26. A menudo me pregunto si fue el mundo el que me cambió o si tomé esa decisión por mí misma.
A menudo me pregunto si fue el mundo el que me cambió o si tomé esa decisión por mí misma.
K halani se despertó de repente cuando el estridente chillido de la alarma atravesó las paredes de la celda, arrancándola del único descanso apacible del que había disfrutado en semanas. Pero sus ojos se negaban a abrirse, como si prefirieran una vida en sueños a la anarquía que la aguardaba.
—No pasa nada, Kanes. Estoy aquí contigo.
Al oír esa voz profunda y resonante, abrió los ojos de golpe.
Estaba en brazos de Takeshi, recostada sobre su pecho.
Le había apoyado una de las manos en la zona lumbar, mientras que con la otra le sostenía la parte posterior de la cabeza.
Sus largos dedos se introducían con dulzura entre sus cabellos y la sujetaban firmemente.
La estridente alarma de fondo dejó de sonar. El dolor palpitante en la cabeza se calmó.
Takeshi la observaba con intensidad, y en sus ojos oscuros Khalani distinguió una emoción desconocida. Quizá fuera preocupación, o algo más profundo, algo que la atraía como un fuego ardiente.
En un mundo teñido de dolor, no debería existir algo tan atractivo.
Takeshi la examinó y tensó los músculos al ver a la luz el corte profundo que tenía en el labio y lo que sin duda era el principio de un moratón en el pómulo. Llevaba el pelo revuelto, como si se hubiera pasado la noche entera peinándoselo con los dedos.
—¿Estás bien? —preguntó ella, recordando la descarga que había recibido.
—¿Por qué me lo preguntas? Es a ti a quien han atacado brutalmente —susurró Takeshi, mirándola desde arriba con una mezcla de desasosiego y asombro.
—Me duele la cara y la cabeza —admitió—. Pero me recuperaré.
Casi de forma imperceptible, sintió que las manos que hasta entonces la habían sujetado con dulzura se tensaban y que Takeshi torcía el gesto, como si quisiera decir muchas cosas, pero no supiera cómo.
—Tenéis que levantaros —los instó una voz a su derecha—. He oído que los crupieres están de muy mal humor hoy.
Khalani se volvió y vio a Elise en el umbral, observándola y conteniendo la respiración al ver las marcas que la agresión le había dejado en el rostro.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien.
Reprimió un gemido al ponerse en pie y sintió tal vértigo que estuvo a punto de perder el equilibrio.
Alguien se apresuró a agarrarla de la cintura.
—Quizá deberías tumbarte otra vez.
Khalani negó con la cabeza.
—Puedo con esto.
Takeshi la miró tensando un músculo de la mandíbula, como si estuviera a punto de encerrarla en la celda y dejarla allí el resto del día, tal como solía hacer cada noche en Braderhelm.
Sin embargo, percibió la determinación en su mirada, su convicción de no mostrar debilidad ni ser una carga. Así que, sin decir palabra, la soltó, dejando que Khalani se sostuviera por sí misma.
Cuando pasó junto a Elise, esta frunció aún más el ceño, dejando claro que Takeshi no era el único que pensaba que las minas eran el último lugar donde debía estar Khalani.
No obstante, ella estaba acostumbrada al dolor y al abuso, a ignorarlos hasta olvidarse de ellos y a fingir que el trauma no existía. No era lo más saludable, desde luego, pero sí lo más efectivo.
Los prisioneros se alinearon para la inspección. Algunos se estremecieron al ver los moratones, mientras que otros le lanzaron de soslayo miradas crueles y acusadoras. No cabía duda de que la responsabilizaban de la muerte de otro prisionero. Si supieran la verdad…
En la fila, Khalani advirtió que Takeshi miraba extrañado hacia un punto entre la multitud.
Conteniendo el aliento.
Con los puños apretados.
Ella intentó seguir su mirada…
—¡Ponte recta para la inspección!
Khalani se volvió de golpe hacia el frente mientras los crupieres se paseaban entre las filas de prisioneros. Varios guardias fulminaron a Takeshi con miradas asesinas y se aferraron a los dispositivos electrónicos.
Los hicieron permanecer en fila mucho más tiempo del habitual. Con las piernas entumecidas, Khalani cambiaba continuamente el peso de un pie al otro y parpadeaba para no dormirse.
Al cabo de una hora, le temblaron las piernas y se tambaleó. Junto a ella, Takeshi soltó una maldición.
—¡El doctor Strauss! ¡Arrodillaos! —gritó justo en ese preciso momento uno de los crupieres.
Fue la primera y única vez que agradeció poder hacerlo.
Cuando el doctor Strauss apareció, les lanzó una mirada más fría de lo normal. Examinó las filas de prisioneros con el ceño fruncido mientras golpeaba el bolígrafo contra el sujetapapeles. Era el único sonido que rompía el silencio.
—¿Sabéis por qué estáis aquí? —preguntó el doctor Strauss con calma.
Nadie respondió. Hasta los guardias apartaron la mirada.
—¿Nadie? —añadió.
El doctor Strauss recorrió despacio la fila en la que estaba Khalani, que mantuvo la vista clavada en el suelo y se obligó a mantenerse erguida.
—Estáis aquí porque sois impulsivos. Desobedientes. Rebeldes. Como niños malcriados y consentidos —escupió—. Estáis aquí para que os guiemos hacia una vida mejor, una vida con propósito. Pero algunos de vosotros simplemente… os negáis a que os salven.
