27. No se trata de ser perfecta. Se trata de superar los fracasos.
No se trata de ser perfecta. Se trata de superar los fracasos.
E n la celda, Khalani se puso a golpear el frío suelo embaldosado con el pie.
Con la barbilla apoyada en la rodilla y la espalda recostada en la pared, miró fijamente a Takeshi.
Incluso en las sombras, sus rasgos eran afilados y definidos. Estaba sentado frente a ella, con una pierna estirada y los ojos completamente cerrados.
Sin embargo, no dormía.
Estaba tenso. Tenía la mandíbula demasiado rígida para estar durmiendo. Como si fuera una pistola cargada, preparándose para sembrar el caos.
Quizá el silencio y fingir que se ignoraban era la única defensa que les quedaba.
Quizá eso era precisamente lo que deseaba Khalani.
No.
Sí.
La frontera entre sus deseos y sus miedos se había desvanecido y ya no distinguía unos de otros.
Lo único que Khalani podía hacer era dar golpecitos con el pie en el suelo. Ese sonido amortiguado era lo único que rompía el silencio.
—¿Vas a estar mucho rato haciendo eso? —preguntó Takeshi con los ojos aún cerrados.
—No estoy segura. —Dejó de hacerlo—. ¿Piensas guardar silencio toda la noche?
—Probablemente.
—Entonces creo que seguiré haciéndolo.
Takeshi echó la cabeza hacia atrás, la miró y esos iris oscuros la atrajeron como un imán. Se humedeció los labios, evitando con cuidado el corte, y Takeshi deslizó la mirada hacia su boca. La temperatura de la celda aumentó mientras se observaban mutuamente.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó él al cabo de un rato.
—Mejor. —Era la verdad—. Me duele la cara, pero sobreviviré.
Takeshi siguió con los músculos tensos y su energía infernal la envolvió como si fuera una capa.
—Lo siento —susurró en un tono de voz tan bajo que Khalani apenas llegó a oírlo.
—¿El qué?
—Haber accedido a este plan. Permitir que te trajeran aquí.
—Tú no has permitido nada. —Negó con la cabeza—. Fue decisión mía.
—Y yo debería haberte retenido y haberlos obligado a buscar a otra persona.
—¿Acaso no me crees capaz?
—No es eso, Kanes.
—Entonces, ¿qué es? Ya te he dicho que estoy bien —insistió Khalani alzando la voz.
Takeshi apretó la mandíbula y, con una mirada terca clavada en la puerta, no dijo nada más. En lo que a él respectaba, la conversación había terminado.
—No hagas eso —le espetó Khalani, que no estaba dispuesta a soltar la presa—. No te cierres conmigo. Dime la verdad. Crees que soy demasiado débil. Es eso lo que tratas de decirme, ¿verdad?
Takeshi la miró con la misma intensidad que lo hacía ella.
—Ya deberías saber que no. Nunca me he cuestionado tu fortaleza. Joder, ya sé que puedes hacer frente a cualquier cosa que se te ponga delante.
—Entonces, ¿cuál es el problema? Mira hasta dónde hemos llegado. Vamos a salir muy pronto.
Khalani se aferraba a esa esperanza con todas sus fuerzas porque, si los localizadores que les habían introducido en las venas fallaban, era probable que acabaran muriendo en esa caverna.
—Te han hecho daño.
Takeshi aspiró con brusquedad y la miró como si fuera el aire que no quisiera respirar.
Khalani puso los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que estoy…
—No vuelvas a decir esa palabra —la interrumpió. Su voz grave de tenor sonó como un latigazo—. Y menos cuando aún puedo ver las marcas en tu rostro.
—¿Y qué? —resopló Khalani—. Ya se curarán. ¿No es precisamente esa la razón de que me enseñaras a pelear?
—Sí, pero preferiría que nunca tuvieras que pasar por eso.
—¿Y qué vas a hacer cuando salgamos de aquí?, ¿encerrarme en un dormitorio?
Khalani se echó a reír, incrédula.
Takeshi enarcó una ceja, como si fuera la sugerencia más inteligente que hubiese oído en toda la semana.
—No. Nada de encierros ni de esconderse. —A estas alturas, no podía creer que se viera obligada a pronunciar esas palabras—. Pelearé con más fuerza y entrenaré más duro, así no me considerarás una carga —gruñó, cruzando los brazos y contemplando las grietas en los azulejos blancos.
Estaba harta de tener que demostrar su valía a todo el mundo. Quería que la gente la considerara una persona fuerte en cuanto la viera.
—Khalani, mírame.
Alzó los ojos al oír su nombre de pila en labios de él.
—Nunca has sido ni serás una carga —afirmó—. Sé que puedes enfrentarte a todo lo que se te presente y contraatacar con más fuerza si cabe. Pero si te pasara algo… —Takeshi se interrumpió y apartó la mirada, tensando los músculos.
Khalani se puso en pie con el corazón desbocado, a punto de salírsele del pecho. El temblor de las manos la traicionaba y demostraba lo agitada que se sentía. Le dio la espalda y miró hacia el desierto pasillo de paredes blancas al otro lado de la puerta de su celda.
El recuerdo de lo que le había dicho aún la atormentaba, supurando como una herida abierta.
