31. Si te olvido, olvido el mundo.
Si te olvido, olvido el mundo.
Si mi corazón pudiese hablar,
latiría con lamentos y rugidos
que a mi propia carne aterrarían,
que me transformarían por completo,
me anularían y despojarían,
y acallarían mis dudas.
Pensé que el tiempo era mi amigo,
que el final lo marcaba una línea mística
a la que llegaría exhausta y temblando
tras cumplir años a tu lado.
Pero el tiempo no tiene aliados.
Contigo o sin ti llega el mañana.
Detén el vaivén del péndulo,
y el mundo te dejará atrás.
Si mi corazón pudiese hablar,
todos verían en sus llagas y cicatrices
las palabras que dijiste.
Porque el tiempo no lo cura todo.
Porque, de haber hablado mi corazón,
te habría dicho cuánto significas para mí.
Y no me vería obligada a cerrar esta historia sin ti.
K halani dejó caer el rotulador que sostenía entre los dedos. Después, hizo lo mismo con el cuaderno, que golpeó el duro suelo como si no pudiera soportar toda la desdicha que contenían sus páginas.
Clavó la mirada en las sábanas blancas e inmaculadas, perfectamente dobladas sobre la cama.
Antes le gustaba sentarse en el suelo.
Si se concentraba, hasta podía recordar el dulce resplandor en los ojos de Douglas la primera vez que la había visto, tantos años atrás, sentada en las calles adoquinadas de Apolo comiendo sobras.
Él era la única persona con la que se abría sin temor a que la juzgara o la malinterpretara.
Algunas personas querían tener amigos para conversar con ellos.
Khalani quería amigos con los que no necesitara llenar los silencios. Pero, cuando Douglas murió, se llevó una parte de ella. Y Takeshi…
Una lágrima traicionera se asomó a las comisuras de sus ojos.
Todas las pérdidas que había tenido que soportar parecían insignificantes comparadas con lo que experimentaba en ese momento. Le dolía hasta la piel; le tiraba, como si fuera a desgarrarse.
Khalani no comía. No dormía.
Desde la fuga del campo, había perdido la cuenta de los días. El trayecto hasta Hermes habían sido horas de baches y de silencio opresivo.
Brock no había dejado de observarla por encima del hombro. Khalani tenía la mirada perdida, los ojos inyectados en sangre y se mecía con el viento como si la habitara un alma en pena a punto de derrumbarse.
Una parte de ella quería precisamente eso, derrumbarse. Golpearse hasta perder el conocimiento y escapar de ese infierno.
Al fin y al cabo, ese parecía ser el objetivo de su vida: demostrar cuánto sufrimiento podía soportar el cuerpo humano.
De lo contrario, no comprendía por qué el día después de que superaran sus diferencias y admitieran lo que sentían el uno por el otro… se había convertido en el día en que lo habían perdido todo.
¡Bang!
Dio un respingo y se restregó los ojos cansados, meciéndose adelante y atrás mientras el disparo resonaba sin cesar en su mente.
«No podía ser. Takeshi no podía estar…».
Se golpeó la cabeza contra la pared.
Se estremeció, pero seguía sin sentir nada. En lo más profundo y retorcido de su alma solo anhelaba que la torturaran.
Quizá no habría estado tan mal que le borraran la memoria…
—Khalani. —Winnie llamó a la puerta—. ¿Puede entrar Winnie?
Khalani no respondió. Seguía con los ojos clavados en las sábanas blancas.
¿Y si regresaba?
Desde que habían escapado, la idea la carcomía, ardía en su interior como una llama titilante.
Takeshi no podía estar muerto.
Era demasiado obstinado. Demasiado terco. Estaba demasiado lleno de vida.
Había luchado por ella, para que sobreviviera, más veces de las que recordaba, y empezaba a darse cuenta de que ella también tenía esa determinación absoluta. Sentía que le corría por las venas, que escapaba de su cuerpo con cada aliento.
La había salvado. Y ahora era su turno. Le tocaba a ella rescatarlo.
Un murmullo indistinguible sonó tras la puerta y el pomo giró despacio. Winnie entró en la habitación, pero Khalani ni siquiera la miró. Estaba trazando un plan.
Solo necesitaba armas y un vehículo.
No estaba segura de cómo regresaría al campo, pero ya encontraría el camino, incluso si eso implicaba recorrer cada túnel del subsuelo.
Sintió que Winnie la miraba con preocupación.
Cuando habían regresado al Corazón Negro, Spade les había indicado que no salieran, que trataran de pasar desapercibidos.
Los crupieres buscaban a los prisioneros que se habían fugado.
Brock, con toda la calma que fue capaz de reunir, les contó a los demás lo que le había ocurrido a Takeshi.
Winnie y Serene la abrazaron y la consolaron durante toda la noche.
No la dejaron sola ni un instante.
A la mañana siguiente, cuando finalmente fue al baño, se encontró a Adan sentado ante la puerta, como si hubiese pasado la noche allí.
Brock no andaba muy lejos, con la frente arrugada y el rostro ensombrecido por la mugre y la suciedad acumuladas durante días.
En las miradas de sus amigos se apreciaba firmeza y compromiso.
La promesa de que no dejarían que Khalani se desmoronara. Y de que, si eso ocurría, estarían a su lado.
Lloró aún más cuando la abrazaron, porque nunca se había sentido tan afortunada ni tan rota por dentro.
Khalani se había reunido con su familia, pero no estaba completa. Ni de lejos.
