22. Si miras de cerca, verás las batallas grabadas en mi piel.
Si miras de cerca, verás las batallas grabadas en mi piel.
E n las minas, Khalani perdió la noción del tiempo. Permitió que aquella rabia la alimentara en silencio y que cada vez que el pico golpeaba la roca fuera un grito de guerra. Junto a ella, Takeshi hacía lo mismo, con un destello de ira profunda en los ojos.
Pese a las protestas de Khalani, el capitán tomaba las rocas más pesadas y dejaba que ella colocara las más ligeras en las vagonetas cercanas. No pudo evitar fijarse en la fuerza con que aferraba la herramienta, hasta el punto de que se le ponían los nudillos blancos.
Cuando un silbato agudo rompió el silencio, todos los prisioneros se doblaron hacia delante y, apoyando las manos en las rodillas, jadearon mientras trataban de recuperar el aliento. Khalani y Takeshi, en cambio, salieron del túnel erguidos; estaban acostumbrados a esas duras condiciones.
—¡Venga, en fila! —ladró uno de los crupieres cuando regresaron a la inmensa caverna.
Con los efectos de la inyección ya disipados, Khalani fue capaz de observar a su alrededor y hacerse una idea más clara de la prisión.
El techo de la caverna se cernía sobre sus cabezas a unos nueve metros de altura y de él colgaban de forma amenazante varias estalactitas enormes y puntiagudas.
Parecía que iban a caerse de un momento a otro y que empalarían a toda aquella persona que tuviera la desgracia de estar debajo.
En las cuatro esquinas de la caverna brillaban intensos focos que los iluminaban sin piedad. A su derecha, vio cinco edificios rectangulares blancos que, por lo que comprendió, alojaban a los prisioneros.
Se fijó también en que, a la izquierda, había tres enormes barracones marrones de los que salían y entraban los crupieres con precisión mecánica.
Justo delante advirtió una pequeña y discreta estructura gris y, en la esquina, sobre un saliente, se erigía el misterioso edificio negro en el que había desaparecido el doctor Strauss.
La única salida parecía ser un largo túnel al fondo de la caverna, flanqueado por varios crupieres.
Nada en el vasto espacio le indicaba dónde podría estar ubicado el campo de trabajo.
Por lo que sabía, quizá ni siquiera estuvieran en Hermes. La mayoría de los prisioneros se unieron a la fila renqueando y con las manos cubiertas de ampollas en carne viva. En la parte delantera, dos hombres servían con cucharones un líquido turbio y parduzco en unos cuencos.
Le gruñó el estómago y, justo cuando se puso a la cola, alguien la empujó por detrás y casi acabó en el suelo.
La prisionera que había chocado contra ella ni siquiera se molestó en disculparse. La mujer, delgada y de mediana edad, se limitó a avanzar, casi temblando de anticipación.
—¡Eh, no te cueles! —gritó un prisionero bajito cuando Takeshi tiró de Khalani hacia atrás.
Takeshi se volvió y fulminó al hombre con una mirada tan abrasadora que podría haber derretido el hielo. El prisionero cerró la boca de golpe y enseguida buscó otro lugar en la cola.
Khalani se mordió el labio y miró al frente, reconociendo a regañadientes la ventaja que suponía tener a Takeshi de su lado. De momento.
Aunque eso no significaba que no se sintiera tentada a activar sus esposas y darle una descarga.
Cuando llegó a la parte delantera, examinó a los dos hombres que distribuían la comida. Llevaban el pelo rapado y unos uniformes grises y ajustados que les cubrían todo el cuerpo, incluido el cuello.
Sin embargo, fue su expresión lo que la sorprendió. Tenían la mirada perdida, vacía, como si sirvieran la comida de forma mecánica.
—¿Qué es? —se atrevió a preguntar.
Ninguno de los dos hombres respondió. Uno de ellos miró a Khalani como si no existiera y le tendió el cuenco con rigidez. El otro la observó con unos ojos sin vida.
Khalani tragó saliva y, con manos temblorosas, agarró el cuenco y se apresuró a alejarse.
—Tenemos que encontrar a Jack y largarnos de aquí —le susurró a Takeshi—. ¿Te dijo Raziel cómo identificarlo?
Takeshi negó con la cabeza.
Los prisioneros estaban dispersos por la caverna; algunos comían solos, mientras que otros se apiñaban en grupos pequeños.
Khalani encontró un hueco, pero entonces divisó a la chica que los había ayudado.
Estaba sentada con la espalda apoyada en el muro junto a un anciano, probablemente el hombre más viejo que había en el campo.
—Vamos. Quizá pueda ayudarnos —sugirió Khalani.
Aunque no cabía duda de que Takeshi prefería guardar las distancias con todo el mundo, asintió con recelo y se pegó a ella, agarrando el cuenco como si fuera a estampárselo en la cara para romperle la mandíbula al primero que se metiera con ellos.
La chica llevaba el pelo rubio en una coleta despeinada y sorbía la comida.
Junto a ella se encontraba el anciano, cuya perilla gris y piel arrugada combinaban a la perfección con la espalda frágil y encorvada.
Se le marcaban las venas en las manos, que le temblaron al llevarse el cuenco a los labios.
Parte del líquido se le derramó en la barba.
