29. Las ruinas no esperan a nadie.
Las ruinas no esperan a nadie.
Takeshi
S e la habían llevado.
Joder, se la habían llevado.
A Khalani.
A Kanes.
A su razón de ser.
Cuando la apartaron de su lado, un manto de sombras le nubló la visión y su furia se encendió hasta niveles que solo unos pocos habían presenciado.
El dolor de las descargas eléctricas lo desgarraba como si le hubieran aplicado cables al rojo vivo en la columna vertebral. Aun así, hizo falta el máximo voltaje para dejarlo inconsciente y evitar que matara a todos los crupieres del subsuelo.
Cuando finalmente volvió en sí, estaba en la espaciosa caverna, sentado y con ambas manos atadas a una barra metálica.
El crupier que lo vigilaba le ordenó con un grito que estirara las piernas. Se aferraba a la pistola. Como si eso fuera a salvarlo.
En el momento en que Takeshi se librara de esas cadenas, echaría a correr hacia el edificio negro y le sacaría las entrañas a cualquier guardia que se atreviera a interponerse en su camino.
En lo más profundo de su mente ya barajaba varias técnicas de tortura.
Los crupieres morirían por haber tomado partido, pero el doctor Strauss probaría una versión especial del infierno, tan dolorosa que bañarse en llamas le parecería un paseo.
Volvió a dirigir la mirada hacia el edificio en el que retenían a Khalani y, discretamente, buscó una manera de librarse de las cadenas. Aunque tensó los músculos de los hombros al máximo, el dolor fue irrelevante.
Le habían arrebatado lo único que le importaba.
Antes de Khalani, Takeshi se había resignado a una vida sin amor. Todo el tormento, el pesar y la furia que albergaba los destinaba a encerrar a criminales entre rejas cada noche.
Pero, entonces, una chica solitaria que apenas le llegaba al hombro entró en prisión.
Al principio, la consideró un incordio sin importancia, alguien insignificante, no muy diferente de los numerosos reclusos que llenaban Braderhelm.
Aquella frágil muchacha parecía que fuera a hacerse añicos ante la más mínima racha de viento, y dudó que llegara a sobrevivir una semana en prisión.
Sin embargo, cuando Khalani no miraba, él se descubría prestándole atención sin querer. Había algo en su expresión que lo desconcertaba.
Quizá fuera la soledad que destilaban sus ojos.
La tensión siempre presente en los hombros.
O su corazón dulce e ingenuo, que destacaba en ese mar de salvajes y lo obligaba a contener su lado más cruel.
Tardó un tiempo en advertir que ese pequeño cuerpo albergaba una fuerte tenacidad.
Khalani lo había superado todo —constantes peleas, adversidades y retos— con una resiliencia que rivalizaba con los criminales más violentos.
Cuando le pidió que la entrenara, Takeshi se quedó inmóvil y tuvo que reprimir el impulso de tirar las llaves de su celda por haber sugerido tal fatalidad.
Por ella. Por él.
No podía quitársela de la cabeza e ignoraba cómo iba a reaccionar ante esa proximidad, sin esos barrotes de acero que los separaban.
En cambio, la parte de su personalidad que amaba el riesgo solo deseaba ver hasta dónde podía llegar, llevarla al borde del colapso.
Así que accedió.
En cada entreno, la atracción se hizo más evidente, más difícil de resistir.
Esos pantalones cortos ajustados que se le pegaban a los muslos eran una prueba de fuego para su concentración.
La emoción desbordante en su mirada cuando conseguía dominar algo ponía a prueba su temple.
Le exigía lo mismo que se exigía a sí mismo, hasta el límite más absoluto.
De repente, Takeshi había descubierto que tenía un nuevo objetivo en prisión. Y era Khalani Kanes.
Nunca se lo había dicho, pero los entrenamientos con ella se habían convertido en la mejor parte del día, de todo el año. En un mundo tan envuelto en tinieblas y oscuridad, era un destello de luz que no dejaba de hacerse más y más grande.
Por primera vez, cerraba los ojos por la noche y esperaba con impaciencia que llegara la mañana siguiente.
Cuando vio a Khalani en el suelo después de que el guardia Barron la atacara, lo embargó una rabia sin igual.
Alguien se había atrevido a hacerle daño. A la prisionera que le había traído la paz. A la muchacha rota cuyo mundo habían hecho añicos, pero que seguía luchando por convertirse en una mejor versión de sí misma.
Takeshi perdió completamente la cordura y mató a Barron sin el menor remordimiento.
Cuando la aupó y la sostuvo en sus brazos, vio que encajaba perfectamente entre ellos. Takeshi bajó la mirada hacia ella y, tan inevitable como el anochecer, se hizo una promesa a sí mismo.
Nadie que le hiciera daño seguiría con vida.
Sin importarle las reglas ni las consecuencias, llevó a Khalani a su habitación. Lo único que quería era tumbarla en la cama. Darle algo de paz a su cuerpo adolorido.
Sin embargo, era ella la que no dejaba de tranquilizarlo, pensando en los demás antes que en sí misma. Takeshi quería gritarle con todo el aire que albergaba en los pulmones, reprenderla, pero sus labios buscaban su piel suave, dispuestos a extinguir cualquier rastro de dolor.