Cuando Takeshi le había asegurado que, fuera lo que fuese lo que había entre ellos, había terminado, le había dolido hasta límites insospechados. La noche de la discoteca, cuando había jugado con sus sentimientos, la había hecho sentir la persona más estúpida y ridícula sobre la faz de la Tierra.
Algunas heridas se curaban con el tiempo. Pero las suyas solo se hacían más profundas.
—En cualquier caso, ¿a qué viene esa necesidad constante de protegerme? —preguntó Khalani. Respiró hondo y notó un regusto amargo en la lengua—. Ni siquiera te importo tanto.
—¿Eso es lo que crees?
—Es lo que sé.
—Entonces no has prestado atención.
—¡Tampoco es que me hayas dado muchas pistas!
—Se volvió y lo fulminó con la mirada—. Si no recuerdo mal, parecías muy satisfecho cuando me dijiste que todo había terminado entre nosotros.
Me has dicho adiós más veces de las que recuerdo.
Pero ¿a quién quiero engañar? ¿Acaso hubo alguna vez un «nosotros»?
Por fin estaba dando rienda suelta al caos que sentía en su interior. Takeshi la observaba fijamente mientras cientos de emociones se reflejaban en su rostro.
De pronto, se puso en pie despacio y fue hacia ella, invadiendo su espacio. Pero Khalani, en lugar de apartarse, alzó la barbilla en un gesto desafiante pese a las descargas de electricidad que la recorrían.
Takeshi dio otro paso calculado, obligándola a retroceder hasta que su espalda se encontró con la pared. Apenas unos centímetros los separaban, y se cernió sobre ella.
—Se me da bien mentir —susurró.
Khalani frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que, por muchas veces que me haya dicho que lo nuestro había terminado, soy perfectamente consciente de que nunca podré olvidarte.
Eres de esa clase de personas especiales a las que nadie olvida.
—Clavó en ella sus ojos negros como el carbón, pidiéndole que prestara atención a lo que tenía que decirle—.
He tratado por todos los medios de guardar las distancias, pero no consigo controlarme.
Cuando me miras, lo único que deseo es terminar lo que empezamos esa noche en prisión y hacerte completamente mía.
Así que voy a dejar algo claro: da igual lo que ocurra entre nosotros.
Desde ahora hasta el día de mi muerte, siempre te desearé.
Siempre te protegeré. Incluso si no fueras mía…
—añadió, rechinando los dientes—, seguiría protegiéndote.
Quiero que sepas que, si alguien te hace algo, aunque sea el más mínimo rasguño, puede despedirse de su existencia.
El peso de la verdad la golpeó como un ariete y destruyó sus barreras, destripando todas las líneas de pensamiento y razonamiento.
Lo único que quedó fue una chispa implacable, que le recorrió todo el cuerpo y la hizo sentir como si quisiera salir de su propia piel.
—Takeshi…
—No espero nada a cambio, Khalani. Solo… necesitaba que supieras la verdad de una vez por todas.
No le sostuvo la mirada, como si esperara que ella se alejara después de aquella confesión.
Khalani nunca había puesto un pie en un océano.
Winnie los había mencionado un par de veces en la prisión de Braderhelm, diciéndole que eran enormes cuerpos de agua en la superficie que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Al parecer, podías adentrarte en ellos y sumergir la cabeza por completo mientras las olas rompían contra ti.
Así era como se sentía en ese momento.
Unas olas poderosas se estrellaban contra ella, arrastrándola cada vez más hacia abajo, hacia lo desconocido.
Conteniendo la respiración, clavó sus ojos en los de Takeshi. Lo miró de verdad. Y lo que vio fue a un hombre lleno de instintos violentos y cicatrices enterradas. Que luchaba por lo que creía. Que escuchaba de verdad y no solo se limitaba a pensar en lo que diría a continuación.
Takeshi animaba a otros a descubrir sus fortalezas y, bajo esa armadura de acero, había un corazón que latía con una pasión desbordante, con fervor y amor.
Aunque quizá esa última palabra no era la correcta.
Quizá esa era la emoción que gritaba por salir del cuerpo de Khalani, la que se había vuelto más intensa desde que había abierto el libro de poesía que Douglas le había dado en Apolo.
Siempre había pensado que el amor era el comienzo de su historia, y que todas las historias tenían un final, ese momento en el que pasas la última página y todo ha terminado.
Sin embargo, había comprendido que el amor no tiene final.
Que perdura.
Que recorre este mundo sin rostro, sin noción del tiempo ni lógica. Sencillamente, existe. Y, sencillamente, seguirá existiendo.
Eso fue lo que pensó Khalani al acortar la distancia que los separaba para besarlo.
Al principio, Takeshi no le devolvió el beso.
Pero luego le rodeó el cuello con un brazo, la atrajo hacia él y la besó como si fuera su última noche en la Tierra.
Los labios de Khalani siguieron los movimientos de los de Takeshi con el mismo abandono. Deslizó la lengua en su boca, y él dejó escapar un gemido, atrayéndola aún más y llevando la otra mano hacia la parte baja de su espalda.
Khalani le rodeó el cuello con los brazos y se puso de puntillas, aspirando su embriagador aroma, rogando que el tiempo se detuviera.