Us deadly few (Los oscuros 2) 24. Tus errores no te definen. #2
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24. Tus errores no te definen. #2

Khalani se echó hacia atrás, sorprendida por la pregunta.

¿Qué quería? Ya ni siquiera lo recordaba.

—Un dibujo. Solo uno —soltó sin reflexionar.

—¿De qué?

—De lo que sea. —Esbozó una sonrisa, tratando de que el aire volviera a la estancia—. A ver adónde te lleva el corazón.

—Creí haber entendido que no tenía —bromeó Takeshi, aunque Khalani percibió que aún estaba dolido.

—Takeshi, ya sabes que lo que dije…

—No pasa nada, Kanes. Estabas siendo sincera —la interrumpió—. Seguro que algunos que me conocen bien dirían lo mismo.

La miró como si la estuviera advirtiendo de que esa dulce criatura que una vez pintaba dibujos para su madre ya no existía. Pero Khalani sabía que Takeshi apartaba a todos los que osaban acercarse demasiado.

Prefería ser el asesino solitario que una persona vulnerable. Y eso era precisamente lo que hacía el arte. Exponía tu parte vulnerable al mundo, para que todos la juzgaran.

—Entonces pinta lo que se siente al no tener corazón —propuso Khalani, al tiempo que enarcaba una ceja con aire desafiante—. ¿Trato hecho?

Takeshi no respondió. Pero, por su ardiente mirada, comprendió que, si se dejara llevar y se sincerara, la poesía más oscura y hermosa se derramaría de sus labios.

Al cabo de unos minutos, asintió.

Khalani esbozó una sonrisa y se inclinó hacia delante, tendiendo el meñique hacia él.

—¿Qué haces? —se extrañó.

—Tenemos que cruzar los meñiques.

—¿Los meñiques…?

—Sí. —Puso los ojos en blanco—. Me lo enseñó Winnie. Si se hace una promesa cruzando los meñiques, no se puede romper. Si la rompes, el mundo se acabará o algo así, y te perseguiré en tus sueños para siempre.

Takeshi la observó durante un momento.

—Ya lo haces —le pareció oír que gruñía entre dientes.

—¿Cómo?

—Nada, Kanes. —Se inclinó y enlazó su meñique con el suyo—. Trato hecho.

Subieron y bajaron las manos para sellar el pacto, y sus meñiques permanecieron unidos mucho más tiempo del necesario.

Takeshi fue el primero en soltarse, y ambos volvieron a su lugar, en lados opuestos de la celda. Khalani se tumbó y, tras doblar el brazo, apoyó la cabeza en el hueco del codo.

Antes de cerrar los ojos, desvió la mirada hacia Takeshi, que estaba recostado contra la pared con las piernas extendidas. Observaba el pasillo, con los ojos entornados y sus hermosos rasgos afilados sumidos en las sombras.

Khalani desvió la atención hacia sus manos.

Acariciaba distraídamente el meñique que, unos instantes atrás, había estado unido al suyo.

En los túneles, los guardias seguían exprimiéndolos hasta el límite de sus fuerzas. El doctor Strauss parecía cada vez más irascible cuando, cada mañana, elegía prisioneros para llevarlos al enigmático edificio. Y todos y cada uno de ellos lloraban desconsoladamente durante el trayecto.

Khalani habría jurado que el día anterior había oído unos horribles chillidos a través de las paredes de su celda.

O quizá se habían escapado de sus pesadillas. Ya ni siquiera lo diferenciaba.

Solo podía pensar en los días que faltaban para escapar y en evitar el contacto visual con el doctor Strauss a toda costa.

Solo dos días. Dos días y saldrían de allí.

Durante los breves descansos para comer que tenían en las minas, Khalani y Takeshi se sentaban con Elise y su críptico y apenas coherente padre, porque Jack prefería no desviar la atención hacia ellos.

A Khalani le pesaban los ojos y se esforzaba por no acabar con la cabeza dentro del cuenco mientras Elise parloteaba sobre la comida que devoraría en cuanto regresaran a Hermes.

Si regresaban.

Algo la empujaba desde lo más profundo de su ser a compartir sus planes de fuga con ella.