Cuando se acostó junto a él y sus dedos se rozaron, estuvo a punto de perder el control y dejarse llevar. Movió ligeramente la mano, deseando entrelazarla con la suya.
No, deseaba mucho más.
Pero ella se quedó dormida, desprendiendo calma y dulzura, mientras él respiraba su paz.
Cuando despertó, se había quedado mirando su hermoso rostro dormido, y una sensación extraña le atenazó el pecho, le inundó el corazón y lo empujó a extender la mano.
A decirle la verdad… Pero se echó atrás.
La realidad lo embargó de golpe, como si le cerraran una puerta en las narices.
Nada cambiaría sus circunstancias; ella seguía siendo una prisionera, y él era el capitán que la había encerrado tras los barrotes. No existía un mundo en el que pudieran estar juntos. Sus fantasías eran meros delirios.
Así que la alejó.
Y a cada día que pasaba se consumía un poco más. Su mente no dejaba de gritarle, instándolo a acercarse, a arreglarlo todo, a volver a lo que alguna vez fueron. Dominándose a duras penas y recordando que era por el bien de Khalani, consiguió guardar las distancias.
Cuando Khalani venció a Dana en el foso, no solo sintió orgullo. Siempre se sentía orgulloso de ella. Fue el hecho de que reconociera lo fuerte que era, y, cuando lo hizo, el sol irrumpió en el subsuelo y la iluminó por completo.
Khalani siempre había sido hermosa, incluso cubierta de tierra y mugre, pero presenciar su determinación y su espíritu incansable provocó en él un sentimiento que jamás había experimentado.
Lo tenía hechizado. Cada día lo atraía un poco más, y no pudo evitar pedirle una nueva sesión de entrenamiento. «Una última vez», se dijo. Nada más.
Cuando desnudó su alma ante él, ninguna fuerza del subsuelo habría podido evitar que la besara.
En Apolo había un acantilado desde el que Takeshi solía lanzarse de niño.
No era muy alto, pero colocaban unos colchones y los muchachos saltaban al vacío uno tras otro.
La única vez que su madre lo vio saltar, corrió hacia él, lo agarró del brazo y lo arrastró de vuelta a casa entre gritos por haberle dado aquel susto de muerte.
Sin embargo, aún recordaba la ingravidez que había sentido en el instante en que caía al vacío mientras el aire le azotaba el cuerpo.
Lo mismo le sucedió cuando besó a Khalani.
Quería zambullirse en su piel y memorizar todos sus lunares, sus curvas y pliegues, cada imperfección, todo lo que la hacía única, porque cada centímetro de ella era una obra maestra.
En el casino, había estado muy cerca de noquear a Raziel, olvidarse de la misión y llevársela para que nadie más pudiera contemplarla con ese maldito vestido.
Raziel le había recordado su papel. Sin embargo, no le había hecho falta fingir.
El más mínimo roce lo volvía hiperconsciente de su propio cuerpo.
En su mente solo había espacio para ella. Nada más importaba. Y ese era el problema.
Takeshi no era hablador ni afectuoso. Prefería pasar el tiempo observando a los demás en busca de debilidades.
Jamás hablaba de esa sensación inquietante que lo embargaba. De ese perturbador impulso de destruirlo todo que no lo abandonaba desde que había terminado su entrenamiento como guardia en Génesis.
Takeshi sabía cómo ocultar esos pensamientos volátiles. Sin embargo, ese aspecto de su personalidad se había hecho más intenso desde que le había arrancado la cabeza al gobernador.
Pero, cuando estaba con ella, quería ser justo lo contrario.
Anhelaba proporcionarle a esa hermosa chica que habitaba en la oscuridad la misma paz que ella le había dado a él sin pedir nada a cambio.
Khalani aceptaba a Takeshi tal como era, no como quería que fuera.
Así que decidió rendirse, acabar con todo eso.
Con lo de ignorar lo que sentía. Con lo de luchar contra esa atracción inexplicable entre ellos.
Descansó cuando por fin encontró la palabra correcta. Amor.
La amaba.
Con todo su ser. Como las estrellas aman al cielo nocturno.
Y, cuando por fin fueran libres, no dudaría en demostrárselo a cada segundo.
El crupier no le quitaba ojo mientras Takeshi seguía tratando de zafarse discretamente de las cadenas.
Los prisioneros terminaron el turno matutino y entraron en la caverna para comer. El crupier al mando se acercó con paso firme, posando una mano pálida sobre la culata del rifle. Las estrellas del uniforme lanzaron destellos bajo la intensa luz blanca de los focos.
—¿Ya te has calmado o tenemos que darte otra descarga?
Takeshi apretó los dientes, luchando contra el impulso de escupirle en la cara. Sin embargo, se controló y se concentró solo en una persona.
—No te daré problemas —mintió.
Les daría problemas muy pronto, pero necesitaba esperar, buscar el momento perfecto.
—Bien.
El crupier dio un paso adelante y le quitó las cadenas.
Takeshi se puso en pie, estiró los hombros doloridos y escudriñó la caverna en busca de Jack, que le lanzó una mirada penetrante desde el otro lado.
Jack inclinó la cabeza; una señal.