20. Si nuestro destino fuera estar solos, no nos habrían dado dos manos. #2
Pese al calor sofocante, se le erizó la piel.
El recién llegado le rodeó suavemente la nuca con la mano izquierda y le apoyó el pulgar detrás de la oreja, mientras que con la derecha la atraía hacia él.
No necesitaba volverse para saber quién era.
Reconocería a Takeshi hasta con los ojos vendados solo por cómo la tocaba.
Nadie tenía un cuerpo como el suyo ni irradiaba esa energía caótica con la que te atraía antes de hacerte añicos.
«Tómate otra copa —le dijo la parte lógica de su mente—. Sal de la pista y toma un poco el aire». Tenía que alejarse de la única persona capaz de destripar lo que quedaba de su frágil corazón. Sabía que Takeshi la soltaría si se lo pedía.
Sin embargo, el roce de sus dedos la hizo sentir como si nunca antes la hubieran acariciado. Como si su cuerpo fuera un desierto por explorar.
La música retumbó más fuerte en su pecho, y Khalani se balanceó de un lado a otro.
«No pueden dejar de mirarnos. Pero yo solo tengo ojos para ti».
Takeshi deslizó la mano hacia su abdomen y extendió los dedos mientras la guiaba con sus propias caderas.
«Nunca creyeron en nosotros, cariño. Pero yo creeré si tú me lo pides».
Khalani alzó los brazos hacia el cielo y Takeshi los acarició y se los pasó por detrás de la nuca, aferrándola a él. Inclinó la cabeza hacia ella y Khalani notó que deslizaba sus suaves labios por su piel.
No necesitaban decirse nada. Sus cuerpos ya susurraban por ellos.
Como si bailar fuera otra manera de decir: «Escóndete del mundo conmigo».
Dejó caer la cabeza hacia atrás y él la sujetó aún más, acariciándole el abdomen y el torso. Recorrió la clavícula desnuda con sus dedos fuertes, le rozó lentamente el pecho y trazó una senda por el estómago hasta el dobladillo del vestido.
A Khalani se le aceleró la respiración, y el ritmo constante igualó los latidos desbocados de su corazón. Todo el mundo a su alrededor desapareció, como si ellos fueran los únicos en la superficie de la Tierra.
Khalani abrió los ojos cuando Takeshi introdujo los dedos debajo del vestido rojo. Delante de todo el mundo.
Al principio, miró a su alrededor embargada por una excitación aterradora, pero nadie les prestaba atención. Las luces se habían atenuado y la multitud estaba sumida en su propio mundo de deseo y éxtasis.
Takeshi subió y bajó los dedos de forma hipnótica por la parte superior de su muslo. Aunque el vestido aún la cubría, se sentía desnuda ante él, y casi soltó un gemido cuando sintió que su dedo subía un poco más y jugueteaba con su piel.
Jamás había experimentado nada comparable con el placer, el calor y la intensidad que sentía en ese instante. Takeshi le rozó el oído con la boca, se lo lamió despacio con la lengua, y Khalani se mordió el labio. Cuando él le apretó el muslo con su mano fuerte, Khalani arqueó el cuello hacia atrás.
«Sube un poco más», casi le suplicó.
Sus caricias eran una corriente eléctrica que la abrasaba, que borraba a cualquier amante que recordara…, negándole la posibilidad de estar con cualquier otro hombre en su vida.
—Respira conmigo, Kanes —le susurró al oído Takeshi mientras le acariciaba el cuello con las yemas de los dedos.
Khalani contuvo la respiración cuando él le arañó suavemente la parte superior del muslo.
Llevó las caderas hacia atrás y se arqueó, completamente indiferente a la gente que los rodeaba.
Era probable que Raziel no les quitara ojo de encima desde la barra, pero estaban perdidos en un universo que ellos mismos habían creado.
—Si te tocara ahora mismo, ¿qué encontraría? —susurró Takeshi.
Khalani se humedeció los labios, incapaz de pensar y de darle una respuesta.
—Y bien, Kanes, ¿estás muy mojada?
Le mordió con dulzura el lóbulo de la oreja.
Khalani respiró entrecortadamente, con las entrañas en llamas. Iba a derretirse a sus pies como una vela en cualquier momento.
Así que decidió provocarlo.
—Para nada.
Takeshi rio, una risa teñida de oscuridad que acompañó moviendo el dedo y ascendiendo gradualmente por su muslo, cada vez más arriba.
—Quiero poner la cabeza entre tus muslos y tragarme todas tus deliciosas mentiras.
Khalani entreabrió los labios.
El lenguaje humano no debería ser tan sucio.
Tan capaz de borrar todas las frases que se habían dicho en el pasado.
—Dime una cosa más, Kanes. Dime que no eres mía.
La voz de Takeshi se hizo más grave, más áspera, como si la anarquía que corría por las venas de Khalani se hubiera vertido en él.
Takeshi encarnaba la perdición, el desastre de su vida. Pero él no le provocaba el deseo de salir corriendo. No. Él la ayudaba a aceptar el terror.
Ignorar a Takeshi era como huir del sol.
Podía esconderse de él, pero su luz siempre la esperaría en la superficie, dispuesta a quemarla y a mostrarle los límites del mundo.
Aferrándose al último vestigio de cordura que le quedaba, dijo:
—No soy tuya.
Sujetándole la barbilla con el pulgar y el índice, Takeshi le hizo ladear la cabeza y mirarlo. Khalani se perdió en un océano negro.
—Voy a dejar que sigas pensando eso.
Khalani contuvo el aliento cuando él la acarició en el lugar exacto que deseaba y su boca la devoró, apenas permitiéndole respirar.
Sus labios se fundieron y sus lenguas se contonearon al ritmo de la melodía.
Takeshi le sujetó suavemente el cuello con la mano izquierda mientras dibujaba un círculo entre las piernas con el índice derecho, demostrándole sin palabras a quién pertenecía.
Y tenía razón. Khalani estaba muy mojada.
Se aferró a su cuello y lo besó con el mismo abandono. Si el mundo acabara en ese preciso momento con un estallido de fuego y terror, ella seguiría aferrándose a Takeshi, dejando que su boca expresara lo que siempre había tenido miedo de decir.
Takeshi debía de sentir lo mismo, porque gruñó y la atrajo aún más.
Joder… Sabía exactamente cómo mover la boca. Y las manos.
Estaba convencida de que, cuando Dios había creado a Takeshi, sin querer se le había derramado una botella entera de atractivo sobre él y había exclamado: «Mierda».
Takeshi se apartó, solo lo suficiente para que ambos respiraran, sin soltarla. Las sombras en sus ojos se intensificaron, como si quisiera secuestrar el tiempo y alargar ese instante para siempre.
De repente, Raziel apareció junto a ellos y, mirando a Takeshi con una sonrisa cómplice, le dio una palmada en la espalda.
—Bien hecho, Takeshi. Has interpretado tu papel a la perfección. Yo no lo habría hecho mejor.