Us deadly few (Los oscuros 2) 26. A menudo me pregunto si fue el mundo el que me cambió o si tomé esa decisión por mí misma. #2
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26. A menudo me pregunto si fue el mundo el que me cambió o si tomé esa decisión por mí misma. #2

—No —replicó Khalani, luchando contra el mareo—. Ellos se quedan.

—No son parte de nuestro grupo.

—Pero sí son parte del mío.

Lo dijo con voz autoritaria, como si fuera el chasquido de una cadena al golpear el suelo.

Desde el momento en que habían llegado al campo, Elise se había ocupado de ellos. Puede que recelara un poco, pero la había cuidado pese a no estar obligada a hacerlo.

Khalani se negaba a abandonar el campo sin Elise y su padre.

Jack apretó los labios hasta convertirlos en una línea pálida y delgada, y Elise adoptó una expresión confundida. Entonces, Takeshi cedió con un leve asentimiento y Jack se volvió hacia la joven.

—Nada de lo que se diga aquí puede salir de este grupo. Si nos traicionas, enterraré las extremidades de tu padre en cada esquina de Hermes —la amenazó con una voz tan fría que la caverna se quedó sin aire.

—A diferencia de algunas personas, sé cómo mantener la boca cerrada, Jack —siseó Elise, inclinándose hacia delante—. Pero amenaza a mi padre otra vez y te cortaré todas las venas con esa baraja de cartas que siempre llevas encima.

—Bien. Me alegra saber que nos hemos entendido.

Jack asintió, al parecer imperturbable ante la amenaza; más bien como si, en realidad, esa violenta promesa lo tranquilizara.

—¿Cuál es el plan? —se impacientó Takeshi.

Jack se volvió hacia él y tomó aliento.

—Ryder y yo hemos avisado a algunos de nuestros miembros aquí en el campo. Todos están listos para actuar. Mañana, cuando lleguen los Ases, atacaremos a los crupieres y nos quitaremos estos grilletes.

—¿Cómo van a entrar? —preguntó Khalani, entusiasmada.

Pese a la rigidez que sentía en la espalda, se irguió y se olvidó durante un instante del dolor y las náuseas.

—Spade sabe perfectamente que tendrá que buscar una buena distracción para sacarnos de aquí. Supongo que será algo… explosivo.

Khalani y Takeshi se tensaron, sin saber si lo habían oído bien.

—No sé el momento exacto del ataque, pero tenemos que estar preparados para cuando ocurra —continuó Jack—. Una vez que nos libremos de las esposas, nos dirigiremos a toda prisa hacia el túnel de salida. No os preocupéis por nadie más. ¿Entendido?

Los miró a ambos con seriedad mientras Elise asistía a la escena boquiabierta.

—¿Me estáis diciendo que mañana van a rescatarnos? —preguntó con total incredulidad.

—Sí. —Khalani le tomó la mano—. Vamos a sacaros a ti y a tu padre de aquí.

—Pero tienes que estar lista para luchar y aceptar la posibilidad de que podemos morir —añadió Ryder entornando los ojos.

Elise miró de reojo a su padre, que estaba ensimismado, murmurando sin dejar de acariciar el anillo.

Aunque los ojos se le llenaron de lágrimas, enseguida adoptó una expresión seria y se volvió hacia Jack.

—Podéis contar con nosotros. No vamos a pasar ni un minuto más en este maldito lugar.

Khalani sintió que un torrente de energía desbordada la invadía mientras concretaban los detalles de la fuga. Como si pudiese correr durante kilómetros y enfrentarse a los crupieres allí mismo, en ese preciso momento.

Pero tenían que esperar. Solo. Un. Día. Más.

Ya de regreso en los túneles, el repiqueteo del metal sonaba a final sinfónico. Un último hurra para la que, como esperaba, iba a ser la última vez en la vida que veía un pico.

Takeshi permanecía callado, taciturno, y hacía la mayor parte del trabajo que le correspondía a ella.

Sin embargo, Khalani se daba cuenta de que en el interior del capitán se estaba formando una tormenta descontrolada.

—No te muevas de aquí —le ordenó Takeshi durante el último descanso del día.

Antes de que pudiera preguntar adónde iba, vio que se dirigía hacia el área de combate.

Khalani frunció el ceño y lo siguió sin pensarlo dos veces.

Cuando Ryder empezó a andar junto a ella, Khalani se cruzó de brazos.

—¿Qué quieres? —soltó con brusquedad.

—¿No puedo interesarme por cómo estás?

—No.

—Pues estás hecha un asco —comentó con franqueza.

