22. Si miras de cerca, verás las batallas grabadas en mi piel. #2
—¿Por qué? ¿Quién es ese hombre de la inspección, ese tal doctor Strauss? ¿Qué le ocurrirá al prisionero que se han llevado esta mañana?
—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger —repitió Clyde, un poco más alto y con los ojos como platos clavados en el suelo, como si la tierra fuera a abrirse y tragárselo.
Elise le posó una mano en el hombro y lo tranquilizó.
—No pasa nada, papá, no pasa nada. Estoy aquí —susurró cariñosamente.
Clyde hundió los hombros y se apoyó en su hija, repitiendo aún esas palabras en un murmullo cada vez más atenuado. Elise tomó aliento, tratando de recobrar la compostura.
—El doctor Strauss es el mayor misterio de este miserable lugar.
Es el líder indiscutible del campo, pero nadie sabe mucho sobre él.
Solo lo vemos por la mañana, durante la inspección, donde siempre elige a un prisionero para que se lo lleven.
Se pasa el día entero en ese edificio, haciendo quién sabe qué.
Solo puedo deciros que el que entra ahí ya no vuelve a salir.
Khalani volvió a mirar hacia el edificio mientras comprendía la gravedad de las palabras de Elise, que chasqueó los dedos para captar su atención.
—Oye, ni siquiera mires hacia allí —añadió—. Hay cámaras por todas partes, y puedo asegurarte que ese doctor psicópata nos está observando. Si queréis sobrevivir, tratad de pasar desapercibidos, cumplid con las tareas, no molestéis a los otros prisioneros y ni se os ocurra acercaros a ese edificio.
Khalani asintió y permaneció inmóvil, obligándose a no mirar esa estructura negra que, sin embargo, parecía ejercer sobre ella una atracción inquietante, como si una fuerza magnética le devolviera la mirada desde el otro extremo.
Takeshi seguía vigilando todos sus movimientos, pero ella lo ignoró y se puso a contar segundos, esperando a que la semana terminara.
«43.200, 43.201, 43.202…».
Un fuerte estruendo la interrumpió. Frunció el ceño al ver a dos crupieres que colocaban dos enormes cubos rojos en el centro de la caverna, con unos seis metros de separación. La escena se le antojó incluso más extraña cuando lanzaron despreocupadamente una pelota amarilla al suelo.
Los prisioneros empezaron a ponerse en pie y a sacudirse el polvo del uniforme. Algunos se acercaron al balón con expresión triste y sombría, como si prefiriesen despellejarse a sí mismos y morir antes que estar allí.
Un grupo más pequeño de prisioneros se dirigió hacia el edificio gris, donde Elise les había dicho que estaban las duchas.
Eran abiertas, y tanto hombres como mujeres las utilizaban.
Precisamente por ese motivo, Khalani dudaba que fuera a utilizarlas.
El resto de los prisioneros, un grupo numeroso, se apiñó al fondo de la caverna.
Cuando les llegaron algunos vítores, Elise resopló.
—Jack habrá aparecido de nuevo.
Khalani se volvió hacia ella de golpe.
—¿Qué has dicho?
Elise la miró con aire confundido.
—He dicho que Jack debe de pelear esta noche.
—¿A qué te refieres con «pelear»?
—Hace unos pocos meses, un grupo de prisioneros utilizaron los picos para suicidarse —manifestó Elise—.
Entonces empezaron a sacar esos cubos al final del día para que jugáramos a estúpidos juegos de pelota.
Cuando vieron que eso no funcionaba, permitieron que los prisioneros se desahogaran peleándose entre ellos.
Aún se producen suicidios, pero es sorprendente lo bien que va un poco de derramamiento de sangre para la moral.
Esos cabrones les han comprado la idea de lleno.
Khalani y Takeshi se pusieron en pie al mismo tiempo.
—Entiendo que queráis verlo. Al fin y al cabo, no hay otra cosa que hacer —señaló Elise con voz aburrida. A continuación, se volvió hacia Clyde y añadió—: Papá, ¿estarás bien?
