Us deadly few (Los oscuros 2) 25. Deshazte de mi cuerpo y entierra con él todas las verdades.
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25. Deshazte de mi cuerpo y entierra con él todas las verdades.

Deshazte de mi cuerpo y entierra con él todas las verdades.

D e jó de respirar. Los sonidos que la rodeaban llegaron amortiguados y no oyó a Elise, que no dejaba de repetir su nombre.

Aquellas palabras, invocadas desde un sueño olvidado, eran lo único que captaba su atención.

«Corp. Prometeo».

Era la primera vez que veía ese nombre fuera de Apolo.

La única pista que Timothy Talbot había dado sobre la ubicación del Proyecto Hélix era que el camino comenzaba en Prometeo. El diario también mencionaba que la mitad de las familias involucradas en el proyecto residían en Hermes.

No podía ser una coincidencia.

—¿De dónde sacó esto tu padre? —preguntó Khalani, visiblemente afectada.

—No lo sé —afirmó Elise—. Siempre se lo he visto puesto.

—¿Y no le has preguntado qué significan esas palabras?

—Por supuesto, pero nunca me lo ha dicho.

Khalani examinó el anillo, concentrándose para que aparecieran más palabras. Algo que le diera una pista del significado de Prometeo.

—¿Por qué pones esa cara? ¿Acaso sabes qué es?

Elise se enderezó, con un leve destello de esperanza en los ojos.

Khalani vaciló unos instantes.

La otra persona en el mundo que sabía del diario de Timothy era Winnie, y le había prometido que guardaría el secreto.

—No lo sé… No… me acuerdo —balbuceó, tragando saliva y devolviéndole el anillo.

Elise dejó caer los hombros y, con un gesto lento, le devolvió el anillo a su padre. El hombre se lo deslizó en el dedo con profundo respeto, mientras murmuraba de nuevo:

—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger.

Khalani clavó la mirada en el suelo, embargada por la confusión y el caos, que se entrelazaron como si fueran una tirante y elaborada trenza.

Quizá los propietarios originales del anillo sabían dónde estaba Prometeo. O quizá Prometeo era el nombre de la persona que había elaborado el anillo y que custodiaba el paradero del Proyecto Hélix.

«O Prometeo no significa nada y me estoy agarrando a un clavo ardiendo, a la esperanza infundada de que una entidad muerta tiempo atrás puede salvar al mundo de la ruina», pensó Khalani.

Apoyó la cabeza en la fría roca, reprochándose por no dar con las respuestas. Percibió que Takeshi la miraba, como si su frustración fuera su faro en la tormenta.

Necesitaba espacio para pensar.

Una ducha. Eso era lo que necesitaba.

Khalani había evitado las duchas comunes hasta ese momento, pero estaba cubierta de suciedad y sudor, y cada vez que se olía discretamente las axilas, se veía obligada a fruncir la nariz.

Alzó la mirada hacia el edificio gris y vio que nadie hacía cola. Genial.

—Voy a darme una ducha —le dijo a Elise, poniéndose en pie.

Elise la miró extrañada, pero Khalani emprendió la marcha sin añadir palabra.

Experimentó un hormigueo, como si alguien estuviera observándola, pero lo ignoró y se encaminó hacia el edificio, convenciéndose de que solo eran imaginaciones suyas.

Al entrar en el edificio gris y ver que estaba vacío, dejó escapar un suspiro de alivio. Era un espacio completamente abierto, con una pared blanca de la que salía una hilera de cabezales de ducha.

Se apresuró a desvestirse. Durante un breve instante, dudó al quitarse el sujetador y por último decidió dejarse puestas las bragas blancas.

Después de dejar las prendas en el banco, se dirigió descalza hacia uno de los cabezales.

Giró el grifo y se tensó cuando la salpicó un chorro de agua fría. Armándose de valor, se metió debajo de él, con los dientes castañeteando y cruzándose de brazos instintivamente. Vio una diminuta pastilla de jabón en el suelo. Se agachó para recogerla y se frotó la piel con ella.

Concentrada en el sonido del agua, se deshizo los nudos y enredos con los dedos, tirando del cuero cabelludo. La suciedad le resbalaba por las piernas y desaparecía por el desagüe. Una parte de ella quería quedarse allí más tiempo, pero no podía arriesgarse a que alguien entrara.

Todavía cubriéndose el pecho con las manos, cerró el grifo y se apresuró a ir hasta el banco en el que había dejado el uniforme.

Pero, al acercarse, se quedó de piedra.

No estaba allí. Su ropa había desaparecido.

—¿Estás buscando esto?

Khalani se volvió hacia la puerta con el corazón desbocado. El hombre que antes había pasado por delante de ellas estaba allí, en pie, bloqueándole la salida y paseando la mirada por su cuerpo desnudo con una sonrisa siniestra.

Agitó su ropa en el aire.

—De… Devuélvemela —balbuceó Khalani, tratando de cubrirse el máximo posible.

Para su sorpresa, el hombre le lanzó las prendas a cierta distancia. Sin embargo, no se marchó. Cruzándose de brazos, la observó mientras ella se apresuraba a ponerse la sudadera blanca lo más rápido posible.

—¿De dónde has dicho que eras? —preguntó con un brillo sádico en los ojos.

—No lo he dicho.

El corazón se le aceleró aún más al subirse la cremallera del uniforme con manos temblorosas.

—Tienes acento forastero.

El hombre ladeó la cabeza y clavó unos ojos sorprendentemente grises en ella.

