29. Las ruinas no esperan a nadie. #2
Un cosquilleo le recorrió el cuerpo mientras avanzaba hacia allí, sin perder de vista el edificio negro.
La parte racional de su cerebro no dejaba de repetir lo mismo. Por mucho que lo deseara, no podía abrirse paso por la caverna y echar la puerta abajo. Los crupieres volverían a darle una descarga.
Pero ¿quién sabía qué horrores le estaban infligiendo en ese mismo instante?
¿Y lo asustada que debía de estar?
—Oye… —Ryder chasqueó los dedos hacia él cuando se sentó—. Sé lo que estás pensando, pero tendrás más posibilidades de salvarla cuando lleguen los Ases.
—¿Y cuándo será eso exactamente? —escupió Takeshi entre dientes.
Jack tomó aliento y se masajeó el puente de la nariz.
—No lo sabemos.
Takeshi casi partió el cuenco de comida que sostenía entre las manos.
—Repasemos el plan para cuando lleguen —pidió Elise con una tensión palpable.
Ella también lanzaba miradas preocupadas hacia el edificio negro.
Aún podía estar viva.
—Ya he informado a algunos prisioneros de confianza.
Cuando lleguen los Ases, la mayoría de los crupieres se dirigirán al túnel principal.
Eso dejará solo a unos pocos guardias vigilando a los reclusos, y no pueden darnos una descarga a todos a la vez.
Ahí es cuando atacamos. Nos abalanzamos sobre ellos, desactivamos los grilletes, les arrebatamos las armas y nos unimos a los Ases —explicó Jack, cada vez más entusiasmado.
—¿Y qué pasa con los que no pueden pelear?
Elise clavó los ojos en su extraño padre, que seguía murmurándole al anillo.
—Que no se interpongan en nuestro camino —gruñó Ryder, haciendo crujir los nudillos mientras observaba a los guardias.
Aunque Takeshi parecía calmado, su mente no lo estaba en absoluto. Analizaba a cada crupier, estudiando sus debilidades, buscando la manera más dolorosa posible de explotarlas. Una tensión inhumana le atenazó la columna cuando posó la mirada en el edificio al otro lado de la caverna.
Takeshi solía creer que la mejor prueba para su paciencia era no besar a Khalani. Qué disparate. Pasaría mil vidas sin tocarla si con eso se aseguraba de que no sufriera ningún tormento.
—Lo importante es que todos embistamos a los guardias al mismo tiempo —continuó Jack—. Si no lo hacemos, mori…
Un estruendo amortiguado resonó por toda la caverna.
Todos giraron la cabeza hacia el túnel justo al otro lado del campo. La única salida de la prisión.
Una vagoneta vacía recorrió a toda velocidad los irregulares rieles, pasó junto a los guardias y se detuvo en el centro de la caverna.
Los crupieres desenfundaron las armas con una expresión confundida que se transformó en letal. Unos cuantos valientes se acercaron despacio a la vagoneta, con el ceño fruncido.
Takeshi se puso en pie junto al resto de los prisioneros. Todos estiraron el cuello, intentando ver qué sucedía. Jack le hizo un gesto con la cabeza, y él se escabulló sigilosamente hasta los guardias rezagados, que no perdían de vista la vagoneta.
—¿Qué es? —gritó el crupier al mando cuando uno de los guardias más corpulentos echó un vistazo al interior.
Todos contuvieron el aliento mientras metía la mano y sacaba un enorme oso de peluche.
—Es solo un muñeco —respondió, levantándolo.
El crupier alzó la mano a cámara lenta y se quedó inmóvil.
—Espera…
¡BUM!
El oso de peluche explotó.
El hombre que lo sostenía se desintegró en una nube de niebla rosada.
La fuerza de la explosión lanzó a Takeshi contra la pared de piedra. Un pitido agudo resonó en sus oídos y el polvo le nubló la vista.
Takeshi saboreó la sangre en la boca y gruñó mientras se incorporaba despacio. Desorientado, se llevó una mano a los oídos, que aún le zumbaban, mientras a su alrededor se intensificaban los gritos de horror.
