31. Si te olvido, olvido el mundo. #2
Sorprendida, recordó de pronto que Elise se contaba entre los supervivientes de la fuga.
—¡Exacto! —La anciana chasqueó los dedos—. Elise. Qué pena lo que le pasó a su padre. Pero, cuando Winnie habló con ella, le mostró la reliquia que le ha dejado. Su anillo.
—«Corp. Prometeo» —susurró Khalani.
El fragmento de recuerdo resurgió en su memoria.
—¡Sí! —La anciana alzó las manos—. Winnie supo de inmediato que era una pista que conducía al Proyecto Hélix.
Mientras estabas en el campo, Adan ayudó a los Ases con los ordenadores antiguos del Gran Colapso.
En Hermes no guardan todo lo que saben bajo llave como en Apolo.
Revisamos sus viejos archivos del Colapso, y Winnie descubrió una pista sobre Prometeo.
Khalani se inclinó hacia ella.
—¿Cuál?
—Cuando los residentes se asentaron aquí por primera vez a causa del Gran Colapso, elaboraron un censo y registraron el antiguo empleo de cada persona. En el expediente de unos cuantos aparecía «Corp. Prometeo».
—¿Trabajaban allí?
Eso no tenía mucho sentido.
—¡Exacto! —exclamó la anciana con un destello de férrea determinación en los ojos—. Adan localizó la sede. Se encuentra en los restos del antiguo estado de California. En cuanto recuperemos a Derek, ese será nuestro próximo destino.
—California —repitió Khalani.
Había aprendido los antiguos estados en la escuela, pero sabía muy poco sobre ese en particular.
—Sí. —Winnie le tomó las manos—. No puedes rendirte ahora, Khalani.
Takeshi jamás habría permitido que te rindieras.
Y, tal como dijo Timothy Talbot, ¡el camino hacia el Proyecto Hélix empieza en Prometeo!
Cuando hayas descansado lo suficiente, reuniremos provisiones y emprenderemos la marcha. Lo haremos todos juntos, ¿verdad?
Khalani sentía un vacío en el pecho que apenas la dejaba respirar. No estaban todos. Faltaba una pieza crucial, y eso significaba que no podía irse.
Aún no.
Sin embargo, si revelaba su intención de rescatar a Takeshi, la anciana trataría de disuadirla o, peor aún, insistiría en acompañarla.
Y Khalani se negaba a poner en riesgo la vida de otro de sus compañeros.
—Pues claro que lo haremos juntos, Winnie. Pero es mejor tomarnos unos pocos días para descansar y planear el viaje —sugirió.
Puede que tardara algo más que unos pocos días en salvar a Takeshi, pero Khalani prefirió no compartir ese detalle.
—Tienes razón, querida —asintió la anciana—. De hecho, deberíamos descansar ahora mismo. Ven arriba y come algo. Estoy segura de que todos estarán encantados de verte.
Khalani se humedeció los labios agrietados y, de repente, se dio cuenta de la sed que tenía y del enorme agujero que sentía en el estómago, que se extendía con cada segundo que pasaba.
Sin embargo, empezó a juguetear con las yemas de los dedos, clavándose las uñas en la piel.
No se atrevía a subir las escaleras. No sabía cómo ocultar sus intenciones. Descubrirían sus planes en cuanto la miraran a los ojos.
—No tienes que hablar con nadie si no quieres —insistió la anciana, estrujándole la mano—. Winnie y Serene te acompañarán en todo momento.
Tras un instante, Khalani respiró hondo y asintió.
Agarrada del brazo de Winnie, se encaminaron juntas, escaleras arriba, hacia el Corazón Negro. Al llegar, Keno las saludó con un ademán de la cabeza y una expresión más inquieta y cautelosa de lo que ella recordaba.
Al entrar en la zona del bar, Serene corrió hacia ellas y estrechó a Khalani con fuerza entre sus brazos.
—¿Estás bien? ¡Qué preocupada me tenías! ¡Vaya pelos llevas! ¡Qué desastre! Deja que te lo arregle. Yo lo arreglo todo. Siento tanto no haber podido estar contigo… Incluso con él.
Serene la abrazó aún más fuerte, con los ojos llenos de lágrimas.
—No pasa nada —alcanzó a decir Khalani, casi sin aliento y tratando de reprimir lo que sentía con las pocas fuerzas que le quedaban.
Quería desaparecer escaleras abajo, que las personas que amaba no tuvieran que verla destrozada. Era mucho más fácil desmoronarse en soledad.
—Sí que pasa —afirmó Serene con vehemencia—. Pero lo arreglaremos. No pienso perderte de vista otra vez. Ni siquiera cuando necesites…, ya sabes.
Khalani forzó una media sonrisa. Otro obstáculo que salvar si quería llevar a cabo su plan.
Adan fue el siguiente en abrazarla.
—¿Cómo estás, Khalani?
—Hago lo que puedo —respondió ella con un hilo de voz mientras tomaba asiento.
Brock le llevó un cuenco de estofado y enarcó una ceja.
