24. Tus errores no te definen.
Tus errores no te definen.
E n la celda, Khalani miraba la tenue bombilla en la pared que tenía delante con el cuello rígido y contracturado. Parpadeaba cada pocos segundos, como si fuera a apagarse.
Lo más probable era que los otros prisioneros ni siquiera hubieran reparado en ese diminuto objeto que ahuyentaba la oscuridad.
En algún momento se extinguiría y se convertiría en nada, y solo entonces se darían cuenta de que los había estado iluminando todo el tiempo. Oyó un gruñido junto a ella, lo que desvió su atención de la bombilla infravalorada. Miró a Takeshi, que estaba haciendo flexiones.
A un ritmo constante y firme.
Sin desacelerar. Sin cansarse. Bajaba hacia el suelo una y otra vez con un rostro que parecía hecho de suave granito.
—¿Cuántas llevas? ¿Cien? —preguntó.
—Algo así.
Takeshi le respondió sin mirarla y se limitó a seguir con las flexiones.
No llegaba a comprender cómo aún le quedaba energía, después de horas golpeando la roca con el pico y cargando pesadas rocas.
—¿Duele? ¿No te cansas?
Apoyó la mano en la rodilla y lo observó. Takeshi se detuvo a media flexión y la miró; pese a que apenas había luz, se le veían perfectamente los tríceps tensos.
—El cansancio y el dolor solo son estados mentales. Todos tenemos límites. Pero yo me he entrenado para que mi cuerpo los sobrepase.
Sus palabras altivas la llevaron de regreso a las sesiones de entrenamiento en Braderhelm.
«Puedo identificar a las personas que se dan por vencidas».
En prisión, solía cernirse sobre ella fustigándola con crueles acusaciones.
En el subsuelo, el único objetivo de Takeshi había sido presionarla al máximo, y lo único que había conseguido con eso había sido alimentar la rabia de Khalani y animarla a esforzarse hasta que le doliera cada centímetro de su ser.
De pronto, se le ocurrió una idea que brilló casi con la misma luz que la de la bombilla que parpadeaba en la celda.
¿Cuántas oportunidades de estar encerrada en una celda diminuta con su enemigo jurado se le presentarían? Quizá podría desquitarse, aunque fuera un poquito.
—¿Sabes? —empezó—. Las haces tan rápido que seguro que no estás esforzándote lo suficiente.
Takeshi no se molestó en responder, pero Khalani advirtió que aceleraba el ritmo pese a que ya llevaba una hora subiendo y bajando sin parar a una velocidad de vértigo.
—Sí… —Bostezó, fingiendo aburrimiento—. Da toda la impresión de que te lo estás tomando con calma. He visto a Brock hacer flexiones con un solo brazo sin tan siquiera despeinarse.
Khalani disimuló la sonrisa con una mueca mientras Takeshi clavaba la vista en el suelo. De repente, volvió la cabeza y entornó los ojos.
—Sé qué te propones.
—¿Yo? —Se señaló a sí misma con aire sorprendido—. Solo era un comentario. Los perezosos son débiles, ¿recuerdas?
El capitán le había dicho esas mismas palabras en Braderhelm. Y repetírselas le proporcionó más satisfacción de la que estaba dispuesta a admitir.
Takeshi maldijo entre dientes y, a continuación, se llevó un brazo a la espalda y siguió subiendo y bajando apoyando todo el peso en la mano derecha. A la misma velocidad.
Aunque no debería disfrutar del momento, Khalani estaba encantada. Quizá ambos albergaban la misma maldad.
Takeshi se movía furioso, con la piel empapada en sudor, y Khalani tragó saliva cuando la tela blanca de la camisa se le subió y dejó entrever un músculo tenso.
—De acuerdo, ya lo has demostrado —intervino, con el corazón desbocado sin motivo alguno—. Por favor, para antes de que mueras y no me sirvas de nada.
Takeshi soltó una carcajada sombría y se apoyó en la pared con gesto despreocupado.
—Eso era solo el calentamiento —dijo levantando las manos—. Enseguida vuelvo a empezar.
—¿El calentamiento? —repitió Khalani despacio—. ¿Nadie te ha dicho que estás loco?
—Sí, pero, por lo general, como cumplido.
Khalani tragó saliva, reparando en la poca distancia que había entre ellos.
La celda era tan pequeña que apenas unos centímetros separaban sus piernas de las de Takeshi.
La temperatura no dejaba de subir, y no sabía si era por el calor que desprendía el cuerpo de Takeshi o por la ansiedad que se acumulaba en el suyo.
No tenía escapatoria. No había lugar donde esconderse.
—Pareces nerviosa —le dijo ladeando la cabeza.
—Solo estoy contando los días para dejar de estar encerrada en una celda contigo —replicó ella, cruzándose de brazos y apoyándose en la pared.
—Pues en el club no parecía que te importara estar tan cerca de mí —comentó.
—Pensaba que ambos tratábamos de olvidar esa noche.
—¿Y qué tal lo llevas?
El brillo en los ojos de Takeshi y su voz aterciopelada hicieron que se le disparara el pulso.
De repente, revivió el momento en que la música los envolvía como si fuera arte en movimiento. Todas sus inhibiciones se habían desvanecido y, durante unos minutos divinos, se había sentido libre de las cadenas del mundo a su alrededor.
Hasta que la arrancaron de cuajo y la devolvieron a la realidad.
