4. El fracaso es un triunfo necesario.
El fracaso es un triunfo necesario.
— E stás mirándome de nuevo.
—Tú también —soltó ella.
Takeshi permanecía inmóvil como una estatua. Si no fuera por el destello furioso en su mirada, Khalani habría pensado que había fallecido.
—No hay nada más que valga la pena mirar aquí dentro —respondió él con gesto sombrío.
—Cuidado. Eso casi ha sonado como un cumplido.
—Vaya, no sabía que a los muertos les gustaran los cumplidos.
—No estoy muerta.
—No, aún no.
¡Eso había dolido!
Sentada en el incómodo y duro suelo, Khalani resopló y cambió de posición. Estiró las piernas y reprimió un gruñido ante la rigidez que sintió al moverlas.
Takeshi la imitó al otro lado de la celda, pero sin encogerse; se recostó contra el muro como si fuera su trono.
No, no le hacía ningún bien que, pese a estar encadenado, le resultara tan pecaminosamente atractivo.
Khalani había perdido la noción del tiempo que había pasado con Takeshi. ¿Varias horas? ¿Quizá más? No les habían traído comida, y el estómago le rugía de forma audible.
Jericho había comentado que no les darían de comer durante un tiempo, pero ¿durante cuánto?
¿Habrían olvidado que ella también estaba en la celda?
Khalani se cruzó de brazos e hizo una mueca cuando el estómago soltó otro fuerte gorgoteo, como si una bestia tratara de abrirse camino a zarpazos.
—¿Puedes dejar de hacer esos ruidos? —espetó Takeshi.
—Oh, perdone usted. Seguro que tú controlas los rugidos de tu estómago cuando tienes hambre —contraatacó ella, cansada de su actitud.
—Pues claro. Aunque tú lo tienes fácil. Puedes salir por esa puerta e ir a buscar comida.
—Buen intento, pero no pienso ir a ningún lado.
—Oh, claro. —Ladeó la cabeza—. Menudos son los rebeldes cuando se ponen a torturar.
Khalani entornó los ojos. Y, por la cruel sonrisa que esbozó Takeshi, supo que le estaba haciendo perder los estribos.
—¿Y qué me dices de respirar? —escupió Khalani—. ¿Te parece ese un ruido aceptable?
—Puedes dejar de hacerlo cuando lo desees. Yo te avisaré.
Si le daba un pequeño puñetazo en la cabeza no le dolería mucho, ¿verdad?
—¿Por qué tengo la sensación de que te estás divirtiendo? —gruñó Khalani.
—Eres tú la que se empeña en quedarse. Yo solo me limito a devolverte el favor.
Lo dijo en tono cortante, y la miró como si las cucarachas que solían acosarla en prisión fueran mejor compañía.
Khalani estuvo a punto de contestar, pero se contuvo.
Si seguía permitiendo que la sacara de quicio, ganaría. Así que, a partir de ese momento, lo ignoraría. Aunque lo del puñetazo en la cabeza seguía resultándole una opción muy atractiva.
Takeshi se la quedó mirando y, cuando vio que se negaba a pronunciar ninguna palabra, frunció un tanto el ceño. Sin embargo, no dijo nada.
Continuaron fulminándose con la mirada mientras maquinaban planes para eliminarse el uno al otro.
La angustiante tensión podría haberse alargado durante toda una eternidad si la puerta no se hubiera abierto de golpe.
Apareció Jericho, llenando el umbral con su robusta complexión y con la capa negra barriendo el suelo.
En una mano llevaba una bandeja de comida y en la otra sostenía una manzana roja.
Sin previo aviso, le lanzó la fruta a Takeshi, que la atrapó sin esfuerzo pese a estar encadenado.
Cuando Jericho le tendió la bandeja, Khalani empezó a salivar.
En un platito había una pequeña porción de carne, unas patatas de aspecto extraño, dos trozos de pan y un tenedor. Se humedeció los labios cuando Jericho depositó una jarra de agua en el suelo junto a ella.
—Gracias. ¿Y él? —preguntó.
Jericho se cruzó de brazos.
—No es un invitado. Es un prisionero, y ese es el trato que recibirá.
A Khalani se le cayó el alma a los pies.
Solían tratarla así en Braderhelm. Como si ni siquiera fuera humana, sino simplemente un número que descartar y olvidar.
—Tiene que comer algo más o se morirá de hambre —afirmó, ignorando la mirada penetrante que le dedicó Takeshi.
—No es problema mío.
Jericho cerró de un portazo y se oyó el clac metálico de un cerrojo.
Khalani apoyó la cabeza contra el muro y soltó un suspiro.
Estaba muy lejos de casa, tanto que ni siquiera recordaba cómo era sentirse en paz. La había experimentado durante unos instantes. En otra celda diferente.
Qué irónico que el hombre que la había hecho sentir en la cima del mundo fuera el mismo que trataba de llevarla a la tumba.
Takeshi ignoró la manzana y se decantó por observarla con ojos de acero. Khalani no tenía ni idea de en qué estaba pensando, pero la malicia y desconfianza que irradiaba hablaban por sí mismas.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó de repente.
Khalani frunció el ceño.
—¿El qué?
—Pedir más comida para mí. Yo habría dejado que te murieras de hambre.
Al menos, seguía siendo honesto.
—Bueno… Considéralo como una prueba de que me importas. Nadie debe pasar hambre.
Aunque Takeshi hizo una mueca, como si durante toda la vida hubiera oído lo contrario, se encogió de hombros y mordió la manzana. El fuerte crujido resonó por la celda sin ventanas.