—Sé que la comida no va a compensarlo —dijo el incursor con un sentido suspiro—. Ni un millón de cuencos compensarían lo que ocurrió. Siento haberte obligado a marcharte, pero sabes perfectamente que es lo que él habría querido.
Se le cerró la garganta y luchó con todas sus fuerzas por no venirse abajo ante todos aquellos ojos clavados en ella.
—No estoy enfadada contigo, Brock. Hiciste lo que tenías que hacer. Gracias por venir a buscarnos.
Hablaba en serio.
Brock asintió y bajó la mirada al suelo. Se sentó junto a Serene, que ya no se apartaba de él como antes. Quizá habían logrado acercarse mientras Khalani y Takeshi estaban en el campo. La idea la hizo aferrar la cuchara con más fuerza mientras se obligaba a engullir la comida.
Todo le recordaba a Takeshi. El frío en el ambiente, la luz en los ojos de Winnie, el calor de los abrazos de sus amigos.
Tenía que escapar esa misma noche.
Khalani reparó en que Jack y Ryder también estaban allí, hablando con Spade, que torcía el gesto.
Elise estaba sentada en una mesa, sola, jugueteando con el anillo de su padre. Lo llevaba en el dedo y estaba encorvada con la mirada clavada en el suelo, como si cargara con un bloque de cemento.
Khalani hizo ademán de levantarse para ir a hablarle, pero Spade se plantó ante ella. Los pocos miembros de los Ases que había en la estancia le prestaron atención.
—Nos han informado de que los crupieres están patrullando las calles. Buscan a los que irrumpieron en el campo. Saben que algunos prisioneros escaparon y que se ocultan en Hermes. Tenemos que seguir pasando desapercibidos durante unos días, quizá durante semanas.
—¿Saben que fuimos nosotros? —preguntó uno de los miembros con una preocupación evidente.
—Creemos que no —respondió Spade pasándose la mano por el pelo—. Pero no podemos asegurarlo. Por eso debemos actuar con la máxima cautela. Algunos de nuestros miembros infiltrados seguirán trayéndonos provisiones. En cuanto la situación se calme…
La puerta del Corazón Negro se abrió de repente y varios crupieres irrumpieron en la estancia armados hasta los dientes.
—¡Todo el mundo quieto! Vamos a registrar el lugar en busca de terroristas.
—¿Y quién ha dado la orden? —lo desafió Spade dando un paso al frente.
—No voy a responder a esa pregunta.
El agente apoyó el cañón del arma en el pecho de Spade y lo obligó a levantar las manos despacio.
—Comprobadlos.
Uno de los crupieres sostuvo un dispositivo ante la frente de Spade. El aparato empezó a pitar y emitió una luz roja.
La tensión se extendió por la estancia y todos contuvieron el aliento. El crupier siguió escaneando las cabezas de varios miembros con el mismo resultado.
Al llegar a Jack, sin embargo, el dispositivo emitió de repente una luz verde.
—¡Señor! Es uno de los prisio…
No pudo terminar la frase. El cerebro se le quedó pegado a la puerta. Ryder había aparecido discretamente con un arma y le había volado la tapa de los sesos.
El caos estalló.
Los miembros de los Ases se abalanzaron sobre los crupieres y empezaron a forcejear mientras las balas surcaban la estancia. Unas cuantas alcanzaron la zona en la que se encontraban ellos y todos se agacharon para ponerse a cubierto.
—¡Por aquí! —gritó Brock, protegiendo a Serene mientras se apresuraban hacia la salida lateral.
Los disparos retumbaban a su alrededor, y Khalani tiró de Winnie con el corazón desbocado.
—¿Adónde vamos? —gritó Serene cuando cruzó el umbral y vio que estaban en un oscuro callejón.
—Creo que lo mejor será que… —Brock se interrumpió de golpe, con la mirada clavada en la negrura de la calle.
Abrió los ojos de par en par y palideció, como si hubiera visto un fantasma.
—¿Qué? —preguntó Khalani.
Al mirar también hacia allí, se quedó boquiabierta. De las sombras emergía una figura vestida de negro.
Se puso a temblar, negando con la cabeza, sin dar crédito. Su mente le estaba jugando una mala pasada.
La figura avanzó hasta una farola parpadeante y entonces pudo ver el pelo negro, los ojos de obsidiana y la expresión glacial.
Era Takeshi.
Sano y salvo.
Takeshi estaba vivo.
No comprendía cómo, pero allí estaba, de carne y hueso.
Sin pensarlo dos veces, Khalani corrió hacia él.
—¡Takeshi! —gritó con el corazón desbocado y la sensación de estar flotando. El peso insoportable que notaba en el pecho había desaparecido—. ¡Takeshi! —volvió a gritar, saltando hacia él.
Pero él no la atrapó.
De repente, Khalani se estrelló contra el suelo.
Takeshi se acuclilló junto a ella, le colocó un afilado cuchillo en la garganta y lo presionó hasta que hizo brotar la sangre.
—¿Cómo sabes mi nombre? —gruñó.
Sus ojos se habían convertido en un vacío negro e irreconocible.
El corazón de Khalani dejó de latir y, en ese último instante, se vieron únicamente como dos desconocidos.