Us deadly few (Los oscuros 2) 30. Si guardas silencio ante algo que no está bien, no podrás defender aquello que sí lo está.
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30. Si guardas silencio ante algo que no está bien, no podrás defender aquello que sí lo está.

Si guardas silencio ante algo que no está bien, no podrás defender aquello que sí lo está.

S i hubiera que buscar un sinónimo de desgracia, en la Tierra sería «Khalani Kanes».

Las paredes ruinosas de su casa estaban hechas de pesar. El suelo irregular, cubierto con los fragmentos de un corazón roto. Y el desastre había deteriorado el techo hasta el punto de dejarlo hecho trizas.

En prisión, se había esforzado por inventarse un nuevo destino. No deseaba que su historia estuviera forjada por el sufrimiento, sino por las lecciones tranquilas del perdón, el amor y una voluntad descomunal de desafiar a la muerte.

Pero, por mucho que corriera en una dirección u otra o por mucho que cerrara los ojos, la desgracia no le permitía escapar de sus garras.

Khalani parpadeó ligeramente y dejó caer la cabeza a un lado. Le dolía todo el cuerpo.

El dolor era una constante, como el oxígeno que la rodeaba. Aspiró esa desesperación brutal y sollozó en silencio.

No sabía cuánto tiempo habían estado torturándola. Para cuando por fin había perdido la conciencia, tenía los brazos y las piernas diseccionados, convertidos en carne desollada.

La sorpresa más cruel fue que, al despertar, no advirtió en sus extremidades cortes profundos ni evidencia de que había sido mutilada. Tenía la piel suave, casi perfecta. Como si aquel suplicio hubiese sido producto de su imaginación.

Mientras el doctor Strauss le marcaba la piel como si fuera un niño con una demencial colección de lápices de colores, le había confesado que Hermes había desarrollado un suero capaz de sanar heridas con rapidez.

Así que había seguido despellejándola, capa por capa, hasta dejar sus frágiles huesos a la vista. Y, cuando se desmayó, el doctor simplemente esperó a que volviera en sí y empezó de nuevo.

Los segundos le parecieron semanas. Las horas se convirtieron en décadas.

Había dejado de hablar hacía rato. Cada vez que le suplicaba que parara, el doctor Strauss se limitaba a esbozar una sonrisa y le clavaba aún más el escalpelo en la piel.

Seth, el otro doctor, se encontraba ante un monitor, con los ojos fijos en unas extrañas líneas curvadas, y, de vez en cuando, le ajustaba los nodos que tenía pegados en las sienes y en la nuca con expresión impasible, pese a que Khalani se había quedado ronca de tanto gritar y lo único que salía de su boca era un torrente silencioso de agonía.

En algún momento, tenía que llegar la paz. Un respiro.

Pero ni siquiera al dormirse encontró el abrazo protector del sueño.

Movió los globos oculares tras los párpados al oír el ruido de unos pasos que se acercaban.

—Por lo visto, nuestra guapa paciente ha despertado.

«No. ¡No! ¡Dejadme morir!».

Khalani negó con la cabeza al ver que el doctor Strauss se cernía sobre ella con uno de esos instrumentos afilados y sangrientos en la mano.

Las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas y se puso a temblar cuando el hombre apuntó el escalpelo hacia su rodilla. Se preparó para la agonía inminente.

¡BUM!

Todo el edificio tembló y varios instrumentos cayeron de la bandeja.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Seth, mirando nervioso a su alrededor.

El doctor Strauss dejó el escalpelo, se quitó los guantes azules y se encaminó a toda prisa hacia la puerta. Khalani aún temblaba.

En el fondo de su mente, seguía esperando algo… o a alguien. Pero le costaba recordar a quién.

Estaba perdiendo la memoria. Su identidad…

«Te llamas Khalani. Te llamas Khalani».

Repitió esa frase una y otra vez para sus adentros, luchando por recordar la persona que había sido en el pasado.

Cuando oyó de nuevo los pasos del doctor Strauss, sus temblores se intensificaron hasta convertirse en sacudidas incontrolables.

Se mordió el labio con tanta fuerza que se le tiñeron los dientes de sangre.

—Los rebeldes han irrumpido en el campo —gruñó furioso el doctor Strauss apresurándose hacia los ordenadores—. Activa a los sujetos.

Seth palideció.

—Pero, señor…, ¡aún no están listos!

—¡Haz lo que te digo!

Seth se puso en pie de un salto y empezó a teclear furioso. Khalani oyó un ruido burbujeante a sus espaldas, como de agua hirviendo.

Consiguió ladear la cabeza unos centímetros y vio que los tanques en los que flotaban los prisioneros se estaban vaciando de ese líquido azul. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo cuando los receptáculos de cristal se abrieron y los prisioneros salieron de ellos, completamente desnudos.

Se quedaron en pie, como estatuas, con los ojos vacíos. Unas gotas de agua les resbalaban por la piel y formaban charcos en el suelo.

—¿Cuáles son sus órdenes, doctor? —preguntó Seth, tragando saliva y mirando de reojo a los cuerpos inmóviles.

—Que ataquen a los rebeldes —respondió el doctor Strauss sin apartar la mirada de la pantalla.

Seth se volvió y carraspeó nervioso.

—Pero ¿y qué hay de…?

De repente, se interrumpió y le empezó a salir sangre de la boca. Perpleja, Khalani lo vio desplomarse en el suelo con un enorme cuchillo clavado en la espada.