—Gracias. Estoy segura de que las mujeres de Hermes están llorando por las esquinas tras haber perdido a alguien tan encantador e irresistible como tú.

Ryder se llevó la mano al pecho.

—Me has herido. De verdad. Solo quería ver cómo… ¿Adónde ibas?

Ignorando la pregunta, Khalani se abrió paso entre la multitud de curiosos que se apelotonaban para disfrutar de la siguiente pelea. Miró a derecha y a izquierda en busca de Takeshi.

Unos segundos después, lo vio.

La muchedumbre se abrió a su paso. Se encaminaba hacia el centro y fulminaba al público con una mirada depredadora.

¿Qué demonios se proponía?

—¿Con quién vas a pelear? —preguntó uno de los reclusos.

Takeshi posó los ojos en alguien, tensando visiblemente los músculos.

—Con ellos.

Señaló a dos prisioneros.

Los hombres a los que había señalado miraron a sus espaldas con aire confundido, como si todo aquello no fuera con ellos. Pero, al ver que no les quitaba ojo de encima, sacaron pecho.

—No puede pelear contra dos.

—Es un suicidio.

Los murmullos recorrieron la multitud cuando los dos hombres avanzaron hacia el centro del círculo de combate. Un brillo destelló en los ojos de Khalani al reconocerlos. Eran los dos prisioneros que custodiaban las puertas de las duchas mientras el otro hombre la agredía.

—¿Seguro que quieres pelear contra los dos? Esta vez no nos tomarás por sorpresa y no nos vamos a contener —se mofó uno de ellos.

Takeshi alzó levemente la comisura de los labios, pero en sus ojos negros ardía una promesa de represalia violenta.

—Es precisamente lo que espero.

Khalani se abrió paso hasta la primera fila mientras los dos hombres lo rodeaban, moviéndose en direcciones opuestas. Takeshi permaneció inquietantemente inmóvil, con los brazos colgando a los costados, esperando el ataque.

Con un gruñido, ambos hombres lo embistieron y empezaron a lanzar puñetazos simultáneos a ambos lados del rostro de Takeshi.

Él se agachó a tal velocidad que Khalani apenas llegó a captar el movimiento. Apoyó una mano en el suelo, giró la pierna y barrió a uno de ellos.

Acto seguido, se volvió y golpeó en el esternón al otro hombre, que retrocedió tambaleándose y llevándose las manos al pecho como si se lo hubieran golpeado con un mazo.

El primer recluso se levantó de un salto; en su rostro ya no se veía atisbo de diversión. Alzó los puños, hizo una finta y cargó. Takeshi se agachó y, anticipándose a cada movimiento, esquivó los golpes.

Se movía como el agua, sin esfuerzo y sin límites. Su expresión era pavorosamente serena e imperturbable mientras se enfrentaba a sus oponentes, pero la profunda furia que se reflejaba en sus ojos traicionaba la fragilidad de ese autocontrol.

El otro hombre aún resollaba, tratando de recobrar el aliento. El prisionero que peleaba con Takeshi empezó a cansarse. Sus amplios puñetazos se volvieron cada vez más desesperados al ver que no conseguía darle.

Takeshi, por su parte, no disminuyó el ritmo. No levantó los puños. Casi como si estuviera jugando con él. Prolongando el sufrimiento un poco más.

Al darse cuenta, el prisionero gruñó y soltó una carcajada amarga.

—Ojalá hubiera sido yo el que se folló a tu putita en las duchas —dijo.

Khalani ahogó un grito y clavó la mirada en Takeshi.

Su calma se había hecho añicos. Bajó la cabeza y curvó la comisura del labio superior en una leve sonrisa. En sus ojos ya no ardía la venganza.

Ahora solo reflejaban aniquilación.

Cuando el prisionero volvió a lanzar un golpe, Takeshi le atrapó el puño a escasos centímetros del rostro. Sin darle tiempo para reaccionar, le asestó un derechazo en la mandíbula.

La cabeza del prisionero salió disparada hacia atrás y, en un abrir y cerrar de ojos, Takeshi le dobló el brazo hasta que los dedos le tocaron el codo, casi como si fuera la curva de aquel arcoíris que Khalani había visto una vez en Génesis.

Con un crujido brutal, se lo rompió.

El hombre soltó un grito desgarrador y se desplomó al suelo, abrazándose el brazo que ahora apuntaba en la dirección equivocada; un reguero de lágrimas le resbalaba por el rostro.

Varios prisioneros a su alrededor se llevaron la mano a la boca, horrorizados por la escena que se desarrollaba ante ellos.