21. Una vez muertos, ¿tendremos una segunda oportunidad? Lo pregunto para un amigo.
Una vez muertos, ¿tendremos una segunda oportunidad? Lo pregunto para un amigo.
C on todo el cuerpo tenso, Takeshi fulminó a Raziel con la mirada.
Khalani se zafó de él y lo miró con incredulidad. El ritmo de la música cambió y el ambiente se volvió claustrofóbico.
Abrió la boca, pero fue incapaz de articular palabra.
Takeshi no la había acariciado ni besado porque lo deseara de verdad. Solo lo había hecho por la misión. Para hacer creer a los crupieres que eran un matrimonio enamorado de verdad.
Takeshi se volvió hacia ella y frunció aún más el ceño al ver el corazón roto y la traición reflejados en los ojos de Khalani.
Dio un paso adelante. Ella retrocedió.
—Khalani, no es lo…
—Señor y señora Davenhue, tienen que acompañarnos.
Una voz a sus espaldas cortó la tensión que se respiraba en el ambiente, y varios crupieres vestidos elegantemente de negro formaron un círculo a su alrededor para evitar que escaparan.
Khalani intercambió una mirada con Sylas, el crupier con el que se habían visto en el casino, pero en su rostro había una expresión fría e impasible, como si no se conocieran de nada.
La tomó con firmeza del brazo mientras que otros dos guardias sujetaron a Takeshi, asumiendo que era la mayor amenaza.
A Raziel no se lo veía por ningún lado; con toda probabilidad estaba pavoneándose por ahí de lo magníficamente bien que había ido todo.
—¿Qué crees que haces? —gruñó Takeshi.
Como si estuviera a punto de arrancárselo, fulminó con la mirada el brazo del crupier que tenía agarrada a Khalani.
Qué gran actor.
—En marcha —soltó Sylas, ignorando la pregunta de Takeshi y empujándola para que se moviera.
Khalani se tambaleó y tropezó por culpa de los tacones, pero el guardia la arrastró. Hombres y mujeres los dejaban pasar al ver a los crupieres.
Sylas la siguió arrastrando hasta que alcanzaron una salida trasera no señalizada. En el momento en que la empujó al exterior, le llegó el hedor a basura podrida y frío metal y resbaló sobre el pavimento húmedo del callejón.
Sylas la agarró del codo y la estampó bruscamente contra la pared de ladrillo.
Khalani soltó un gruñido al ver que hacían lo mismo con Takeshi, que acabó junto a ella.
Tensaba todos los músculos y su rostro era la viva imagen de la furia contenida.
Giró la cabeza hacia ella, pero Khalani se negó a mirarlo.
Siempre la dejaba en ridículo. Y se había hartado de ser el peón en sus retorcidos juegos.
Sin embargo, y de un modo un tanto perverso, el comportamiento de Takeshi los beneficiaba. Los crupieres no dudarían de su historia, y ella podría concentrarse plenamente en la misión.
Y, en cuanto la semana llegara a su fin, rompería cualquier vínculo que tuviera con Takeshi Steele para siempre.
—Los tenemos —anunció Sylas por una pequeña radio—. Traed el cilindro.
Khalani frunció el ceño al ver que un crupier se acercaba, sacando un objeto del bolsillo trasero. Antes de que pudiera reaccionar, le clavó una larga aguja en el cuello.
—¡Ay! —exclamó, llevándose una mano temblorosa hacia el lugar del pinchazo—. ¿Qué… demo…?
Aunque parpadeó un par de veces, los crupieres parecieron multiplicarse ante ella.
Khalani se volvió hacia Takeshi, que se encorvaba hacia delante al tiempo que otro guardia le arrancaba una jeringa del cuello. Sintió que el pulso se le volvía más lento y se apoyó contra la pared. Tuvo la sensación de que los tacones se derretían en el cemento, que la arrastraba hacia abajo.
Más abajo. Mucho más.
Le pareció ver que Takeshi extendía la mano hacia ella, pero, de repente, todo se volvió negro.
—Oye.
…
…
…
—¡Oye!
Alguien le golpeó el pie y Khalani se despertó sobresaltada, casi sin aliento. Al abrir los ojos, la intensa luz blanca que brillaba sobre su cabeza la deslumbró.
Una figura borrosa se cernía sobre ella, como un fantasma que había vuelto a la vida.
Khalani se frotó los ojos y los entornó, asumiendo que estaba atrapada en una pesadilla.
Pero, poco a poco, empezó a volverse todo más claro y vio a una chica de piel pálida ataviada con unos pantalones blancos y una camisa de manga larga también blanca con botones negros.
La muchacha que la observaba tenía una melena rubia y despeinada que le llegaba a la cintura y unos rasgos faciales afilados que se tensaban con preocupación. No parecía mucho más mayor que Khalani y llevaba unas extrañas esposas de metal en las muñecas.
—Tienes que levantarte —le ordenó, dirigiéndose hacia una puerta abierta. La miró una vez más y añadió—: Si no estás fuera dentro de dos minutos, te darán una descarga.
Antes de irse, señaló hacia las muñecas de Khalani.
Sorprendida, Khalani advirtió que llevaba unas esposas metálicas similares a las de la chica. Se palpó las piernas y comprobó que iba vestida como ella, con un uniforme blanco.
Presa del pánico, miró a su alrededor.
La habitación iluminada en la que estaba tenía las dimensiones de un gran armario. Aparte de las paredes blancas que la rodeaban, solo había una puerta transparente entornada.
