Us deadly few (Los oscuros 2) 23. Libérame de lo que soy.
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23. Libérame de lo que soy.

Libérame de lo que soy.

K halani soñó con una calidez que le rozaba la piel, una calidez como la que te arropa después de un día complicado.

Sus pies descalzos se movían a través del barro. Una dulce sonrisa se dibujaba en sus labios mientras atravesaba un precioso jardín. Con las yemas de los dedos, acariciaba los pétalos de unas flores de colores que le devolvían la sonrisa.

Si algún día llegaba a vivir en la superficie, Khalani se imaginaba con un jardín como ese.

Una risa, luminosa y despreocupada, resonó en el aire y atrajo su atención. Una niña pequeña con dos trenzas castañas pasó junto a ella, saludando y sonriendo bajo los rayos de sol. Khalani le devolvió el saludo, y la niña se dirigió hacia la lejana ciudad, repleta de imponentes rascacielos.

Entonces, una franja de luz se abrió paso entre las nubes, como si una estrella fugaz cayera del cielo. Khalani dirigió de golpe la mirada hacia la ciudad.

En un abrir y cerrar de ojos, todo aquello que había sido normal —los pétalos de las flores que le acariciaban la piel y su placentera sonrisa— se vio cegado por una radiante luz blanca.

Khalani se llevó la mano a los ojos, pero el destello era tan intenso, tan abrumador, que incluso pudo verse los huesos de las manos.

Cuando la luz fue extinguiéndose, las apartó y se quedó boquiabierta. Una colosal nube en forma de hongo se elevaba sobre la ciudad, como una abominación que, desde allí, se extendía dispuesta a devorarlo todo a su paso.

Tambaleándose, Khalani retrocedió un par de pasos mientras la niña desaparecía en el aire. El pánico le atenazó la garganta y advirtió que el jardín, antes lleno de vida, ahora estaba envuelto en llamas.

Alguien se colocó a su lado. Una figura alta. Masculina.

Se quedó petrificada al comprender que era el gobernador Huxley, que contemplaba la destrucción junto a ella.

—Sabes que no puedes evitar que vuelva a ocurrir —le dijo.

Se le encogió el corazón al ver cómo las llamas se acercaban, cómo se expandía su calor, que le acariciaba las piernas y la abrasaba…

Ahogando un grito, Khalani se incorporó de golpe y empezó a restregarse frenéticamente los muslos con manos temblorosas.

—Hola. —Takeshi estaba en un rincón de la celda, con las mangas subidas hasta el codo. Al ver el pánico reflejado en sus ojos, frunció el ceño y se acercó de inmediato, acuclillándose frente a ella—. ¿Qué ocurre, Kanes?

«Solo ha sido una pesadilla. Nada más que una pesadilla».

El pecho de Khalani subía y bajaba agitadamente mientras se repetía una y otra vez aquella frase para sus adentros.

La alarma resonó en todo el edificio. Con un susurro, la puerta transparente de la celda se abrió. Los prisioneros empezaron a salir para la inspección matutina y Khalani fue a ponerse en pie para imitarlos, pero Takeshi se lo impidió y la fulminó con una mirada tormentosa.

—No te preocupes por mí. Estoy bien —aseguró Khalani, casi convenciéndose a sí misma de que era cierto.

Sin embargo, Takeshi frunció aún más el ceño y no se creyó ni una palabra.

—¡Vamos! —gritó uno de los crupieres.

Soltando una maldición, Takeshi la ayudó a incorporarse.

Justo cuando iban a abandonar la celda, Takeshi la obligó a mirarlo de nuevo y se cernió sobre ella.

—Hoy tómatelo con calma.

—¿Y desde cuándo hago yo eso?

Khalani se obligó a reír, pero Takeshi le respondió fulminándola con una mirada penetrante.

—Hablo en serio, Kanes.

—Vale, vale. Intentaré no apuñalarme con un pico.

Al salir del edificio, a Khalani le pareció oír que Takeshi murmuraba entre dientes algo sobre dejarla atada en la celda.

Llegaron a la vasta caverna y ocuparon su lugar en las largas hileras de prisioneros que esperaban la inspección. Los crupieres no dejaban de merodear entre ellos, soltando algún porrazo ocasional o activando las esposas eléctricas de los reclusos.

Tras varios minutos, la alarma aguda volvió a sonar, y todos a su alrededor se pusieron tensos al ver aparecer al doctor Strauss.

Sin embargo, esta vez no estaba solo.

Unos murmullos de sorpresa fueron recorriendo las filas de prisioneros al ver que el recluso que el doctor Strauss había elegido el día anterior se encontraba ahora en pie junto a él.

El prisionero se mantenía erguido, igual de alto que los crupieres, y no se apreciaba ni un solo rasguño en su cuerpo. Sin embargo, estaba más blanco que el papel, tenía las mejillas hundidas y la luz en sus ojos había desaparecido.

—Buenos días, damas y caballeros —saludó el doctor Strauss—. Qué mañana más bonita, ¿verdad? ¿Qué tal están hoy?

Nadie respondió.

—Así que bien, ¿verdad? —Rio como un maniaco y el ambiente, que ya era de por sí gélido, se enfrió aún más—.

Por lo visto, tenemos que aumentar nuestros esfuerzos para convertirlos a todos en miembros más productivos de nuestra sociedad.

Si se comportan, como ha hecho este hombre…

—el doctor Strauss señaló al recluso inexpresivo que lo acompañaba—, quizá les resultará menos doloroso.