Elise había sido la primera en el campo en ayudarlos sin esperar nada a cambio, y algo hacía que Khalani confiara en ella de manera instintiva. Aun así, ignoró su sexto sentido y obedeció a Jack, que les había ordenado que mantuvieran el plan en el más estricto secreto.

Ryder pasó ante ellos camino del área de combate. Ladeó la cabeza y miró con intención a Takeshi, que entornó los ojos con evidente desprecio.

—Vuelvo enseguida —masculló.

Se puso en pie y se unió a Ryder, que le susurró algo al oído.

Khalani se sorprendió a sí misma mirando el edificio negro, una mala costumbre de la que no lograba librarse. Un grupo de prisioneros pasó junto a ella.

No los reconoció.

Dos de los reclusos miraban con entusiasmo al frente, hacia la pelea que estaba a punto de empezar. El tercero, que tenía una prominente barriga y el pelo castaño y desgreñado, se volvió hacia ella.

Algo en su forma de mirarla hizo que Khalani llevara por instinto la mano al bolsillo, en busca de un cuchillo inexistente. El hombre se humedeció los labios en un gesto insinuante, y Khalani se preparó para enfrentarse a él, pero al final alcanzó a sus dos amigos y se alejaron.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Elise, que seguía hablando de comida, ni siquiera se había dado cuenta.

—Estos cabrones van a pagarlo caro. Llevo mucho tiempo sin comer pastel.

—Pues yo no he comido pastel desde que era niña —admitió Khalani, tratando de librarse del mal presentimiento que le había suscitado el encuentro.

Elise se volvió tan rápido hacia ella que a Khalani le sorprendió que no se hubiese descoyuntado.

—¿Qué? Eso no es posible. Todos los niños comen pastel el día de su cumpleaños.

Khalani clavó los ojos en el suelo. En Apolo, el azúcar era un lujo que solo los ricos podían permitirse. Y la ciudad del subsuelo no demostraba mucha delicadeza con los huérfanos.

Incluso se había acostumbrado a la repugnante comida que servían en Braderhelm más que a cualquier otra cosa a lo largo de su vida.

Elise reparó en que guardaba silencio y le apoyó una mano en el hombro.

—Si salimos… Cuando salgamos de aquí —se corrigió—, me aseguraré de que comas un poco.

Khalani consiguió esbozar una ligera sonrisa.

—Me encantaría.

De repente, la voz del padre de Elise se hizo más fuerte.

—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger.

No dejaba de repetir esas extrañas palabras con la mirada perdida mientras jugueteaba con el anillo de plata que llevaba en el dedo.

—Elise, ¿por qué tu padre siempre está diciendo lo mismo?

Elise hizo una mueca y miró a su padre con expresión afligida, como si tratara de mantener la compostura.

—Mi madre murió unos años atrás. Poco después, mi padre sufrió un derrame cerebral.

Desde entonces, es la única frase que pronuncia.

No sé por qué está tan obsesionado con el anillo.

Ni siquiera es su alianza de boda. Es solo una antigualla familiar, procedente del Gran Colapso, con una extraña inscripción en el interior.

—¿De verdad? ¿Y qué dice? —se interesó Khalani.

—Oye, papá, ¿me prestas un momento el anillo?

Clyde abrió los ojos de par en par, con una mirada de pánico.

—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger.

—Sí, papá —asintió Elise para tranquilizarlo—. Protegeré el anillo. ¿Me lo prestas?

Su padre vaciló, como si prefiriera salir corriendo antes que entregárselo a alguien, pero miró a Elise y los ojos se le llenaron de ternura al reconocer a su hija. Con la mano temblorosa, se sacó el anillo del dedo y lo depositó en la palma que le tendía la joven.

Elise le dedicó una dulce sonrisa y le mostró el anillo a Khalani.

Jamás había visto una piedra plateada como la que lo coronaba. Era fina, rectangular y tenía un brillo metálico.

—Mira, aquí está el grabado.

Elise señaló el interior del anillo y lo acercó para que pudiera verlo.

Khalani distinguió unas delicadas letras manuscritas, y ahogó un grito al leer las dos palabras que aparecieron ante sus ojos:

«Corp. Prometeo».