Khalani tomó el tenedor de plástico, pero algo en sus últimas palabras la carcomía.
—No te creo, por cierto —susurró casi para sus adentros.
La celda era pequeña, y él la oyó.
—¿Qué es lo que no crees?
—Que me dejarías morir de hambre. —Sus miradas se encontraron—. El Takeshi que yo conocía no habría hecho algo así, ni siquiera cuando más me odiabas.
Sin romper el contacto visual, Takeshi dejó caer la manzana, que rodó por el suelo hasta quedar a medio camino entre ellos.
Se inclinó hacia delante con una lentitud deliberada.
—Debe de ser muy duro estar desesperada por un hombre que no existe.
—Basta —soltó Khalani, aferrándose al tenedor—. Ya basta.
—Te propongo un trato. Acércate y te diré lo que pienso.
En un gesto casi imperceptible, curvó la comisura del labio superior.
—No, gracias. Prefiero quedarme donde estoy.
Takeshi chasqueó la lengua y se recostó contra el muro.
—Qué lástima. No eres tan estúpida como pareces.
¡Oh, qué equivocado estaba! Tomaba decisiones más que cuestionables, incluso aunque a veces salieran bien.
Pero no hacía falta que él lo supiera.
—Quizá simplemente sé que estás mintiendo y que tienes un corazón más grande del que muestras a los demás.
—O igual no has aprendido a rendirte, Kanes.
Khalani abrió los ojos de par en par ante aquellas palabras tan familiares y se olvidó de la comida que tenía delante.
—¿Qué acabas de decir?
Su nombre. La había llamado por su apellido.
Sintió que se le aceleraba el pulso y que el corazón iba a salírsele del pecho.
Takeshi tensó un músculo de la mandíbula al ver su semblante, fuera el que fuese.
—¿Qué pasa?
—Me has llamado por mi apellido.
—¿Y?
—Es lo que solías hacer. —Se enderezó, incapaz de ocultar la desesperación que se filtraba en su voz—. ¿Lo recuerdas ahora?
—Eres tú la que lo ha dicho antes. Borra esa patética expresión de tu rostro.
—Pero… ¡has dicho que no he aprendido a rendirme!
Takeshi la miró como si le hubieran crecido varias cabezas.
—Sí… ¿Nadie te lo había dicho antes?
«Sí. Tú».
Khalani casi no podía respirar. Agarró el tenedor de plástico con tanta fuerza que estuvo a punto de romperlo y miró a Takeshi. Pero su rostro impertérrito le dijo que aún no recordaba nada.
Las lágrimas se le agolparon en los ojos y parpadeó varias veces para hacerlas retroceder.
—Da igual.
Tragó saliva y se esforzó al máximo por controlar sus emociones. Se las arregló para llevarse un bocado de carne a la boca, pero le pareció insulsa.
Con cada minuto que pasaba, se sentía más vacía.
Fue a tomar otro bocado, pero reparó en que Takeshi no llegaba a la manzana. Sin embargo, no parecía importarle. Estaba mirándola con un codo apoyado en la rodilla y el ceño aún más fruncido. Khalani deseó poder sumergirse en su mente y comprobar si albergaba algún recuerdo de ella.
—¿Quieres la manzana? —preguntó, sin saber por qué seguía dirigiéndole la palabra; quizá fuera por su voz, que le provocaba un dolor tan dulce que le entraban ganas de envolverse con ella. Pese a todo el odio que desprendía.
—No tengo hambre —espetó.
Khalani se mordió el labio y se preguntó si su método era el adecuado. Quizá la mejor manera de hacerlo volver era desarmarlo con amabilidad y dulzura.
Miró la comida, que apenas había tocado, y se puso en pie, no sin antes depositar el tenedor en la bandeja; no era tan estúpida como para acercarse a él con un objeto punzante. Takeshi la miró con recelo cuando se acuclilló, fuera de su alcance.
—¿Te apetece un poco de pan? —preguntó con vacilación.
Takeshi no respondió. Mantuvo la mandíbula rígida, pero miró de reojo el trozo de pan que le ofrecía.
—Está bueno —dijo para convencerlo. Khalani cogió un trozo y le dio un mordisquito—. ¿Lo ves? No está envenenado.
Cuando vio que no reaccionaba, tomó la iniciativa y le lanzó el pan. Por la manera en que se tensó, Khalani pensó que se lo devolvería del mismo modo. Pero se sorprendió al ver que se lo llevaba a la boca.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, lo hizo desaparecer.
Durante un instante, el peso que sentía en el pecho se desvaneció. Por fin le permitía cuidar de él.
Puede que fuera un acto insignificante, pero, para ella, tenía importancia.
—¿Quieres más? —le preguntó con amabilidad.
Takeshi la miró extrañado, y Khalani no supo descifrar qué pensaba. Al momento, la expresión desapareció y asintió enseguida.
Khalani se acercó un poco y desvió un instante los ojos hacia el plato.
Y Takeshi aprovechó para atacar.
Le enganchó la espalda con el empeine y la atrajo hacia él. Khalani ahogó un grito y estuvo a punto de caer de bruces, pero él la agarró del codo. De pronto, se encontró con la espalda pegada al pecho de Takeshi, que le rodeaba la garganta con un brazo.
Khalani sintió que se ahogaba. Las cadenas metálicas se le clavaron en el cuello y la sujetaron contra su cuerpo. Takeshi le inmovilizó los brazos con la otra mano y, con un tono amenazador, le susurró al oído:
—Deberías haber huido cuando tuviste la oportunidad.