Us Defiant Few (Los oscuros 3) 3. Tú naciste de la violencia. Yo la elegí.
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3. Tú naciste de la violencia. Yo la elegí.

Tú naciste de la violencia. Yo la elegí.

T akeshi no parpadeó.

Siguió con los ojos oscuros clavados en ella; unos pozos negros que la atraían como un imán. Khalani percibió cierto matiz de curiosidad en ellos, pero, cuando se incorporó, Takeshi curvó la comisura del labio superior y ese destello de interés se transformó en un desprecio absoluto.

Ni siquiera en Braderhelm la había mirado de esa manera.

Como si deseara matarla con todas sus fuerzas.

Presa de la ansiedad, Khalani se clavó la uña en el muslo y se concentró en el agudo dolor. Esperó a que dijera algo, pero Takeshi parecía contentarse con ladear la cabeza y mirarla, como si estuviera imaginando un millón de maneras depravadas de hacerla sufrir.

Tomó aliento e ignoró el sentido común, que le decía que huyera a toda prisa.

Todos los huesos de su cuerpo protestaron cuando se movió para adoptar una posición más cómoda. Khalani no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba durmiendo, pero advirtió que Takeshi tenía las muñecas enrojecidas por el roce de las cadenas y que le bajaba un hilillo de sangre por el brazo.

Se aclaró la garganta seca.

—¿Cómo estás?

Él no respondió, pero aquella mirada oscura lo decía todo.

Pues claro que no estaba bien. Lo habían encadenado a un maldito muro.

—Me llamo Khalani. Khalani Kanes —añadió, confiando en que el nombre le sonara de algo o despertara en él un recuerdo repentino.

Sin embargo, Takeshi se mantuvo en silencio, sin borrar esa expresión fría y hostil de su rostro.

—¿No… no… te acuerdas de mí? —balbuceó, casi en un susurro apesadumbrado, no más alto que el sonido de un corazón al romperse en mil pedazos.

Un destello cruzó los ojos negros de Takeshi y, durante un instante, Khalani creyó vislumbrar un atisbo de reconocimiento.

—Antes no me has contestado —dijo él—. ¿Cómo sabes mi nombre?

Khalani se obligó a tomar aliento.

—Nos conocimos hace un año aproximadamente, en la prisión de Braderhelm. Yo era una reclusa, y tú estabas al mando en mi bloque. Pasamos mucho tiempo juntos. Escapamos de allí juntos. Me acompañaste hasta Hermes. Nosotros… —Se detuvo, tratando de no desmoronarse al abrirle su alma.

Takeshi la miró extrañado, y Khalani escupió las palabras.

—Estábamos muy unidos. Lo estamos —se corrigió—.

Nos encerraron en un campo de detención y, justo cuando escapábamos, tú recibiste un disparo.

—Se le quebró la voz, y las lágrimas que había contenido se liberaron—.

Intenté volver a por ti, Takeshi. Joder si lo intenté.

Habría ido hasta el centro de la Tierra para salvarte.

Debes saberlo. Apenas dormía. Apenas comía.

Pensaba en ti a cada instante. Sin ti siento que me falta el aire…

Pero, por lo visto, no es suficiente, joder, ni de lejos.

Te necesito, Takeshi. Por favor, recuérdame. Por favor.

Khalani rompió a llorar y Takeshi la contempló en silencio, con una expresión impenetrable. Se secó las lágrimas, pero estas le seguían resbalando por las mejillas. Eran un océano en el que jamás podría ahogarse.

Sus sollozos fueron lo único que se oyó mientras guardaba silencio, esperando a que él hablara. Necesitaba que dijera algo, lo que fuera. Estaba tensa, a punto de perder los estribos y ponerse a gritar.

—Me has confundido con otra persona —declaró por fin Takeshi.

—No, eso no cierto. —Se llevó una mano al pecho—. ¿No sientes nada cuando me miras?

—¿Y por qué debería sentir algo? —Takeshi ladeó la cabeza—. No significas nada para mí.