—Si me lo preguntas la semana que viene, estoy segura de que ya ni me acordaré.
Si se lo repetía muchas veces, puede que hasta se hiciera realidad.
Takeshi, en cambio, ni se inmutó, como si no esperara menos.
—¿Y tú qué tal lo llevas? —le preguntó Khalani en voz baja, sin saber muy bien si deseaba oír la respuesta.
—¿Que si lo he olvidado? —Soltó una carcajada amarga—. Por desgracia, no. No creo que haya un mundo en el que pueda olvidarte. Pase lo que pase. Por mucho que lo intente. Y, créeme, lo he intentado.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire como un arrullo prohibido.
Pese al resentimiento infinito, entre ellos persistió algo no dicho.
Quizá fueron los segundos que pasaron entre una respiración y otra. O la manera en que intercambiaron una mirada sin proponérselo.
Sin embargo, eso no implicaba que estuviera disfrutando del momento. No significaba que el corazón tuviera derecho a sentir lo que quisiera sin su permiso.
—Estoy segura de que habrás sufrido mucho —dijo con una voz monótona, tratando de contener esas emociones retorcidas.
—He tenido mis momentos. —Alzó las comisuras de los labios de forma casi imperceptible, como si acabara de recordar un chiste privado que no pensaba contarle—. Pero no esperarás que crea que toda la noche te resultó insoportable.
—Puede que me lo pasara bien bailando.
Khalani apartó la mirada, negándose a reconocer que, antes de que todo se fuera a pique, había sido una de las mejores noches de su vida.
—Lo sé. Me habría mantenido al margen, mirándote, pero entonces apareció ese capullo y te agarró.
La voz de Takeshi era serena, pero advirtió que tensaba los músculos de los antebrazos, como si se hubiera quedado corto con el puñetazo que le había dado.
—Sí, bueno, tú solo fuiste un compañero de baile algo mejor —mintió.
—¿Por eso te restregaste contra mí como si fuera tu última noche con vida?
—Una mala decisión del momento —contratacó.
—No es la primera vez que disfrutas estando entre mis brazos.
—Al parecer, no se me da muy bien tomar buenas decisiones.
Khalani fue incapaz de contener la sonrisa que se le dibujaba en los labios. Los de Takeshi también se curvaron hacia arriba. Y, por primera vez desde que los habían capturado, se miraron, guardando un cómodo silencio, y respiró con tranquilidad.
Se llevó las rodillas al pecho y las abrazó.
—¿Has pensado alguna vez en cómo habría sido tu vida si no te hubieses convertido en un guardia?
Takeshi la miró sin verla, perdido en sus pensamientos mientras la diminuta bombilla parpadeaba por encima de sus sedosos cabellos.
Khalani sintió el impulso de apartar uno de aquellos mechones para poder ver mejor sus ojos de granito, pero se agarró las piernas, reprimiéndose para no cometer una insensatez.
—De niño, en Apolo…, mi madre traía a casa juegos de pinturas y pequeños pinceles.
—La voz de Takeshi la devolvió a la realidad—.
La primera vez, extendió unas hojas en el suelo, ambos nos mojamos las manos con la pintura y las presionamos contra el papel.
Hicimos una docena de imágenes, que acabamos colgando por toda la casa.
Siempre me decía que yo había traído el color a su mundo, y quería que lo expandiera.
La ligera sonrisa que esbozaba era melancólica, teñida de capas y capas de momentos que deseaba atesorar para siempre, y de otros que parecía querer enterrar en lo más profundo de su memoria.
—Me enseñó a pintar y, con el tiempo, la casa fue llenándose con mis dibujos.
Pero, cuando nos trasladamos a Génesis con Hector, mi padrastro, mi madre los puso en una caja y ya no volvió a colgarlos.
—Vaciló un instante, con la mirada aún más perdida—.
Solía pintar en mi habitación por la noche, mientras ellos se peleaban, y escondía los dibujos debajo de la cama.
Entonces descubrí que él le pegaba, me alisté para ser guardia, y nunca más volví a coger un pincel.
Pero, en otra vida, creo que me habría gustado pintar.
Khalani frunció el ceño y lo miró. Pensó en cómo debía de haber sido Takeshi de niño. Cariñoso. Inocente. Un chiquillo deseoso de ver sonreír a su madre.
Un corazón hecho para la belleza.
Unas manos moldeadas para la destrucción.
Sin embargo, Takeshi no quería compasión. No se consideraba una víctima. Había optado por atacar cada una de sus debilidades hasta convertirlas en fortalezas.
Y, en algún punto de su camino, ese niño inocente que quería llenar de color el lúgubre mundo se había perdido.
—Te propongo algo —dijo Khalani.
Recostó la cabeza en la pared y lo miró durante un buen rato.
—¿Qué?
—Cuando regresemos a Hermes, le pediré a Spade o a Raziel que nos busquen unos pinceles y pintura. Es lo mínimo que pueden hacer después de obligarnos a pasar por esto.
Se aturulló un poco al decirlo y se ruborizó al notar los ojos negros de Takeshi clavados en ella.
El peso de su mirada era demasiado físico. Demasiado penetrante. Tuvo la impresión de que la diminuta celda se hacía más pequeña y quiso que esas paredes blancas se la tragaran.
—¿Y qué quieres a cambio, Kanes? —respondió Takeshi al fin.