26. A menudo me pregunto si fue el mundo el que me cambió o si tomé esa decisión por mí misma. #3
Khalani, en cambio, tragó saliva y se negó a apartar la mirada.
Takeshi se cernió sobre el hombre, que murmuraba suplicando clemencia. A juzgar por la sed de sangre en el rostro de Takeshi, no iba a obtenerla.
Sin embargo, el segundo prisionero, también corpulento, se recuperó, se abrazó a Takeshi y lo levantó del suelo.
Takeshi se dobló sobre sí mismo, volteó al hombre por encima de su cabeza y lo estrelló contra el suelo junto a su amigo, que aún se lamentaba.
El hombre abrió los ojos de par en par justo cuando Takeshi alzó el pie y le golpeó la entrepierna.
El rostro del prisionero adquirió una tonalidad morada y soltó un grito desgarrador.
Pero el capitán no había terminado. Se agachó, apoyó la mano izquierda en el hombro del prisionero y empezó a descargar derechazos, uno tras otro, con intensidad creciente.
Nadie se movió.
Todos parecían petrificados, sobrecogidos. Khalani respiraba entrecortadamente mientras la sangre salpicaba el rostro inexpresivo de Takeshi.
«En otra vida, creo que me habría gustado pintar».
Las palabras de Takeshi resonaron en su mente mientras sus puños se teñían de rojo.
Lo visualizó de niño.
Dibujando con su madre. Sonriéndole con esos ojos negros, inocentes y hermosos. Sufriendo la desaparición de la persona que más amaba y viéndose obligado a convertirse en guardia de una prisión mortal.
Esa necesidad innata de proteger se había transformado en algo implacable, y ahora ahí estaba, para que todos la vieran y la juzgaran.
Mientras la sangre le salpicaba el rostro, Khalani comprendió una verdad brutal.
No era culpa suya haberse conformado con esa vida cruel que nunca había elegido.
Apolo le había robado su pasión, su razón de ser. Y Khalani decidió que no permitiría que este mundo despiadado le arrebatara nada más.
—Takeshi.
Dando un paso, se adentró en el círculo y atrajo todas las miradas.
Takeshi detuvo el puño en el aire al oír su voz y se volvió hacia ella.
Khalani casi no llegó a reconocerlo. Miles de gotas de sangre ajena le salpicaban el rostro como si fueran una pintura de guerra.
Tenía los dientes apretados como los de aquellos animales salvajes sobre los que ella leía cuando era niña.
Se asustó y consideró dejar que los demonios de Takeshi tomaran el control y olvidar por completo al peligroso capitán.
Pero, por mucho que discutieran o por mucho rencor que se guardaran, Takeshi nunca dejaba de protegerla con todo su ser, de la forma más instintiva.
Destruyéndose a sí mismo para que ella no tuviera que hacerlo.
Khalani alzó la cabeza y afianzó los pies en el suelo, dispuesta a no retroceder.
—Takeshi —repitió con más fuerza—. Déjalo ya.
—Te hicieron daño —gruñó él.
Agarró el uniforme del hombre aún con más fuerza, listo para continuar con aquella carnicería. En su mente, la simple participación de esos hombres en el sufrimiento de Khalani merecía la muerte.
—Sí. Y ya han aprendido la lección. Por favor, basta.
«Por favor, vuelve conmigo…».
Estuvo a punto de pronunciar esas palabras, pero se las tragó y las enterró en lo más profundo de su corazón.
Con los dientes apretados, como si lo último que quisiera hacer fuera detenerse, Takeshi vaciló durante un segundo, pero sin apartar los ojos firmes e inquebrantables de los suyos.
Khalani le sostuvo la mirada, tratando de comunicarle que creía que él era más fuerte que todas las muertes que lo habían forjado.
Al igual que ella.
Takeshi tomó aliento de repente y se enderezó.
Retrocedió despacio, alejándose de los dos hombres en el suelo.
Khalani suspiró aliviada al ver que se acercaba a ella.
Sin embargo, el capitán se detuvo y miró a la multitud de prisioneros que lo rodeaban, como si buscara establecer contacto visual con cada uno de ellos.
—Esos dos siguen vivos por una sola razón, y es ella. —Su fuerte voz se elevó por todo el círculo mientras señalaba a Khalani, y hasta ella se quedó inmóvil ante la vehemencia de sus palabras—. Si alguien se atreve a mirarla de la forma equivocada, lamentará haber nacido.
La atmósfera se volvió tan pesada que casi resultaba difícil respirar.
De pronto, la atronadora alarma perforó el aire y todos se estremecieron. Al principio, nadie se movió: siguieron mirando a Takeshi con los ojos abiertos de par en par y una expresión asustada, pero, poco a poco, comenzaron a dispersarse.
Algunos prisioneros ayudaron al hombre inconsciente y se lo llevaron a rastras. El del brazo roto se levantó de inmediato y se alejó a toda prisa con la cara enrojecida surcada de lágrimas.
Aunque no tendría que haber sido así, a Khalani la escena le suscitó cierta satisfacción.
Todos se marcharon, pero Takeshi no se movió; ni siquiera la miraba.
Ella se mordió el labio y cambió el peso del cuerpo de un pie al otro, incómoda al comprender que sus desacuerdos se habían reavivado.
—Takeshi, yo…
—Kanes —la interrumpió él, respirando hondo y dejándole claro que su escasa paciencia estaba a un segundo de agotarse—. Volvamos a la celda.