—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger.
—Vale, estarás bien.
Elise se puso en pie y se unió a Takeshi y Khalani, que ya se dirigían hacia el grupo de prisioneros.
La arena de combate no era tan tumultuosa como el foso de Braderhelm, pero de todos modos tuvieron que abrirse camino entre montones de prisioneros vestidos con uniforme blanco para llegar a la parte delantera.
La tarea resultaba más fácil si Takeshi los apartaba. Dado que les sacaba casi treinta centímetros a todos, le bastaba una sola de sus miradas asesinas para que se hicieran a un lado.
Cuando llegaron al frente, vieron a dos hombres luchando en medio del círculo. Allí no había foso, solo un suelo de gravilla y un muro circular de prisioneros que miraban hacia el centro con una mezcla de rabia, entusiasmo y sed de sangre.
Khalani dio un respingo cuando uno de los hombres se llevó un buen puñetazo. El prisionero, con una melena castaña y rebelde que le caía sobre los hombros y una barba desaliñada que pedía un afeitado, se desplomó en el suelo.
El otro luchador, con el pelo de color gris arenoso, se mantenía en pie. Parecía rondar los cuarenta y tenía un brillo decidido en los ojos, un porte confiado y un físico fuerte que hacía que el uniforme blanco se le ciñera al cuerpo.
El hombre de la melena se puso en pie con gran esfuerzo, claramente desequilibrado, y empezó a lanzar puñetazos sin ton ni son.
Su contrincante los esquivó con facilidad y le asestó un duro golpe en la oreja antes de ponerle la zancadilla y hacerlo caer bocabajo en la gravilla. El otro hombre soltó un gruñido, con la nariz sangrando.
Khalani clavó los ojos en el líquido encarnado y sintió que un torrente de adrenalina le recorría las venas ante la cruda violencia.
—¡Acaba con él, Jack! —gritaron varios prisioneros.
Sin pensarlo, Khalani le agarró la muñeca a Takeshi.
Jack. ¡El hombre de mediana edad era Jack!
Jack miró al prisionero derrotado en el suelo y guardó un completo silencio, que contrastaba con la cacofonía de voces que le pedían que se ensañara con él. Se cuadró, sin tan siquiera haber derramado una gota de sudor durante la pelea.
Nadie le quitó ojo, esperando su siguiente movimiento. Por lo que Khalani había podido comprender de los hombres poderosos, seguro que lo castigaría para que nadie cuestionara su autoridad…
—Que alguien se lo lleve a la celda y lo ayude a limpiarse —ordenó Jack, abriéndose paso entre la multitud sin mirar atrás.
Desapareció detrás de una línea de gente, y Khalani, presa del pánico, se dispuso a seguirlo, pero una alarma sonó por toda la caverna.
—El descanso ha terminado —chisporroteó el altavoz—. Regresad a vuestras celdas de inmediato si no queréis una descarga.
—Mierda.
Khalani se puso de puntillas, tratando de distinguir a Jack entre la multitud, pero los prisioneros la rodearon y empezaron a encaminarse hacia los edificios blancos.
—Vamos. Ya lo encontraremos mañana —dijo Takeshi en voz baja.
Frustrada, Khalani le fulminó la nuca con la mirada y lo siguió mientras se abría paso entre la multitud. Recorrieron el trayecto hasta la celda treinta y dos en un silencio tenso y, en cuanto entraron, las puertas se cerraron de forma automática tras ellos.
—Genial —soltó Khalani ante la barrera transparente—. Es perfecto, de verdad.
Takeshi se sentó con una pierna doblada y la otra estirada y apoyó la espalda contra la pared. La celda era tan pequeña que casi tocaba con la bota el muro que tenía delante.
—¿Qué te pasa, Kanes? Estamos en el campo donde se supone que tenemos que estar y ya hemos localizado a Jack. Yo diría que no lo hacemos tan mal.