—Soy de los suburbios —replicó Khalani con un hilillo de voz, presa del pánico, mientras metía los brazos por las mangas.

«Lárgate de aquí. Lárgate de aquí».

—Así que de los suburbios, ¿eh? —El prisionero dio otro paso hacia ella, invadiendo su espacio. Sus pensamientos—. No recuerdo haberte visto. Y conozco a todo el mundo en Hermes.

—Bueno, ya sabes lo que dicen. Es fácil pasar desapercibida en un lugar grande.

—En tu caso, me parece que no.

Khalani terminó de ponerse el uniforme y se irguió, dispuesta a ir hacia la salida. Pero el hombre se interpuso en su camino.

—Apártate.

—¿Por qué?

El hombre inclinó la cabeza con aire confundido, como si realmente lo estuviera.

—Porque quiero salir —declaró, concentrándose en la puerta que él seguía bloqueando.

—He visto cómo me has mirado antes. Ya llevo un tiempo aquí, y sé que lo deseas igual que yo.

—Estás loco —siseó, dejando caer el peso del cuerpo unos milímetros hacia la derecha de forma imperceptible.

—No te preocupes, cariño. —Sonrió con amabilidad—. Mis amigos están ahí fuera, vigilando. Nadie nos molestará. Puedo hacer que sea rápido y fácil.

Khalani empezó a respirar de forma entrecortada y entornó los ojos, clavándolos en la puerta.

Solo estaba a unos pasos.

El prisionero se acercó un milímetro y casi la rozó con su barriga prominente. Khalani aprovechó el momento y se apresuró a esquivarlo.

Corrió hacia la puerta y tiró del picaporte. Pero estaba cerrada con llave.

Apoyó el pie derecho contra la pared, agarró el pomo con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas. Pero la puerta no se movió ni un centímetro.

A su espalda, una risa retorcida y desagradable resonó contra los azulejos.

—¡Socorro! —gritó, golpeando la puerta y rezando para que alguien la oyera.

El terror la invadió al ver que el hombre se limitaba a observarla, sin reaccionar. Como si disfrutara contemplando a la presa, saboreando su miedo antes de que comprendiera que no había escapatoria.

—¡Takeshi! —gritó Khalani con todas sus fuerzas en un último intento desesperado.

De pronto, una mano áspera se cerró sobre su boca y la empujó hacia atrás.

Se desplomó en el suelo bocarriba y ahogó un grito al sentir que la muñeca izquierda se le doblaba a causa de la caída.

Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de concentrarse en el dolor. El prisionero se cernió sobre ella, la sujetó por los hombros y la inmovilizó contra el suelo.

Khalani se revolvió.

—¡Apártate! —gritó con fiereza.

Intentó empujarlo, pero él apretó las piernas, constriñéndola aún más.

La emoción que brillaba en los ojos de su agresor era digna de una pesadilla. Pese a sus forcejeos, el hombre la mantuvo inmovilizada y se inclinó hacia delante.

—No te dolerá si no te resistes —susurró.

Empezó a quitarse el uniforme. Justo cuando levantó la mano, Khalani actuó.

Descargó toda la furia que sentía en un puñetazo dirigido hacia la garganta, tal como le había enseñado Takeshi.

El hombre se llevó las manos al cuello, sin aire.

Khalani aprovechó la oportunidad y se zafó de él, pero el hombre la agarró del tobillo y tiró de ella. Con el otro pie, Khalani le atizó una patada directa en la cara.

Vio que la cabeza salía rebotada hacia atrás y se incorporó como pudo, corriendo hacia la puerta con la intención de abrirla de un empujón.

Pero una mano áspera la agarró del bíceps y la hizo girar. Lo único que llegó a ver fueron los furiosos ojos grises del hombre antes de que él le asestara un puñetazo en el rostro que la lanzó contra la pared.

Todo se volvió borroso… Khalani sintió que la sangre le resbalaba por el labio, pero en aquel momento era incapaz de experimentar dolor. Solo veía al prisionero enfurecido abalanzándose de nuevo sobre ella, gruñendo con los dientes apretados.

Khalani levantó los puños, tambaleándose.

Si iban a ser sus últimos instantes de vida, deseaba que la encontraran con los nudillos ensangrentados y sin uñas, señal de que había luchado hasta su último y amargo aliento.

El hombre estaba a tan solo un paso…

¡Pum!

La puerta se abrió de golpe.

El prisionero se detuvo y abrió mucho los ojos, sorprendido al ver que una figura irrumpía como si fuera la muerte en persona.

La mirada apocalíptica de Takeshi se posó al instante en ella.

Al principio suavizó la expresión, aliviado, pero pronto la miró de arriba abajo, desde el pelo aún mojado y el labio hinchado que sangraba hasta los brazos temblorosos y el uniforme que llevaba de cualquier manera después de la agresión.

Su rostro se transformó en el del mismísimo diablo, de una belleza fría y terrible.

El aire a su alrededor se congeló. Se volvió letal.

Giró de golpe la cabeza hacia el prisionero, que estaba cruzado de brazos.

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó el hombre.

Takeshi dio un calculado paso al frente, protegiendo a Khalani con su cuerpo.

Pese a su bravuconería, el recluso retrocedió al percibir el vacío amenazante que rodeaba a Takeshi.

—Esto no tiene nada que ver contigo, tío. Venga, da media vuelta y lárgate.

El hombre palideció aún más al ver la expresión que adoptó Takeshi, fuera la que fuese.