Por sus cuerpos rígidos y sus cabezas gachas, intuyó que no era la única que lamentaba la pérdida de Takeshi.
Puede que fuera taciturno y frío y que todo el mundo prefiriera dormir con un ojo abierto cuando él andaba cerca, pero, de algún modo, encajaba en su grupo disfuncional.
Khalani había advertido la ligera sonrisa que asomaba a sus labios cuando Serene y Adan bromeaban, la dulzura con la que miraba a Winnie, su descontento cuando se había visto forzado a dejar atrás a Derek e incluso el respeto que, a regañadientes, le profesaba a Brock.
También se habían convertido en su familia.
A punto de romper a llorar, apretó los puños. Winnie no dijo nada. En lugar de eso, se sentó junto a ella, le apoyó la cabeza en el hombro y entrelazó sus dedos con los de Khalani.
Permanecieron así un buen rato, juntas, sentadas y en silencio.
Finalmente, Khalani alzó la cabeza después de lo que quizá habían sido horas, o tal vez solo unos segundos.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí abajo, Winnie? —preguntó, carraspeando y con la voz áspera y ronca.
—Tres días. Winnie ha venido a verte cada día. Tiene que contarte muchas cosas, pero sabe que estás sufriendo.
A Khalani le temblaron los labios.
—Me duele tanto, Winnie…
—Winnie lo sabe, mi niña. —La anciana la agarró más fuerte—. No es malo sentirlo todo. O no sentir nada. A veces, el vacío es lo que ocupa más espacio.
Khalani respiró entrecortadamente. Sus emociones eran un torbellino, y no sabía qué hacer con ellas. La rabia, la tristeza y la determinación eran como bestias que la acechaban con las fauces abiertas.
¿Cómo podía caber tanta pesadumbre en un cuerpo?
—Winnie, cuando Sarah murió, ¿te enfadaste? —preguntó rompiendo el silencio.
Sarah era la única hija de Winnie. Había sido víctima de la gripe en Apolo porque Winnie no podía pagar los medicamentos que necesitaba.
Esa historia la acompañaba a todas partes, casi como si fuera de carne y hueso.
Winnie se revolvió. Durante un instante fugaz, Khalani temió haber abusado de su confianza, pero la anciana la abrazó y la atrajo hacia sí.
—Winnie se enfadó muchísimo. Durante un tiempo, la rabia fue su única compañera.
—¿Y cómo lo superaste? ¿Cómo logras seguir adelante?
—No sabemos lo que nos depara el futuro.
No podemos verlo —afirmó la anciana—. Algunas cicatrices no se pueden ocultar.
Pero lo que nos hace hermosos no es esta fachada perfecta que le mostramos al mundo, sino nuestras imperfecciones y heridas.
Superamos los obstáculos aceptando lo preciosa y frágil que es la vida.
Y, en cuanto a aquellos que hemos perdido, honramos su memoria viviendo tal como ellos habrían querido que lo hiciéramos.
Khalani rompió a llorar, y las lágrimas se derramaron como un aguacero.
—No es justo, Winnie. Nada de esto debería haber pasado. No sé qué hacer ni cómo manejarlo —balbuceó.
—Mírame, mi niña. —La anciana, que tenía los ojos llorosos, le cogió las mejillas con las manos—.
Una vez le dijiste a Winnie que era tu maestra favorita, pero la verdad es que tú se lo has enseñado todo sobre la fuerza y la confianza en uno mismo.
Por eso sabe que lo superarás. Eres su mayor inspiración.
Winnie le secó las lágrimas con las yemas de los pulgares y la miró fijamente. El amor infinito que brillaba en sus ojos era tan grande que no cabría ni en un universo entero.
—Te he echado tanto de menos, Winnie… —sollozó Khalani—. Cada vez que me alejo de ti, todo se desmorona.
—Winnie también te ha echado de menos. —La anciana la abrazó de nuevo—. Igual que una ballena echa de menos el mar.
—¿Qué es una ballena? —preguntó Khalani, sorbiéndose la nariz.
—Pues algo muy parecido a Winnie. Grande. Hermosa. Y una pésima cantante.
Khalani esbozó una débil sonrisa.
—Winnie también echa de menos a Takeshi. Tenía un gran corazón. Muy pocos llegaron a verlo. Pero Winnie sí lo vio.
La anciana pronunció estas últimas palabras con un hilillo de voz y dejó caer los hombros.
Khalani sintió que se desmoronaba y empezó a respirar más rápido.
Era verdad que había tenido un gran corazón. Que aún lo tenía.
La punzada constante que sentía en el pecho se intensificó, amenazando con devorarla por completo. Y, cuanto más tiempo transcurría, peor se volvía. Tenía que regresar a buscarlo.
Decidida, se enderezó.
—Antes has dicho que tenías muchas cosas que contarme. ¿Qué cosas?
—Winnie ha estado esperando a que te recuperaras antes de darte la noticia. —Hizo una pausa dramática y, tomando aliento, añadió—: ¡Winnie lo ha encontrado!
—¿El qué has encontrado? —preguntó Khalani, extrañada.
—¡A Prometeo!
—¿A qué te refieres?
—Estos últimos días, Winnie ha estado hablando con esa muchacha que también escapó del campo. Triste, pero hermosa. Un tanto fría también, pero Winnie consiguió derretir sus muros con un poco de dulzura y amabilidad.
—¿Te refieres a Elise?