Un puñetazo habría sido menos doloroso.

Pensaba que conocía el dolor. Que lo conocía muy bien.

Pero, al parecer, hasta en los corazones más rotos quedan zonas que aún se pueden desgarrar.

—¿No crees ni una palabra de lo que he dicho? —le preguntó, atreviéndose a alzar la mirada.

Pese a estar encadenado, Takeshi se recostó como si llevara las de ganar.

—No soy de los que se recrean en delirios y fantasías.

—¡No es una fantasía! —gritó—. Te hicieron algo. Algo para que olvidaras.

—Mi memoria está intacta.

—Bien, entonces dime: ¿cómo llegaste a Hermes?

—Tampoco estoy aquí para recrearme en tus preguntas —soltó.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Takeshi negó con la cabeza despacio y le dedicó una sonrisa sarcástica, como si Khalani no fuera más que un simple peón al que movían sobre el tablero sin su conocimiento.

—Aunque tienes razón en algo. Presté servicio en la prisión de Braderhelm. De allí, me transfirieron a Hermes para ayudar con los campos de detención y controlar la creciente insurgencia.

Takeshi la fulminó con la mirada y Khalani se sobresaltó al ver que se inclinaba hacia delante, tirando al máximo de las cadenas metálicas, ignorando por completo el dolor que eso le provocaba en las muñecas.

—Sabemos que tu banda de rebeldes está planeando derrocar al Gobierno —siseó Takeshi—. Por fin hemos encontrado vuestro escondite, el Corazón Negro, pero conseguisteis escapar e interferisteis en mi misión.

Pronunció aquellas palabras con una voz más ronca, y Khalani estuvo segura de que, si no estuviera encadenado, habría acabado con el trabajo que había dejado a medias en el callejón.

—No soy tu enemiga, Takeshi. Ninguno de nosotros lo es —susurró.

—Qué curioso, teniendo en cuenta que soy yo el que está encadenado.

—¡Intentaste matarme! ¿Lo recuerdas?

—Perfectamente. —La miró de arriba abajo con descaro, como si estuviera buscando cualquier debilidad imaginable—. Si fueras un poco más lista, no te habrías quedado a solas conmigo en la celda.

Khalani entornó los ojos y recordó que había dicho algo similar en Braderhelm.

—No te tengo miedo.

—Eso demuestra que no me conoces.

La tensión se hizo prácticamente visible en el espacio que los separaba.

Khalani cerró los ojos y, durante un instante, fingió que aquello solo era una pesadilla.

En cualquier momento se despertaría y se lanzaría a sus brazos.

El Takeshi real la auparía, la besaría en los labios y escucharía las dos palabras que llevaba grabadas en el alma.

Pero desear algo no era suficiente para cambiar la realidad.

El sueño se negó a materializarse y, cuando volvió a abrir los ojos, vio que Takeshi seguía mirándola como si estuviera decidiendo qué hueso le iba a romper primero.

Necesitaba una táctica nueva. Algo más que lo ayudara a recuperar la memoria.

—Solías pintar.

Takeshi se quedó inmóvil y se le dilataron las pupilas de forma imperceptible.

—Para tu madre, de niño, y ella colgaba lo que pintabas por toda la casa —susurró Khalani, permitiendo que la conmovedora historia que él le había contado en el pasado resonara por la celda como si fuera la suya propia—.

Pero, cuando os mudasteis a Génesis con Hector, escondiste todas tus obras debajo de la cama.

Atónito, Takeshi ni siquiera respiraba.

—¿Cómo…? ¿Cómo sabes…? —balbuceó.

—¿Que cómo sé todo eso? —lo interrumpió Khalani, terminando la frase por él—. Porque me lo contaste tú.

Takeshi bajó la mirada y negó con la cabeza.

—Eso no es cierto.

—Es cierto, Takeshi.

—¡No, no lo es! —gritó él, apretando los puños.

Pero en sus ojos se advertía la sombra de una duda. Y Khalani se lanzó de lleno.

