2. Pensaba que conocía la oscuridad, pero tú me arrastraste aún más hacia las sombras.
Pensaba que conocía la oscuridad, pero tú me arrastraste aún más hacia las sombras.
E l trayecto hasta el refugio de los Ases le pareció a Khalani más tranquilo de lo esperado. El prolongado silencio le erizaba el vello de los brazos y su rodilla subía y bajaba en un gesto inconsciente, como si intuyera la catástrofe que se cernía sobre ellos.
Se dividieron en tres vehículos. En el suyo, Brock conducía, y Serene, Adan y Winnie ocupaban los asientos junto a ella.
En la parte trasera iba Takeshi, tumbado.
Khalani rezó para que nadie reparara en el hombre inconsciente, pero Jack, precavido, los condujo por callejuelas secundarias.
Desde la distancia, Khalani vio las luces resplandecientes y oyó las risotadas de los hombres y las mujeres ebrios, que cantaban derramando sus copas sobre los adoquines.
¿Lo sabían?
Seguro que sí, que lo notaban.
Ese nudo en el estómago. Ese que la mayoría tomaba por estrés o ansiedad, aunque, en realidad, era el dolor de ver a sus vecinos morir no muy lejos de donde ellos bailaban.
Winnie afirmaba que las bombas nucleares no habían sido las culpables del fin de la civilización. Lo que había causado el colapso de la humanidad era la pérdida de empatía.
El vehículo frenó de golpe con un chirrido y Khalani salió despedida hacia delante, lo que la sacó de esos pensamientos pesarosos.
Jack se había detenido delante de un edificio de altura considerable del que sobresalía una terraza de líneas afiladas y puntiagudas.
Era posible que la estructura hubiese sido blanca en el pasado, pero ahora era de un gris desvaído.
Contempló la fachada, cubierta de suciedad, telarañas y ventanas tapiadas.
Mientras todos se apeaban con el máximo sigilo, miró de reojo a Elise. Parecía confusa, desubicada, y mantenía la mirada gacha, como si quisiera pasar desapercibida, ignorada y olvidada, igual que las manchas de barro en la calzada.
—¿Sigue inconsciente?
Jack se acercó y clavó su mirada impasible en Takeshi, cuyo cuerpo seguía inmóvil y cubierto por una manta.
—De momento —respondió Brock, con un tono de voz que delataba lo poco que creía que duraría esa situación.
Jack torció el gesto y se volvió hacia el decrépito edificio.
—Pues daos prisa y entradlo.
Brock y Adan fueron los afortunados de cargar con Takeshi, que medía casi dos metros de altura, por la escalinata de piedra. Adan no dejaba de maldecir por el esfuerzo.
—¿Qué diablos come? —murmuró.
Cuando alcanzaron la puerta de madera llena de telarañas, Jack llamó con los nudillos siguiendo un intrincado ritmo.
Un ventanuco, como una especie de mirilla, se deslizó hacia un lado.
Khalani no llegó a ver quién había al otro lado, pero sintió que alguien la miraba de arriba abajo con desagrado.
Acto seguido, la puerta se abrió.
Un hombre robusto vestido de negro de pies a cabeza apareció en el umbral. Tenía una barba cobriza que le llegaba al pecho. Khalani tragó saliva al reparar en el feo corte que le recorría el rostro desde el ojo derecho hasta la mejilla.
—Vamos, entrad —los apremió con una voz grave y ronca.
—Gracias, Jericho —dijo Jack, saludándolo con la cabeza y haciéndolos pasar a toda prisa.
Jericho se asomó a la silenciosa calle y miró a derecha y a izquierda. A continuación, cerró de un portazo.
Una vez dentro, Khalani sintió un escalofrío. Unas sombras oscuras danzaban en las paredes de piedra blanca del frío edificio y le llegó un extraño aroma, como de incienso.
—Por aquí.
Jericho los condujo por un estrecho pasillo. Tensa, Khalani contempló con el corazón en un puño cómo arrastraban a Takeshi por ese edificio aterrador.
Sin embargo, cuando doblaron a la izquierda al final del pasillo, se quedó atónita.
—¿Dónde estamos? —susurró Serene con admiración.
Khalani entreabrió los labios.
—Parece una… iglesia.
Unas hileras de bancos vacíos se alineaban en la vasta estancia, presidida por un altar sobre el que colgaba una enorme cruz de madera. Al alzar los ojos, Khalani vio unas hermosas vidrieras que salpicaban la piedra blanca con un caleidoscopio de colores.
No había nadie. Era un lugar tranquilo y silencioso, la antítesis de Hermes.