Una silueta corpulenta cruzó el umbral de la puerta.

Las luces tenues del techo parpadearon e iluminaron brevemente el rostro sangriento y el uniforme blanco del intruso.

—Takeshi —susurró, recordando el nombre como si fuera una oración que había sido escuchada.

Takeshi clavó sus ojos oscuros en Khalani y en las cuerdas que la mantenían sujeta a la camilla, y la estancia pareció quedarse sin aire.

En menos de un segundo, le arrancó el cuchillo de la espalda a Seth, fue hacia ella y empezó a cortar las cuerdas que la retenían. Con manos temblorosas, como pudo advertir Khalani. Takeshi paseó una mirada glacial por todo su cuerpo en busca de heridas.

Gracias a la avanzada medicina que le habían administrado, no encontraría ninguna. Sin embargo, en su mente…

—No sabes cuánto lo siento, Khalani. He venido en cuanto he podido.

La miró con expresión destrozada, imposible de reparar.

Sin embargo, Khalani no dejaba de repetirse lo mismo: había venido.

Ella casi se había rendido, casi había renunciado a seguir viviendo, pero él no la había abandonado.

Una solitaria lágrima le resbaló por la mejilla, y Takeshi se puso tenso. Con la mandíbula apretada, siguió cortando las ataduras, pero entonces una figura le asestó un puñetazo en la cabeza y lo derribó.

Khalani contuvo la respiración cuando el arma que Takeshi llevaba escondida en el bolsillo salió disparada por el suelo.

—¡Takeshi! —gritó al ver que uno de los prisioneros de mirada vacía se abalanzaba sobre él.

Takeshi se puso en pie dando una voltereta y blandió el cuchillo con rapidez, embistiendo a su atacante.

El prisionero era rápido, más rápido de lo humanamente posible, y esquivaba todos los golpes con facilidad.

Khalani rechinó los dientes y trató de liberarse de la última atadura que la sujetaba a la camilla. Los puñetazos y los sonidos propios de la pelea resonaron en el frío laboratorio. Con un grito desgarrador, rompió la última sujeción y se puso en pie, temblando.

La sinfonía que le latía en el pecho se aceleró hasta alcanzar un crescendo catastrófico mientras Takeshi gruñía y forcejeaba con su atacante en el suelo.

Khalani se apresuró a coger el arma y la apuntó hacia el prisionero. Pero vaciló.

Quizá tuviera familia en Hermes. Tal vez seguía allí, en lo más profundo de aquella carcasa, tratando de romper los barrotes de su mente y suplicando que lo liberaran. Pese a esos pensamientos, Khalani hizo de tripas corazón y curvó el dedo sobre el gatillo.

Haría lo que fuera necesario para proteger a quienes amaba.

Pero Takeshi y el prisionero no dejaban de rodar, y solo unos centímetros separaban sus cuerpos. Khalani no era tan buena tiradora como Brock, y la bala podía alcanzar a Takeshi. El prisionero estrelló de nuevo contra la cara de Takeshi el puño fuerte como una roca, y le hizo escupir sangre.

«Piensa, Khalani. ¡Piensa!».

El doctor Strauss estaba al otro extremo del laboratorio, tecleando frenéticamente en el ordenador. Los otros prisioneros seguían inmóviles, como si fueran marionetas sin vida.

Sin embargo, después de otra ráfaga de pulsaciones en el teclado, sus expresiones vacías se transformaron. Uno a uno, todos volvieron despacio la cabeza hacia Takeshi.

Y empezaron a caminar hacia él.

Takeshi ya se las estaba viendo y deseando con una de las creaciones del doctor Strauss.

¿Cómo iba a enfrentarse a cinco?

No podría hacer nada.

La pistola le tembló entre las manos mientras los otros prisioneros avanzaban con la mirada fija en Takeshi.

Apuntó el arma y, sin vacilar, apretó el gatillo.

Unas chispas saltaron al fondo de la estancia y el doctor Strauss retrocedió de un salto.

Se le cayó el alma a los pies al ver que había fallado el tiro.

Le había dado al ordenador.

Los prisioneros continuaron aproximándose, pero sucedió algo extraño. Sus andares se volvieron torpes y se detenían uno por uno de forma intermitente mientras sacudían la cabeza.

Takeshi aprovechó la oportunidad y apuñaló en la garganta al prisionero que tenía encima. Haciendo girar el cuchillo, le arrancó un trozo de yugular. El hombre se desplomó, aunque siguió tratando de alcanzar a Takeshi, como si, pese a su estado, necesitara cumplir la orden que había recibido.

Takeshi se incorporó jadeando, con movimientos más lentos de lo habitual. El resto de los prisioneros seguían avanzando, convulsionándose sin control.

Esa visión espeluznante alimentaría las pesadillas de Khalani para siempre.

Alzó el arma una vez más y disparó al prisionero de la derecha. La bala le dio en el hombro e hizo que se tambaleara. Sin embargo, no soltó ningún grito de dolor ni se estremeció. Siguió adelante, haciendo caso omiso de la sangre que le resbalaba por el hombro.

—¡Takeshi! ¡Tenemos que irnos!

Takeshi apretó el puño y le lanzó una mirada tormentosa al doctor Strauss, pero los prisioneros se interpusieron, cerniéndose sobre ellos.

—¡Takeshi, por favor! —exclamó con la voz quebrada.

Takeshi reaccionó y se reunió con ella. Le quitó el arma y la rodeó con el brazo en un gesto protector.

—Larguémonos de aquí.