Arrojó el sujetapapeles al suelo y, pese a que un escalofrío recorrió la multitud, todos mantuvieron la cabeza baja, como si les fuera la vida en ello.
El doctor Strauss pareció recordar quién era: tomó aliento, recogió la carpeta y se alisó la bata blanca.
Khalani alzó la cabeza y, de repente, se encontró con sus ojos glaciales.
Se quedó paralizada, como si, de golpe, se le hubieran clavado unas garras afiladas en la piel. Aun asi, y por alguna razón, no apartó la vista.
El doctor Strauss se llevó la mano a la barbilla y se la golpeó lentamente con los dedos mientras observaba a la única prisionera que se atrevía a sostenerle la mirada.
Unos sollozos resonaron en la caverna, rompiendo la concentración del doctor Strauss. Se volvió hacia una chica más joven con una melena de color castaño claro, cuyos hombros temblaban mientras las lágrimas le corrían por el rostro.
—¿Qué tenemos aquí? ¿Lloras por los lamentables actos que has cometido o es que quieres que te salven? —le dijo, plantándose ante ella.
La chica no respondió; con la espalda encorvada y temblando como una hoja, su llanto se intensificó.
—Lleváosla —ordenó el doctor Strauss.
Los guardias obedecieron de inmediato.
—¡No! ¡Nooo! ¡Por favor!
Nadie reaccionó a sus lamentos. Todos parecieron inclinarse aún más hacia el suelo con la esperanza de que la tierra se los tragara.
—¡A las minas! —gritaron los crupieres mientras se llevaban a la chica.
Su llanto fue desvaneciéndose poco a poco, aunque se quedaría grabado en las paredes de aquella maldita caverna. Khalani se puso en pie con dificultad, sacudiéndose la grava de las rodillas.
Takeshi se acercó a ella a grandes zancadas con aire preocupado.
—Estás más pálida de lo normal —dijo casi en tono acusatorio.
—Gracias. De niña no tomé mucho el sol.
—Kanes.
—Takeshi.
Ella le sostuvo la mirada oscura.
—No deberías trabajar si estás herida.
—Claro, si pido un descanso, seguro que me lo dan encantados. Hasta me traerán una mecedora.
Puso los ojos en blanco, se volvió y siguió al resto de los prisioneros, esforzándose por caminar en línea recta pese a tener la sensación de avanzar por un espeso lodo.
Takeshi le lanzó una de esas miradas que decían que era insufrible y que se estaba buscando su propia condena.
Pero, pese a ello, empezó a caminar a regañadientes junto a ella, lo bastante cerca como para sostenerla en el caso de que se tambaleara o cayera.
—No sé de qué te extrañas —comentó ella, tomando una bocanada de aire para ahuyentar las náuseas—. ¿Qué habrías hecho tú si te hubiera pedido un descanso en Braderhelm?
—¿Tú qué crees? —respondió con el rostro impasible—. Te habría traído una mecedora.
Khalani soltó una carcajada, un sonido que raramente se oía en el campo de prisioneros, y varios reclusos se volvieron y la miraron extrañados.
Incluso en medio del dolor y de un destino que parecía más aciago con cada minuto que pasaba, ese capitán silencioso y distante que la había odiado desde el primer momento en que la había visto era el que la hacía reír.
Sin duda, el mundo se había vuelto loco.
Se aferró al pesado pico y respiró hondo mientras los guardias los observaban con atención.
Para su sorpresa, advirtió que Elise y Jack no andaban lejos. Incluso Ryder hizo un leve ademán con la cabeza en señal de solidaridad.
Y eso le recordó una lección importante que había estado a punto de olvidar: que, en el mundo, había muchas más buenas personas que malas. Aunque no siempre lo parecía, porque el mal solía ser más ruidoso.
En cambio, la esperanza solía encontrarse en los momentos de calma.
En las sutiles miradas de unidad entre desconocidos.
En la mano de Takeshi, enredándose con dulzura en su pelo en mitad de la noche.
Se encontraba en la risa de Serene y en la convicción de Winnie de que podían hacer del mundo un lugar mejor.
Y, por esa misma razón, levantó el pico y empezó a golpear.
Gritaría por los que no tenían voz. Porque eso era lo que la vida le había enseñado.
A entregarse por completo.
Horas después, cuando sonó la alarma, casi se desmayó de alivio. Y casi vomitó en el suelo al salir de los túneles. Sentía como si le estuvieran golpeando la cabeza una y otra vez contra un muro de ladrillos.
Khalani recogió el cuenco de comida y se sentó. Apoyó la cabeza en las rodillas, tratando de encontrar estabilidad en el suelo firme.
Unas manos suaves le apartaron unos mechones de la nuca sudorosa y se los recogieron en un moño desordenado. Al alzar la cabeza, vio a Elise, que asentía con la cabeza, recostada en el muro.
—¿Mejor?
Khalani logró esbozar un atisbo de sonrisa.
—Sí.
Justo en ese momento, Jack y Ryder aparecieron. Y, para sorpresa de todos, se sentaron con ellas.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Khalani, extrañada.
En teoría, debían guardar las distancias en el campo.
—Tenemos que hablar. —Jack miró fijamente a Elise y a su padre, que murmuraba sin soltar el anillo de Prometeo, y añadió—: Largaos.