28. Desde la distancia, parecen reír. Pero, si te acercas a ellos, verás que siempre han estado gritando.
Desde la distancia, parecen reír. Pero, si te acercas a ellos, verás que siempre han estado gritando.
A lgo cálido envolvía el cuerpo de Khalani. Algo sólido. Sus párpados se negaban a abrirse, y se acurrucó contra el intenso calor que la recubría como un escudo. Soltó un suspiró contenido y pesado y se dejó caer en un sueño tranquilo.
Unas líneas luminosas bailaban ante ella. Caminaba por la superficie bajo los rayos de un magnífico sol.
Takeshi caminaba a su lado. Le rozaba el brazo con dulzura. Ella se volvía hacia él con una sonrisa y él articulaba algo ininteligible.
—¿Cómo? —preguntaba Khalani, aún sonriendo.
—Despierta —decía.
Khalani fruncía el ceño.
—Despierta —repetía.
Se incorporó casi sin aliento, advirtiendo que no eran los rayos de sol los que bañaban su piel, sino la dura e intensa luz de los barracones.
En un gesto mecánico, se cubrió el pecho, pero de inmediato se dio cuenta de que ya llevaba el uniforme. Confundida, se echó hacia atrás, pero entonces recordó que Takeshi la había despertado con dulzura en medio de la noche para que se lo pusiera.
«Así no tendré que sacarle los ojos a nadie mañana», había susurrado con complicidad.
Restregándose la cara, bostezó mientras Takeshi se sentaba a su lado. Por primera vez, tenía el aspecto de haber dormido toda la noche, pero, al ponerse en pie, su expresión se tornó fría y calculadora. El volátil capitán estaba listo para enfrentarse al mundo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Cansada.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, resistiendo el impulso de volver a tumbarse.
—Pues menos mal que no te he tenido despierta toda la noche como querías —la provocó él, esbozando una sonrisa.
Khalani sintió que se le aceleraba el corazón.
—Claro, como si fueras a durar mucho —bromeó ella poniéndose en pie.
—Ah, Kanes. —Takeshi soltó una oscura carcajada—. Qué ganas tengo de hacerte tragar esas palabras.
Una imagen salvaje se le apareció en la mente.
Takeshi ladeó la cabeza y le dedicó una mirada divertida, como si supiera exactamente en qué estaba pensando.
La puerta de la celda se abrió y los prisioneros enfilaron el pasillo de aquel espacio infernal hacia la inspección.
No pudo evitar ruborizarse cuando Takeshi le cedió el paso con una reverencia y una sonrisa maliciosa.
Se alisó el uniforme, se colocó los mechones sueltos detrás de las orejas e hizo crujir el cuello, tratando de ignorar las palabras peligrosamente tentadoras de Takeshi, que seguía oyendo como si se las susurrara al oído un diablillo posado en su hombro.
A sus espaldas, sintió el calor que irradiaba Takeshi. Si fuera por ella, lo arrastraría hasta la celda y terminaría lo que habían empezado la noche anterior, sin miedo a las consecuencias.
Dentro de un día podría hacerlo. Solo un día más.
Ocuparon su lugar en la fila, y los segundos se hicieron eternos mientras los guardias examinaban a los prisioneros. Khalani no dejaba de tamborilear con los dedos en el muslo, mirando a un lado y a otro.
Cuando sonó la alarma, se tensó.
El doctor Strauss apareció enseguida, y todos se postraron de rodillas, con la mirada clavada en el suelo.
—¿Cómo estáis hoy? —preguntó el doctor Strauss en tono alegre, lo que no era habitual.
Sin recibir respuesta, se puso a caminar entre las largas filas de prisioneros, revisando sus notas en el sujetapapeles.
Cuanto más rápido terminara, antes podrían volver a casa.
A casa.
Allí donde estaba su familia. Winnie. Serene. Derek. Adan.
Miró de reojo a Takeshi, y sintió que el corazón no le cabía en el pecho, que traspasaba la oscuridad que la rodeaba.
Las botas del doctor Strauss se acercaron, y Khalani clavó de nuevo la mirada en el suelo, confiando en que no tardara en elegir al siguiente desafortunado prisionero para llevárselo hacia lo desconocido.
—Interesante —murmuró justo por encima de su hombro.
Khalani dio un respingo, sintiendo los ojos del doctor clavados en la nuca.
«Sigue andando. Sigue andando».
—Hoy te elegiremos a ti.
Khalani no sabía a quién iban dirigidas esas palabras. Alzó la cabeza y vio que los otros prisioneros la observaban con un destello de miedo, compasión y alivio en los ojos.
De repente, dos guardias se apostaron a su lado y, tomándola por las axilas, la alzaron del suelo. Gritó, pataleó y luchó con todas sus fuerzas, pero en sus manos parecía una marioneta.
— ¡NO!
Un rugido atronador emergió a sus espaldas.
Le pareció oír el alboroto de puñetazos y los gritos atemorizados de unos pocos guardias antes de que el zumbido de las esposas se activara con una descarga.
La voz de Takeshi siguió resonando, agónica y furiosa. Trató de volver la cabeza, pero los crupieres se la llevaron a la fuerza, con el doctor Strauss pegado a sus talones.