Treinta y dos.
El número, de un rojo sangre, estaba pegado encima de la puerta.
La celda le recordaba a un laboratorio, aunque era mucho más blanca y fría, y apestaba a desesperación.
Un río de personas con uniformes similares empezó a pasar por delante de la celda sin tan siquiera dirigirle la mirada. Caminaban encorvadas y tenían los ojos hundidos.
Procedente de la izquierda le llegó un sonido amortiguado, como un gruñido. Takeshi se encontraba con ella en la celda.
Estaba tumbado bocarriba. La camisa blanca le ceñía el fornido cuerpo y enseguida advirtió que también llevaba esposas en las muñecas. Tenía los ojos completamente cerrados y seguía fuera de juego a causa de lo que fuera que los guardias les habían inyectado en el cuello.
Tuvo la fugaz tentación de abandonarlo allí para que recibiera la descarga que, sin duda, merecía. Pero Khalani era lo bastante lista como para saber que, si quería escapar, era mejor que el capitán siguiera con vida.
Las piernas le pesaban como si fueran de plomo y, con movimientos lentos, se arrastró hacia él.
—Despierta.
Le sacudió el brazo. Silencio.
—Takeshi. —Lo zarandeó con más ímpetu—. ¡Despierta!
No se movió. Ni siquiera parpadeó.
Contuvo el aliento, incapaz de tragar debido al nudo que se le había formado en la garganta. Pero entonces advirtió que el pecho le subía y bajaba, y Khalani suspiró aliviada.
Sin embargo, la preocupación dio paso a una ira ardiente, que se avivó en lo más profundo de su ser.
Se arrodilló y se inclinó sobre el cuerpo inconsciente. Era la primera vez en mucho tiempo que lo veía sin esa expresión fría y el ceño fruncido. El rostro de Takeshi, hermoso a más no poder, parecía haber encontrado finalmente la paz…
¡PLAF!
Le dio un bofetón más fuerte de lo necesario, y Takeshi abrió los ojos negros, sorprendido.
Al instante, Takeshi la tumbó en el suelo bocarriba, se subió sobre ella y le atenazó la garganta.
Presa del pánico, Khalani se quedó inmóvil mientras él le apretaba el cuello, asfixiándola. Clavó la mirada en sus ojos amenazadores, incapaz de respirar, y suplicó por su vida en silencio.
Por fin, la expresión de Takeshi cambió y la miró horrorizado al darse cuenta de lo que estaba haciendo. Se apartó, completamente pálido.
Ella tosió y se incorporó, jadeando.
—Kanes. —Tragó saliva, conmocionado de verdad—. Lo siento mucho. Pensé que eras otra persona.
Le tendió la mano, pero Khalani la rechazó.
—Estoy perfectamente. Sobreviviré. Por desgracia —murmuró, sacudiéndose el polvo con manos temblorosas.
Más que desaparecer, la rabia que sentía se intensificaba cada vez que intercambiaban una mirada. Se puso en pie, incapaz de permanecer ni un segundo más a tan poca distancia de él.
—Tenemos que salir. Por lo visto, nos darán una descarga si no lo hacemos.
Se señaló las muñecas, pero Takeshi apenas las miró y torció el gesto, como si no le importara nada de lo que sucediera a su alrededor.
—¿Estás bien? —preguntó con una voz grave y gutural.
—Ya te lo he dicho. Estoy perfectamente.
Khalani dio media vuelta, enterró el crudo dolor que sentía en el rincón más profundo de su alma y salió por la puerta sin mirar atrás.
La recibió un iluminado y aséptico pasillo. Siguió a las pocas figuras que, con paso rápido, se dirigían hacia una puerta metálica al otro extremo. Supo que Takeshi la escoltaba al oír sus sonoros pasos tras ella.
Al final del pasillo, se encontró en una vasta caverna, caminando sobre gravilla. El lugar era tan inmenso que, en comparación, el foso de Braderhelm parecía insignificante. Unas fantasmales hileras de casas de una sola altura contrastaban aquí y allá con los muros rocosos que los rodeaban.
En el rincón más alejado se alzaba un discreto edificio negro. No tenía ventanas. Nadie entraba ni salía. Algo en él le provocó un escalofrío y la obligó a apartar la mirada.
Unos pocos centenares de prisioneros se alineaban en diez filas perfectas en el centro de la caverna. En los ojos de algunos se apreciaba un brillo provocador, mientras que otros estaban cabizbajos y con la mirada perdida, como si ni siquiera recordaran qué era tener esperanza.
—¿Disculpe? —Se acercó a un joven con el pelo castaño y grasiento—. ¿Qué hace todo el mundo aquí, en pie?
El joven apenas le dedicó una mirada y la despachó con un gruñido.
Genial.
Alguien la agarró fuerte del brazo de repente y tiró hacia delante. Khalani abrió la boca de par en par mientras la chica que había entrado en su celda la arrastraba hasta un lugar libre en la parte de atrás de la fila.
—Ponte aquí —indicó la chica misteriosa. Después, volviéndose a Takeshi, añadió—: Tú también.
Poco acostumbrado a recibir órdenes, Takeshi entornó los ojos, pero se colocó a regañadientes detrás de Khalani, mirando a su alrededor con desconfianza.
—Y ahora, ¿qué? —le preguntó Khalani a la muchacha, pero esta ya había desaparecido, ocupando su lugar un poco más adelante en la fila.
Khalani tomó aliento y se balanceó, hecha un manojo de nervios.