A medida que el polvo se disipaba, distinguió a una multitud frenética de prisioneros y crupieres inconscientes en el suelo. Ryder estaba ayudando a Jack, que se tambaleaba y trataba de ponerse en pie.
Con el corazón encogido, vio que Elise zarandeaba a su padre en el suelo.
Tenía una pierna y un brazo doblados en un ángulo antinatural, claramente rotos, y murmuraba algo al oído de Elise mientras trataba de acariciarle el rostro.
Las lágrimas corrían por el pálido rostro de la muchacha, que se empeñaba en moverlo.
Takeshi apartó la mirada. Reconocía una herida mortal en cuanto la veía.
—¡Son los rebeldes! —gritó el crupier al mando con un reguero de sangre que le bajaba desde la cabeza por la mejilla.
En medio de la polvareda, aparecieron más de una docena de hombres armados con pistolas. Al frente, Takeshi reconoció a Spade, que lideraba el ataque. Había cambiado su impecable traje por unos pantalones de cuero negro y una capa del mismo color. Avanzaba sin dejar de dar órdenes a sus hombres.
El jefe de los crupieres levantó el arma con mano temblorosa y disparó contra ellos. Los Ases se agazaparon detrás de unos peñascos y contraatacaron.
Pese a la bomba, los guardias seguían superando en número a los Ases y avanzaban sin dejar de disparar.
Takeshi volvió la cabeza al ver que Jack se acercaba renqueando.
—Ahora.
Jack apretó los dientes e hizo un gesto a un par de prisioneros, que tomaron a un guardia desprevenido por la espalda y lo estrangularon.
Takeshi no perdió ni un segundo. Ubicó a un crupier cercano que se estaba incorporando. Sin vacilación ni remordimientos, se lanzó sobre él. Le dio dos puñetazos en el estómago, lo cogió de la cabeza y, con un movimiento rápido, le rompió el cuello. El cuerpo sin vida se desplomó al suelo.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Uno de los guardias se volvió al oír el sonido y abrió la boca, sorprendido. Con manos temblorosas, levantó el arma, pero Takeshi no vaciló. Sin perder un segundo, sacó un cuchillo del cinturón del hombre muerto y lo lanzó hacia él. La hoja se incrustó en el hombro del crupier, que erró el tiro.
Aprovechando la ventaja, Takeshi se abalanzó sobre el crupier y lo derribó al suelo. Subió a horcajadas sobre él y, mientras este lo miraba con ojos desorbitados, lo golpeó en la cara.
Le habría gustado seguir con aquella carnicería, pero, por desgracia, no tenía tiempo que perder.
Le arrebató la pistola al crupier, lo obligó a abrir la boca, le introdujo en ella el cañón y apretó el gatillo.
La sangre salpicó su rostro asesino. Experimentando una intensa y creciente necesidad de violencia, deseó bañarse en ella por completo.
Metió la mano en el bolsillo trasero del guardia y sacó un dispositivo táctil. Tenía reconocimiento de retina y, por suerte, los ojos del guardia aún seguían intactos.
Tras investigar durante unos minutos, Takeshi encontró la opción para desactivar el grillete eléctrico. De inmediato, se arrancó las esposas de las muñecas y las lanzó contra la pared, lo que provocó un agradable sonido metálico.
Takeshi se volvió hacia donde se encontraban Jack y Ryder, que también se las estaban quitando.
Una cacofonía de gritos y disparos los rodeaba mientras los Ases seguían disparando contra los crupieres, otorgándoles la distracción que necesitaban.
—¡Ve a por ella! —gritó Jack—. ¡Nosotros nos encargamos del resto! ¡Ve a salvarla!
No hizo falta que se lo repitieran.
Takeshi tomó la pistola y le arrancó el cuchillo del hombro al cadáver del crupier.
Sin perder un segundo, se pegó a la pared y se apresuró a alejarse de los disparos. Aferró las armas, listo para derramar sangre.
Clavó los ojos con determinación en el edificio negro y corrió más rápido que nunca.
Con la muerte como escolta, cabalgando tras él como si fuera un par de alas.