa, pero, antes de que pudieran contestar, la puerta de la iglesia se abrió. Todo el mundo alzó la cabeza ante el fuerte eco de unas botas que retumbaron en el pasillo.
Lane apareció primero, con expresión nerviosa y unos moratones en la nariz.
Y, como si fuera un sueño lejano, otra figura familiar dobló la esquina.