Us deadly few (Los oscuros 2) 25. Deshazte de mi cuerpo y entierra con él todas las verdades. #2
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25. Deshazte de mi cuerpo y entierra con él todas las verdades. #2

—¿Así que no tiene nada que ver conmigo? —La voz de Takeshi era tan grave que Khalani casi no la reconoció—. En el momento en que le has puesto la mano encima, has firmado tu sentencia de muerte.

El prisionero se abalanzó hacia la puerta y Takeshi lo embistió. Lo agarró por el pelo y le dio un rodillazo en el estómago.

El prisionero se dobló en dos, casi sin aliento. Takeshi aprovechó para cogerlo del cuello y estrellarle la cabeza contra el suelo con tanta fuerza que rompió una baldosa.

El prisionero levantó el rostro y Khalani vio que estaba completamente aplastado y destrozado.

Takeshi lo tumbó bocarriba y se sentó a horcajadas sobre él, igual que había hecho el hombre con Khalani.

A continuación, empezó a pegarle puñetazos.

Sin parar. Se tomaba su tiempo entre cada uno de ellos, disfrutando de la sangre que salpicaba las baldosas blancas, examinando las zonas que podían dolerle más y atacando sin piedad esas debilidades.

En medio de los puñetazos, el prisionero ladeó la cabeza y vio a Khalani en un rincón, en pie, inmóvil e hipnotizada por la escena que se desarrollaba ante ella.

—A… A… Ayúdame —siseó con voz ronca entre los dientes que le faltaban.

Sus palabras solo provocaron que Takeshi descargara los golpes con más violencia.

—No mereces morir viendo algo tan hermoso —gruñó.

Con una frialdad inquietante, se cernió sobre él. El cuerpo del hombre se convulsionó cuando Takeshi le sacó los ojos.

Inconscientemente, Khalani se deslizó por la pared hasta el suelo mientras los gritos resonaban a su alrededor. Se le nubló la vista y la jaqueca se intensificó.

Tres crupieres entraron de repente en la estancia y abrieron los ojos de par en par al ver que Takeshi estaba golpeando al prisionero hasta convertirlo en una pulpa sangrienta.

—¡Basta! —gritó uno de ellos.

Sin embargo, Takeshi los ignoró y continuó infligiendo su castigo letal.

Los crupieres sacaron los dispositivos electrónicos y Takeshi empezó a sacudirse de inmediato al recibir la descarga. Pero torció el gesto y siguió golpeando al prisionero en el suelo, ignorando el dolor.

—Qué demonios…

Los crupieres subieron el voltaje. Takeshi se convulsionó sin control y cayó al suelo, con los puños aún apretados. A Khalani se le desbocó el corazón, presa del pánico, al ver que seguían dándole descargas.

Ver a Takeshi sufrir removió algo en su interior. Se sabía vulnerable al dolor, pero aquello la golpeó con la fuerza de una montaña.

—¡No le hagáis daño! —gritó, pero los crupieres la ignoraron.

—¡Llevadlos a la celda!

Alguien la agarró del brazo y la obligó a levantarse. El crupier la condujo a la salida y Khalani se tambaleó, extendiendo las manos para recuperar el equilibro. Refunfuñando sobre lo lenta que iba, el guardia le dio un empujón y la obligó a caminar.

Takeshi soltó un gruñido amenazante a sus espaldas, pero Khalani ya casi había llegado al exterior y no entendió lo que decía.

Dio un respingo al ver a dos prisioneros en el suelo, justo delante de la puerta. El leve movimiento en sus torsos indicaba que aún respiraban; eran los encargados de vigilar la puerta mientras el otro hombre trataba de violarla y matarla.

A juzgar por su estado, se habían topado con el intimidante capitán de la prisión de Braderhelm.

—Joder, qué carnicería —soltó el crupier apretándole el brazo y arrastrándola hacia los barracones.

El martilleo en la cabeza se intensificó y se dejó llevar. Con el rabillo del ojo vio el destello de unos cabellos rubios y, al alzar despacio la mirada, se topó con Elise, que la observaba boquiabierta.

—¿Estás bien? He oído un grito procedente de la ducha y me he preocupado. ¿Khalani?

Adoptó una expresión sombría al ver su cabeza ladeada.

Khalani solo quería tumbarse…

—Toma —gruñó el crupier. La empujó con pocos miramientos a los brazos de Elise, que la atrapó ahogando un grito—. Id a vuestras celdas —soltó, sin preocuparse por su estado.

De inmediato, Elise pasó un brazo alrededor de la cintura de Khalani y la ayudó a llegar a los barracones, lo que hizo con dificultad y arrastrando los pies. Khalani no dejaba de gemir y le costaba mantener abiertos los párpados.

Había quedado reducida a la función motora, y solo podía concentrarse en poner un pie tras otro.

—¿Qué te ha pasado? —gruñó Elise.

—Tomaba una ducha… Ha entrado… Golpeado… Takeshi me ha salvado.

Pronunció estas palabras de forma lenta y desordenada.

Elise soltó un bufido de enojo cuando echó un vistazo al feo corte que tenía en el labio y empezó a atar cabos.

Khalani sentía que su cerebro era el cuenco de sopa que comían cada día.

En un abrir y cerrar de ojos, pasaron del pasillo de los barracones a las paredes blancas de su celda vacía. Elise la ayudó a tumbarse, prestando especial atención a su cabeza, y miró a Khalani con el rostro pálido como la cal.

—¡A las celdas! —gritó uno de los guardias.

Elise vaciló.

—No pasa… nada. No quiero… meterte en problemas —susurró Khalani, agradeciendo el frío del azulejo contra la mejilla.

Aunque Khalani vio que Elise fruncía el ceño, no muy convencida, oyó sus pasos, que salían de la celda justo cuando cerraba los ojos. Trató de mantener la cabeza en alto, pero sentía como si la empujaran hacia abajo.

No.

Tenía que mantenerse despierta. Tenía que esperar a Takeshi.

Asegurarse de que estuviera bien. Takeshi la había defendido, sin pensar en las consecuencias que podría tener ese acto para él, y había impartido justicia de la única manera que sabía.

Lo mínimo que podía hacer era mantenerse consciente para agradecérselo cuando… lo trajeran de vuelta.

Tenía que quedarse… despierta.

Parpadeó.

Antes de que la inconsciencia la arrastrara con dulzura, sintió que unos brazos fuertes la aupaban y la sostenían.

Como si fuera la persona más importante del universo.