Cuando la sombra de Khalani y Takeshi se cernió sobre ellos, la muchacha alzó la mirada con el ceño fruncido y depositó el cuenco en el suelo con cuidado.
—¿Podemos sentarnos con vosotros? —preguntó Khalani.
La chica tensó los labios formando una línea delgada y los observó con ojos fríos y calculadores. El silencio se prolongó mientras el anciano se miraba las manos, contemplando con adoración el anillo de plata que llevaba en el dedo.
—No lo sé —respondió la muchacha, y, señalando a Takeshi, añadió—: no tiene pinta de ser muy simpático.
—Lo es —mintió Khalani forzando una sonrisa.
—No lo soy —respondió Takeshi al mismo tiempo.
Khalani lo fulminó con una mirada que anunciaba un asesinato inminente, pero Takeshi se limitó a bostezar. A bostezar.
A la chica, sin embargo, pareció gustarle y sorprenderle su franqueza.
—Yo tampoco —resopló—. Sentaos.
—Gracias. —Khalani se apresuró a obedecer antes de que la muchacha cambiara de opinión—. ¿Te importa si te pregunto por qué nos has ayudado antes?
La chica le quitó importancia con un ademán.
—Sencillamente, no tenía ganas de oír cómo os desgarrabais las cuerdas vocales chillando al recibir una descarga por haberos perdido la inspección del doctor Strauss.
Khalani tragó saliva y llevó una mano a las esposas.
—¿Cómo demonios nos las sacamos?
—Es imposible. Si tratáis de quitároslas sin el dispositivo adecuado, se os clavarán unas astillas de metal en las muñecas. No moriréis al instante, pero os desangraréis durante horas. No sería la primera vez que lo veo.
Takeshi depositó el cuenco en el suelo, con un gesto demasiado brusco y todos los músculos de los brazos tensos. Por lo visto, ese detalle suponía un claro obstáculo en los planes alternativos de fuga que, sin lugar a dudas, estaba trazando.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Khalani.
La chica no respondió al instante. Se hizo un silencio incómodo y eterno, pero, finalmente, vio algo que la complació en los ojos de Khalani y contestó:
—Soy Elise. Y él es mi padre, Clyde. —Se volvió hacia el anciano y lo miró con dulzura—. Papá, ¿puedes saludar?
Clyde mantuvo los ojos clavados en el suelo.
—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger —no dejaba de murmurar.
Elise suspiró con pesar.
—Lo siento. Mi padre no está en su mejor momento —murmuró, con expresión claramente abatida—. Y vosotros, ¿cómo os llamáis?
—Yo soy Khalani. Y él es Takeshi.
Ladeó la cabeza hacia él con aire despreocupado, forzando una sonrisa.
Takeshi, sin embargo, la saludó con una mirada larga e incómoda marca de la casa.
—¿Lleváis mucho tiempo aquí? —preguntó para evitar que la conversación se centrara en ellos.
Elise alzó la mirada, reflexionando.
—Es difícil calcular el tiempo aquí abajo, pero diría que, al menos, un par de meses. Cuando llegamos no había mucha gente, pero en las últimas semanas han traído a muchos.
Olvidándose de la comida, Khalani se inclinó hacia ella.
—¿Por qué estáis… estamos aquí?
—Circulan algunas teorías entre los prisioneros, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. Yo estaba cocinando cuando los crupieres irrumpieron en casa para detenerme. Monté un escándalo. Empecé a dar puñetazos y a arañar a varios de ellos, así que, para castigarme, se llevaron también a mi padre.
Elise pronunció estas últimas palabras con amargura y apretó los puños.
Khalani enmudeció. La mera idea de que se llevaran a alguien como Winnie por sus acciones, que la obligaran a soportar aquellas horribles condiciones cada día… Puede que hasta se hubiera planteado terminar ella misma con todo para evitar la culpa.
—¿Qué teorías? —preguntó Takeshi mientras se inclinaba hacia delante y clavaba una penetrante mirada en la joven.
Pese a que en sus ojos aún se reflejaba la desconfianza, Elise respondió:
—Algunos creen que estamos sacando cobre para unos nuevos dispositivos eléctricos de Hermes.
Otros creen que las bandas han ordenado la ejecución de los prisioneros y que los crupieres nos hacen desaparecer para mantener el control.
La mejor que he oído es que la prisión acabará convirtiéndose en un campo de fertilidad y que nos harán follar unos con otros para tener niños y nos lavarán el cerebro.
Como ya os he dicho, hay un montón de ideas disparatadas, pero nadie sabe nada con certeza.
Si les preguntáis a los crupieres, os darán una descarga. Les encanta hacerlo.
—Llave. Anillo. Proteger. Llave. Anillo. Proteger —seguía murmurando el padre de Elise en ese escenario desesperado.
De repente, un grito lejano atravesó el ambiente.
Khalani alzó la cabeza y escudriñó la caverna en busca de su procedencia. Se fijó en el siniestro edificio negro al otro lado de la explanada.
—¿Qué pasa ahí dentro? —preguntó con un hilillo de voz y con la sensación de que el edificio le devolvía la mirada.
Elise palideció y se puso seria.
—Ahora, escuchadme, los dos —los apremió en voz baja volviéndose hacia ellos—. Si deseáis sobrevivir, manteneos lo más lejos posible de ese edificio.