—Tu madre te crio sola. Lo era todo para ti y, cuando no pudiste salvarla, decidiste convertirte en guardia.

La culpa te carcomió durante mucho tiempo.

Te arrebataron tantas cosas… —Hizo una pausa; le temblaba el labio inferior—.

Y, pese a ello, sigues siendo una de las mejores personas que conozco.

Takeshi maldijo entre dientes con los ojos clavados en el suelo.

¡Funcionaba! ¡Estaba empezando a recordar!

Pero, entonces, los alzó y endureció la mirada.

—Sé qué te propones.

—¿Qué me propongo? —respondió Khalani, alzando las manos con aire inocente.

—El doctor Strauss me avisó. Me dijo que algunos rebeldes tratarían de manipularme. Que me harían creer cosas que no eran reales. ¡Forma parte de vuestro plan para que traicione a mi gente!

—¡Nosotros somos tu gente!

—Lo único que sois es una mancha en este planeta, y antes prefiero estar muerto que verme entre vuestras filas.

Khalani no se había dado cuenta de que ambos se habían puesto en pie.

Takeshi se abalanzó hacia delante, pero las cadenas le impidieron acercarse más.

Con los dientes apretados, tiró de ellas con todas sus fuerzas para arrancar los grilletes que le rodeaban las muñecas.

Aunque soltaron un chirrido, no cedieron.

La intención letal en su mirada era indudable.

Takeshi la odiaba.

Con todas las fibras de su ser.

Probablemente la mataría a la primera oportunidad.

Sin embargo, el hombre que tan bien conocía y al que tanto amaba estaba ahí dentro, en algún lugar. Casi podía oírlo. Aporreando las paredes de la prisión que ahora era su mente. Gritando que seguía allí. Que perseverara.

Con aire desafiante, Khalani dio unos pasos hacia él.

Takeshi soltó un gruñido y tiró de las cadenas, pero estas se mantuvieron firmes.

Solo los separaban unos centímetros, y Khalani aprovechó para mirarlo detenidamente. El pelo moreno que el sudor le pegaba ahora a la frente. El chaleco negro y arrugado. La mandíbula rígida y los brazos musculosos que no dudarían en partirla en dos.

Solía pensar que sobrevivir a la prisión de Braderhelm sería su máxima hazaña.

Pero salvar a Takeshi de la destrucción acababa de ocupar la primera posición.

Y, mientras lo miraba, ese sentimiento que albergaba su corazón se hizo más grande. Como si en su interior pudiera caber todo un mundo.

De no ser por sus días en prisión, Khalani no habría llegado a entender nunca por qué luchaba por gente que le daba la espalda, por qué seguía adelante pese a toparse con obstáculos insuperables.

Por mucho que el viaje fuera aterrador o difícil, estaba dispuesta a darlo todo para que Takeshi volviera a ser el de antes.

Para que volviera a pintar.

Se aseguraría de ello.

—No voy a rendirme contigo —susurró—. Puede que el doctor Strauss te haya borrado la mente, pero no te ha arrancado el alma. Hagas lo que hagas, por mucho que trates de apartarme, no pienso irme. Pienso calar tan hondo en tu ser que no te quedará más remedio que recordarme.

Takeshi dejó de tirar de las cadenas. Examinó a Khalani como si fuera una presa insólita y jamás vista.

—No cuentas con que mi cuchillo te enterrará primero —afirmó.

—¿Ese es tu plan?

—Ten por seguro que sí.

—Entonces, estoy impaciente por ver quién gana.

No cabía duda de que Takeshi había percibido su miedo. Pero no recordaba lo cabezona que era Khalani, mucho más que él. Mucho más.

Y lo lista que estaba para enfrentarse a la muerte.

El odio amargo se transformó en una oscura determinación, y en los ojos de Takeshi se intuyó la promesa de que la destruiría antes de que ella lo hiciera añicos.

Y, si ese era el caso…, que empezara el puto juego.