Sintió que el pánico la invadía al atravesar la caverna hacia el edificio negro. Unas puertas de cristal correderas que no había advertido antes se abrieron, y entraron en la oscura construcción.
Luchó sin descanso contra sus captores mientras la arrastraban hacia lo que parecía ser un área de… ¿recepción?
Una joven ataviada con un traje pantalón blanco estaba sentada detrás de un enorme escritorio de mármol. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta alta y tirante. Entornó los ojos y clavó la mirada en Khalani, torciendo el gesto con claro disgusto.
Sin embargo, cuando el doctor Strauss apareció, se puso en pie de inmediato y esbozó una sonrisa radiante.
—Buenos días, doctor Strauss.
—Buenos días, Rebecca. Hoy va a ser un gran día. Lo presiento.
El doctor Strauss pasó ante ella sin tan siquiera mirarla.
Rebecca se sonrojó y lo siguió con la mirada mientras se ajustaba el traje. Una vez que hubo desaparecido, se sentó y sonrió para sí misma. Khalani sintió una arcada, pero los guardias siguieron al doctor Strauss y la arrastraron por una puerta de doble hoja.
Abrió los ojos de par en par al ver que estaba en un laboratorio.
La iluminación era tenue, y había numerosas camillas vacías perfectamente alineadas. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la pared del fondo, en la que había unos tanques de cristal llenos de un líquido azul burbujeante.
Cuando se acercaron, gritó y trató de zafarse, pero los guardias la sujetaron con firmeza.
En el interior de cada uno de los receptáculos flotaban los prisioneros que habían sido elegidos en las inspecciones anteriores.
Khalani posó los ojos en la reclusa del día anterior. Los brazos le caían inertes a los costados y la melena castaña se mecía tras ella. Tenía los ojos completamente cerrados y un delgado tubo de plástico insertado en la nariz y la boca.
¿Estaba viva?
Khalani dirigió la mirada hacia los otros tanques de vidrio, que también albergaban prisioneros. No parecían estar conscientes.
Los guardias siguieron avanzando, adentrándose en el laboratorio.
—¿Qué… qué demonios es este lugar? —balbuceó, sintiendo que el terror no le permitía respirar.
El doctor Strauss la ignoró y se encaminó hacia otro hombre que había en la sala, vestido también con una bata blanca. Era más joven, de pelo corto y rubio, y analizaba con atención un monitor frente a uno de los receptáculos.
—¿Qué tal vamos hoy, Seth?
Seth alzó la cabeza y miró al anciano que flotaba en el líquido.
—El uno uno cinco cero no ha sobrevivido a la noche.
El doctor Strauss chasqueó la lengua y examinó la pantalla.
—Maldita sea. Esto demuestra una vez más que la edad es un factor limitante. Tenemos que corregirlo. —Sumido en sus pensamientos, se golpeó suavemente el mentón con los dedos—. Vacía el tanque y acidifica los restos. ¿Y qué hay de los otros sujetos?
—Están estables —informó Seth, desviando la mirada hacia la muchacha que se habían llevado el día anterior—.
El uno uno cuatro cinco sigue presentando actividad elevada de ondas beta después de la sesión preliminar.
No es muy probable que la banda de frecuencia se estabilice a estas alturas. Puede que tengamos que desecharla.
—Hum…
El doctor Strauss examinó otro gráfico, concentrándose en la pantalla.
Los crupieres seguían sujetándola con fuerza por los brazos mientras esperaban en el centro de la estancia. No sabía qué esperaban, pero, cada vez que los dos doctores hablaban, el sudor se le acumulaba en las cejas y le temblaban las piernas.
—Démosle otro día. Si el gráfico no mejora, excluiremos al sujeto de la prueba —ordenó el doctor Strauss sin mostrar remordimiento.
—Sí, señor.
Seth asintió y miró por primera vez a Khalani, que trató de retroceder al ver el vacío de sus ojos. Sin embargo, los crupieres no se lo permitieron. Estaba atrapada sin remedio.
Al cabo de un rato, el doctor Strauss le prestó atención.
—Acostadla en esa camilla —dijo con expresión glacial y sin atisbo de compasión.
Khalani se revolvió y luchó como un demonio que acababa de salir del infierno.
Les clavó las uñas en los brazos a los guardias y lo intentó todo para zafarse, pero no podía hacer nada contra su increíble fuerza.
Al final, lograron tumbarla en la camilla y la ataron con correas.
Mientras lo hacían, consiguió darle una patada a uno de los crupieres en el rostro, pero este soltó un gruñido y contratacó atizándole un puñetazo en el abdomen.
Los crupieres aprovecharon que estaba sin aliento y dolorida para terminar de apretar las correas.
Khalani no podía moverse. Apenas podía concentrarse en nada. Se le heló la sangre al oír un portazo y el sonido de la llave que cerraba la única salida posible; comprendió entonces que estaba atrapada allí dentro con dos científicos locos.
El doctor Strauss se inclinó sobre ella y la miró con expresión extraña. Un destello de entusiasmo le brilló en los ojos, como si esa fuera su parte favorita del día.
—Eres de las guapas —señaló.
Rabiosa, Khalani le escupió en la cara.
Al contrario de lo que había esperado, el doctor Strauss no se puso furioso. Se limitó a torcer el gesto y a secarse la saliva con la mano, que después restregó en la tela que le cubría las costillas a Khalani.