Us deadly few (Los oscuros 2) 28. Desde la distancia, parecen reír. Pero, si te acercas a ellos, verás que siempre han estado gritando. #2
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28. Desde la distancia, parecen reír. Pero, si te acercas a ellos, verás que siempre han estado gritando. #2

—La actitud es un factor diferencial en las posibles secuelas. También pareces tener una clara voluntad de vivir. Eso es bueno. Debería ser de ayuda en la siguiente fase.

Khalani frunció el ceño cuando el doctor Strauss se alejó y desapareció de su vista.

Trató de alzar la cabeza, pero la correa negra que le sujetaba la frente no se lo permitió.

Sentía la mirada espeluznante de Seth clavada en ella, anticipando con entusiasmo lo que venía a continuación. Khalani trató de alcanzar la hebilla de la correa con las manos, pero el doctor Strauss reapareció empujando un carrito metálico y se detuvo junto a ella.

—Bien, seré sincero: esto no va a ser agradable —empezó, organizando el instrumental que había en la bandeja—. Será mejor que no te resistas. Lo soportarás mucho mejor.

Khalani abrió los ojos como platos al ver el destello amenazador de unos cuchillos afilados. Sintió un calambre en el cuello y tuvo la sensación de que se quedaba sin aliento.

«Respira. Trata de respirar», se dijo para sus adentros.

Tenía que entretenerlo el máximo de tiempo posible.

Si conseguía que el doctor Strauss siguiera hablando, quizá los Ases llegarían a tiempo para salvarla.

—¿Qué va a hacerme? ¿De qué tratan sus investigaciones? —preguntó, hecha un manojo de nervios.

El doctor se volvió hacia ella con un destello en la mirada.

—Me complace tu interés. La mayoría solo gritan y no comprenden el regalo que les estoy haciendo. Seth, trae el chip.

—¿Se lo va a decir al sujeto? —se sorprendió Seth.

—Quizá el hecho de aprender el propósito tenga un impacto positivo en los datos del ensayo. Estudiaremos los efectos. De no ser así, daremos por terminada su participación. Tráelo.

La voz se le endureció al ver que no lo obedecía de inmediato.

Seth se alejó sin pronunciar palabra. Regresó al instante y le entregó algo al doctor Strauss.

Este sonrió y lo sostuvo frente a su rostro.

Era un pequeño chip verde, similar a la diminuta placa de circuito que ella había visto una vez cuando era niña.

En la escuela, los maestros les mostraban imágenes de ordenadores antiguos con el objetivo de enseñar a los jóvenes la obsesión de los humanos con la tecnología y de hacer hincapié en que la paz y el orden solo se alcanzarían si confiaban en el gobernador de Apolo.

—Es un chip transmisor, un dispositivo muy especial —explicó el doctor Strauss, sujetándolo con firmeza—. Realiza diversas funciones, como, por ejemplo, las de anulación y control. Y te lo insertaremos en el cerebro.

Khalani abrió la boca y sintió que se le helaba la sangre.

«Insertármelo… en el cerebro».

La mera idea ya le resultaba más invasiva y aterradora que todo lo que había imaginado en sus peores pesadillas.

«¡Haz que siga hablando! ¡Haz que siga hablando!».

—¿Por… por qué?

Fue lo único que pudo pronunciar entre jadeos.

El doctor Strauss suspiró, por lo visto disgustado ante su falta de entusiasmo.

—En pocas palabras, los humanos tendemos a rebelarnos contra la autoridad.

Si se nos deja a nuestra suerte, provocamos destrucción a cada paso que damos.

La historia nunca miente. Y no deja de repetirse.

Para poner fin a eso, necesitamos una mano firme que nos guíe hacia un futuro mejor.

Y, en cuanto consigamos que los chips funcionen, los distribuiremos en las demás ciudades del subsuelo, empezando por Apolo.

Asimiló sus palabras casi sin poder respirar.

Estaban implantando chips en los cerebros de las personas para despojarlas de su voluntad y convertirlas en marionetas.

De repente, sintió la boca seca y se humedeció los labios mientras unas imágenes del gobernador le pasaban fugazmente por la cabeza.

Alexander Huxley, un robot, una máquina, había controlado sus vidas sin que nadie lo supiera.

¿Podría estar relacionado?

—Has mencionado a los humanos —dijo, tragando con dificultad—. ¿Ese término te incluye a ti?

El doctor Strauss frunció el ceño, extrañado por su pregunta, como si no pudiera procesarla.

—Yo… sí. Por supuesto que me incluiría. ¿Por… por qué no iba a ser así?

Bajó la mirada, pensativo, y un leve espasmo le recorrió el cuello.

—¿Se encuentra bien, señor?

Seth dio un paso adelante.

El doctor Strauss le quitó importancia con un ademán y se irguió.

—Sí. Por supuesto, estoy bien. Bueno, ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Por la parte en que tú entras en juego.

El doctor Strauss le devolvió el chip a Seth, recobró la sonrisa entusiasta, como si los últimos segundos no hubieran ocurrido, y se puso unos guantes azules de látex.

—Hemos comprobado que, para que el cerebro acepte el cambio, ciertas áreas deben anularse, en concreto, el lóbulo temporal y el sistema límbico.

Por desgracia, este tipo de degradación comporta cierto nivel de dolor.

Me temo que es inevitable. Pero, ahora que comprendes el gran papel que desempeñas en la mejora de nuestra comunidad, estoy seguro de que lo aceptarás sin reservas.

Tomó un largo bisturí de la bandeja y comenzó a cortar el uniforme blanco, dejando al descubierto la parte superior de la pierna de Khalani.

—¡No pienso aceptar nada de nada! ¡Está usted completamente loco!

Khalani se revolvió bajo las correas con todas sus fuerzas, pero no se movieron ni un milímetro. El doctor Strauss frunció el ceño, pero le acercó la hoja afilada a la piel.

—¡No, por favor! ¡No! —exclamó.

Deteniéndose, el doctor Strauss le dedicó una dulce sonrisa.

—Algún día me lo agradecerás.

Acto seguido, presionó el frío bisturí y empezó a cortar.

Khalani gritó y se revolvió bajo las cuerdas llorando a mares y con la voz quebrada por la agonía mientras rogaba que se detuviera, que alguien la salvara.

Sin embargo, nadie respondió, y sus lamentos de terror se quedaron entre las oscuras paredes de la estancia.

Gritó hasta quedarse ronca y hasta que se le nubló la vista. Unos segundos después, los ojos se le cerraron y finalmente dejó de sentir dolor.

La única súplica que deseaba que alguien atendiera era la de no despertarse nunca más.