Us deadly few (Los oscuros 2) 23. Libérame de lo que soy. #2
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23. Libérame de lo que soy. #2

—Bueno… —Khalani tragó saliva—: Es un placer conocerte.

—¿Un placer? —se mofó Jack sin apartar los ojos de Takeshi.

—Bueno…, apuesto a que sería más placentero si este lugar fuera un poco más colorido, ¿no? —bromeó Khalani para aliviar la tensión que se respiraba en el ambiente.

Sin embargo, todos mantuvieron una expresión severa en el rostro.

—Quizá podamos empezar por los nombres —sugirió. Tras carraspear, añadió—: Yo soy Khalani. Él es Takeshi.

Señaló a Takeshi, que, inmóvil como una estatua, seguía fulminando a los hombres con la mirada.

—No le hagáis mucho caso —añadió—. Le dieron un puñetazo en la cabeza cuando era pequeño, así que no habla mucho. Por desgracia, la irritabilidad es permanente.

Takeshi se volvió hacia ella muy despacio y la miró. Con ojos hechos de fuego y venganza.

—¿Y vosotros dos? —Khalani lo ignoró—. Ya sé que tú te llamas Jack. ¿Y tú? —se volvió hacia el prisionero de la cresta.

—Tium —respondió él.

—Tium… —repitió ella.

—Te importa una mierda.

Khalani palideció y Takeshi se movió como si estuviera a punto de clavarle el cuenco de cerámica en el ojo al tipo.

—Pídele disculpas.

Sorprendida, Khalani se echó hacia atrás al oír las palabras de Jack.

—¿Que le pida disculpas, en serio? —El prisionero se volvió hacia él con incredulidad—. ¿Por qué?

Jack se limitó a bajar la cabeza y a lanzarle una mirada que habría podido arañar el vidrio. El otro hombre tensó los músculos de los brazos y unas venas serpentearon por sus negros tatuajes.

Con la mandíbula rígida, como si le doliera, se volvió hacia Khalani y gruñó:

—Lo siento.

Khalani parpadeó un par de veces, sorprendida ante el hecho de que Jack le hubiera arrancado una disculpa al otro hombre con solo mirarlo. ¿Cuánta influencia tenía en realidad?

—Bien, ahora que ya lo hemos resuelto… —Jack entrelazó las manos y la miró fijamente—, dime qué sabes del Corazón Negro.

Khalani tomó aliento y le explicó quiénes eran y las circunstancias que habían rodeado su relación con Spade y los demás miembros de la banda en Hermes.

Para su sorpresa, cuando mencionó la primera conversación que habían mantenido con Spade en Apolo por el walkie , Jack no pareció asombrarse.

Simplemente asintió, indicándole que continuara.

Sin embargo, Khalani intuyó que la mente de Jack trabajaba a toda velocidad detrás de sus ojos calculadores.

Cuando mencionó a Raziel, el otro hombre levantó la cabeza, cada vez más interesado en su relato. Al comentarles lo del chip rastreador y el plan para sacarlos de allí al cabo de seis días, Jack frunció el ceño en un gesto de consternación.

—Seis días —repitió Jack.

—Sí.

El hombre de la cresta los miró con recelo.

—¿Qué te hace pensar que podemos confiar en ellos? —le preguntó a Jack.

—Tú y tu hermano conocéis a todo el mundo. ¿Los habías visto antes por Hermes? —le preguntó, sin apartar los ojos afilados de ella.

Su acompañante apretó los labios con un creciente descontento.

—Eso no significa que sean de Apolo. ¿Cómo ha podido esta chica cruzar la Zona Muerta y sobrevivir?

—Cuidado. Esta chica tiene más coraje en su dedo meñique que tú en todo el cuerpo —replicó Takeshi con serenidad, pero sin esconder la amenaza implícita en sus palabras.

—¿Qué has dicho?

