21. Una vez muertos, ¿tendremos una segunda oportunidad? Lo pregunto para un amigo. #2
Unos pocos minutos después, los crupieres empezaron a inspeccionar a los prisioneros.
Utilizaban porras con aquellos que no estaban lo bastante derechos o bien alineados.
Uno de los crupieres la miró de tal manera que a Khalani se le revolvieron las entrañas, aunque el hombre se limitó a esbozar una sonrisa maliciosa y prosiguió con la inspección.
De repente, en la caverna resonó el estruendo de una alarma.
—Todos de rodillas ante el doctor Strauss —rugió un crupier que llevaba un uniforme marrón con estrellas en las solapas.
Al unísono, todos los que la rodeaban se dejaron caer al suelo de inmediato. Khalani los miró confundida, pero enseguida los imitó. La grava se le clavó en las rótulas e hizo una mueca.
Un hombre apareció ante los prisioneros.
Era bajito, de piel pálida, el pelo tan cano que parecía que llevara trozos de nubes sobre la cabeza, y vestía una bata blanca. Se acercó despacio a las filas de prisioneros, flanqueado por dos crupieres.
Fue pasando por delante de cada uno de los reclusos arrodillados, sujetando un portapapeles al costado y mirándolos con una expresión de inquietante desapego.
Una presión sofocante invadió la caverna. Khalani percibió el intenso hedor a orina procedente de su compañera de fila. Todos estaban inmóviles y contenían la respiración como si trataran de evitar que el más mínimo movimiento atrajera la atención del doctor Strauss.
¿Quién era ese hombre que inspiraba tanto terror?
El doctor Strauss continuó por su fila, con un brillo maniaco y perturbador en la mirada. Sin previo aviso, detuvo sus calculados pasos a unos pocos centímetros, y Khalani clavó la mirada al suelo, conteniendo la respiración.
—Él —dijo el doctor Strauss en un tono glacial mientras señalaba al hombre arrodillado ante ella.
—¡No! ¡Yo no!
El hombre escuálido que estaba ante ella se puso en pie de repente, pero enseguida se desplomó de nuevo de rodillas, temblando sin control mientras se llevaba las manos a los brazaletes metálicos que le rodeaban las muñecas.
Pese a los intentos de los crupieres de someterlo, se revolvió y luchó con toda la energía que le quedaba.
—¡No pienso ir a ese edificio! —gritó a pleno pulmón.
Uno de los guardias reaccionó dándole un porrazo. El prisionero se desplomó en el suelo, inconsciente.
El doctor Strauss entornó los ojos, furioso. Fue directo al guardia que había agredido al prisionero y le dio un bofetón que resonó por toda la caverna.
—¿Cuántas veces tengo que decir que no les golpeéis en la cabeza, estúpido? Vuelve a hacer eso y ocuparás su lugar —advirtió.
El crupier se puso blanco como el papel.
—Sí, doctor Strauss.
Con aire sumiso, agachó la cabeza mientras la mano izquierda le temblaba al costado.
—Lleváoslo —ordenó el doctor.
Dos crupieres tomaron al hombre inconsciente de las axilas, lo alzaron y se lo llevaron a rastras.
Todos los prisioneros se quedaron completamente inmóviles y en silencio.
El doctor Strauss apretó los puños y miró hacia el lugar vacío que había dejado el hombre ante Khalani.
Acto seguido, alzó los ojos y los clavó en ella.
Por instinto, Khalani se puso tensa, con el corazón desbocado.
El misterioso doctor siguió observándola, y Khalani contuvo la respiración, rezando en silencio para volverse invisible.
Sin embargo, el doctor Strauss dio media vuelta sin añadir palabra y se encaminó hacia la austera construcción negra.
—¡En pie! —gritó el crupier con las estrellas doradas en el uniforme.
Los prisioneros se pusieron en pie penosamente y se oyeron suspiros colectivos de alivio.
El joven que estaba a su derecha parpadeó un par de veces y, con las lágrimas resbalándole por las mejillas, miró hacia el lugar vacío que había ocupado el otro prisionero.
Como si supiera que ya no volvería a verlo.
Al principio, Khalani había pensado que el campo era para simpatizantes de la rebelión, pero empezaba a comprender que allí dentro ocurría algo más siniestro.
—¡A los túneles!
Arrastrando los pies, los prisioneros se dirigieron hacia el lado derecho de la caverna, flanqueados por una docena de crupieres.
Khalani intercambió una mirada con Takeshi.
En su rostro se apreciaba una determinación implacable, pero mantenía el cuerpo rígido, como si acabara de comprender el peligro de la situación en la que se habían metido.
—Vamos.
La empujó suavemente hacia delante.
—¿Qué crees que pasa allí? —susurró ella con la mirada clavada en el edificio negro.
—No pienso averiguarlo —soltó Takeshi—. Tenemos que concentrarnos en encontrar a Jack y largarnos de aquí cuanto antes.
Siguieron a la multitud de prisioneros hacia un enorme túnel en cuyo suelo rocoso se veían unos rieles.
El techo estaba a casi unos tres metros de altura y de él colgaban unos pocos focos amarillos separados entre sí. Al pasar por un enorme contenedor de metal, los prisioneros introducían la mano y sacaban picos.
Khalani frunció el ceño y los imitó, advirtiendo que los guardias se aferraban a sus armas.
—¡Venga, a trabajar!
Con un gruñido colectivo, los prisioneros se alinearon y alzaron los picos hacia la roca de color anaranjado.
No.
Debía de ser una retorcida broma cósmica. Dios la odiaba. No podía ser otra cosa.
Había escapado de la prisión de Braderhelm para acabar haciendo trabajos forzados en los túneles de otra prisión del subsuelo.
¿Es que no pensaban que lavar platos fuera útil?
Y lo más aterrador era que los prisioneros preferían el arduo trabajo en la mina a los posibles horrores que les aguardaban en el edificio negro.
Al ver que Khalani no iba lo bastante rápido, uno de los guardias se le acercó y apretó un botón rojo en un dispositivo portátil.
Una aguda descarga eléctrica le atravesó las muñecas y se desplomó de rodillas, temblando sin control. Sentía los músculos del cuello rígidos y le castañeteaban los dientes mientras trataba de reprimir el grito que se le formaba en la garganta.
—Si te ordenamos que trabajes, lo haces rápido. ¿Entendido?
El rostro del guardia estaba rojo como un tomate y le lanzó un escupitajo.
Takeshi gritó algo y se encaró con el guardia, pero este le dio también una descarga que hizo que se encorvara entre temblores, con la frente perlada de sudor, mientras el resto de los prisioneros seguían clavando los picos en los muros.
Cuando el efecto de la descarga desapareció, Khalani se quedó en el suelo, respirando a duras penas, con las extremidades aún temblorosas y un sabor metálico en la lengua.
—Ya podéis ir más rápido o la próxima vez triplicaré el voltaje —amenazó el guardia fulminándolos con una mirada llena de desprecio.
Khalani apoyó las manos en el suelo rocoso y se puso en pie con dificultad, ignorando la mano que Takeshi le ofrecía.
Podía salir de esta sin su ayuda. Podía hacerlo.
Solo tenía que aguantar una semana.