Por un lado, la invadió un fuerte deseo de sentarse en un banco y contemplar la belleza que la rodeaba, pero aquel lugar no conocía la paz, igual que la mente de Takeshi no albergaba recuerdos.
Seguía con la cabeza caída mientras Brock y Adan lo arrastraban.
Jericho los condujo hasta una escalera de caracol que se adentraba en las profundidades de la tierra. Casi dos plantas más abajo, llegaron a un espacio común parecido al Corazón Negro.
El olor a moho y humedad la hizo toser. Una inestable lámpara de araña colgaba por encima de sus cabezas. Varios hombres y mujeres charlaban sentados a unas largas mesas.
—¡Jack! —exclamó alguien al ver aparecer al devastado grupo al pie de las escaleras.
Todos callaron.
Los hombres y mujeres se pusieron en pie tan rápido que volcaron las sillas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó un hombre de pelo cano abriendo los ojos de par en par al ver las heridas de Ryder.
—Crupieres —dijo Jack sin más, secándose el sudor de la frente con la mano—. El Corazón Negro no es seguro.
Unos gritos ahogados recorrieron la estancia.
—Pero ¿cómo puede ser? —masculló Jericho—. ¿Quién se ha ido de la lengua?
Jack, Spade y Raziel miraron de reojo a Takeshi, revelando su impotente presencia.
Khalani sintió un nudo en el estómago al ver la desconfianza en sus ojos.
Un fuerte instinto de protección se apoderó de ella. Quería llevárselo a una habitación y atrancar la puerta, pero no tenía suficiente fuerza como para arrastrarlo ella sola por el edificio.
—Bakarra… —Jack le hizo un gesto a una de las mujeres, que llevaba un traje pantalón negro, el pelo verde cortado a lo chico y el rostro lleno de piercings —.
Por favor, llévalos a sus habitaciones. Jericho…
—El hombre corpulento que les había abierto la puerta dio un paso adelante—.
Muéstrales la celda de detención. —Jack miró a Brock y Adan y añadió con un tono extraño—: Esperaremos a que despierte para interrogarlo.
Jericho inclinó la cabeza y obedeció; se encaminó hacia el fondo de la estancia tras soltar un par de gruñidos dirigidos a Brock y Adan.
Debía de significar «Venid conmigo» en cavernícola.
Con la cabeza gacha, Khalani, Winnie y Serene fueron con ellos. Jack, Spade y Raziel ayudaron a Ryder a caminar y los siguieron, un poco rezagados.
—¿Cuándo llegará Lane? —preguntó Jack.
—Mañana por la mañana —respondió Raziel con brusquedad.
—No te preocupes, Raz. Ryder es fuerte. Ha pasado por cosas peores —lo tranquilizó Spade.
Justo antes de que ya no pudiera oírlos, Khalani oyó que Jack murmuraba:
—En cuanto haya examinado a Ryder, le pediremos que le eche un vistazo a él y lo valore. Y después, decidiremos.
Preocupada, Khalani siguió adelante por el estrecho pasillo. Bakarra condujo a Elise al interior de una habitación espartana con un catre y una lámpara de techo. Una lágrima rodó temblorosa por la mejilla de la muchacha antes de que la puerta se cerrara sin más.
El miedo le atenazó el pecho cuando Bakarra les indicó con un ademán que entraran en la siguiente estancia.
Decidida, Khalani desobedeció y siguió caminando tras Jericho.
La preocupación y la rabia impregnaban el ambiente.
Las emociones encontradas se le pegaban a la piel. Permeaban aquellas paredes de piedra.
Podía notar la tensión. Percibía las ansias de venganza.
Los Ases no permitirían que esta traición quedara impune. Y Khalani tenía que asegurarse de que Takeshi no se convirtiera en el blanco de sus represalias.
Al llegar al final del pasillo, Jericho sacó una llave oxidada y la puerta se abrió con un crujido. Khalani abrió los ojos de par en par.
No había cama.
Ni ventanas ni retrete.
Solo una bombilla que colgaba del techo ofrecía un mínimo de luz en aquella habitación desangelada. Algo le llamó la atención: del muro de piedra sobresalían unas gruesas cadenas.
Ese lugar no era un dormitorio.
Era una prisión.
—Traedlo —ordenó Jericho.
—¿Qué estáis haciendo? —exclamó cuando Jericho inmovilizó las muñecas de Takeshi con unas gruesas argollas.
—Permanecerá en el calabozo hasta que lo interroguemos —zanjó Jericho.