Con un leve gesto de asentimiento, el prisionero dio un paso al frente y se unió a las filas como si aún fuera uno de ellos.

Un escalofrío la recorrió al ver que uno de los reclusos más corpulentos abandonaba su lugar.

—¡¿Cuándo van a liberarnos?! ¡¿Cuándo podremos regresar con nuestras familias?! —gritó, haciendo resonar su voz grave por toda la caverna.

Varios crupieres fueron hacia él empuñando las porras, pero el doctor Strauss levantó una mano y les ordenó que se detuvieran.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, avanzando hacia él con una maliciosa sonrisa en los labios.

—Dennis —gruñó el hombre.

El doctor Strauss comprobó el portapapeles y anotó algo.

—Bien, Dennis, has formulado una gran pregunta. Y tienes suerte, porque puedo darte una respuesta. Todos podréis abandonar estos muros y regresar con vuestras familias en cuanto estéis listos. —Hizo una pausa—. Y salta a la vista que tú aún no lo estás.

El doctor Strauss hizo un ademán y Dennis empezó a convulsionar, desplomándose en el suelo. Dos crupieres agarraron el cuerpo tembloroso y lo arrastraron por la grava hacia el edificio negro.

El doctor Strauss observó la escena con una sonrisa ladina. Un silencio ensordecedor se hizo entre el resto de los prisioneros.

Tenían miedo hasta de respirar. Miedo de mover tan siquiera un pelo.

Finalmente, el doctor Strauss abandonó la inspección y se retiró a su guarida de pesadillas. Khalani pensaba llamarla así a partir de entonces.

—¡Venga, a las minas! —ladró un crupier.

Mientras avanzaban con pasos pesados, notó que varios hombres se acercaban al prisionero que el doctor Strauss se había llevado el día anterior.

—Reno… Reno, ¿estás bien? —le preguntó uno—. ¿Qué diablos ha pasado ahí dentro, tío?

—¿Qué te ha hecho Strauss?

Reno no respondió. Era como si no pudiera ver ni oír. Como si todo a su alrededor fuera invisible.

Ignorando las preguntas, el prisionero les dio la espalda y se dirigió hacia la mina, sin apenas mover los brazos al caminar.

Khalani se restregó los suyos, tratando de ahuyentar el presentimiento que se negaba a desaparecer.

—Aquí hay gato encerrado —murmuró Takeshi a su lado, concentrado en la figura que se alejaba.

Eso era quedarse corto.

—¿Qué crees que le han hecho?

—Nada bueno, eso seguro. —Takeshi dirigió una mirada llena de ira hacia el lugar por el que se había ido el doctor Strauss y la miró con determinación—. Hoy tenemos que avanzar en nuestra misión.

Ella asintió, esforzándose por apartar los ojos del edificio, sabiendo que debía mantenerse alejada. Sin embargo, una parte de ella casi quería asomar la cabeza y presenciar los horrores que se ocultaban en la oscuridad.

Tenía suerte de que los callos de sus manos estuvieran tan endurecidos.

Alzó el pico y lo golpeó con fuerza contra la roca lisa, torciendo el gesto al ver la sangre que goteaba de las manos de otros prisioneros sobre el mango de las herramientas.

Como si de un coro se tratase, varios gemidos de dolor resonaron a su alrededor, pero ella siguió trabajando.

No dejaba de mirar de reojo a Reno, que se había convertido en el epítome del trabajador perfecto.

No hablaba con nadie. No se quejaba. No se cansaba.

Empuñaba el pico como si fuera una extensión de su mano y lo golpeaba como un desquiciado.

Tras varias horas agotadoras, a Khalani le dolían tanto los brazos que casi suplicaba que se los cortaran. Apenas sentía los dedos cuando los guardias les indicaron que era la hora de comer y beber un poco de agua.

Observó a Reno, que se alejaba sin apenas una gota de sudor en la frente. Su mirada perdida y sin vida solo intensificó su rabia y determinación por encontrar a Jack y escapar.

Takeshi debía de pensar lo mismo, porque señaló hacia el fondo de la caverna, concentrándose fijamente en alguien.

—Mira.

Ella se volvió y vio a Jack, sentado junto a otro prisionero que llevaba una cresta en el pelo, corto y moreno, y que tenía el cuello y las manos cubiertos de tatuajes geométricos.

Sin dudarlo, y haciendo caso omiso a las miradas curiosas del resto de los prisioneros, Khalani y Takeshi fueron hacia ellos.

—¿Os importa si nos sentamos? —preguntó Khalani, aferrándose al cuenco de comida.

—Sí —respondió el prisionero con la cresta, devorando su plato sin apenas mirarla.

No podía ser mucho mayor que Khalani, pero había algo en él que le hizo desear tener un cuchillo a mano.

Emanaba una tensión sin control. Escurridiza. Peligrosa.

—¿Por qué queréis sentaros aquí?

Jack examinó a Takeshi con una mirada calculadora antes de fijar su atención en Khalani.

—Creo que tenemos algunos amigos en común. Les gusta apostar…

—A todo el mundo le gusta apostar —interrumpió en tono tajante el hombre de la cresta.

—Y tienen un corazón negro —remarcó ella, recordando el nombre de la guarida.

Jack se quedó inmóvil. El otro hombre cerró la boca de golpe, aunque siguió mirándolos con ojos asesinos.

—Sentaos —se limitó a decir Jack con frialdad, cruzándose de brazos.

Khalani y Takeshi se acomodaron en el suelo de piedra con la espalda rígida mientras Jack y el prisionero los observaban con mirada recelosa.