—¿Tengo que repetírtelo? ¿O también tengo que añadir «estúpido» e «inepto» a tu descripción? —preguntó Takeshi.

—Bueno, bueno, ya está bien. Volvamos al plan —intervino Khalani.

Sin embargo, el prisionero se inclinó hacia Takeshi, irritado.

—En vista de que no eres de aquí, deja que te aclare cómo funcionan las cosas en Hermes —siseó—. Los insultos no se resuelven con palabras. Se pagan con sangre. Y yo te enseñaré esa lección esta misma noche en el ring de combate.

Takeshi no movió un solo músculo, pero un destello peligroso le brilló en los ojos. Como si fuera lo que más deseaba del mundo.

—Ya basta, Ryder —zanjó Jack—. No tenemos tiempo para que te pavonees. Son quienes dicen ser.

Khalani lo miró con incredulidad.

—¿Nos crees?

Jack asintió con expresión grave.

—Estaba con Spade la noche en que hablasteis por primera vez. Solo nosotros dos sabemos del encarcelamiento de Brock y de vuestra llegada a Hermes.

—¿Por qué?

—Porque la información, en las manos equivocadas, puede ser mortal. Cuando hay un cabo suelto, la gente muere. O la capturan —soltó Jack, y un destello de furia infernal se reflejó en sus facciones tensas.

Guardó silencio, y Ryder apretó la mandíbula.

—Tenemos que prepararnos —dijo Jack, cuya expresión había cambiado de golpe y dejaba entrever una determinación ardiente.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Takeshi, apartando por fin de Ryder la mirada cargada de veneno.

—Aquí dentro tengo gente de confianza. Puedo pedirles que se enfrenten a los crupieres cuando los Ases irrumpan. Pero necesitamos quitarnos esto.

Señaló los grilletes metálicos que les ceñían las muñecas.

Khalani se inclinó hacia delante.

—¿Cómo?

—He visto que, cuando un prisionero muere, los crupieres le quitan las esposas con la pantalla. Pero los dispositivos solo se activan con un escáner de retina, así que tendremos que matar a uno de ellos. Con suerte, en cuanto lo hagamos, podremos quitárnoslas.

Khalani sintió que la idea de causar más muertes para obtener su libertad le revolvía las entrañas, pero empujó esa inocente candidez al abismo de su mente hasta que logró convertirla en un murmullo tenue y apagado.

La paz era un privilegio que solo disfrutaban los libres.

—No me gusta nada eso de «con suerte» —admitió.

—Apostar es precisamente eso —se burló Ryder—. Hacemos lo que se puede con las cartas que tenemos.

—¿Y qué hay del doctor Strauss? —preguntó ella desviando la mirada hacia el imponente edificio negro.

Jack y Ryder se tensaron de forma visible y se observaron con inquietud.

—Ese engendro del demonio se esconde en su guarida la mayor parte del día. El plan es seguir con la rutina y no llamar la atención.

Jack lanzó una mirada de advertencia a Ryder, que levantó las manos con aire inocente.

—No causaré problemas. Lo único que quiero es salir de aquí y no terminar como él.

Khalani siguió su mirada y vio a Reno, que estaba sentado sin ninguna compañía y con la espalda recta como una barra de acero. Miraba al frente, completamente inmóvil; hasta parecía que no respiraba.

—Ni siquiera ha tocado la comida —comentó Ryder en voz baja.

En ese momento, como si los hubiera oído, Reno volvió la cabeza hacia ellos y clavó sus ojos vacíos en Ryder. Sin dejar de mirarlos, metió la mano en el cuenco y se la llevó a la boca, tragando la comida. Sin pestañear, repitió el gesto.

Khalani apartó la mirada enseguida, con el corazón desbocado.

—¿Cuántos días eran? —susurró Ryder con un terror genuino en los ojos.

—Seis —respondió Jack, con la respiración entrecortada.

Solo seis días.

Sin embargo, con el panorama que tenían ante ellos, parecían seis años.