—Pero…
—Khalani… —Winnie le posó con suavidad una mano sobre el hombro—. Deja que nos ayuden. Es lo que necesita.
—Pero ¿y si con esto empeora?
Le temblaba la barbilla, y estuvo a punto de romper a llorar. Actuaba basándose en que la pérdida de memoria era temporal. Algo que desaparecería en cuanto hablara con ella y la reconociera.
Pero, si despertaba encadenado, quizá obtendría el efecto contrario. La distancia entre ellos solo aumentaría, los alejaría más y más, hasta que Takeshi estuviera fuera de su alcance.
—No permitiremos que eso ocurra. No a él. —Fue Serene la que pronunció esa rotunda afirmación—. Hemos venido a esta ciudad juntos y vamos a irnos del mismo modo. Todos sabemos lo que significa para ti, pero también significa mucho para nosotros. Te apoyaremos.
Aún sintió más ganas de llorar ante esas palabras. Y más cuando vio que no era solo su amiga la que la miraba con amor y devoción. Al volverse, advirtió los mismos sentimientos en los ojos de Winnie y Adan. Hasta Brock estaba junto a ella.
El estruendo de cadenas la obligó a prestar atención de nuevo. Jericho había terminado de encadenar a Takeshi, que ahora estaba sentado, apoyado contra el muro, con la cabeza colgando y los brazos en alto, sujetos a las argollas.
—Vamos —gruñó Jericho—. Os llevaré a vuestras habitaciones.
Los demás obedecieron, pero Khalani no se movió. Se quedó con los pies clavados al suelo y los ojos en Takeshi.
—Yo me quedo —afirmó.
Jericho frunció el ceño.
—No puedes hacer eso.
—¿Y quién me lo impide?
—Jack.
—Bien, pues transmítele este mensaje a Jack: no me importa una puta mierda lo que diga. Alguien tiene que estar aquí cuando despierte, y esa voy a ser yo.
Adan carraspeó y restregó los pies contra el suelo.
—Khalani, ¿y si te ataca de nuevo?
—Está encadenado.
Todos la miraron con incredulidad, como si ya intuyeran que las cadenas no serían suficientes para contenerlo.
Khalani suspiró, exasperada.
—Me pegaré a la pared, donde no pueda alcanzarme.
—Si te quedas, te encerraré con él. —Jericho entornó los ojos—. No traeré comida ni agua durante un tiempo. ¿Sigues estando segura?
—Segurísima —afirmó, sin que se le quebrara la voz.
En cambio, cuando Winnie, Serene y Adan la abrazaron, le temblaron las manos. Brock le dedicó un gesto de asentimiento antes de que la puerta metálica se cerrara, dejándola a solas con Takeshi.
Se volvió, observando cada centímetro de su piel. Pese a estar inconsciente, su presencia seguía siendo igual de sobrecogedora.
Tenía la cabeza ladeada y el rostro medio cubierto por el sedoso pelo negro, que dejaba entrever unos ojos cerrados y las cinceladas líneas de sus pómulos y mandíbulas. No distinguió marcas ni cicatrices en su cuerpo. Pero algo en su fría energía la hizo retroceder.
De Takeshi siempre había emanado una feroz letalidad, pero en el pasado Khalani siempre había percibido una luz en su interior, esa necesidad inquebrantable de proteger a los demás; ese niño al que le encantaba pintar, que aún seguía cuidándola.
Pero ahora todas esas partes de él habían desaparecido.
No como si faltaran.
Sino como si nunca hubieran existido.
¿Qué torturas se había visto obligado a soportar para que el diabólico implante funcionara? Al bisturí del doctor Strauss le habían bastado un par de horas para doblegarla a ella.
Y él había estado desaparecido tres días.
—Siento haberte dejado atrás —dijo en un susurro apenas audible.
Su espalda chocó contra la pared y se dejó caer al suelo.
Khalani se llevó las rodillas al pecho, las rodeó con sus delgados brazos y se encogió sobre sí misma. Tratando de no desmoronarse mientras Takeshi yacía encadenado frente a ella.
Esperó a que despertara.
Hizo todo lo posible por no dormirse.
Pero, sin su permiso, los párpados se le volvieron pesados y comenzaron a cerrarse.
Tras lo que quizá fueran horas, se despertó de repente y se secó un hilillo de saliva de la mejilla. Tenía el trasero dolorido después de haber permanecido un buen rato sentada sobre el suelo de piedra.
Al alzar la cabeza, se le tensó todo el cuerpo y se quedó inmóvil. Takeshi estaba despierto.
Y la miraba fijamente.